Lucas tenía 15 o 16 años cuando un sacerdote le paró en la plaza de Colmenar y le dijo que el Papa Pío XII se estaba muriendo. Aquella frase, lanzada casi de pasada, fue el principio de todo. El sacerdote se llamaba Tomás Cicuendez y sería la referencia de su vocación y de sus primeros años de cura. Cuando Lucas fue a sus padres a decirles que quería entrar al seminario, su padre le descolocó con una respuesta que no esperaba: «Chico, tú ya eres un hombre. Tú sabrás lo que tienes que hacer». Luego su madre metió caña por detrás y le pidieron un año más de estudios antes de entrar.
El seminario al que entró le pilló en plena preparación del Concilio Vaticano II y en los primeros años del postconcilio, que convirtieron aquel ambiente en un hervidero. «De un chiquito piadoso como era yo», dice, «te empiezas a espabilar un poco». Se ordenó en 1969, el año de la Humanae Vitae, y el Papa Pablo VI se convirtió para Lucas en la gran referencia de su vida sacerdotal.
Las razones que da para ese vínculo tan fuerte con Pablo VI son precisas y personales. La manera en que pronunciaba el nombre de Jesucristo, que no ha oído igual en ningún otro papa. Su modernidad en el sentido serio de la palabra, no en el superficial. Y su papel histórico: el hombre que tuvo que llevar el Concilio a la práctica: «Para mí es el Papa que más referencias tengo», repite.
Le vio en persona en 1963, en una peregrinación de seminarios al 500 aniversario de la constitución de los seminarios en el Concilio de Trento. Fue engañando a su padre para que le pagara el viaje. Por la tarde les recibió solo a los seminaristas. Dicen que fue uno de los momentos en que Pablo VI estuvo más alegre y emocionado. Lucas no se enteró de casi nada porque su italiano era prácticamente nulo.
Los años siguientes fueron un recorrido que incluye dos años de cura rural haciendo comedias y teatros que arrastraban a la juventud de los pueblos de alrededor, dieciocho años en una barriada obrera de Alcalá de Henares, y finalmente un año de reciclaje en Roma: «Me abrió mucho el horizonte», dice.
En Roma celebró misa una vez en la capilla privada de Juan Pablo II y luego estuvo en la biblioteca, donde el Papa fue saludando a cada uno. «Es el único contacto que he tenido así en directo con un Papa», dice, reconociendo que llegó con una visión sesgada de Juan Pablo II y que aquel encuentro le ayudó a descubrir «un gigante». Con el Papa Francisco tuvo otro contacto cuando hizo las bodas de oro de su ordenación.
Sobre León XIV, Lucas tenía el ojo puesto en él desde antes del cónclave. «Cuando salieron las quinielas, dije: ese norteamericano pasado por Perú tiene muy buena pinta». Y lo que más le gusta del nuevo Papa es la humildad y la inteligencia combinadas, junto a lo que él llama «una perspectiva seria del mundo».
En el ascensor imaginario, Lucas iría directo al grano, como quien lleva 57 años sin tiempo que perder: «Prevost, Su Santidad, sea usted mismo. La Iglesia lo que necesitamos son personas auténticas». Tres palabras que resumen lo que ha aprendido en más de cinco décadas de ministerio.
Jubilado desde hace unos años, vive en una residencia y saborea, dice, una etapa nueva. Tiene tiempo para rezar, para teología y para novelas policíacas. «Soy feliz», dice. Y cuando se le pregunta si le recomendaría su vida a un chico de 15 años que se encontrara en la plaza, la respuesta es la de alguien que no tiene nada que demostrar: «No saben lo que se pierden si no lo hacen».
El episodio cierra con una oración sin adornos, al estilo de Lucas: «Lo que te pido, Señor, es que acojamos al Santo Padre, al testigo cualificado del Evangelio, como quien es, como el sucesor de Pedro, y que le alentemos con nuestra oración. Y yo te pido, Señor, que estos días providenciales tu Espíritu actúe con fuerza en nuestro país, que falta nos hace a todos y de una manera muy especial a los jóvenes. Amén».