El restaurante de las segundas oportunidades - Alfa y Omega

El restaurante de las segundas oportunidades

No podían tener vidas más distintas. Provienen de Irak, Afganistán, Albania y de un campamento gitano, pero estas mujeres han recibido una segunda oportunidad gracias a un restaurante de Roma que apuesta por la inclusión

Victoria Isabel Cardiel C.
Imán, Parisa, Zorka y Anjeza en el restaurante Gustamundo 2 de Roma. Foto: Victoria I. Cardiel.

Ninguna de las cuatro lo ha tenido fácil. Han vivido durante años con la esperanza oxidada y el corazón apelmazado por el sufrimiento. Todas han mirado a los ojos a la pobreza. Todas se han cruzado con la injusticia. Si ahora sonríen es porque pudieron separarse de un destino dominado por el desaliento gracias a una mano amiga. Su pasado está en Irak, Afganistán, Albania y en un campo de gitanos rom. Su presente, ligado a un restaurante con sabor a burek, una torta salada de los Balcanes, o a baklava, un postre de hojaldre relleno de frutos secos y bañado en almíbar típico de Oriente Medio. Un mesón multiétnico para las que necesitan una segunda oportunidad. El propietario, Pasquale Compagnone, es un idealista convencido de que todos podemos tropezar con alguna piedra por el camino. En 2017, apostó por un negocio que dejase en la sociedad la semilla de la inclusión: «Organizaba veladas étnicas en la que personas inmigrantes —que conocía a través de los centros de acogida— cocinaban los platos típicos de su tradición. A la hora de los postres se sentaban con los clientes y les contaban su historia». Así nació Gustamundo, que ahora tiene una réplica, Gustamundo 2, inaugurado el pasado 8 de marzo coincidiendo con el Día Internacional de la Mujer, donde estas cuatro mujeres valientes han aprendido a convivir entre fogones. «Necesitan tener una estabilidad laboral para poder comenzar desde cero. La independencia económica es fundamental para ellas. Todo el mundo debería tener una segunda oportunidad», incide Pasquale Compagnone.

La más mayor, Zorka, de 49 años, aprendió demasiado pronto lo que quería decir la miseria. Nació en un asentamiento de chabolas. Nunca fue más de dos días seguidos a la escuela y con 8 años ya estaba vendiendo flores en la céntrica plaza Navona de Roma. Se enamoró muy joven, pero pronto su vida en pareja se convirtió en un «infierno». «Bebía mucho y se volvía violento. Siempre estaba en la cárcel», recuerda. De ese primer matrimonio nacieron tres hijos. Se volvió a casar y se repitió la historia. Más golpes y más gritos. Un día dijo basta: «No quería que mis hijos vivieran lo que yo había vivido». Una asistente social la ayudó a escapar de su segundo maltratador y la alojó en una casa para mujeres víctimas de violencia. «No sabía por dónde empezar. No tenía ni documentación», asegura Zorka. En cuanto decía que venía de un campo de gitanos le cerraban la puerta. Un estigma que superó gracias al restaurante Gustamundo 2, donde trabaja desde enero.

El alcalde de la Ciudad Eterna, Roberto Gualteri, a la izquierda, visitó el restaurante el 8 de marzo, día de la inauguración. Foto: Gustamundo 2.

La más joven, Anjeza, de 29 años, arrastra una historia de ausencia. La de su hija mayor que vive en su Albania natal y a quien no ve desde hace cinco años, cuando llegó a Italia para encontrarse con un amor que acabó arruinándole la vida. «Traficaba con marihuana. Era dinero fácil y rápido, así que empecé a hacerlo yo también. Me iba bien hasta que me vi atrapada en medio de una redada policial», recuerda. La condenaron a dos años y medio de prisión. Dejó de ducharse, de salir al patio a pasear, no quería ver a las asistentes sociales. Estaba vacía, como la fría celda que le esperaba cada noche. Entonces descubrió que estaba embarazada. «Eso lo cambió todo. Tenía que estar bien por el bebé que llevaba dentro», señala. Después de vivir en una casa cumpliendo arresto domiciliario le concedieron el régimen de libertad vigilada gracias a su buena conducta: «He hecho un curso de pastelería. Poco a poco estoy empezando a creer en mí misma». Vittoria, que ahora tiene 4 años y aprendió a gatear en la cárcel, ayuda a su madre a poner la mesa los fines de semana en este restaurante. El sabor oriental lo dan Parisa e Imán. Ambas saben bien lo que significa dejar su casa atrás. La primera huyó con lo puesto y con su familia de Afganistán cuando los talibanes llegaron a Kabul. Tuvo suerte, porque ya tenía en regla los pasaportes y una de sus hijas trabajaba en la Embajada italiana. Pasaron la noche del 23 de agosto del 2021 en el aeropuerto, cuando su gestión todavía dependía del Gobierno de Estados Unidos, y consiguieron embarcarse en un avión fletado por el Ministerio de Defensa del país europeo. «Estaríamos muertos si nos hubiéramos quedado, ajusticiados por haber trabajado con extranjeros», dice con seguridad. En Italia su familia ha recibido asistencia de varias organizaciones que se ocupan de refugiados, como la Comunidad de Sant’Egidio. Trabajar en Gustamundo 2 ha sido un trampolín para recuperar cierto bienestar. Lo mismo que para su compañera Imán, una joven kurda vibrante que abandonó con su familia Irak por el miedo a toparse con el Dáesh y que tuvo que pasar cuatro años en un campo de refugiados en Chipre, rodeada por alambradas, antes de llegar a Italia. Pudo salir de ese infierno gracias a la mediación del Papa Francisco, que le consiguió una plaza en los corredores humanitarios que ya han puesto a salvo en Europa de forma legal y segura a 5.849 personas.

Tanto Imán como Parisa estuvieron el pasado sábado con el Pontífice junto a otros centenares de personas que como ellas se han beneficiado de esta iniciativa que evita las peligrosas tragedias por el mar e impide el negocio de las mafias. Podríamos decir que Zorka, Anjeza, Parisa e Imán son mujeres resilientes. Y, si lograron serlo, también es porque alguien les sostuvo la mano al otro lado.

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