La diócesis de Madrid ha acompañado este Miércoles Santo al Señor en su Pasión y Muerte en un Vía Crucis en la catedral de la Almudena organizado por las delegaciones episcopales.
Un crucifijo de madera con un relicario que contenía el lignum crucis, ante un presbiterio y altar desnudo propio de esta Cuaresma a punto de expirar, presidía la celebración, que ha recorrido los sufrimientos de tantos cristos de hoy en día. Especialmente los crucificados por la violencia, en todas sus formas.
Un recorrido por el camino de la Cruz que se ha hecho no desde el derrotismo y la desesperanza que provoca la violencia y la guerra, sino haciéndolo presente «con la fuerza y el amor del Señor Jesús».
Igual que Jesús, que no desespera y levanta sus ojos al Padre, «también en el mundo de hoy, en medio de la oscuridad, ofrece señales a los hombres de fe», se escuchaba en la monición de entrada. En palabras del padre Arrupe, «Dios está vivo y mucho más presente de lo que piensan algunos; la fuerza del Crucificado ha incendiado la tierra».

La celebración ha estado presidida por el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, al que han acompañado el obispo auxiliar Vicente Martín y vicarios episcopales, entre ellos el Vicario Pastoral, José Luis Segovia; el Vicario del Clero, Juan Carlos Merino; los vicarios territoriales de la Vicaría III, Ángel López Blanco, y de la VII, Jesús González Alemany; así como el delegado de migraciones, Rufino García Antón, y la delegada de Jóvenes, Laura Moreno.
«La paz esté con vosotros», saludaba el cardenal Cobo al comienzo de la celebración. Después, el salmo 50, rezado a dos coros en la catedral llena de fieles, elevaba al Señor la súplica: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; leva del todo mi delito, limpia mi pecado...».

El calvario del dolor
El camino hacia la Cruz comenzaba con la primera estación, la oración de Jesús en el huerto, con un recuerdo especial para tantas personas que todos los días rezan por la paz y una meditación sobre la fuerza de la oración. La Delegación de Enseñanza ofrecía la primera de las 14 velas que se iban a ir colocando sobre el altar al terminar cada estación.
Se empezaban a suceder entonces las peticiones asociadas a cada una de las estaciones del vía crucis: por las familias rotas a causa de la violencia; para que el Señor convierta a aquellos que profanan el santo nombre de Dios para justificar la violencia, la guerra o el terrorismo; para que el Señor convierta el corazón de todos aquellos que rechazan el diálogo; por los que provocan las guerras, para que el Señor cambie sus mentes y sus corazones; por todos aquellos cuyos derechos humanos más básicos son pisoteados.

En las otras siete estaciones restantes se pedía por los heridos y mutilados a consecuencia de la guerra; por los que se comprometen en favor de la paz; por aquellos que callan ante la violencia o se quedan en inútiles lamentos; por los niños, las mujeres, los ancianos y tantas víctimas inocentes de la violencia; por aquellos que saben perdonar a sus victimarios; por todos aquellos que cada día trabajan en favor de la reconciliación y de la paz; por todos los que han muerto víctimas de la violencia; y por tantas víctimas olvidadas de la violencia.
Diferentes realidades diocesanas han participado en el Vía Crucis: Delegación de Familia y Vida, Corte de Honor de Nuestra Señora de la Almudena, cofradía de San Isidro, Delegación de Misiones, Pastoral de la Salud, vida consagrada, Real Esclavitud de la Almudena, Delegación de Catequesis, Delegación de Migraciones, Seminario Redemptoris Mater y Apostolado Seglar.

Compasión
Las meditaciones de cada estación ayudaban a profundizar en el sentido de cada una de ellas, con textos de los Papas Juan Pablo II o León XIV, del cardenal Taracón, de san Óscar Romero o el testimonio estremecedor de Anton Luli, jesuita encarcelado durante décadas en Albania, que supo convertir su cruz en compasión por sus verdugos.
Precisamente de esto ha hablado el cardenal Cobo en su meditación. «Cada vez que miramos la cruz, sentimos compasión por la humanidad». En ella Dios «ha dado la vida por todos», y ella «nos hace entrar en comunión con todos», no solo con los amigos, también «con los que nos caen mal…». «La compasión es el corazón de nuestro Dios».
La cruz puede producir la «tentación de escapar de ella». Por eso «es bonito», ha dicho el arzobispo de Madrid, que en la tarde de este Miércoles Santo el corazón de la pastoral y de la vida diocesana «nos reunamos porque tenemos algo en común: queremos contemplar la cruz sin retirar la mirada». No porque sea un espectáculo digno de ver, algo llamativo, «sino porque en la cruz vemos a un amigo, a Jesús, que en definitiva nos enseña a ser humanos». Y esto es vital porque de hecho la deshumanización del otro, ha explicado el cardenal Cobo, es la raíz de la guerra.

Luz en la oscuridad
«Jesús en la cruz concluye y acoge todo un camino que empezó en Belén, que atravesó curando enfermos, predicando quién es Dios, tocando a la gente y diciendo que Dios está ahí». Cristo aportó su luz y «nos dice que nada está perdido», ha continuado. «Cada Vía Crucis esconde una luz», y «quizá esa es la misión de nuestras delegaciones, descubrir dónde se esconde la luz sin apartar la mirada de cada cruz».
Junto a ello, quizá la misión de la Iglesia sea, ha subrayado, «estar al pie de la cruz, y ayudar a nuestro mundo desde nuestra pastoral, desde nuestras tareas apostólicas».

Invitaciones para la Semana Santa
El arzobispo de Madrid ha invitado a los presentes a poner delante de la cruz estos días «nuestras violencias, nuestras heridas», porque si no «veremos cosas bonitas, pero no nos afectará porque la Semana Santa no hablará de nosotros». Se trata, ha apuntalado, de «presentar al Señor esos lugares que no queremos ver, incluso de nosotros mismos; sin esto no hay Semana Santa».
Junto a ello, ha animado a «ajustar la mirada sin perder de vista la cruz» y así mirar al «Dios débil y silencioso» y no «al de los drones de guerra ni al de los poderosos que invocan su nombre para matar». El Dios «novedoso», ha expresado, porque «Dios sigue trabajando en este mundo, y lo hace desde la cruz».
Recordando las palabras de san Francisco de Asís, «tendremos que aprendernos de memoria a Jesucristo, al Jesucristo de la cruz».
«La cruz ilumina y nos hace entender el mundo; Dios reina desde ahí, no desde otro lado». Por eso, «nuestro sitio para mirar el mundo será siempre la cruz», ha concluido el arzobispo de Madrid.
El texto de esta celebración ha sido elaborado por Ignacio María Fernández, sacerdote diocesano y colaborador de Justicia y Paz Madrid (imagen inferior).
