La catedral de la Almudena retomaba este jueves, 1 de octubre, el pulso de las grandes celebraciones, y lo hacía con la solemne Eucaristía de apertura del curso académico de la Universidad Eclesiástica San Dámaso (UESD), presidida por el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid.
Le acompañaban concelebrando los obispos auxiliares de Madrid, Vicente Martín y Juan Antonio Martínez Camino, SJ, así como los obispos de Alcalá, Antonio Prieto, y de Getafe, Ginés García; el obispo auxiliar de Getafe, José María Avendaño, y el obispo emérito de Almería, Adolfo González Montes. Igualmente estaba presente el padre abad del monasterio de San Isidro de Dueñas (la Trapa, en Palencia), Juan José Domingo Falomir.
Y junto a ellos, más de un centenar de sacerdotes, entre ellos el rector de la UESD, Nicolás Álvarez de las Asturias, profesores y estudiantes, así como vicarios episcopales de la archidiócesis de Madrid.
El cardenal Cobo decía en su saludo inicial cómo la comunidad educativa se reunía para presentar al Señor «nuestros trabajos, deseos y anhelos». Una comunidad que se hacía presente en la catedral, con profesores y alumnos (muchos de ellos seminaristas de las tres diócesis de la provincia eclesiástica de Madrid que cursan sus estudios en la Universidad San Dámaso), con el acompañamiento musical del coro del Seminario Conciliar de Madrid.

Alzar juntos la mirada
El arzobispo ha subrayado al comienzo de su homilía cómo la Palabra de Dios en este día invitaba a «alzar juntos la mirada» desde tres imágenes: Job, que busca en medio de la oscuridad; el salmista que encuentra la luz, y Jesús, que contempla la mies y envía a sus discípulos.
Y, atravesando todo, ha añadido, resuenan las palabras de Job, «yo sé que mi Redentor vive». El personaje bíblico, que «habla desde la herida», en medio de una oscuridad, tiene esa certeza. Así, la Palabra viene al hoy y, como ha dicho el cardenal, «la fe y la teología no le tienen miedo a las preguntas del mundo y a la oscuridad». Porque la teología tiene «mucho que decir» ante este mundo de «incertidumbres», en el que «conocemos mucho y al mismo tiempo reaparecen preguntas profundamente humanas», entre ellas, qué significa ser persona, qué hace una vida digna, cómo afrontar el sufrimiento o dónde encontrar razones para vivir.
En este punto, el arzobispo de Madrid ha aseverado que «la inteligencia artificial puede ayudarnos ahora a buscar, a ordenar y a relacionar conocimientos como nadie, pero no puede sustituir nuestra conciencia, no puede creer por nosotros ni puede decidir a quién merece la pena entregar la vida».

Estudio y misión
Por eso, «una de las tareas fundamentales de nuestra universidad es formar inteligencias: inteligencias capaces de pensar, personas capaces de discernir y corazones creyentes en los que la fe y la razón aprendan a caminar juntas», ha asegurado el arzobispo, también Gran Canciller de la UESD.
El estudio, ha explicado, «forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia». Y así, la teología «tiene que entrar en conversación con las oscuridades de nuestro tiempo». Está llamada, ha abundado, «a acercarse a las heridas humanas y ayudar a pensar desde el Evangelio los grandes desafíos que afectan a la vida, la dignidad, la libertad, la justicia o la paz. En conclusión, se estudia y se enseña «para comprender mejor y servir mejor a la Iglesia y a las personas concretas a las que somos enviados».
En este camino, «tampoco buscamos la verdad solos», porque los misterios de Dios son «demasiado grandes para contemplarlos desde una sola ventana», y así se hará un verdadero ejercicio de sinodalidad.

Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia
El cardenal Cobo ha concluido su meditación acordándose de santa Teresa de Lisieux, cuya memoria celebra este jueves, 1 de octubre, la Iglesia universal. Una mujer que «no fue profesora, no escribió una tesis, no ocupó una cátedra», que vivió escondida en un carmelo francés, murió a los 24 años, y sin embargo «la Iglesia la proclama como doctora».
Ella habló de la «ciencia del amor». No es que despreciara el estudio, ha advertido, sino que ponía el acento en la finalidad de ese estudio. «Podemos conocer muchas cosas acerca de Dios y no haber aprendido todavía a amar; podemos manejar conceptos teológicos y no saber acercarnos a una persona herida; podemos hablar mucho de Dios y es escuchar poco a las personas o no responder a sus preguntas», ha evidenciado el cardenal Cobo.
Por eso, «estudiar mucho y amar mucho para el discípulo siempre van juntos». Y santa Teresita aprendió su particular camino para alcanzar esto, «el camino de la pequeñez». El dejarse llevar en los brazos de Jesús para subir a Dios.

Aquí, el cardenal Cobo ha invitado a los presentes a asumir ese camino en este nuevo curso académico, en el que se llama a crecer en conocimientos, adquirir capacidades, investigar… Un camino de «aprender también a hacernos pequeños, no pequeños intelectualmente, ni menos exigentes, pequeños en sentido evangélico, capaces de reconocer que no lo sabemos todo, que necesitamos de los demás, de dejarnos enseñar».
Esa humildad, ha concluido, «no rebaja el trabajo intelectual», sino que «le da su verdadera grandeza y lo pone a la luz viva del Evangelio». «Pidamos a santa Teresita que cuanto más sepamos, más amemos y que cuanto más profundicemos en el misterio de Dios, más cerca vivamos de las preguntas y las heridas de nuestros hermanos».