Una mirada a la historia

Jueves, 18 octubre 2018 09:36

La colocación de la primera piedra

La colocación de la primera piedra

1883

El 4 de abril de 1883, el rey Alfonso XII colocó la primera piedra de la futura catedral de la Almudena.

El acontecimiento fue ampliamente referido en la prensa del momento. En el noticiero ‘El imparcial’ se daba cuenta del nerviosismo generado ante una ceremonia con gran pompa:

«Aún faltaba hora y media para dar principio a la solemne ceremonia que debía celebrarse a las tres de la tarde de ayer (4 de abril) en las cercanías de Palacio, no lejos del sitio donde por espacio de largos años se alzó el histórico templo de la Almudena, y ya en las avenidas inmediatas era punto menos que imposible el tránsito a causa del inmenso gentío que las ocupaba.

La impaciencia de la multitud, que era grande, por asistir al acto anunciado, se vio satisfecha con la presentación de la real familia, que a las tres y media llegaba al sitio previamente elegido para colocar la primera piedra del templo que llevará el nombre de Nuestra Señora de la Almudena.

El solar es un polígono irregular de 60.000 pies superficiales, en los que cerca de 22.000 ya están cimentados. Todo el perímetro de la valla estaba adornado para la fiesta de ayer con gallardetes y escudos, determinándose con follaje la traza de las columnas y paredes maestras del templo».

El periódico ‘El Día’ se hacía eco de las autoridades presentes:

«En el centro del solar se había levantado una tienda de campaña (que el rey Alfonso XII empleó en la guerra del Norte), en cuyo interior estaban expuestos los planos del edificio, y en la que, desde las tres de la tarde, esperaban a SS.MM. la Junta de damas organizada para recaudar recursos para la construcción del templo: compuesta de las duquesas de Ahumada, de Veragua, de la Roca, de Híjar, de Medinaceli, de Medina de las Torres, de Alba, marquesas de Monistrol, de Ulagares, de Miraflores, de Aguila Fuente, con su hija, de Guadalets, de la Laguna, de la Torrecilla, condesas de Villapadierna, de Villapaterna, de Superunda, de Muguiro, de Villagonzalo y las señoras de Alonso Martínez y de Alonso Caballero.

Esperaban, además, a la puerta del solar, el ministro de Gracia y Justicia, el gobernador civil conde de Xiquena, el presidente de la Diputación Provincial, el teniente alcalde del distrito señor Villasante, el marqués de Montalvo, el señor Cubas, arquitecto director de las obras. Y entre las autoridades eclesiásticas se encontraba el cardenal arzobispo de Toledo, el nuncio de Su Santidad, el obispo de Ávila, los párrocos de Santa María, San Ginés y San Lorenzo y por último el clero de la parroquia de Santa María de la Almudena.

A las tres y media llegaron SS.MM. y el resto de miembros de la familia real: los príncipes de Baviera, las infantas doña Isabel y doña Eulalia, y el príncipe D. Alfonso de Baviera».

Y el diario madrileño ‘El pabellón nacional’ nos ofrece una amplia descripción del evento con gran lujo de detalles:  

«Entre filas de alabarderos, pasó la comitiva a la mencionada tienda de campaña, donde ante el notario D. Zacarías Alonso Caballero se levantó acta de la ceremonia, que firmaron todas las reales personas y demás ya indicadas.

Después de firmar el acta ante, la familia real con su acompañamiento, seguidos de la junta de damas, se trasladaron al punto en que estaba la primera piedra, en cuyos cuatro lados tenía las siguientes inscripciones: Templum domini. Dei structura est. Dei aedificatio est. 1883.

Acto seguido se colocó en una caja de zinc una copia del acta, monedas de este año, junto con ejemplares de “la Gaceta, Diario de Avisos y Boletín Eclesiástico de la provincia” del día; dos medallas conmemorativas de los enlaces de S.M., una con los bustos del Rey y de la Reina María de las Mercedes y la otra con los bustos del Rey y la Reina María Cristina. Además, escritas en pergamino se incluyó la pastoral del cardenal Moreno sobre la construcción del templo, fecha de diciembre 8 de diciembre de 1881, y la siguiente sentida y delicada poesía de S.A. la infanta doña Paz dedicada a la Virgen de la Almudena:
 
¡Oh Virgen sacrosanta
de la Almudena!
Hoy vengo ante tu planta
con una pena.
Virgen María,
consuela, como siempre,
el alma mía.

Hay seres en el mundo,
seres queridos,
que anhelo ver alegres,
nunca afligidos…

¡Oh Virgen buena,
la imploro ante tu imagen,
De la Almudena!

Dios al crear el mundo,
vio ya esos seres,
y aún quizás les reserva
penas crueles.

Dilo que cambie
todas mis alegrías
por sus pesares.

Y si tú se lo dices
cual yo lo pido,
ha de hacer lo que quieras
tu Hijo querido.

Y yo, serena
gracias daré a tu imagen
de la Almudena.

Terminado este acto, los reyes y su acompañamiento bajaron a la explanada donde en la parte correspondiente debajo del pórtico se encontraba pendiente de las cadenas de una cabria, la piedra objeto de la ceremonia.

El cardenal Moreno dijo las preces de ritual y tomando el señor Cubas varias paletas de acero con mangos de marfil, las entregó a las personas de la familia real, echando éstas la argamasa sobre la piedra inferior, donde se colocó la caja de zinc.

Después de cantarse la letanía lauretana, se bajó la piedra antes referida, teniendo las cintas blancas que partían de la misma, de un lado SS.MM. y AA., y de otros las damas de la junta.

Terminado este acto, el Emmo. Señor cardenal pronunció un sentido discurso encareciendo la protección de los reyes de España a las obras de arte, de carácter religioso, manifestando su gratitud a SS. MM., a los augustos príncipes recién desposados, a los bienhechores a todo el pueblo de Madrid.

S.M. (el rey Alfonso XII) contestó en estos o parecidos términos:

«Señores: un deber ineludible me obliga a contestar al señor cardenal, cuyas palabras nos han recordado que así como en la Edad Media los prelados cumplían con su misión y luchaban además en defensa del territorio, en la edad presente, a sus cuidados espirituales unen el laudable propósito de proteger las artes.

Prescindiendo de la importancia que pare el pueblo de Madrid pueda tener este templo, la enseña del Redentor que ostentará en la punta de la cúpula, es la enseña gloriosa por virtud de la cual nuestros mayores fueron desde las cumbres de Asturias hasta las llanuras de Andalucía y guio a nuestros descubridores y conquistadores en América y África.

Esa enseña ha influido en nuestras costumbres, en nuestras leyes, en nuestra vida social y política, y yo aquí rindo público testimonio de que así como respetamos las tradiciones veneradas, profesamos amor grande a las conquistas de los tiempos modernos en las artes, en las ciencias y en todos los adelantos de los pueblos.

En esta obra los artistas todos encontrarán trabajo para sus aptitudes, a la manera que arquitectos, pintores y escultores contribuyen en catedrales o iglesias a elevar el arte nacional que de nuevo renace en nuestra patria.

No he de terminar sin expresar mi profunda gratitud a todos los concurrentes a este acto, y en particular a mi madre (reina Isabel II) que ha permitido que para esta laudable obra se vendan las alhajas que ha donado a la Virgen de Atocha.

Quiera Dios que termine pronto y felizmente este monumento, que demostrará nuestra fe religiosa y nuestra cultura.

A los que lleguen a pisar los umbrales del templo de la Almudena, he de hacerles un ruego; dediquen una oración a la memoria de aquel ángel (se refiere a su esposa, la reina María de las Mercedes), a cuya iniciativa se debe esta obra, y que está en el cielo, seguramente, abogando por la felicidad de su amada España».

Estas elocuentes palabras fueron acogidas con un gran entusiasmo, siendo muy vitoreado S.M.

La real familia, después de enterarse de algunos de detalles de la construcción, que daba el señor Cubas, se retiró a las cuatro de la tarde, siendo afectuosamente saludada por el inmenso gentío que se había aglomerado en la plaza de la Armería.

La función, en resumen, ha sido muy solemne, y digna por todos conceptos de la cultura y sentimientos religiosos de nuestros reyes y del pueblo de Madrid».

Puede consultar la serie completa de Una mirada a la historia en la web del Año Jubilar Mariano.

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