A Teresa la engañaron. Sus hijos habían hablado con el párroco a sus espaldas, habían organizado una Misa por sus bodas de oro sin decirle nada, y el día de su 50º aniversario de boda la llevaron a la parroquia con el pretexto de que una de las nietas quería entrar a ver a la Virgen. Cuando Teresa entró y vio que todo estaba preparado, sintió una alegría que le recorrió el cuerpo entero. Que sus hijos se hubieran acordado de celebrarlo también por la Iglesia, no solo con un banquete, fue para ella el mejor regalo posible. El segundo regalo llegó en el salón: un sobre con un papel que decía «viaje a Roma». Y cuando creyó que iban ella y su marido, su hijo le aclaró: «Mamá, nos vamos todos contigo».
El viaje a Roma con toda la familia, organizado con la parroquia, es el centro del episodio y Teresa lo cuenta con la precisión y la emoción de quien tiene cada momento grabado en detalle. La entrada por la Puerta Santa con la cruz del Jubileo y sus nietos al lado, las fotos que dice que no se borrarán en la vida, los tres álbumes que su hijo le compró al volver, el hijo mayor que no pudo ir porque acababan de operarle a corazón abierto. «Ha merecido la pena venir», le dijo a otro de sus hijos cuando salían. Y sus nietos, cuando terminó el viaje, le preguntaron si le había gustado. «¿Y a vosotros?», respondió ella. «A mí me ha encantado. Esto va a ser para ponerlo en la historia».
El domingo estuvieron en la plaza de San Pedro para el Ángelus, apretujados entre la multitud, esperando que el Papa León XIV asomara a la ventana. Fue una de las primeras veces que muchos españoles le vieron en persona, apenas semanas después de su elección. «Le veo muy cercano, muy humano», dice Teresa. «Contentísima de haber estado».
No era la primera vez que Teresa se encontraba cerca de un Papa. Cuando Juan Pablo II vino a Madrid a inaugurar la parroquia de San Bartolomé en el barrio de Pradolongo, Teresa estaba allí con su marido y su cuñada. El Papa llegó en helicóptero, entre vítores. «Qué cosa te entra como diciendo: Dios mío, si ha venido el Papa», recuerda. En aquella parroquia se había bautizado su hijo Víctor, y allí había recibido también la confirmación. La Iglesia y la familia, para Teresa, son siempre la misma historia contada de dos maneras.
De la visita de León XIV espera algo parecido a lo que vivió aquella vez con Juan Pablo II: una ciudad que se llene, una alegría que se contagie. Y tiene claro el mensaje que le gustaría que el Papa trajera a Madrid. Lo repite dos veces a lo largo del episodio, como si fuera lo más importante que tiene que decir: el perdón. «Todos somos hermanos. Hay que perdonarnos unos a otros. Perfectos no somos ninguno». No lo dice como doctrina sino como experiencia de 53 años de matrimonio, de familia, de vida en comunidad. «Cuando perdonas te quedas feliz por dentro», dice. «Yo por lo menos así lo siento».
Cuando se le pide que, como abuela de todos los jóvenes de España que la están escuchando, les dé un mensaje a los que dudan si ir o no ir a ver al Papa, la respuesta le sale sin pensar: «Que vayan a ver al Papa y que su corazón esté siempre puesto en Cristo. No se guíen de otras cosas. Siempre Cristo y Cristo, el Señor».
En el ascensor imaginario, Teresa no haría preguntas ni pediría nada para sí misma. Se pondría a sus pies. Le daría las gracias por haber venido. Y le pediría que les bendiga para que todos sean cada vez mejores y se perdonen unos a otros. «Todos somos hermanos», dice. Es la misma frase que ha repetido antes y que resume, mejor que cualquier otra cosa, lo que Teresa ha aprendido en 53 años de casada, de madre, de abuela y de cristiana.
El episodio cierra con una oración en la que Teresa encomienda al Señor a todos, especialmente a los jóvenes: «Señor, te recomiendo a todos, sobre todo a los jóvenes, para que se acerquen cada día más a ti, porque tú eres el que no defrauda y el que siempre estás con nosotros. Contigo no hay que tener miedo. Gracias, Señor. Amén».