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Domingo, 01 febrero 2026 14:39

La catedral de la Almudena ha acogido la Presentación de los niños a la Virgen: «Nada de lo que se ha puesto en manos de Dios se ha perdido»

La catedral de la Almudena ha acogido la Presentación de los niños a la Virgen: «Nada de lo que se ha puesto en manos de Dios se ha perdido»

«No os apuréis porque lloren los niños». Con estas palabras ha acogido el cardenal José Cobo a las familias que este domingo 1 de febrero se han dado cita en la catedral de Santa María la Real de la Almudena para participar en la Presentación de los niños y niñas a Nuestra Señora de la Almudena.

La celebración, organizada con la colaboración de la Delegación Episcopal de Familia y Vida, ha estado presidida por el arzobispo de Madrid, quien ha invitado desde el inicio a vivir la Eucaristía con confianza, recordando que el llanto de los niños forma parte natural de una Iglesia viva. Con la procesión de las velas, en la que los padres han caminado junto a sus hijos hasta los pies de Nuestra Madre, se ha simbolizado a la familia como «un camino iluminado por la luz de Cristo», una vocación a ser «gente de luz» que ha querido iluminar el mundo, llegando a los lugares donde aún hay incertidumbres y oscuridades y abarcando todas las dimensiones de la existencia humana.

El auténtico camino de la felicidad cristiana

Durante la homilía, el cardenal Cobo ha centrado su reflexión en las Bienaventuranzas, presentándolas como «el auténtico camino de la felicidad cristiana». Dirigiéndose especialmente a las familias, ha subrayado que «nadie se ama bien a sí mismo si no se sabe sostenido por otro» y que todos dependemos de Dios, una dependencia que no es presentada como debilidad, sino como fuente de vida.

El arzobispo ha recordado que Jesús se ha atrevido a anunciar la felicidad «no de manera superficial, sino desde el corazón», sin ocultar el sufrimiento humano. «Las Bienaventuranzas —ha explicado— no han sido una promesa para unos pocos ni para un futuro lejano, sino una forma concreta de vivir la vida cotidiana». En ellas, Jesús ha proclamado bienaventurados a los pobres, a los mansos, a los que lloran y a los que tienen hambre y sed de justicia, porque precisamente ahí «Dios se ha hecho presente».

Frente a la lógica del mundo, que ha situado la seguridad en el tener, en el control o en la autosuficiencia, la predicación ha puesto el acento en que «la verdadera seguridad ha estado en ponerse en manos de Dios», especialmente cuando todo ha parecido romperse. «Cuando todo se ha caído —ha señalado— Dios no se ha caído nunca».

Las Bienaventuranzas, ha continuado el cardenal, «han descentralizado al ser humano de sí mismo» y lo han devuelto a la actitud filial: vivir como hijos, confiados, abandonados en los brazos de Dios, «como los niños que hoy han sido presentados a María». En ese abandono ha aparecido «una pobreza que libera, una mansedumbre que sana y una esperanza que no defrauda».

La celebración ha puesto también de relieve la grandeza de la maternidad y la paternidad, recordando que «dar a luz» ha sido acoger el don de la vida que viene de Dios. María ha sido presentada como «referente y modelo de esta maternidad», reflejo del Amor de Dios que sostiene, acompaña y no abandona nunca.

 La Eucaristía ha concluido con la bendición de los niños y sus familias, enviándolos a vivir la fe desde lo cotidiano, con la certeza de que «nada de lo que se ha puesto en manos de Dios se ha perdido» y de que incluso lo que ha parecido un final «se ha podido convertir, para Él, en un nuevo comienzo».