La Delegación Episcopal de Cultura del Arzobispado de Madrid, que inició su andadura a principios de este mes de octubre, ha realizado este martes 20 el tercer encuentro de estudio de la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV. Se ha abordado el capitulo II de la encíclica, con el tema «Fundamentos y principios de la DSI», y ha contado con la asesoría de Manuel María Bru, delegado episcopal de Cultura, y la teóloga y artista multidisciplinar Silvia Martínez Cano.
Alcance y valor de la Doctrina Social de la Iglesia
Los fundamentos y principios de la Doctrina Social de la Iglesia y el concepto de desarrollo humano integral forman parte del contenido del segundo capítulo de la encíclica, como mostró Manuel María Bru. Junto con el primer capítulo aparece la clave para entender el alcance y valor de una doctrina que ha sembrado una serie de ideas presentes en diversos movimientos ideológicos, recordó. Igualmente hizo ver la dificultad de determinados grupos dentro de la Iglesia para aplicar los principios de la Doctrina Social de la Iglesia a cuestiones reales y concretas.

Los que creemos en el Dios trinitario tenemos que reconocer unas consecuencias sociales, dado que todos somos hermanos, destacó Bru. Algo que tiene que ver con la teología de la creación, que aborda la cuestión de la dignidad de todo ser humano, que es infinita por ser creado a imagen y semejanza de Dios. Una dignidad que brota del amor de Dios y es absolutamente incondicionada. Algo que nos debe llevar a revisar el lenguaje y a nunca condenar.
El delegado de cultura enfatizó las palabras de la encíclica en la que dice que «en la perspectiva cristiana, los derechos humanos no son un añadido externo a la persona», reconociendo como Magisterio algo que surgió fuera de la Iglesia. Derechos humanos que son inviolables, universales e inalienables, lo que demanda evitar el riesgo de quedarse en declaraciones meramente formales y perder el fundamento de su universalidad, como hizo ver el asesor.
Armonizar justicia e intereses
Con relación al bien común la encíclica lo ve como elemento que da vida a un pueblo. En ella aparece lo que corresponde al Estado y defiende la necesidad de armonizar justicia e intereses y de una visión a largo plazo. Por su parte, cuando habla de subsidiariedad se destaca la importancia de la corresponsabilidad, un principio que tiene particular importancia en el contexto de la revolución digital.
Ya en lo que tiene que ver con el principio de solidaridad, estamos ante una realidad que se expresa cuando se toma parte en la vida de la comunidad y se siente la necesidad de hacerse cargo de la vida y de las heridas del hermano y de la hermana. La justicia social busca que nadie se quede atrás y exige mirar a todos, comenzando por los más vulnerables. Estamos ante un principio que tiene que ver con las estructuras y con la necesidad de evitar que surjan formas de exclusión y privación de libertad, también con los migrantes y su derecho a la esperanza.
El desarrollo humano integral aparece en la encíclica como elemento que tiene que ver con todas las dimensiones de la existencia y las generaciones futuras, así como preguntarse si es humano el aumento de consumo de unos a expensas de los otros. Algo que también tiene que ver con la ecología integral.
De hecho, la Doctrina Social de la Iglesia es un examen de conciencia para la Iglesia, y debe tenerse en cuenta a la hora de tomar decisiones y de ejercer la responsabilidad. Tampoco se puede olvidar que todo poder está al servicio de la comunión y de la misión, concluyó Manuel María Bru.

Cinco artistas y cinco obras
Silvia Martínez Cano abordó este capítulo a partir de cinco artistas y cinco obras. Partía de la idea de la dignidad, y presentaba la figura de Kiki Smith, que reflexiona sobre la dignidad del cuerpo humano. Alguien que juega con materiales, que pone de manifiesto la fragmentación y fragilidad del ser humano. En su obra cadeneta, de 1992, quiere mostrar esa fragilidad y vulnerabilidad del cuerpo humano, que en cualquier momento se puede romper, una muestra de limitación.
Con relación a Kate Daudy, mostró la positividad de sus mensajes, cargados de esperanza, motivación y amor. En su obra «Am I my brother´s keeper?», hace una llamada a la solidaridad, que nace de una experiencia vivida en los campos de refugiados de Siria, recordó Martínez Cano. Por su parte, Jakob Grosse-Ophoff, hace una crítica a la sociedad con sus esculturas y dibujos. La teóloga llamaba a descubrir en la obra del artista que el cuidado es fuente de subsidiariedad.
Doris Salcedo trabaja en su obra el trauma, la memoria y el sufrimiento en el contexto de Colombia y la violencia derivada de la guerra, que ha provocado mucho desarraigo. En el espacio de arte Fragmentos ha hecho un ejercicio de memoria como primer paso para la justicia social. Finalmente, mostró la figura de Sebastião Salgado y su reflexión sobre justicia y resiliencia, llevando a cabo a través de la fotografía una manera distinta de mirar el mundo. Algo que aparece en sus fotografías en la mina de oro de Serra Pelada, a través de las cuales cuestiona el modo de vivir y sus consecuencias. También sobre la reforestación de una hacienda que muestra que con nuestra implicación podemos transformar la realidad.
La dignidad empieza en el ser juntos, concluyó Silvia Martínez Cano, a través de un grafiti en el que se lee que «somos lo que hacemos para cambiar lo que somos». Una propuesta que pone de manifiesto la relación entre el arte y la humanidad, como camino para que sea magnífica.