Antonio García Rubio forma parte del equipo sacerdotal de la unidad pastoral del Gran San Blas. Para él, ser cura en Madrid «es una aventura muy grande. Vivimos en una diócesis de muchos millones de habitantes, de una diversidad cultural, humana, religiosa, de tal calibre que uno no para de aprender desde que se levanta hasta que se acuesta cada día. Es una acción constante y permanente de esperanza, de gozo, de alegría y de sufrimiento».
Aprendizajes
Nacido en Guadalix de la Sierra, en su vida destaca algunos aprendizajes, el primero, «aprender a ser hombre, siendo cura, porque a veces la dificultad viene inherente al hecho de la ordenación». Ordenado en 1975, «el tipo de sacerdote que hemos sido nos ha ido facilitando mucho, a través del Concilio Vaticano II, la capacidad de absorber lo que nos venía del pueblo de Dios».
«Una cosa fue la formación que recibimos y otra es que cuando empezamos a funcionar y a vivir como sacerdotes en ambientes diversos, diferentes, pudimos empezar absorbiendo constantemente. Teníamos que aprenderlo todo, la Teología que estudiamos era una Teología de transición difícil, no nos formó de una forma muy categórica, sino muy abierta, y eso nos permitía ir aprendiendo constantemente. Era la época del aprendizaje y 50 años después sigo gozosamente aprendiendo, y mucho».
La amistad ha sido el hilo conductor en su servicio pastoral. Apoyado en las palabras de Cristo: «a vosotros os llamo amigos, no siervos», señala que con el Concilio empieza «una historia de amistad con el mundo», vivida en la relación con Cristo y «con una pluralidad inmensa de personas a las que les he ofrecido la misma amistad que yo recibía de Cristo». Junto con ello, «si hay algo que preside todos estos años es el ejercicio de la naturalidad».
«Siempre me ha dolido mucho una iglesia afectada, una iglesia que se engola, que busca soluciones en palabras nada más», subraya. Aprendió desde niño, junto a sus padres, humildes y sencillos, en la taberna popular que regentaban, «la naturalidad en la expresión, en el habla directa, que se dirige al corazón de los demás, que está pendiente realmente de todos, que quiere servir, amar, fructificar, hacer vida».
Ser cura en una Unidad Pastoral
El trabajo compartido en la unidad pastoral ha sido «una verdadera escuela». Se ha dado cuenta que la estructura mental y socio-religiosa que tenía, de pronto no sirve. «Esa mentalización que nosotros traíamos tampoco sirve y nos ha tocado sufrir mucho en busca de qué podíamos hacer con cuatro parroquias intentando que hubiese vida en común de verdad».
«Ha sido toda una experiencia de crecimiento humano y espiritual para todos los sacerdotes, a veces de dolor inmenso porque nos hemos dicho las cosas de cerca». Se reúnen y comen juntos todas las semanas, al final e inicio de curso se juntan una semana. Una experiencia que «te cambia por dentro. Te cambia la estructura mental, sacerdotal y eclesial. Pero no es fácil». Ha sido un gran esfuerzo, con muchas lágrimas en el camino, «pero la verdad es que la vida ha fluido de una forma diferente. No son los logros, es la experiencia, la vida, el aprendizaje».
San Blas fue un barrio «muy castigado por la droga en los años 80, 90, se hundió en el abismo. Aquí hubo unas comunidades cristianas muy florecientes y comunidades de seminaristas». Eso «en un ambiente social y político muy efervescente. Pero la droga mató al barrio, le hundió. No hay prácticamente familia donde no hubiese muertos como consecuencia de la droga. Eso al barrio le dejó bajo mínimos, había que volver a revitalizarlo». Para ello, «la llegada de los inmigrantes ha sido una verdadera bendición. El encuentro con otros pueblos nos está revitalizando. Estamos aprendiendo a ser humildes con ellos, que lo son. Eso genera un estilo de vida, de comunión, de realización y también de pelea por ellos y por sus derechos».

Seguir sirviendo
A sus 75 años y 50 de ministerio, quiere continuar colaborando en el tema de la comunión y el diaconado permanente. Después de nueve años en la unidad pastoral, con permiso del arzobispo, se irá a vivir a un hogar de pobres de la calle, en la Asociación Jesús Caminante, que tiene un hogar en San Blas y otro en Colmenar Viejo.
Lo ve como la culminación de su vida presbiteral. Dice estar «con salud, más o menos consciente, vivo y con el corazón lleno de Dios, de pobres y de hombres. Entonces me parece que lo mejor que puedo hacer es estar allí y servir, y lavar el culo a quien lo necesite. ¿Qué cosa mejor puedo hacer?».

Amistad y naturalidad
Amistad y naturalidad han conducido la vida y ministerio de Antonio García Rubio. Amistad «con una pluralidad inmensa de personas a las que les he ofrecido la misma amistad que yo recibía de Cristo».
Naturalidad aprendida con sus padres, humildes y sencillos, en la taberna popular que regentaban, «naturalidad en la expresión, en el habla directa, que se dirige al corazón de los demás, que está pendiente realmente de todos, que quiere servir, amar, fructificar, hacer vida».
