Margarita es peruana, de Callao, y cuando en el cónclave escuchó la palabra «Chiclayo», miró a su párroco y le preguntó si había oído bien. Lo había oído bien. Robert Prevost, el nuevo papa León XIV, había pasado años en Perú, primero en Callao, la ciudad de Margarita, y después como obispo en Chiclayo entre 2015 y 2023. «Es que hasta ahora no me lo creo», dice. «Una alegría tan grande siendo peruana.» Para ella, como para tantos compatriotas, la elección del papa no fue solo una noticia eclesial sino algo que tocó una fibra más profunda: la de ver a su tierra nombrada desde el balcón de San Pedro ante todo el mundo.
Lo que le llega de la figura del cardenal Prevost antes de ser papa es la imagen de un pastor discreto y cercano. «No era de aquellos que venga, que la prensa, no, no», dice. «En silencio.» Esa manera de trabajar sin buscar protagonismo, llegando a comunidades campesinas y zonas poco conocidas del norte de Perú, es lo que el pueblo peruano guarda de él con más cariño.
Margarita llegó a Madrid hace diez años como religiosa ursulina del Sacro Monte di Varallo, una congregación con una espiritualidad profundamente sacerdotal: cada acto de la jornada, desde la oración de la mañana hasta la costura o la cocina, se ofrece por la santificación de los sacerdotes. Por la mañana, una hora y media en la capilla. Por las tardes, súplicas que comienzan por el Santo Padre. «Lo último que pensaba era que me iban a enviar aquí», confiesa. «Pero fue una escuela y estoy tan agradecida». Madrid, para ella, no es el destino elegido sino el lugar donde Dios la puso, y eso lo convierte en misión en el sentido más literal de la palabra.
En 2017, siendo todavía muy reciente su llegada a España, fue a Roma con su comunidad y pudo ver al papa Francisco de cerca. La superiora les dijo que se quedaran hacia el fondo, cerca de la entrada. Margarita, con su instinto peruano de primera fila, no entendía por qué. Hasta que comprendió: ese era el pasillo por donde pasaría el papa. «Cuando lo vi se me cayeron las lágrimas», recuerda. «Caminaba como un hombre viejecillo, con tanta dificultad en las piernas, pero firme en su báculo. Una imagen tan impactante». No la imagen del poder sino la del servicio sostenido a pesar del cansancio.
Su vida consagrada, dice, arrancó en 2019 y han sido los mejores años de su vida. No lo dice como fórmula sino con la convicción de quien ha encontrado lo que buscaba sin saber muy bien que lo buscaba. Reconoce que antes hubo novios, que conoce lo que son las mariposas en el estómago. Pero lo que encontró con Jesús «va más allá de las mariposas». Es una relación que la sorprende todavía, que la tiene agradecida, que no termina de caberse en palabras. «Es Dios que me ha pensado en una peruana como tal, estando aquí en Madrid. Tan feliz».
Cuando se le pide que defina la vida consagrada en Madrid para imaginar que se lo dijera al papa, Margarita recurre a una imagen que nace de una ventana de su casa madre en Italia: un jardín. No el jardín visto desde lejos, que es bonito pero uniforme, sino el jardín recorrido de cerca, donde hay flores distintas, árboles grandes y recién plantados, cada uno con su función y su momento. «La vida consagrada es como un pulmón para el mundo», dice. «Y también es nido. Estamos llamadas a ser ese refugio, esas madres que acogen».
La pregunta ya tradicional del ascensor produce en Margarita una secuencia en tres actos que el episodio no olvida: primero se desmayaría, luego la reanimaría el papa, y luego volvería a desmayarse. Una vez reanimada del todo, le pediría su recomendación para vivir con fidelidad y alegría la vida consagrada. La misma pregunta que, en el fondo, ya está respondiendo cada mañana con una hora y media de oración antes de que Madrid despierte.
El episodio cierra con una oración de Margarita en el Día de la Anunciación (el día que se grabó el episodio): «Señor, te damos gracias por este regalo tan grande de que venga el Santo Padre a nuestra casa, a Madrid, y hoy por intercesión de la Virgen, el Día de la Anunciación, pedimos que nos ayudes a preparar nuestros corazones para cuanto nos dirás a través del Santo Padre, para cuanto viviremos con nuestras comunidades. Y te pedimos que podamos ser dóciles, al igual que María, en ese ‘fiat’. Y te pedimos también que ayudes y bendigas a todas las personas que están trabajando detrás para que ese encuentro sea posible y lo podamos vivir en comunidad con alegría y con esperanza. Amén».
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