La vida consagrada se reinventa: menos obras, más carisma - Alfa y Omega

La vida consagrada se reinventa: menos obras, más carisma

La reducción drástica del número de consagrados exige una presencia sencilla, mayor colaboración entre congregaciones y más responsabilidad para los laicos

Fran Otero
Convento de las religiosas capuchinas en Córdoba. Foto: Valerio Merino.

Es una realidad que la vida consagrada en España afronta problemas y desafíos. El más evidente es la reducción de efectivos. Según datos de la Comisión para la Vida Consagrada de la Conferencia Episcopal Española (CEE), en nuestro país hay en estos momentos más de 45.000 consagrados entre religiosos y religiosas de vida activa, monjas y monjes contemplativos, miembros de institutos seculares y de nuevas formas de vida consagrada, vírgenes y hasta eremitas, que los hay; 31 para más señas. La cifra, que sigue siendo importante, no es la de otras épocas. En 2013, solo el número de religiosos de vida activa —más de 46.000— superaba el total actual. Hoy, esta forma de consagración, la más numerosa y que se reúne en torno a la CONFER, suma en torno a 34.000. La reducción también afecta a la vida monástica, que alcanza casi los 8.500 miembros. «Es una realidad decreciente, pero no nos tiene que condicionar ni hacer que lo veamos todo de manera negativa. La vida consagrada es una gota en el mundo que, en los momentos más difíciles, siempre permanece. Es lo importante», explica María José Tuñón, esclava del Sagrado Corazón y secretaria técnica de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada. Como apunta el lema para la Jornada Mundial de la Vida Consagrada —Caminando en esperanza—, que se celebra este jueves, los números no deben imponer el pesimismo. «En este mundo de desesperanza y agoreros, estamos llamados a ser una chispa, levadura que fermenta la masa. Ya no es el tiempo de las grandes obras visibles, sino de hacer un servicio humilde. Somos como esa viejuca que da los dos realillos que tiene», añade.

«Las cifras no deben condicionarnos ni hacer que veamos todo de forma negativa»
María José Tuñón
CEE

Coincide en el análisis Jesús Miguel Zamora, secretario general de la CONFER, que en conversación con Alfa y Omega, constata que la realidad que muestran la cifras es «preocupante». Y exige un cambio: «En momentos anteriores nos distinguimos por hacer muchas cosas, por ser protagonistas en obras educativas y sociales; quizá ahora tenemos que tener otra presencia, más callada y sencilla, que pase por volver a las raíces». No todo es negativo. «La vida consagrada es una luz en un mundo convulso», añade el hermano de La Salle.

Las razones que explican esta situación son variadas. En primer lugar, detalla Zamora, el ambiente social, pues «lo religioso no cuenta tanto como antes», o la baja natalidad, que hace que las familias «vean como una pérdida» que un hijo abrace la vida consagrada. Y también la crisis de compromiso a largo plazo en la sociedad, que tiene su reflejo en los religiosos que abandonan las congregaciones, o la pérdida de credibilidad por los casos de abusos.

«La vida consagrada es una luz en un mundo convulso»
Jesús Miguel Zamora
CONFER

Este contexto requiere un gran ejercicio de discernimiento, para determinar qué obras atender y qué presencias mantener. «Ya no podemos estar en todos los sitios ni animar como antes. Tampoco podemos parcializar las comunidades y perder la vida en común. Habrá que dejar unas obras, contribuir en otras sin tanto protagonismo y recrear el carisma con los laicos. Es un elemento importante para tener presencia de Iglesia en lugares donde las congregaciones no están o tienen que abandonar», subraya el religioso. Esto no significa que no se puedan abrir nuevos proyectos. De hecho, Zamora señala que la vida consagrada tendrá que pensar cuál debe ser su aportación ante necesidades nuevas y urgentes como las migraciones o la trata, por ejemplo.

Tuñón reconoce que el primer impulso para dar responsabilidad a los laicos en los proyectos —la misión compartida— fue la escasez de monjas, pero añade que hoy son parte de las congregaciones. En la suya han contado con personas muy teñidas del espíritu de santa Rafaela, su fundadora, porque, añade, «no vale todo». «Hay que invertir en formación», recalca. «Requiere gastar tiempo y dinero», añade Zamora.

Otra de las respuestas a la situación actual pasa por la colaboración entre congregaciones, «no para hacer más cosas», sino porque «expresa la riqueza de la Iglesia». Este proceso, que se viene trabajando desde hace años en la Iglesia en España, está en sintonía con la sinodalidad y ya hay congregaciones que se han unido para dar respuesta a necesidades actuales. Y también pasa por la relación con las Iglesias locales. El presidente de la Comisión para la Vida Consagrada y obispo de León, el claretiano Luis Ángel de las Heras, añade que en los procesos para definir la nueva presencia de la vida consagrada se ha de tener en cuenta a las diócesis.

Vida activa*

* Religiosos de institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica.

Fuente: CONFER

Aboga, para las congregaciones más pequeñas, por «procesos de transformación más que de muerte». Cree que la integración por carismas de institutos pequeños puede ser una forma válida para fortalecer el servicio: «Con la perspectiva de la vida eterna, sabemos que no hay un final estático, sino una transformación hacia un modo de vida nuevo. Esto también lo debemos aplicar en las obras, tareas e instituciones». En cualquier caso, añade que los consagrados tienen valor más allá de lo que hacen. «Donde hay vida consagrada hay una presencia de Iglesia. Y cuando se cierra una casa, hay un dolor, no solo para la comunidad cristiana, sino también para el vecindario». Con todo, anima a no dejarse llevar por la nostalgia del pasado y caer en «un bucle negativo de lamentación que deprime». «Debemos vivir lo que nos ocurre como un momento de gracia y no de desgracia», añade. Cree, en este sentido, que el pontificado del Papa Francisco ha supuesto un gran impulso.

Antonio Bellella, director del Instituto Teológico de Vida Religiosa, sigue esta línea al afirmar que la vida religiosa no está «ni en su mejor momento ni en el peor», y que hoy es «un resto, no un residuo». En la Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada, que se celebrará este 2023 con el lema Entretejer itinerarios de esperanza, abordarán esta travesía en el desierto.

Comunidad y empobrecidos

Los obispos de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada articulan su mensaje para esta jornada en torno a tres destinos hacia los que los consagrados han de transitar: Dios, la comunidad y los olvidados. «Su camino de obediencia comienza y termina en la casa del Padre. Saben que se necesitan oídos atentos a la voz del Padre, ojos fijos en la cruz del Hijo y manos a la hora de emprender esperanzadas cada desafío cotidiano, dejando que Dios haga nuevas todas las cosas», explican en primer lugar.

También recalcan que en ese camino no van solos, sino que entrelazan sus historias con otros consagrados y con el resto del pueblo de Dios. Y añaden que es en esa unión de voluntades «donde se alumbra una esperanza distinta a la que ofrece el mundo, capaz de derribar muros, abrir fronteras y soñar justos el Reino que ya se ve en esta fatigada tierra». Finalmente, subrayan que el camino de pobreza de los consagrados tiene su principio y fin en «la casa de los olvidados». «Los empobrecidos son su para qué. La cercanía con Jesús los hace encaminarse hacia los heridos, los caídos, los empobrecidos, los excluidos, los entristecidos y clamar con ellos por la salvación definitiva en medio de muchas periferias fecundas», concluyen los obispos.

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