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Jueves, 07 mayo 2026 17:56

Francisco González, 25 años de sacerdocio: «Lo que más me ayuda en mi vocación es ver gente que vive con pasión su vocación»

Francisco González, 25 años de sacerdocio: «Lo que más me ayuda en mi vocación es ver gente que vive con pasión su vocación» Fran, tercero por la derecha, junto a compañeros de su curso en un aniversario.

Alzar la mirada, buscar al Señor y mirar al Señor. Así es como se ha construido la historia de fidelidad de Francisco González Adrán (Madrid, 1976), cuando está a punto de cumplir sus bodas de plata sacerdotales. En realidad, reconoce, el que es fiel es Dios. Por eso, a perseverar en la vocación ministerial se empieza «reconociendo el don de Dios, y esto te lleva a suplicar; para ser fiel hay que suplicar la fidelidad».

Por experiencia sabe que «con mis propias fuerzas no puedo». Que, como le pasó a Pedro, cuando deja de mirar a Cristo se hunde. «Cuando ves que no puedes tienes que alzar la mirada». La fidelidad es una súplica; y la fidelidad es «buscar al Señor en la vida de oración, en la vida de la parroquia».

A su vez, mirando a Dios «para reconocer su presencia gozosa» en cada detalle del día «se debilita la tentación de querer buscar fuera esa alegría». Fran lo hace cada noche, al rezar completas, en un repaso agradecido de la jornada. «Gracias por todas las gracias que nos ha dado tu amor» que diría el himno.

Vocación desde niño

Fran no recuerda haber querido ser otra cosa en su vida que sacerdote. Es verdad que en el cole, si les preguntaban por su futuro, pensaba que diría lo mismo que los que hablaban antes que él: bombero, futbolista… Pero cuando le llegaba su turno, le salía un rotundo «yo quiero ser sacerdote». No sabía por qué, pero lo quería. «Tenía un tío abuelo, José Manuel, y un tío, Jacinto, sacerdotes», de modo que la presencia sacerdotal en su casa la «vivíamos de forma muy natural».

Con sus padres y sus otros dos hermanos vivían sus abuelos maternos. «Los domingos por la mañana nos íbamos a su cama y mi abuelo nos explicaba las lecturas de ese día con una Biblia ilustrada que teníamos». Al pequeño Fran se le despertaba siempre «un deseo muy grande de amistad con el Señor».

A los 12 años tuvo una conversación seria con su padre.

—Fran, ¿tú sigues queriendo ser sacerdote?
—Sí. El porqué no lo sé, pero tengo algo en el corazón.
—No basta con que tú quieras, Dios tiene que quererlo. ¿Sabes si Dios quiere?
—No.
—Hay un lugar que te puede ayudar.

Y así es como empezó el Seminario Menor (imagen inferior, durante una convivencia). En aquella época esto significaba que los chavales tenían una reunión los viernes con un sacerdote, rezaban vísperas, y hablaban de la semana revisando todo a la luz del Evangelio. Aún recuerda su primera impresión. «La entrada era oscura y salió un sacerdote a recibirme, “¿qué hace un chico como tú en un sitio como este?». «Quiero saber si Dios quiere que sea cura».

Fran Gonzalez plata seminario menor

Ese verano, una mañana, en el campamento de Vinuesa (Soria), Fran escuchó en la oración la voz del Señor: «Fran, te quiero; Fran, te quiero hacer feliz; Fran, te quiero hacer feliz siendo sacerdote». Por eso, cuando ahora habla de su vocación, tiene claro que «el Señor me quiere sacerdote porque quiere mi felicidad».

También aprendió una lección de vida importante: «En las marchas, que eran duras, yo siempre me ponía detrás del cura; hay que ponerse detrás del que guía para aguantar el ritmo».

Ese tiempo del Seminario Menor fue de ir haciendo una «amistad fuerte con el Señor» e ir ganando en «familiaridad con la Iglesia, con el Magisterio…». Cursó BUP y COU en el Colegio Arzobispal —también, como el Menor, en el edificio que hoy es la Universidad San Dámaso— y, de ahí, el curso introductorio y al Seminario Conciliar de Madrid (imagen inferior, de diácono en Ars, junto al santo cura).

Fran Gonzalez plata ars

El cáliz y la patena

Viajamos al día de su ordenación. Era 15 de diciembre de 2001, aniversario de la ordenación episcopal del cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo emérito de Madrid —quien les ordenaba—, y tercer domingo de Adviento. «Domingo Gaudete», puntualiza. Domingo de la alegría.

Fran pidió a sus padres que fueran un poco antes. «Igual que después de bautizarme me consagraron a la Virgen, quería que ese día en que me ordenaba, que también era como un niño, me presentaran a la Almudena para que me acompañara y me sostuviera».

Ese día, con una sensación de que a uno todo le supera, «ves que el Señor te ha llamado a ti sabiendo quién eres; no un modelo perfecto, sino con todo, tus talentos, pero también tu fragilidad y tu pecado». «Ahora eran mis manos las que el Señor elegía para entregarse a su pueblo». Así que cuando el obispo le dio el cáliz y la patena, solo podía llorar.

Fran Gonzalez plata caliz

Primer mes de primeras Misas

El primer mes de cura se lo pasó de primeras Misas. Las de sus 16 compañeros de curso. Estaba en la parroquia San Miguel Arcángel de General Ricardos, donde ya había pasado como seminarista y diácono. No olvida su primera confesión. Santiago Valbuena, entonces vicario parroquial, lo animó. «Te tienes que poner en el confesionario; venga, te acompaño». El penitente fue el propio Valbuena.

Ya desde el principio, para Fran los sacramentos son «ser espectador de un milagro constante». «Sin Cristo la vida decae», y en la confesión «ves cómo, igual que Lázaro, la gente sale andando».

Sin decir nada al tuntún, más bien reflexivo, Fran tampoco eligió su lema sacerdotal a lo loco. Por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad (Jn 17, 19). «Cuando me encontré con el Señor, fue tal la alegría y una plenitud tan grande, que veía que Él me llamaba a ser el cauce para que otros se encontraran con Él y pudieran tener vida».

Esto «al principio se vive con muchísima ilusión». Acompaña la fuerza de la juventud, pero ahora que cumple 25 años de sacerdocio, la madurez posa las cosas y uno se da cuenta de que «esa consagración también pasa por vivir una intimidad grande con el Señor. “Me consagro a ti y eres el único que ocupa mi corazón, porque así es la forma en que ellos te pueden conocer”». Antes era una «entrega constante entre la gente» y ahora «se me llama a custodiar el corazón en el Señor para poder seguir entregándome».

Fran Gonzalez plata compos

Sacerdotes que lo han acompañado

Habla Fran de muchos sacerdotes a lo largo de su vida: sus tíos, Julián Carrón, Juan Carlos Merino, Jorge Ávila, Juan Pedro Gutiérrez, José Luis Díaz Lorenzo —que ahora en su vicario, pero fue catequista suyo de niño—…

De su primera parroquia no olvida al párroco, José Aurelio, ni al ya mencionado Valbuena. Tampoco a Gonzalo Mazarrasa, Feliciano, un cura angoleño, y Fausto Marín (padre). «Una comunidad sacerdotal muy distinta, pero con una comunión grandísima; nos reconocíamos todos en un amor al Señor tan grande que salvaba toda dificultad». Siendo su parroquia de origen San Ermenegildo, antes de San Miguel había estado Fran en las parroquias de la Resurrección del Señor y Santa Casilda, cuando los primeros años de Seminario eran en comunidades, y después pasó por Nuestra Señora de los Dolores como vicario parroquial. Ya como párroco, en San Gregorio Magno y, ahora, en Cristo Sacerdote.

Con los sacerdotes de su curso se siguen viendo todos al menos una vez al año, en su aniversario de ordenación. Y luego en la Misa de Cristo Sacerdote, en san Juan de Ávila, en la Almudena... Le gusta a Fran recordar que otros dos son, como él, del Seminario Menor. «Llevamos juntos desde los 13 años». «Se ha generado una fraternidad muy grande entre todos nosotros; nos queremos como hermanos, y nos llamamos hermanos». Hay una fraternidad muy grande también con el episcopado, porque «hemos tenido la suerte» de compartir camino con algunos que han sido ordenados obispos, como Santos Montoya, Jesús, Vidal, José Antonio Álvarez o el propio cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid.

Fran Gonzalez plata ordenacion

Hijo del Pontificado de san Juan Pablo II, este sacerdote reconoce la huella que el Papa polaco dejó en su vida, pero también la de José María García Lahiguera, el fundador de las Oblatas de Cristo Sacerdote, cuyos escritos y palabras «me han ayudado muchísimo».

En estos 25 años de ministerio ha habido cruz y gloria. El «mayor reto» fue la pandemia. «Tener que acompañar a quienes perdieron un abuelo, después un padre, después un marido…». Y de las cosas más gozosas, acompañar a un matrimonio que perdió un bebé nada más nacer. «El Señor me ensanchaba el corazón y fui capaz de amar más allá de lo que pensaba que se podía amar» (imagen inferior, Fran, en el centro, junto a Javier Martín langa, a la izquierda y Miguel González Caballero, compañero de su curso, a la derecha).

Fran Gonzalez plata langa

Vivir con pasión la vocación

Con el tiempo, «lo que más me ayuda en mi vocación es ver gente que vive con pasión su vocación: ver matrimonios, incluso cuando vienen pidiendo consejo ante una dificultad, que no se conforman con la mediocridad; o vidas consagradas que viven con pasión esa consagración. Todo esto es un acicate para seguir viviendo apasionadamente la vocación sacerdotal». Y de los niños, se fija en la sencillez, en el no complicarse: «Me evoca el primer encuentro con el Señor y me hace muy feliz».

—¿Qué le diría hoy al Francisco que se ordenó hace 25 años?
—Que no gastara mucho tiempo y esfuerzo en querer merecer el don del sacerdocio, como queriendo vivir un modelo de sacerdocio que no da respuesta a quién soy yo. A veces uno trata de ser un sacerdote fiel queriendo meter tu ser en un ideal que no se corresponde con quién eres, forzando la humanidad para querer sentirte digno del don. Y esto causa sufrimiento, el querer hacer otro Fran que el Señor ni ha elegido ni quiere que sea. El Señor sabe a quién ha elegido.

Fran Gonzalez plata santiago