En la Universidad San Dámaso de Madrid se desarrolló la Jornada Académica Misterio de la Iglesia: Misterio de comunión y misión. Monseñor Segundo Tejado Muñoz, miembro del dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, recientemente creado por el Papa Francisco, fue quien desarrolló la ponencia Una misión que construye la comunión.
Un tema sugestivo, como lo definió monseñor Segundo, «profundamente vinculado a mi historia personal y a la actividad que llevo a cabo al servicio de la Santa Sede». De hecho, el nuevo dicasterio asume las competencias que tenían el Consejo Pontificio Justicia y Paz, el Consejo Pontificio «Cor unum», el Consejo Pontificio para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes y el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud. Organismos todos ellos que, unificados ahora, se centraban en volcarse en los demás, un volcarse que hace comunión en la misma Iglesia.
Comenzó recordando el envío de los 72 discípulos en el Evangelio de San Marcos. Este enviarles «de dos en dos» no es una realidad meramente funcional, sino que nos dice algo esencial que es una regla fundamental de la misión cristiana. Los misioneros del Evangelio reciben, ante todo, la llamada a amarse unos a otros, a sostenerse en las dificultades y pruebas. San Agustín expresa la finalidad de esta mutua caridad con estas palabras: «así sucederá que yo amo tu fortaleza y tú soportas mi debilidad».
«Quiero tomar solo tres episodios que a mi juicio pueden servir para profundizar el tema que estamos tratando: me refiero al encuentro entre Felipe y el funcionario etíope, a la primera misión de Bernabé en Antioquía y a las vicisitudes que llevaron a Pablo a anunciar el Evangelio en Macedonia».
A partir de estos tres pasajes se hacía la pregunta: «¿De qué modo la misión construye la comunión en la vida de la Iglesia?».
El encuentro entre Felipe y el eunuco nos muestra que la Iglesia en su misión universal construye la comunión con todas las personas a las que la sociedad excluye. El Santo Padre nos recuerda continuamente que el mundo actual está basado en la cultura del descarte. El ejercicio de la caridad en la Iglesia tiene desde siempre esta profunda motivación: mostrar la proximidad de Cristo a quien es descartado, no sólo porque es pobre, sino porque está sujeto a cualquier tipo de marginación. Benedicto XVI, en Deus Caritas est recuerda que todas esta personas no necesitan simplemente un alivio inmediato, sobre todo «necesitan humanidad. Necesitan atención cordial».
«La actividad caritativa de la Iglesia no es un medio para transformar el mundo de manera ideológica y no está al servicio de estrategias mundanas, sino que es la actualización aquí y ahora del amor que el hombre siempre necesita».
En cuanto a la misión de Bernabé, en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium el Papa nos ilumina acerca de las tentaciones más frecuentes de quienes animan la vida de la Iglesia, una de las cuales, quizá la más tremenda, es la falta de comunión: «A los cristianos de todas las comunidades del mundo, quiero pediros especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente. Que todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis: “En esto reconocerán que sois mis discípulos, en el amor que os tengáis unos a otros”».
La misión de Pablo en Macedonia nos ilumina sobre la tercera dimensión de la misión de la Iglesia, la de construir comunión entre los diferentes pueblos y culturas. Algo que queda bien reflejado en la Constitución conciliar Lumen Gentium, que nos recuerda que la tarea de la Iglesia es purificar, elevar y llevar a cumplimiento «todo lo bueno que hay sembrado en el corazón y en la inteligencia de los hombres», para que todo «llegue a su perfección para gloria de Dios, para confusión del demonio y para felicidad del hombre».
Estos son los pilares de la acción de la Iglesia respecto de la sociedad: llamar a la conversión, iluminar la conciencia moral y anunciar incesantemente al Dios Desconocido, Aquel que «para nosotros, en todo caso, y para todos aquellos que aceptan la inefable revelación que el Cristo nos ha hecho de sí mismo, es el Dios vivo, el Padre de todos los hombres».