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Viernes, 27 abril 2018 10:22

«En la vida y en la muerte, somos de Dios»

«En la vida y en la muerte, somos de Dios»

Este jueves, 26 de abril, el convento de las trinitarias descalzas de San Ildefonso acogió una Eucaristía en homenaje a Miguel de Cervantes y a cuantos cultivaron las letras hispanas organizada por la Real Academia Española. «Hoy el Señor desea que meditemos sus preceptos, que seamos sagaces para no apartarnos de su senda y para dirigir nuestra vida según sus mandatos», destacó el cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, como premisa inicial de su homilía.

Lo divino «es una experiencia o una vivencia experiencial que parte de la propia interioridad humana», señaló el purpurado, y que «se expresa como lo estamos haciendo ahora, de este momento singular y religioso que estamos viviendo». Así, habló a los presentes de una «sabiduría divina» que no viene de los hombres sino de Dios: «Esa sabiduría que nos la ha regalado el Señor nos hace saber que si vivimos, vivimos para Dios, y si morimos, morimos para Dios. En la vida y en la muerte, somos de Dios».

Hijos nacidos del sueño de Dios

Además, el cardenal Osor recordó que «la vida cristiana es una forma de vivir». Y, en ese sentido, animó a ser sal y luz de la tierra. «Tenemos que quitar oscuridad», y «sabemos que las luces propias, las nuestras, tienen poco alcance». Por ello, «el momento histórico que estamos viviendo hoy nos invita a dar otro sabor diferente a la historia, a la convivencia de los hombres».

Las luces que damos los hombres no nos bastan, aseveró, y «tenemos que ser hijos nacidos de ese sueño que Dios mismo nos hace realidad y nos regala: su propia existencia y su propia vida».

Con obras y con palabras

En esta línea de «dar la luz que Dios nos regala y el sabor que Dios entrega», el cardenal incidió en el deseo de llevarlo a cabo con obras y con palabras: «Que las palabras respondan a las obras que realizamos en nuestra vida». Y así, «sorprender con esa apertura que, cuando se la hacemos a Dios, nosotros mismos nos sorprendemos y somos capaces de sorprender a los demás».

Finalmente, animó a los congregados a ser, a la luz del Evangelio, lámpara encendida «para regalársela por siempre a los demás».