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Jueves, 30 julio 2026 19:59

El cardenal Cobo pide que Madrid no se olvide de Venezuela: «Dios no comparte nuestras lágrimas desde lejos sino que las comparte»

El cardenal Cobo pide que Madrid no se olvide de Venezuela: «Dios no comparte nuestras lágrimas desde lejos sino que las comparte»

Las banderas venezolanas han sido protagonistas entre los fieles que este 30 de julio han acudido a la catedral de la Almudena. Ha habido lágrimas discretas, abrazos largos y miradas perdidas en la distancia, como si desde Madrid se hubiera podido alcanzar con los ojos a quienes, al otro lado del Atlántico, siguen buscando entre los escombros una casa, un familiar o una explicación. Centenares de venezolanos han llenado el templo para participar en la Eucaristía convocada por la delegación de Pastoral de la Movilidad Humana–Migraciones. La archidiócesis de Madrid ha querido convertir la celebración en «un gesto de cercanía, esperanza y comunión con el pueblo venezolano» y elevar una oración por las personas fallecidas en el terremoto que asoló el país hace apenas un mes y por la pronta recuperación de los heridos.

No ha sido una celebración más. En los bancos se ha respirado un silencio pesado, roto apenas por algún sollozo contenido y por el murmullo de las oraciones. Junto al cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid que ha presidido la celebración, estaban el obispo auxiliar de Madrid, Vicente Martín, vicarios y numerosos sacerdotes de la diócesis, testimoniando que la Iglesia de Madrid abraza a una comunidad que siente como propia.

Cuando tiembla la tierra, tiembla el corazón

Porque ese ha sido uno de los mensajes que ha atravesado toda la homilía. Los venezolanos no han sido huéspedes en esta Iglesia; han sido parte de ella. «Seamos de Venezuela o seamos de Madrid, sabemos que este drama nos alcanza a todos», ha afirmado el arzobispo, recordando que cuando la tierra ha temblado también se han estremecido los corazones de quienes permanecen lejos de su país, pendientes de una llamada, de un mensaje o de un nombre que todavía no aparece.

El arzobispo de Madrid ha lanzado las preguntas que nacen cuando la tragedia golpea con tanta crudeza. «¿Dónde está Dios?», ha formulado, recogiendo la inquietud de tantos creyentes. Y ha respondido mirando a la cruz. No con una teoría ni una explicación que pretendiera justificar el sufrimiento, sino con la certeza de un Dios que «no contempla nuestras lágrimas desde el cielo», sino que las comparte, las hace suyas y entra en el dolor humano para atravesarlo desde dentro.

Habrá que reconstruir vidas rotas, sanar heridas invisibles y devolver esperanza

Estas palabras han encontrado eco en historias concretas: familias separadas, hogares destruidos, nombres pronunciados en voz baja durante la oración de los fieles. El terremoto ha derrumbado edificios, pero también proyectos de vida, recuerdos y certezas. Por eso el cardenal ha querido mirar más allá de la emergencia. La reconstrucción no podrá medirse solo por el número de viviendas levantadas. Habrá que reconstruir vidas rotas, sanar heridas invisibles y devolver esperanza a quienes lo han perdido todo. Una tarea que no podrá depender del ritmo de la actualidad ni de las diferencias políticas, sino que reclamará un compromiso perseverante, capaz de sostenerse cuando desaparezcan las cámaras y se apaguen los titulares.

El cardenal Cobo que querido lanzar una petición que ha sonado como un envío. «Que Madrid no se olvide de Venezuela. Porque cuando pase el ruido informativo seguirán haciendo falta manos que reconstruyan, corazones que acompañen y, sobre todo, santos capaces de mantener viva la esperanza en medio del cansancio». La Iglesia, ha asegurado, «permanecerá allí, caminando junto a quienes sufren cuando la atención del mundo haya puesto ya sus ojos en otra parte».

En esa misma esperanza ha situado también los innumerables gestos de solidaridad que han brotado tras la catástrofe. Dios, ha dicho, no se ha descubierto en la violencia de la naturaleza, sino en el rostro de quienes cargan con el dolor ajeno: voluntarios, sanitarios, sacerdotes, religiosos, parroquias, vecinos y tantos hombres y mujeres que han compartido un trozo de pan, una manta, un vaso de agua o un abrazo. Es ahí, ha recordado, donde el Evangelio sigue haciéndose carne.

La celebración ha concluido bajo la mirada de la advocación de la Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela. A su intercesión ha confiado el cardenal el futuro del pueblo venezolano y ha invitado a todos los presentes a esperar en el Señor, con la confianza de que el dolor nunca tiene la última palabra. Al salir de la catedral, ha habido algo distinto al dolor con el que habían entrado. Tal y como testimoniaban algunas familias, «nos vamos con la certeza de que esta ciudad reza con nosotros, de que esta Iglesia nos reconoce como suyos y de que, cuando el mundo pase página, seguirá sosteniendo la esperanza de un pueblo que ahora necesita reconstruir mucho más que sus edificios».