Como ya es costumbre, este viernes, 1 de abril y primer viernes de mes, el arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, convocó a los jóvenes de Madrid en la catedral para adorar juntos al Señor. Tras la cena con bocatas en la plaza de san Juan Pablo II, la Vigilia reunió a un gran número de jóvenes que decidieron romper con su habitual rutina para abandonarse a los brazos de un Dios que les esperaba bajo la sombra de un resplandeciente sagrario.
«Le agradecemos al Señor que esta noche, en este tiempo de Pascua, nos regale esta palabra, nos la dirija a todos nosotros, y mantenga su presencia viva en el misterio de la Eucaristía». De esta manera, el prelado comenzaba este encuentro que, un viernes más, ponía su mirada en el Evangelio y se hacía mandamiento nuevo para unos jóvenes deseosos de una palabra de aliento y de consuelo.
La oportunidad de la gracia
El arzobispo aseveró que hoy, en nuestro mundo, «en esta casa común», encontramos gente «que está en la noche, que no ve, que no tiene esta oportunidad de gracia que tenemos nosotros esta noche aquí, de estar de otra manera distinta». Pero, también, «el anochecer trae las puertas cerradas». La experiencia de las puertas cerradas, dijo, «es terrible»; y «ese no dejar entrar a nadie, no dejar salir nada de lo que yo tengo en mi corazón y en mi vida, ni dejar entrar a nadie, es tremendo». Y esto «es duro, da tristeza, inseguridad, debilidad, desconfianza».
Por ello, según señaló, «la realización del ser humano se hace, precisamente, en la apertura, no en la cerrazón o el miedo o la distancia o la turbación». Y otra forma de estar en este mundo, continuó, «es dejando entrar a Jesús en nuestra vida, en nuestra historia, con nosotros, teniendo las puertas abiertas para todos».
La alegría de Dios
Además, continuó el prelado, nos entrega alegría: «la alegría de saber que yo soy hijo de Dios, que soy hermano de todos los hombres, que tengo que estar al lado de aquel que está más indefenso, que tengo que dar la mano a todos y que no puedo esconder la mano a nadie».
Finalmente, les alentó a todos a mirar a Jesús, a dejarse mirar por Él y a ser discípulos misioneros, de manera que «nos reconozcamos por la calle de Madrid» porque «todos somos Iglesia de Jesucristo» y «esto es lo que intentamos hacer en la oración del viernes».