Madrid

Domingo, 06 octubre 2019 09:31

Ángel Iglesias, 48 años como misionero: «La Palabra de Dios se hace carne en la misión»

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El Papa Francisco ha convocado para este mes de octubre el Mes Misionero Extraordinario. Esta invitación especial, que pone la mirada en todas y cada una de las diócesis del mundo, desea renovar el impulso misionero como pueblo de Dios que camina de la mano de los pobres de la tierra.

Llamado a estar ahí, con los preferidos del Padre, se siente el padre Ángel Iglesias. Este sacerdote y misionero nacido en Valladolid hace 74 años e incardinado en Madrid, conoce a la perfección el peso el dolor y el latir de las heridas. Sus 50 años como sacerdote de Jesucristo, y 48 de ellos vividos, gota a gota, como misionero, confeccionan el brillo y la pasión de su mirada. «Yo solo acabo de empezar», confiesa, una y otra vez, «y a pesar de los primeros años, de las dudas y de las desconfianzas por las que pasé, estoy deseando volver» porque «en África soy inmensamente feliz».

Así nos recibe a las puertas de la parroquia Virgen de la Paloma y San Pedro el Real. Sonriente, a tan solo un mes de que vuelva al continente que duele y sana a partes iguales, allí donde la vida reparte las sonrisas que a cualquier corazón llagado le faltan. Porque sonreír es necesario para el alma, como recuerdan las manos gastadas de este misionero neocatecumenal; manos que hablan de tú a tú, como él quiere que le recuerden. Y solo la sonrisa cura cuando solo quedan el frío y la soledad de la noche.


¿Cómo nació su vocación?

Mi vocación se la debo a mi padre. Él era policía nacional y, cada vez que le ascendían, le trasladaban de ciudad. Tras algunos años viviendo en diferentes sitios, me dijo que fuera al seminario, donde iba a estar recogido y bien cuidado. Yo, en realidad, no tenía ni idea, ni tampoco muchas ganas de ser cura. En realidad, no tenía ninguna. Empecé el Seminario Menor y Mayor en Valladolid. Tras un tiempo, venían misioneros a proyectarnos películas de las misiones, y ahí empecé a aficionarme por aquel mundo. Los que más me gustaban eran los Padres Blancos, porque vestían como los hippies de aquel tiempo. Entré, de hecho, sin conocer mucho su espiritualidad… Estuve en Francia y en Inglaterra estudiando y, tras mi ordenación sacerdotal, que fue en Logroño en 1969, me destinaron a Tanzania en 1971. Estuve cinco años como padre blanco, y ahí comencé como presbítero itinerante en el Camino Neocatecumenal. En total, he estado en ocho naciones de África: Zambia, Costa de Marfil, Ruanda, Burundi, Etiopía, Eritrea, Kenia y Tanzania.

48 años entregados, en cuerpo y alma, al Señor. Toda una vida dedicada a África. ¿De qué manera ha visto allí el rostro de Jesús?

Los misioneros son un testimonio de que Dios no se ha olvidado de aquella gente. Y ha mandado personas que los ayudan de diversos modos: construcción, hospitales, proyectos de agricultura… Pero, sobre todo, les ayudan a curar las heridas más profundas que tienen. En África muchas veces se mueren de hambre por las divisiones que hay entre diferentes tribus, odios, envidias, prejuicios… Allí he visto un pueblo como oveja sin pastor, pero un pueblo bueno y receptivo. Y he contemplado el rostro de Dios en el sentido de que estaban esperando una ayuda, y que siempre me han aceptado muy bien. Yo me he sentido en África como en mi propia casa.

¿Y qué supone para usted estar allí y curar tantas y tantas heridas abiertas?

Nosotros somos un equipo. Ahora somos tres: una hermana de Valencia, un chico de Algeciras y yo. Lo hacemos todo en común. Fundamentalmente nuestra vida es anunciar el Evangelio. Como decía san Pablo: «Ay de mí si no anuncio el Evangelio». Es un pueblo que ha sufrido y sigue sufriendo mucho, y en ellos veo claramente el rostro de Jesucristo. ¿Qué culpa tienen ellos de ser pobres, del subdesarrollo feroz y de las esclavitudes que han tenido y tienen hoy en día?

Al modo de Jesús, entiendo, que es la respuesta a todos los problemas...

De principio a fin. Él es la respuesta a nuestros problemas. Yo no quería ser cura, y al final soy sacerdote y misionero. No quería serlo porque en mi familia, que es de Burgos y decía ser cristiana, había muchos odios por culpa de las tierras y herencias, y aquello me hacía pensar que el cristianismo no servía para nada. Pensaba, sinceramente, que todo aquello era una bobada.

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De hecho, al poco tiempo de ser ordenado presbítero, ya quería dejar aquella vida, ¿no?

Así es. Yo quería ser médico, porque así, al menos, hacía algo válido. Y siendo presbítero pensaba que no haría nada que mereciera la pena. Todo, por aquella idea que tenía… Entonces no he vivido un ambiente de piedad ni de cristianismo ni nada. De amor, sí, pero nada más. Y pensaba que en África estaba pasando lo mismo que yo veía en mi familia. ¿Entonces qué? Y pensé que aquella gente necesitaba una iniciación cristiana, porque no sabían ni lo que era el cristianismo. En la primera parroquia que me mandaron fue en la diócesis de Kigoma, en Tanzania. Estaba al lado de la frontera de Burundi, y la primera experiencia que tuve fue de ver a miles y miles de refugiados que algunos venían con la cabeza cortada porque se mataban a machetazos. Y me di cuenta de que allí hacía falta algo más profundo; que se tratasen, al menos, como hermanos.

Qué importante, en esos territorios, la experiencia de una comunidad para no sentirse solo.

Es un don muy grande. Yo pertenezco a una comunidad neocatecumenal con la cual estoy caminando desde hace 48 años. Nosotros, los curas, tenemos el problema de hablar para la gente, ser cristianos para la gente pero no cristianos con la gente. Si yo contigo me monto en el caballo de la autoridad, diciendo que tú eres un laico y yo un cura… Eso es una tontería y una barbaridad que, luego, va contra nosotros. Porque después caes en la soledad, en una soledad deshabitada. Y en una comunidad encuentras hermanos que te ayudan a tu nivel.

En medio de aquella soledad habitada, ¿cómo es su encuentro con Jesús?

Yo le encuentro en la predicación y en la liturgia. Yo necesito estar con el Señor. Porque yo me veo, en lo profundo, como un ser pagano y alejado, porque a mí nunca me han transmitido la fe. Y a mí el cristianismo me parecía algo que no me interesaba. Yo prefería gozar la vida. Y de estar ahí a encontrarme ahora en la paz y en la felicidad, sea con Jesús cara a cara o con la comunidad cantando el anuncio de la Buena Noticia, veo que Él me va cambiando la vida. Y aún me cuesta mucho.

¿Qué es lo mejor de ser misionero y de entregarse absolutamente por amor?

El salir y estar en la precariedad. Me gusta quedarme, situarme, instalarme. Estar siempre en la precariedad. Esa palabra de Abraham: «Sal, sal, sal y vete». O lo que decía Jesús: «Id por todo el mundo». En África me ha pasado de todo, entre enfermedades, peligros y otras cosas. Pero, gracias a Dios, hay gente muy buena y el Señor nos ha mantenido hasta ahora.

Cuando llega la noche, a la intemperie, sin luz, donde pasa a solas tantas horas con el Señor, ¿cómo late su corazón?

Muchas veces estamos tan cansados que, con una pequeña lectura u oración, enseguida me quedo dormido. Se me olvida el peligro, sí, en medio de aquellos suburbios. Aunque es verdad que si vamos con el distintivo del cuello romano, la gente respeta. Los africanos son muy religiosos, aunque les falte madurar en la fe, pero me respetan mucho. Y la hospitalidad suya es grande.

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¿Qué puede aportar hoy al mundo un misionero?

Mucho. Esa era mi crisis. Yo pensaba que un misionero podía aportar poco, y que podía hacerlo más un médico, un agricultor o un técnico de cualquier tipo. Y ahora pienso que un misionero puede aportar lo básico y necesario para la convivencia humana. Yo lo experimento todos los días. Nosotros ayudamos a limpiar las heridas y la soledad profunda que tiene la gente, y dar un mensaje de encarnación y de transformación es muy importante.

Precisamente, acabamos de comenzar el Mes Misionero Extraordinario convocado por el Papa. ¿Qué le parece que se dedique un mes en favor de los misioneros?

Me parece estupendo. De pequeños llevábamos huchas, y ahora es una invitación que toca nuestra fe y la hace crecer. El cristianismo no puede ser que yo coma para vivir y engordar y que los demás se arreglen. No. El Señor dice «Id», y hemos de estar para los demás, como Jesús ha sido para mí. Esta jornada misionera toca la raíz y la esencia del cristianismo, y nos invita a crecer, a salir, a darte a los demás y a ser libre y feliz.

¿Y usted es feliz?

Sí. No lo he sido durante mucho tiempo, ¿eh? En África he tenido como dos periodos: 25 años de pesimismo, donde me decía que mi vida era un desastre, que no servía para nada; y otros 25 con esperanza y optimismo, viendo el fruto. Aquí, en África, hay ayuda, comunión, se preocupan por los más mayores… La Palabra de Dios se hace carne en la misión.

Después de 48 años de entrega, ¿no le tienta la idea de volver a España para vivir una vida supuestamente más tranquila?

Me tienta el decir que ahora estoy empezando. Porque ahora estoy más contento que al principio. Al principio, se me caía África encima. Y me preguntaba para qué servía ser presbítero y cristiano. Y como ahora veo para lo que sirve, descubro que no me he equivocado y que el Señor no me ha engañado. Y por eso, en medio de mi realidad, estoy tan contento y tan feliz, porque a diario experimento –de muy cerca– el amor de la gente y de Jesucristo.

Por cierto, tras tanta tribulación como ha pasado en esta tierra, ¿cómo se imagina el Cielo?

Habría que hacer tesis doctorales sobre el humor de Dios. Será muy divertido y muy gozoso. Yo me imagino el cielo como una experiencia de la santidad de Dios. Es ver tanta maravilla del Señor en la vida de la gente. Y ver que la obra del Señor finalmente se ha hecho. Porque creo que el Señor lo ha hecho todo muy bien.

Todos los esfuerzos, los cansancios, los sinsabores y las horas gastadas, ¿han merecido la pena?

Todo lo pasado ha merecido la pena. He pasado por momentos de desesperación, pero ahora veo que todo eso te va limpiando, purificando y transformando. Y hoy, en estos momentos, tan solo deseo volver.

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