Líbano pide esperanza por Navidad - Alfa y Omega

Líbano pide esperanza por Navidad

La parroquia de Mar Mikhael espera estos días «llenar de amor el barrio», afectado por la explosión del puerto de Beirut y donde muchas familias sufren la crisis

María Martínez López
Belén en el barrio cristiano de Gemmayze
Belén en el barrio cristiano de Gemmayze. Foto: AFP / Anwar Amro.

«No siento el espíritu navideño», reconoce Margo, una libanesa de 68 años. Aún le entristece pensar en las 200 víctimas de la explosión del puerto de Beirut, el 4 de agosto, donde ella misma había trabajado hasta que la despidieron por la pandemia. El desastre la sorprendió en casa y le causó heridas en la cabeza. El Consejo de Iglesias de Oriente Medio se ha hecho cargo de los arreglos básicos en su piso. El coronavirus también acabó con el trabajo de cocinero de su hijo Charbel. Dependen de la ayuda de otra hija, de los donativos de antiguos compañeros, y de la comida que le da la parroquia de Mar Mikhael (San Miguel).

Su historia es la de tantos otros en un país sumido en una crisis sociopolítica y económica agravada por el coronavirus y la explosión. «Antes de agosto ayudábamos a 70 familias, ahora nos piden comida 800 y no sabemos cómo conseguirla», explica Elia Mouaness, párroco de esta comunidad. Además, la gente no es capaz de pagar sus gastos médicos, y con la llegada del invierno les están llegando peticiones de ropa.

Líbano
Población:

5,5 millones (más 1,5 millones de refugiados)

Pobreza:

55 % de la población

Gobierno:

República parlamentaria

El auxilio material que puedan prestar las iglesias, sin embargo, no es suficiente. En primer lugar, hace falta ayuda exterior «y a largo plazo», pues «esta vez Beirut no puede ponerse en pie solo». Pero también es necesario devolver a los habitantes «la esperanza en un país mejor», subraya el sacerdote, pues «la gente está desesperada».

Por eso este año celebrar la Navidad resulta mucho más necesario. Este viernes, su parroquia comienza un amplio programa de eventos: marchas de oración en zonas afectadas por la explosión, un funeral por las víctimas, una excursión en tren para niños, concierto de un coro interreligioso, y varias comidas comunitarias. El sacerdote espera «llenar el barrio de amor». Con la esperanza de que sostenga a personas como Margo, quien, a pesar de todo, sigue dando «gracias a Dios y a las pocas personas buenas que nos ayudan».

«Siempre tenía miedo»

Tras la explosión en el puerto de Beirut, la familia de Charbel intentó seguir en un piso destrozado. Pero «no había agua, el barrio de Karantina se vació y teníamos miedo a los ladrones»

El 4 de agosto, Christine, de 12 años, subió a la azotea con sus padres, su hermano y su abuela porque les pareció oír fuegos artificiales. Pero Rita, la abuela, tuvo una corazonada y se bajó con los niños al piso. «En la segunda explosión nos abrazó para protegernos», cuenta la muchacha. Además de perder su ropa y sus juguetes, durante tres meses «yo siempre tenía miedo».

Esta niña y su hermano Charbel, de 5 años, ya se habían visto obligados a cambiarse de un colegio privado a otro público cuando a raíz de las protestas contra el Gobierno de octubre de 2019 los ingresos del padre como fontanero se redujeron a una cuarta parte. Al llegar la pandemia, este se endeudó para «poner Internet y comprar unas tabletas para que puedan seguir sus estudios». También debe dinero al taller que arregló su coche tras la explosión.

Como la situación era insostenible, se mudaron cerca de la parroquia de Mar Mikhael, a un piso también dañado que la iglesia los ayudó a arreglar. «Otras organizaciones nos han dado muebles, kits de higiene y vales de comida». «Ahora me siento más segura», confiesa Christine. Charbel y su mujer, Lina, están empeñados en vivir la Navidad con alegría para «ayudar a los niños a mantener la fe en el plan de Dios».

«Hay mucha gente devastada»

La parroquia franciscana Terra Sancta sufrió daños en el tejado y las ventanas. Esto no ha impedido a los frailes y a un grupo de voluntarios volcarse en atender a los feligreses

Al frente del grupo de nueve voluntarios está Fadi Bejani, un varón de 35 años con experiencia humanitaria. Él y sus compañeros también sufren la crisis, «pero viendo los problemas de los demás relativizamos los nuestros». De hecho, «nos afecta psicológicamente la cantidad de gente que está devastada» en el barrio beirutí de Gemmayze, el segundo más golpeado el 4 de agosto.

Piensa en «Gisele, de 70 años, que vive sola sin ingresos y lucha por sobrevivir» en un piso dañado y con numerosos gastos médicos. O en Claude, que se lamenta de que «la vida era más fácil durante la guerra civil» (1975-1990). Este padre de familia de 60 años perdió su trabajo hace un año y no ha podido afrontar la reparación de su piso tras la explosión. La familia se ha mudado fuera de Beirut y sus hijos han dejado de ir al colegio. «La matrícula se ha encarecido mucho y ya no podían pagarla», y «en los colegios públicos no hay muchas plazas». Esto hace a Bejani temer que muchos otros niños «se queden sin educación durante años».

Con apoyo de la asociación italiana Pro Terra Sancta, de la Iglesia local e italiana y de particulares, han rehabilitado doce casas y repartido ayuda a 480 hogares. Ahora preparan un reparto especial de comida, ropa y juguetes para otras 130. A 30 más las han invitado a cenar en el convento. Les mueve el deseo de «no dejar que la mala situación sea más fuerte que esta fiesta de Jesús». También para los voluntarios serán días felices: «Nada nos alegra más que cuando alguien nos dice que le hemos devuelto la esperanza».

«Seguimos teniendo fe»

La familia de Hiam, de 51 años, ha llegado a un punto en que «la nevera está casi siempre vacía, y mi hija Celestia, de 5 años, come todos los días en casa de mi hermana»

El cierre de los colegios por la COVID-19 ha arrebatado a esta mujer de 51 años sus ingresos como limpiadora en un centro. Su marido Nassib, taxista, «tampoco trabaja apenas, por los continuos confinamientos y por una enfermedad degenerativa» de la columna. «Ya no nos podemos permitir toda la medicación que toma mi madre, de 84 años, que tiene alzhéimer, problemas de tensión y cardiacos y colesterol».

Desde la explosión solo han conseguido que les arreglen la puerta, pero «la ventana sigue rota y cuando llueve entra agua». El Consejo de Iglesias de Oriente Medio les da comida y también «colchones, sábanas, mantas y un calentador». Por eso, aunque esta Navidad no hayan podido poner un árbol en su salón, «seguimos teniendo fe y esperanza en la misericordia de Dios».

María Martínez López / Yolla Jdeed
Madrid / Beirut