Madrid

Lunes, 23 marzo 2020 11:44

Seminaristas con «raíces en la tierra y corazón en el cielo»

El Día del Seminario se tenía que hacer celebrado el pasado domingo, 22 de marzo, cuarto de Cuaresma, pero los efectos del coronavirus han obligado a retrasarlo al 3 de mayo. Sin embargo, la actividad en el Seminario Conciliar de Madrid no ha parado ya que se vive, quizás con más intensidad, la oración, el estudio y la fraternidad. El programa Pueblo de Dios de La 2 de TVE se ha acercado esta semana a la vida de dos seminaristas para conocer más de cerca su vocación misionera.

Javier Pastor y Fernando Rubio son alumnos de cuarto curso en el Seminario Conciliar de Madrid y están experimentando la vida de comunidad en la parroquia Nuestra Señora de Europa. «Hoy en día –destaca Javier–, el centro de la vida cristiana son las parroquias, y el seminario nos enseña que nuestro lugar de misión va a ser la parroquia». Lucas Berrocal, el párroco, lo explica con otras palabras: «¿Cómo se hace un cura? Un cura tiene que tener una experiencia fuerte de Jesucristo. Esto es el núcleo de la vocación. Tiene que tener una experiencia espiritual, comunitaria, teológica; todo eso se lo da el seminario. Pero al tiempo va a ser sacerdote para los demás, para los hombres, y, por tanto, en su formación es necesario que huela a oveja».

Fernando señala que «cuando yo estoy con la gente, toda mi vida se está poniendo en juego en este momento, de esta forma concreta». Porque no hace falta que la misión esté fuera de nuestras fronteras. Así lo aprecia el vicario parroquial de Nuestra Señora de Europa, Rafa Herruzo, ordenado hace cinco años: «Muchas veces se ve la misión a territorios a los que no ha llegado el Evangelio, pero cuando uno conoce al Señor, luego tiene que vivir todos los días con Él, y esta es la misión de una parroquia. El sacerdote se encarga de acompañar a las personas en este camino y de cuidar su fe para que se vaya alimentando todos los días».

Vida para los demás

Fernando cuenta que vivía una vida absolutamente normal, saliendo con sus «colegas» de la universidad, realizando viajes, «y esto también me ayudó muchísimo a darme cuenta de que lo que me estaba pasando por dentro no era una ida de olla o que me estaba volviendo esquizofrénico sino que era algo que necesitaba ser respondido, y en el seminario lo estoy respondiendo. Y no es "quiero ser cura", que esto es como muy básico. Es "quiero ser Fernando, en mi máxima potencialidad"».

Periodista y amante de la música tecno, este seminarista reconoce que la vocación al principio «puede ser como un golpe, has visto a Dios y lo ves todo claro, pero luego pasa a ser algo gradual». «Quizás lo que más me gusta del seminario es poder leer tu vida con más calma y muchísima más perspectiva. Encontré algo que para mí era super novedoso, que era gente apasionada, gente feliz. Yo soy un disfrutón; si fuera esto una porquería, no estaría aquí metido».

Para Javier, por su parte, en la vida de seminarista y sacerdote hay dos cosas que son las claves de la felicidad: el trato personal con Jesús, y darlo a los demás. Y luego está la amistad que se fragua en el seminario: «No es una amistad de colegueo, que coincides en sitios –o en las pachangas de fútbol que tienen todos los sábados–. Hay detrás algo que nos une, que une mucho más que cualquier otro tipo de amistad, y es el amor por la misma Persona: Jesús».

Y aunque se llama a misionar en las parroquias, Fernando ha experimentado el salir fuera para acompañar en Estambul a una comunidad de refugiados de Irak atendida por los salesianos. «Es una vida muy sacerdotal, muy entregada, y ahí tienes que hacer un momento de pausa y dices: “¿Por qué me mola tanto esto? ¿Dónde me quieres?”. La respuesta todavía está en proceso, pero de ahí recojo que mi vida sacerdotal no la entiendo desvinculada de las personas y de entregarme a niños, a jóvenes, a ancianos, a chavales de mi edad…».

Ordenado diácono el pasado verano, Alejandro Ruiz-Mateos reconoce que en 2003, cuando Juan Pablo II en Cuatro Vientos dijo aquello de «al echar la mirada atrás y ver todos estos años de mi vida, os puedo asegurar que merece la pena dar la vida por Cristo», se preguntó por primera vez «¿y por qué no yo?». Diez años después, durante los cuales Alejandro siguió viviendo su vida ajetreada de publicista y de salidas los fines de semana, comenzó a prestar atención a esa llamada: «Un viaje a Calcuta y tener experiencias de entrega y de acercar el Señor a los demás volvió a despertar aquella llamada de 2003».

Hoy Alejandro misiona en Arganzuela; entre otras labores, va a llevar la Comunión a personas enfermas. Confiesa que «he llegado a dudar de Dios», le han pesado en ocasiones un vida rutinaria y muy cómoda para los no tan jóvenes como él, un pasado en el que ha habido «cosas que uno no ha hecho bien y piensas que el sacerdocio no puede ser para mí, tiene que ser para otro tipo de gente»… Pero ver a las personas como las que va a visitar, a Alejandro le hace darse cuenta «de las gracias que le tengo que dar a Dios por la vocación, porque les veo y son infinitamente más santas que yo, y me ha elegido a mí, con mis miserias, para ser sacerdote».

Camino de maduración

El Papa Francisco señala que «las vocaciones nacen en la oración y de la oración». En el Seminario Conciliar de Madrid hay en la actualidad 108 seminaristas. Realizan seis años de formación que empieza con el propedéutico y que incluye, al término de la etapa discipular, una de pastoral en la que, como explica el rector, José Antonio Álvarez, «los seminaristas son destinados a experiencias pastorales, viviendo y residiendo en distintas realidades eclesiales, donde ellos van haciendo una síntesis personal, vital, de su vocación y misión en la iglesia».

Este año de pastoral social, que Fernando y Javier lo están pasando en las Hermanitas de los Pobres, es, como indica Álvarez, para «encontrarse también con los límites de las personas, con la enfermedad, con la ancianidad, con el sufrimiento; es un camino que ayuda a crecer». A Fernando le está sirviendo para darse cuenta de que «para disfrutar no hay que hacer grandes cosas o que todo el mundo te tiene que aplaudir, sino que estás haciendo algo que te llena de una manera brutal porque estás llevando ilusión al mundo».

«El seminario es tiempo de discernimiento–apunta el rector–. Tiempo en el que unos jóvenes, seducidos por el Señor, están dispuestos a responder a su llamada. Pero es verdad que esa respuesta requiere un camino, en el que los jóvenes, acompañados por la Iglesia, van verificando si esta llamada del Señor va siendo lo que da sentido a sus vidas». Seminaristas, en palabras del Santo Padre, con «una doble dimensión: raíces en la tierra y corazón en el cielo».

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