Sábado, 05 Noviembre 2016 15:50

«Gracias, don Antonio, por la entrega de su vida»

La catedral de la Almudena ha acogido este sábado una Misa de acción de gracias por el 80 cumpleaños del cardenal Rouco. Han concelebrado decenas de sacerdotes y una docena de obispos (entre ellos, los antiguos auxiliares del cardenal Madrid, monseñor Fidel Herráez –arzobispo de Burgos– y monseñor César Franco –obispo de Segovia–), además del arzobispo emérito de Pamplona, el cardenal Fernando Sebastián.

Su sucesor, monseñor Carlos Osoro, le dirigió unas palabras de agradecimiento al comienzo de la Misa «por sus 80 años de vida, 40 de ministerio episcopal y 20 años de esos 40 de entrega y servicio a esta querida archidiócesis de Madrid». «Gracias, don Antonio –añadió–, por la entrega de su vida. Sabemos que es la fe la que salva al hombre, reestableciendo su relación profunda con Dios, consigo mismo y con los demás. Y la fe se manifiesta en el agradecimiento. Quien sabe agradecer, como aquel samaritano curado, demuestra que no considera todo como algo debido, sino como un don que llega también a través de los hombres pero que proviene en definitiva de Dios».

La Misa tuvo algunos momentos especialmente entrañables, como el Himno del Antiguo Reino de Galicia interpretado por gaitas tras la consagración, la entrega de una placa de agradecimiento que le hizo monseñor Carlos Osoro al final de la Eucaristía, o el recuerdo emocionado del cardenal Rouco a su obispo auxiliar monseñor Eugenio Romero Pose, «que murió santamente en Madrid» el 25 de marzo de 2007».

«¿Cómo no vamos a agradecer cordialmente al señor arzobispo –que en pocos días será creado cardenal de la santa Iglesia romana por nuestro Santo Padre Francisco–, a su Consejo Episcopal y al obispo Auxiliar haber querido convocaros, queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y fieles consagrados y laicos para la Eucaristía de Acción de Gracias que estamos celebrando?», dijo el cardenal Rouco en su homilía.

El arzobispo emérito se presentó como «un cristiano que ha cumplido ya ochenta años de vida, cincuenta y siete de ordenación presbiteral y cuarenta de ordenación episcopal». «La gracia ha abundado sobre el pecado», añadió al hacer un repaso agradecido de su vida y de todas las personas que le han acompañado.

 

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Palabras de monseñor Carlos Osoro al comienzo de la Misa

Querido, D. Antonio, señor cardenal. Siempre podemos decir con razón que la Iglesia vive para alabar y dar gracias a Dios. Ella misma es acción de gracias a lo largo de los siglos, testigo fiel de un amor que no muere, de un amor que abarca a los hombres de todas las razas y culturas, difundiendo de modo fecundo principios de auténtica vida.

Hoy nos reunimos para celebrar y dar gracias a Dios por sus 80 años de vida, 40 de ministerio episcopal y 20 años de esos 40 de entrega y servicio a esta querida archidiócesis de Madrid.

Como bien sabe usted en nuestra familias cristianas se enseña a los hijos dar gracias al Señor antes de comer con una breve oración y la señal de la cruz. En esta familia que es la Iglesia diocesana, queremos no perder esta costumbre y hacerlo celebrando la Eucaristía presidida por usted, quien alimentó con su ministerio episcopal esta Iglesia diocesana durante estos 20 últimos años.

Gracias, D. Antonio, por la entrega de su vida. Sabemos que es la fe la que salva al hombre, reestableciendo su relación profunda con Dios, consigo mismo y con los demás. Y la fe se manifiesta en el agradecimiento. Quien sabe agradecer, como aquel samaritano curado, demuestra que no considera todo como algo debido, sino como un don que llega también a través de los hombres pero que proviene en definitiva de Dios.

La fe requiere hombre que nos abramos a la gracia del Señor, que nos reconozcamos que todo es don y todo es gracia. Por ello, le queremos decir toda la archidiócesis de Madrid hoy todo lo que se esconde en esa palabra tan pequeña, que además cuando es dicha por el mismo Jesucristo alcanza a todo y a todos. Esa palabra es gracias. Gracias, D. Antonio, por su vida, por todo lo que nos ha regalado y ha dejado de parte del Señor en la Iglesia y en esta querida diócesis de Madrid en estos años de ministerio episcopal. Gracias, D. Antonio.

Homilía del cardenal Antonio Mª Cardenal Rouco Varela

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1. La Eucaristía es por excelencia el Sacramento de la Acción de Gracias a Dios por los beneficios de la Creación y de la Redención. El Hijo, hecho carne en el seno de la Virgen María, ofrece al Padre que está en los cielos el sacrificio de su cuerpo y de su sangre derramada en la cruz por la salvación del hombre herido por el pecado y amenazado por la muerte para que en la creación curada y recuperada pueda resplandecer su gloria. Ochenta años de vida y de fe y cuarenta años de ordenación episcopal son datos de una biografía personal detrás de los que se esconde un torrente inmerecido de misericordia, de perdón y de gracia que, a la vez, abruman y consuelan el corazón, impulsándolo a una acción de gracias que solo unida a la de Cristo, crucificado y resucitado, siempre actual en el Sacramento de la Eucaristía, se guarda de la tentación de cualquier tipo de vanidad y se convierte en una sentida súplica para que la misericordia del Padre, el amor del Hijo y la gracia del Espíritu Santo no falten nunca hasta el definitivo encuentro con el Señor, es decir, para poder mantener con el Salmista, siempre fresca y siempre presente en los labios y en el corazón, la plegaria: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación»

¿Cómo no vamos, pues, a agradecer cordialmente al Señor Arzobispo –que en pocos días será creado Cardenal de la Santa Iglesia Romana por nuestro Santo Padre Francisco–, a su Consejo Episcopal y al obispo Auxiliar haber querido convocaros, queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y fieles consagrados y laicos para la Eucaristía de Acción de Gracias que estamos celebrando? Porque no podemos ni debemos olvidar que, «si el acto de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario», y que, «en efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia» (Benedicto XVI, Porta fidei 10), lo mismo es preciso afirmar del acto personal de la alabanza y de la acción de gracias a Dios, que solo en la medida interior y exterior de su integración creciente en la comunión del sacrificio eucarístico de la Iglesia cobran todo su valor a los ojos de Dios. «El creyente afirma así que el centro del ser, el secreto más profundo de todas las cosas, es la comunión divina» (Papa Francisco, Lumen fidei 45).

2. La historia de un cristiano que ha cumplido ya ochenta años de vida, cincuenta y siete de ordenación presbiteral y cuarenta de ordenación episcopal, recorriendo un camino que se abre con «la puerta de la fe» y comienza el día de su bautismo, está tejida de gracia –¡de gracias internas y externas!–, pero también de faltas de correspondencia a ese amor infinitamente misericordioso que brota del Corazón de Cristo, que nunca se cansa de asomarse a la ventana del alma para que veamos «con cuánto amor llamar porfía», como se expresaba el poeta con fina y arrepentida sensibilidad espiritual, y no nos encontraba siempre diligentes, ni siquiera dispuestos a abrírsela de par en par. A estas alturas de una prolongada historia vivida sin interrupción en la comunión visible de la Iglesia y, en sus más largos y decisivos tramos, empleada en su servicio apostólico, no puede uno, urgido por su conciencia, sustraerse a la pregunta, también con el poeta: «¿Qué tengo yo que mi amistad procuras, qué interés se te sigue, Jesús mío, que a mi puerta, cubierto de rocío, pasas las noches del invierno oscuras?» Pero la gracia ha abundado sobre el pecado. Sí, de algún modo tendré que confesar que la verdad del axioma de la antropología teológica, de que «todo es gracia», ha acompañado toda mi vida, sin merecerlo y sin agradecerlo debidamente con la fuerza interior de un corazón dispuesto a la entrega incondicional de la libertad a la voluntad del Señor en toda ocasión. No resultaba, ni resulta nada fácil responder con la oración de san Ignacio de Loyola en su Contemplación para alcanzar amor con la que culmina la cuarta y última semana de sus Ejercicios espirituales: «Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo disteis; a Vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta». Y, ello, a pesar del cúmulo de gracias internas y externas recibidas a lo largo de ochenta años de vida y de cuarenta de ministerio episcopal.

3. Hacer memoria expresa de las gracias exteriores recibidas, más significativas en la historia del alma y, sobre todo, en la del ministerio episcopal me parece un mínimo reconocimiento que debo, en Jesucristo, Pastor de nuestras almas y supremo Pastor de su Iglesia, a las personas que fueron sus instrumentos en momentos y períodos decisivos de esta historia. No quisiera olvidar, ni mucho menos, en este momento eucarístico, el inmenso valor natural y sobrenatural de lo que supusieron en mi vida de cristiano y en el despertar y en el sostén de mi vocación sacerdotal, por este orden: mi familia –mis padres, mi hermana la de casa–, mi parroquia de Villalba –sus sacerdotes y feligreses– y los centros de formación humana, espiritual, académica y pastoral en los que se purificó, creció y maduró mi vocación sacerdotal: Seminario Conciliar de Mondoñedo, Colegio Mayor San Carlos y Universidad Pontificia de Salamanca, el Instituto y la Facultad de Teología de la Universidad de Munich. Los recuerdos de los superiores y profesores, de los compañeros y amigos se llenan de emoción agradecida. La comprensión y la bendición de mis Obispos diocesanos de Mondoñedo-El Ferrol fueron benévolas, generosas y constantes. Así respondía el Señor a mi «¡Ay Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, sólo soy un niño» (Jn. 1, 6)

4. Permitidme, sin embargo, como era la costumbre de Pablo en los saludos finales de sus cartas, poner hoy concisamente el acento principal en las extraordinarias gracias que me fueron regaladas en la forma de la cercanía y colaboración humana, espiritual y pastoral de personas muy queridas y en la celebración de extraordinarios acontecimientos eclesiales:

El pasado 31 de octubre se cumplía el cuarenta aniversario de mi ordenación episcopal en la Catedral de Santiago de Compostela. Su celebrante principal era mi arzobispo, Don Ángel Suquía Goicoechea. Durante los siete primeros e inolvidables años de mi ministerio episcopal en las tierras del Señor Santiago me guió y me acompañó con sabiduría de padre y hermano mayor en el episcopado y con una creciente amistad y confianza que convertían la cooperación personal en el servicio pastoral a la por ambos muy querida Comunidad diocesana en un verdadero gozo espiritual y eclesial. El apoyo y la colaboración personal y ministerial de todo el Presbiterio de la Archidiócesis Compostelana en estos años y en los siguientes de servicio ya como su Arzobispo significaron una gracia muy especial del Señor, sin la cual no me hubiera sido posible asumir y ejercitar con la fidelidad y la entrega apostólica requerida el oficio de pastor de una Iglesia diocesana que se extendía desde la costa sur de la Ría del Ferrol a la costa norte de la Ría de Vigo, en un momento muy delicado de su historia más que milenaria, que poseía el tesoro de fe y de misión apostólica heredado de la tradición venerable y  preciosa de Santiago, el primer evangelizador de España, y cuyos restos sagrados guardaba fiel y piadosamente en su Catedral. En el joven equipo de Vicarios Episcopales con el Vicario General, en el Cabildo de la Catedral Metropolitana, formadores y profesores del Seminario y del Instituto Teológico y en la Secretaría General, cristalizó la generosidad pastoral de los sacerdotes diocesanos y religiosos con su arzobispo, participando en su ministerio y haciendo honor a la definición que hace de ellos el Concilio Vaticano II «como [sus] colaboradores y consejeros necesarios en el ministerio y función de enseñar, santificar y apacentar el pueblo de Dios» (PO 1 y 7). Las dos visitas apostólicas de san Juan Pablo II –la del 9 de noviembre de 1982, con el memorable acto europeísta de la catedral y jornada final de su primer viaje a España, iniciado el 31 de octubre, y, sobre todo, la IV Jornada Mundial de la Juventud del 15 al 21 de agosto de 1989– marcaron hitos espirituales, apostólicos y misioneros irreversibles en la recuperación de la vitalidad cristiana del Camino y de la Peregrinación a Santiago, y en el futuro de la pastoral juvenil de la Iglesia Católica. Su preparación y su realización fue fruto granado de la gracia de una vivencia fiel de comunión eclesial compartida por el pastor diocesano con sus sacerdotes, religiosos y seglares.

Esa experiencia de comunión eclesial, vivida con creciente intensidad espiritual y pastoral entre el arzobispo, los obispos auxiliares y los presbíteros, con los consagrados y los fieles laicos ha sido también la gracia singularísima que nos ha mantenido y alentado en los veinte años de servicio episcopal a esta queridísima archidiócesis de Madrid. Sin el compromiso personal y pastoral de sus sacerdotes diocesanos y consagrados, desprendido e incansable en su celo por la nueva evangelización de una sociedad y de un pueblo de ancestrales raíces cristianas, y tentado por los señuelos engañosos de una secularización radical y poderosa, no nos hubiera sido posible atender a esas exigencias fundamentales de nuestro oficio como pastor del pueblo de Dios en Madrid de enseñarlo, santificarlo y regirlo en la caridad como sucesor de los apóstoles y pastor de la Iglesia particular. Sacerdotes de calidad humana y espiritual excepcionales me han acompañado en el Consejo Episcopal, en los Seminarios diocesanos, en la Universidad San Dámaso, en las Pastorales tan variadas que vertebran la presencia de la Iglesia en los campos de la cultura, del servicio social y de caridad con los enfermos y los más necesitados, con las familias y en la vida pública madrileña. Con los párrocos, vicarios y adscritos al servicio pastoral de las comunidades parroquiales de Madrid nos fue posible llegar a las personas  con nombres y apellidos y a las situaciones más variadas de las familias madrileñas con la palabra y la cercanía del Evangelio. En la última visita de san Juan Pablo II a Madrid, a España, los días 3 y 4 de mayo de 2003, en el tercer Sínodo Diocesano de Madrid, y sobre todo en la Jornada Mundial de la Juventud del 16 al 21 de agosto del año 2011 con el Papa Benedicto XVI, se puso a prueba y se reveló con toda su fecundidad y belleza evangelizadoras la vivencia de la comunión entre el Arzobispo, los Obispos Auxiliares, los presbíteros, los consagrados y los seglares de la archidiócesis madrileña. Benedicto XVI caracterizaría luego la Jornada como una «verdadera cascada de luz» y expresión modélica de nueva evangelización.

5. Las horas de gracia más sobresalientes y determinantes de nuestro ministerio episcopal han sido con todo acontecimientos y momentos señeros de la vida de la Iglesia universal: el Concilio Vaticano II y los Pontificados de los grandes Papas del último tercio del siglo XX y de las dos primeras décadas del siglo XXI: el beato Pablo VI, san Juan Pablo II, Benedicto XVI y el inicio del ministerio del Papa Francisco.

El Concilio Vaticano II nos ayudó a conocer con los ojos de una fe renovada teológica y pastoralmente a la Iglesia en lo más íntimo de su ser como Misterio de comunión y misión, nacida del Costado abierto de Cristo en la cruz, visible sacramentalmente en el mundo como Misterio del amor misericordioso del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, fundada por Jesucristo y puesta en el camino del hombre para salvarlo. Y, en ese conocimiento teológicamente renovado del ser y de la misión de la Iglesia, vibraba y se explicaba un conocimiento espiritualmente más sabroso y humanamente más atrayente de la persona de Jesucristo como Hijo de Dios y Salvador del hombre. La Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual enseñará que «el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado», y que Él, «el Señor es el fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones» (GS 22 y 45). A ese conocimiento de Jesucristo, «que manifiesta el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación», se orientará toda la línea del magisterio y de la acción pastoral de san Juan Pablo II, desde el umbral mismo de su pontificado. En la memoria viva de la Iglesia resuena todavía aquella llamada nueva y apasionante a evangelizar al hombre de los nuevos tiempos con aquel «¡No tengáis miedo!  ¡Abrid… Abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo», de la homilía de la Eucaristía del comienzo de su Pontificado en la Plaza de San Pedro, el 22 de octubre de 1978. Al oírlo, los que le escuchábamos con una indisimulada expectación nos bullía la esperanza de que el programa pastoral de la evangelización que nos había legado Pablo VI en la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi del 8 de diciembre de 1975 iba a ser puesto en práctica con un dinamismo misionero de una energía y vitalidad apostólica poco conocida, centrado en la esencia de la evangelización, como acababa de definirla Pablo VI: «Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los hombres con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de su Muerte y Resurrección gloriosa […] No hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios» (EN 14 y 22).

Sí, llevar al corazón mismo del hombre y de la humanidad del Tercer Milenio, acosada por nuevas formas de la tentación originaria de rebelarse contra Dios, la verdad, la vida, la gracia y el amor de Cristo constituirían el leit-motiv de uno de los pontificados más prolongados y fecundos de la historia de la Iglesia. Hilo pastoral y apostólicamente conductor de su sucesor en la Silla de Pedro, Benedicto XVI, que ha cifrado sus ocho años de servicio a la Iglesia como Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo en su obra Jesús de Nazaret, que no es un documento magisterial, como él mismo ha subrayado en el prólogo del primer tomo aparecido, pero sí la clave espiritual, la más íntima, para comprender su magisterio y el estilo de su gobierno pastoral, impregnado de una delicadeza personal y de una sencilla humildad auténticamente evangélicas.

La Exhortación Apostólica de nuestro Santo Padre Francisco Evangelii gaudium no viene sino a confirmar el papel teológico y espiritual de centrar toda la acción pastoral de la Iglesia en el Misterio de Cristo para acertar pastoralmente ante los retos culturales y sociales que presentan a la Iglesia los signos de los tiempos, por tantas razones inquietantes y dramáticas, con el verdadero recurso de la nueva evangelización: «¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos  lance a comunicar su vida nueva!» (EG 264). Ciertamente, para esta hora del mundo, duro de comprensión para la verdad del Evangelio de una dureza no menor que la de los oyentes y discípulos del Señor que no quieren entender sus palabras sobre “el pan de vida”, y le abandonaron, no cabe otra actitud que la de los Doce reflejada en la respuesta de Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,69).

6. Sí, han sido incontables las gracias externas recibidas del Señor, como dones especiales de su Espíritu Santo, a lo largo de los muchos años de mi vida y, sobre todo, de los cuarenta de mi ministerio episcopal. Un regalo suyo, de su amor misericordioso, tantas veces no correspondido, y, aún así, no me queda nada más que decir, como san Juan Pablo II en la inolvidable Vigilia Mariana de Cuatro Vientos, al anochecer del 3 de mayo de 2003 ante los jóvenes de España: «¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!», añadiendo con el Salmista: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación».

Me falta, finalmente, evocar con sentimientos de conmovida gratitud la gracia externa, espiritualmente la más valiosa entre las valiosas, que es la de la oración de tantas comunidades de hermanas de vida contemplativa, sobre todo, de Santiago de Compostela y de Madrid, además de otros lugares de España, que con exquisita caridad no han dejado de sostenerme en los más dolorosos y en los más gozosos pasajes de mi ministerio episcopal. Extraordinariamente valioso fue también el servicio de las consagradas que me han cuidado y cuidan con un esmerado sentido de la maternidad eclesial: las Hijas de la Natividad de María en Santiago de Compostela y las Siervas Seglares de Cristo Sacerdote en Madrid. En todas ellas se hizo presente, con una misteriosa y eficaz ternura, el amparo de la Santísima Virgen de la Almudena, Patrona de Madrid, Madre de la Iglesia, Madre nuestra y Estrella de la Evangelización. A Ella, apoyado en la intercesión del Apóstol Santiago, Patrono de España, con palabras del Papa Francisco, le ruego:

«Virgen y Madre María,

tú, que movida por el Espíritu,

acogiste al Verbo de la vida

en la profundidad de tu humilde fe,

totalmente entregada al Eterno,

ayúdanos a decir nuestro “sí”

ante la urgencia, más imperiosa que nunca,

de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús» (EG 288).

Amén.

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Infomadrid / R. Benjumea / Fotos: Miguel Hernández Santos
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