23 de Mayo de 2018

«Seguir a Cristo es una aventura»

La Delegación de Pastoral Vocacional ha hecho público un nuevo vídeo en el que la hermana Ester de María Ramos, hija de Santa María del Corazón de Jesús, confiesa que «seguir a Cristo es una aventura» ya que «dejas de controlar tu vida porque te la controla Dios». Un Dios que «no te quita nada», sino que «te lo da todo». Y ahí, reconoce que está la verdadera alegría: «Poder recibir gratis para, luego, dar gratis un amor de Dios que nace del corazón de Jesús y que puedes entregar a los demás». Ser religiosa, tal y como subraya, «significa ser de Dios, imitar a María, vivir de la Eucaristía, servir a los hermanos y formar parte de la mejor familia del mundo: la Iglesia». 

El vídeo se enmarca en una iniciativa de la delegación –en colaboración con Medios de Comunicación del Arzobispado de Madrid– para ir presentando testimonios de sacerdotes, religiosos y religiosas. Cada martes y viernes, uno de ellos contará cómo vive su vocación y cómo su incondicional «sí» al Señor le ha cambiado la vida. 


Juan Sánchez-Blanco confirma «la suerte» de sentirse llamado a este gran don, y «la alegría» de descubrirlo con 50 años: «Soy sacerdote desde hace diez meses» y, por lo tanto, «mi experiencia sacerdotal es corta, pero la alegría es larguísima». Para Dios «nada hay imposible», reconoce, «a mí esto me parecía imposible en mi vida, y el Señor lo ha podido hacer». Cumplir su voluntad «es ser libre», revela el presbítero. Él «ha hecho una obra grande por mí y estoy alegre».

Araceli Guardeño Campaña, misionera cruzada de la Iglesia, reconoce que su felicidad reside en la pasión por Jesús, «que me ha llevado a darme a los hermanos». Desde nuestro carisma, descubre, «hay un proyecto común que Dios tiene para todos los hombres», y esa pasión «me lleva a hacer lo posible por estar cerca de la gente para que su dignidad sea respetada y se sientan personas amadas por el Señor». En esta línea, la religiosa confiesa que «lo más importante es estar disponible para dar la vida en cualquier parte del mundo» 

Antonio Secilla Buenadicha, sacerdote diocesano y subdelegado de la Delegación de Pastoral Vocacional, revela que la alegría de su ministerio responde a la Virgen María, «la causa de nuestra alegría», porque «Ella, con su , con su hágase, fue la que nos trajo al Señor e hizo que Dios se encarnase». El poder contemplar ver a Dios, reconoce, «es lo que nos llena de alegría». Asimismo, el presbítero subraya que «la alegría es fruto del amor».

Mª Piedad Crouseilles Chapapria, hermana de la Virgen María del Monte Carmelo, reconoce que cuando sentía a Dios de pequeña le inundaba la  alegría e «iba cantando por la calle». Ahora, con 58 años, sigue sintiéndolo, y mucho más: «Porque ahora lo siento con mucha paz». Lo más importante que me ha pasado en le vida, subraya, «ha sido que he descubierto que Él me quiere», y que «me quiere solo para Él».

Santiago Tornos Alonso, sacerdote diocesano, reconoce ser feliz «porque Dios me ha amado profundamente» y «porque entregando su amor, hago que la gente sea más feliz». Asimismo, el sacerdote revela que su felicidad brota de una sola fuente: «Ayudar a otros a que descubran que pueden ver a Dios en sus vidas». 

María Soledad Francisco, sierva de María, ministra de los enfermos, confiesa sentirse «muy feliz de saber que mi vida está en manos de Dios». Como religiosa, reconoce, «quiero hacerle presente cuidando a los enfermos». Su Palabra «es la luz que ilumina mi vida».

Además, la religiosa subraya que María «es un modelo inspirador que me acompaña a lo largo de toda mi vida: Ella es mi madre y mi maestra» y «me enseña a reconocer el amor de Dios en mi vida, a saberle alabar, a unir mi alabanza a la suya y a servir sencillamente a quienes viven mi vida». 

Luis Manuel Suárez, misionero claretiano y sacerdote, reconoce que mantiene la alegría de seguir al Señor «por lo que Él me va regalando». Seguirle, subraya, «es una fuente de alegría sostenible».

Así, recordando el lema de su ordenación sacerdotal –Gratis lo recibisteos, dadlo gratis–, destaca que, con el tiempo, «te das cuenta de que es verdad, y también sucede al revés» porque «cuando uno da gratis, recibe mucho gratis, y eso es fantástico». 

Rosario Navas Sacedón, hija de la Caridad de San Vicente de Paúl, acompañada de su guitarra, reconoce que Dios es su canción favorita por haberle «encontrado» en el servicio de «los más pobres y necesitados». Por Él y por todo lo que vive, canta agradecida que «merece la pena conocerse y darse a al Señor». 

Milena Prete, hermana terciaria capuchina de la Sagrada Familia, revela que su vocación le hace ser una persona realizada y feliz «porque me ha dado alas para amar a cualquier persona y cualquier lugar». Por ello, la religiosa reconoce sentirse «libre y desprendida de las cosas». La alegría de seguir al Señor «me viene porque me siento una hija querida de Dios y eso me da mucha confianza en la vida». De Dios, subraya, «me atrae su ternura y su bondad», y «me siento acogida y abrazada por Él». 

Fernando Bielza Díaz, diácono madrileño, reconoce que es feliz «porque, desde la mañana hasta la noche, sé que estoy haciendo la voluntad de Dios». Una felicidad que, como descubre Fernando, encuentra su sentido al saberse llamado por Dios para «ser el servidor de la alegría de los demás y transmitirla a todos los hombres».

Mariela Lorenzo, religiosa del Apostolado del Sagrado Corazón de Jesús, confiesa que la alegría y la felicidad de seguir a Jesús «nacen de la profunda gratitud de sentirme llamada y convocada». Un carisma que «quiere dar a conocer a las personas como Dios las ama, optando por la gente más empobrecida, viviendo desde Jesús y trabajando por la justiica». La alegría de la vocación, reconoce la religiosa, «está en trabajar para que esto sea posible». Por ello, Mariela asevera que «seguir a Jesús me hace profundamente feliz, al sentirme amada y habitada por Él». 

Andrés María García Serrano, sacerdote diocesano, confiesa que «ser sacerdote es lo más grande que me ha pasado en la vida». El sacerdocio «te permite ayudar en momentos muy importantes de la vida», asevera, «como acercar la Eucaristía, dar un consejo o ayudar al buen morir». Y «si volviera a nacer», confiesa Andrés, «volvería a ser sacerdote».

 Elizabeth Paez Tolosa, religiosa calasancia, descubre que su vida forma parte de un todo, «y formar parte de ese todo me hace levantarme cada día y poder aportar lo mejor». En el colegio, donde pone su vida al servicio de Dios a través de la educación, «voy descubriendo que Él está conmigo, en medio de la realidad que voy viviendo y de las hermanas con las que comparto mi vida». Detalle que, como revela, «me hace sentirme llamada, con otras, para el Reino».

Francisco Javier Valencia Arjona, hermano de San Juan de Dios, asegura que su encuentro Cristo «fue acompañado de conocer al mundo de los enfermos y los pobres». Una vocación, la suya, «entregada a las personas que sufren», y asentada en un carisma que «nos permite estar con los que son imagen de Dios y donde encontramos cada día a Jesús».

Valérie Squire, carmelita de la Caridad Vedruna, mantiene la alegría de seguir a Jesús porque es Él quien da sentido su vida: «Cuando abro la Palabra, siempre es nueva, me mueve, me renueve y me emociona». Siento que la relación con Dios, subraya la religiosa, «es un regalo» porque «me hace seguir adelante, me hace más libre y más disponible para otros».

José Antonio Cañizares, de la orden de San Agustín, reconoce que la vida religiosa «es una entrega especial, con un carisma especial, dentro de la Iglesia», donde «te das a ti mismo, ayudas a tu comunidad a crecer, convives con tus hermanos y creces en cuerpo y alma». La vida religiosa, destaca el religioso, «es una entrega plena a Cristo que, al igual que se dio por nosotros, nosotros nos damos a la Iglesia y a la sociedad: intentamos dar una luz de esperanza y una sonrisa»

Marilú Álvarez, consagrada del Regnum Christi, confiesa que su mayor fuente de alegría es Jesús, «y su presencia siempre fiel, en las buenas y en las malas», así como «el ver cómo toca la vida de las personas a través de mi vida, que es muy pobre y limitada». Marilú cuenta que siempre pensó en casarse, en tener hijos y en formar una familia, y la llamada del Señor «descontroló» totalmente su vida: «Entonces, le dije confío en ti y ya te encargarás Tú de darme la alegría de vivir y de hacerme feliz.

Manuel González López-Corps, sacerdote diocesano de Madrid, señala que «toda la vida de un presbítero está relacionada con Cristo y tiene una finalidad: los demás». Además, confiesa que vive el día a día «desde la Palabra de Dios, intentando llenarme de su presencia, sirviendo en la medida que buenamente puedo y comunicando la esperanza de Jesús». Predicar a Jesucristo, subraya, «es vivir como un discípulo». 

Paloma Fernández-Zarza, hermana de la Caridad del Sagrado Corazón de Jesús, reconoce que es feliz en medio del temporal porque siempre que cayó sintió la mano del Maestro para levantarse: «Esa es la experiencia que me da alegría cada día». Y en medio de las dificultades, subraya la corazonista, «siento que Él es el camino, me tiende su mano y me ayuda a descrubrirle en los hermanos y en las situaciones que vivo». La alegría de seguir al Señor, asegura, «es ponerse a la escucha, mirarse menos el ombligo e intentar ver lo poco o mucho que puedo aportar desde la sencillez del día a día». 

Ángel Amigo García, sacerdote diocesano, asevera que su felicidad solamente tiene un nombre, y es Jesucristo: «Me lo ha dado todo y lo único que me ha quitado son mis miserias y mis pecados». Amigo, además, confiesa que el Señor le ha devuelto «la alegría, la paz y el consuelo», y lo descubre, día tras día, en la misericordia. «Donde más disfruto es el confesionario», reconoce, «y «ser canal de gracia del Señor es una alegría para salir cada día, con una sonrisa, a celebrar la Misa».

Ana Mª Ferradas González, sierva de San José, cuenta cómo Jesús le enseñó «a mirar a Nazaret, al mundo del trabajo y a la mujer trabajadora». Además, reconoce que haber vivido en otra cultura le ha abierto el horizonte «para poder valorar lo distinto, como hacía Jesús en sus encuentros con las personas». Detalle que agradece al Señor, «quien me hace feliz» y «de quien he aprendido a vivir cotidianamente la realidad que se nos presenta, las alegrías y las tristezas».

Guillermo Cruz, sacerdote diocesano y consiliario de la Hospitalidad de Lourdes, expone que la alegría de ser sacerdote –despues de 19 años– está en descubrir que, a pesar de su flaqueza, Dios le ha permitido ser testigo de su amor: «Sé que soy pequeño y pobre, pero el Señor, por su amor y su misericordia, me ha dado la fuerza para vivir alegre».

Luiza Almeida, consagrada del Regnum Christi, cuenta cómo «la experiencia de seguir de cerca al Señor» llena su vida de «sentido e ilusión», al haber descubierto «para qué me hizo el Señor y para qué me ha puesto en el mundo». Y hoy «soy muy, muy feliz en la vocación donde Él me llama» porque, por encima de todo, «el Señor nos da cien veces más de lo que nos pide».

Napoleón Ferrández, sacerdote diocesano, manifiesta cómo sigue alegre después de 15 años de entrega al Señor, porque «el sacerdocio es una relación con Él que, cada año que va pasando, es más estrecha y más fuerte».

Rocío Belén Pedroso, misionera cruzada de la Iglesia, destaca que «la felicidad de la vida consagrada está en dejarse amar por Dios». Un amor que le lleva a responderle que sí «a su invitación de seguirle lo más cerca que pueda a una humana criatura». Rocío subraya, de una manera especial, «la alegría de saberme amada y acompañada por Dios en todo momento».

Para promocionar esta iniciativa, la Delegación de Pastoral Vocacional de Madrid –en colaboración con Medios de Comunicación del Arzobispado de Madrid– ha elaborado un vídeo promocional con testimonios de sacerdotes, religiosos y religiosas donde manifiestan que la alegría de la vocación es el «sí» que cambió para siempre sus vidas

 El resto de vídeos se irán subiendo al canal de Youtube de la delegación de Pastoral Vocacional de Madrid.

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