Querido don Antonio, cardenal arzobispo emérito de Madrid. Querido, don Luis Tineo, obispo emérito de Carora (Venezuela). Queridos obispos auxiliares don Juan Antonio, don José y don Jesús. Vicario general. Vicarios episcopales. Deán de nuestra catedral. Queridos hermanos sacerdotes que formáis parte de este presbiterio de la Iglesia que camina en Madrid. Queridos seminaristas. Hermanos y hermanas religiosos. Laicos cristianos que nos acompañáis en este día tan significativo para nosotros, los sacerdotes. Que la gracia y la paz de Jesucristo sobreabunde y conforme nuestras vidas.
Es un día especial que me invita a hablaros al corazón, queridos hermanos sacerdotes. Quiero hablaros desde el corazón, y haciendo eco de la Palabra de Dios que acabamos de proclamar que, como acabamos de escuchar, nos recuerda tres aspectos fundamentales de nuestro ministerio sacerdotal. Gracias Señor, en primer lugar, porque nos has ungido con el óleo sagrado. Tu mano está siempre con nosotros, y tu fidelidad y misericordia nos acompañan. En segundo lugar, gracias por recordarnos nuestro nombre, «sacerdotes del Señor y ministros de nuestro Dios». Y, en tercer lugar, gracias por poder regalar a los hombres la gracia y la paz de parte de Jesucristo, recordando su amor, su gloria, su poder, que es alfa y omega, el que es, era y viene, el Todopoderoso. Y gracias, Señor, por regalarnos tu Espíritu; por enviarnos a dar la Buena Noticia, para anunciar la libertad y una manera nueva de ver todo.
Cuando contemplaba y rezaba estas páginas de la Palabra de Dios que hoy el Señor, a través de la Iglesia, nos regala, encontré como tres aspectos de nuestro ministerio en los que, en esta Misa Crismal deseo detenerme junto a vosotros. En primer lugar, queridos hermanos sacerdotes, estamos llamados a vivir y a ser maestros, con la lógica de Dios, en un mundo donde abundan otras lógicas. El Evangelio que hoy nos regala el Señor propone el episodio de la sinagoga de Nazaret, donde Jesús lee un pasaje del profeta Isaías y se presenta como aquél en quien se posó el Espíritu del Señor; ese Espíritu Santo que lo consagra y lo envía a la misión de salvar a la humanidad nos muestra el gran asombro que envuelve la vida de sus paisanos al ver a alguien de su pueblo pretender ser el enviado del Padre. El hijo de José pretendiendo ser el Cristo. Y Jesús penetra en la mente y en el corazón de sus paisanos, sabe lo que piensan: que debe demostrar quién es haciendo milagros, por lo menos los mismos que había realizado en los pueblos vecinos.
Queridos hermanos. No es fácil vivir con la lógica de Dios. Requiere en nosotros libertad. Os lo digo por experiencia. Libertad absoluta. No es fácil. Vivir con todas las consecuencias para Dios, sin poner trabas que nos impidan vivir en verdad y en justicia, que es la mejor manera de vivir y construir en caridad, como nos recordaba el Papa san Juan Pablo II. Como hemos escuchado en el Evangelio, Jesús no puede y no quiere aceptar esta lógica que le piden sus paisanos; no corresponde al plan de Dios. Y así, Dios, lo que desea de ellos y de nosotros es la fe; quiere fe; y que construyamos la vida desde la fe, desde la adhesión inquebrantable a Dios. Y así, para explicar la lógica de Dios, puso el ejemplo de dos grandes profetas, que fueron Elías y Eliseo, que Dios los envió para sanar, curar y salvar a personas que no eran judías, que procedían de otros pueblos, pero que habían confiado en la Palabra de Dios. Jesús quiere que sus paisanos se abran por entero a la gratuidad y a la universalidad de la salvación. Pero sus paisanos no aceptan esto, y adoptan una actitud agresiva: lo arrojan de la ciudad. La admiración se convierte en agresión. Pero Jesús sabe que vivir la misión que le ha dado el Padre le llevará a la fatiga, al rechazo, a la persecución, a la derrota... Pero esto no desanima a Jesús, ni lo detiene en su misión: sigue adelante, confiando en el amor de Dios.
¿Por qué os propongo hoy vivir en la lógica de Dios, queridos hermanos sacerdotes? En las circunstancias que vive el mundo, y en las que la Iglesia ha de realizar la misión, urge vivir y entrar en la lógica de Dios. Porque el mundo necesita ver en todos los discípulos, y de una manera especial en los sacerdotes, profetas; es decir, hombres valientes, hombres perseverantes, que sienten de un modo especial el empuje del Espíritu Santo y un compromiso singular por vivir e invitar a vivir en la verdad. Somos hombres enviados por el Señor a anunciar esperanza; a anunciar salvación. Somos personas que entran y siguen la lógica de la fe para invitar y arrastrar con nuestro ejemplo a vivir desde esta lógica, y no de la milagrería. Hemos de ser, con esta lógica de Dios, personas dedicadas al servicio de todos, sin exclusiones; abiertas a aceptar la voluntad de Dios, y que nos comprometemos a testimoniarlo ante los demás, a pesar de no ser entendidos en multitud de ocasiones. La palabra del Evangelio suena en nuestra vida y hoy tiene un eco especial: «Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres. Para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista». Sí, queridos hermanos: estamos llamados a a vivir y a ser maestros con la lógica de Dios.
En segundo lugar, estamos llamados e invitados por el Señor a vivir de lo esencial. ¡Qué gracia más grande es, antes de celebrar los misterios de nuestra salvación, los más grandes y bellos de nuestra fe, el poder descubrir juntos y con Jesucristo lo esencial de nuestra existencia sacerdotal! Hoy, el sonido de lo esencial de nuestro ser sacerdotes es estridente; acaricia nuestros oídos y nuestro corazón. De alguna manera, es como si el Señor nos dijese: ¡detente!. Vete a lo esencial de tu vida. Deja lo superfluo. Deja lo que te distrae. Despierta. No te defiendas. Ponte en manos del Señor, y descubre lo que Él te ha regalado.
En esta Misa Crismal, nos dejamos envolver por la fuerza, el amor y la gracia del Señor. Un año más, al celebrar la Misa Crismal, deseamos emprender el volver a las raíces de nuestra vida sacerdotal y de nuestro ministerio, que desea tener siempre el frescor primero que nos regaló Jesucristo cuando nos pidió la vida para vivirlo. ¡Qué gracia redescubrir la ruta de la vida! Como en todo viaje, lo que importa es no perder la meta; en este caso, no perder la hondura, la fuerza; no perder la verdad de nuestro ministerio. Hoy nos preguntamos, con todas nuestras fuerzas y la sinceridad de nuestra alma: ¿En el camino de mi vida sacerdotal, busco la ruta que me marcó Jesucristo? ¿Me conformo en vivir al día, pensando en sentirme bien? ¿Cuál es la ruta de mi ministerio? El Señor siempre nos recuerda la necesidad de convertirnos a Él. De volver a Él. La ruta de nuestro ministerio, no la podemos hacer sin Él. No podemos vivir sin Él. No entremos en la cultura que predomina hoy, la de la apariencia, que siempre nos lleva a vivir por la cosas que pasa. Nosotros estamos diseñados para el fuego que arde siempre. No estamos diseñados para ser ceniza: estamos diseñados para arder.
Regresemos a lo esencial. En primer lugar, a la oración. Al diálogo permanente con el Señor. Diseñados para ser y hacer lo del Señor. Somos presencia de Jesucristo en medio de los hombres. Por eso, la oración no es una cosa más. Es esencial en nuestra vida la relación con Él. Entre otras cosas, porque nos une permanentemente de nuevo a Dios. La oración nos libra de vivir una vida solamente horizontal y plana, que nos hace olvidarnos de Dios. Pero regresemos también a otra cosa esencial: a la caridad. A mostrar el amor mismo de Dios. El prójimo, y lo son todos los hombres, quienes creen y quienes no, han de ser para nosotros "lugares" donde plasmar el amor de Dios, y de un modo especial los pobres. Esto nos libra de esa vanidad en la que somos fácilmente tentados, como es el tener, el pensar en las cosas que son buenas para mí, pero desde mí mismo, no desde el Señor.
Y, en tercer lugar, no solamente la oración y la caridad nos llevan a regresar a lo esencial. También a mi vida más personal e íntima. Regresemos a la penitencia, que en el fondo es el ayuno con nosotros mismos. Mirémonos dentro de nosotros mismos, y eliminemos de nuestra vida todo lo que anestesia el corazón sacerdotal.
¿Dónde debe fijar la mirada un sacerdote a lo largo de su vida? Siempre que vengo aquí, a la catedral, esa imagen del crucifijo es esencial. Y para mí, ¿dónde fijar la mirada un sacerdote?: en el crucifijo. Ha de ser Jesús en la cruz la brújula de nuestra vida. Siempre nos orienta al cielo. En la pobreza del madero de la cruz y en el silencio del Señor en la cruz, en su desprendimiento de todo por amor, nos muestra un camino. En la cruz descubrimos dónde está el corazón de Jesucristo, y desde ahí descubrimos también dónde debe de estar nuestro corazón como sacerdotes. Él nos enseña a «dejar espacio a Dios en nuestras vidas». Y, para dejar espacio a Dios, solamente hay un modo: despojarse, vaciarse de sí mismo; es decir, callar, rezar, entrar en la humildad. Y es que, queridos hermanos, con la cruz no se puede negociar: o se abraza o se rechaza. Y es desde ahí desde donde podemos entender el gesto de Jesús en el Jueves Santo, que nos manda hacer a nosotros: «Haced esto también vosotros». Es decir, lavad también vosotros los pies; sed hermanos en el servicio; no lo seáis en la ambición, en el dominio al otro; servíos unos a otros. Nunca colaboréis en la crítica despiadada y mentirosa hacia la Iglesia y hacia quienes la sirven. El gran servicio que hoy nos podemos hacer es servir a la fraternidad; a ser constructores de fraternidad. A la debilidad de la fraternidad nosotros, los sacerdotes, respondemos construyéndola, no alimentando el deterioro de la fraternidad.
El Señor no solamente nos invita a entrar en la lógica de Dios, a descubrir también y a vivir de lo esencial, sino que estamos llamados, queridos hermanos, e invitados, a dejarnos custodiar y guiar por su amor. Dejemos que el Señor nos custodie, y nos diga el camino que hemos de seguir los sacerdotes. Él, como Buen Pastor, nos enseña a ser buenos pastores. Él está atento a cada uno de nosotros; nos habla, nos conoce, nos da la vida, nos custodia. ¡Qué bueno es saber que el Señor está atento a cada uno de nosotros, que nos busca y que nos ama, que nos acoge en todas las circunstancias, que nos ofrece la posibilidad de vivir una vida plena, que nos cuida y nos guía con su amor, que nos ayuda a atravesar caminos y situaciones arriesgadas!
Para cada uno de nosotros, Él da la vida eterna. Nos ofrece la posibilidad de vivir la vida plena. Somos pastores. Acercamos a los hombres, con nuestra vida, al Buen Pastor. Nos toca hacerlo en un momento de cambio histórico, cultural y social. Una nueva época, que nace. Los hombres han de escuchar en estos momentos verbos y gestos que describen el modo de ser de Jesús: «escuchan mi voz», «me siguen». Para ello hay que vivir una intimidad con Él; es decir, eso que se consolida en la oración y en el encuentro de corazón a corazón. Así se muestra y se refuerza en nosotros el deseo de seguirlo, saliendo de laberintos y caminos equivocados; no defendiendo lo indefendible, queridos hermanos. Somos un mismo presbiterio para vivir según Jesucristo; para, entre todos, ayudarnos a seguir a Jesucristo; abandonando caminos que son equivocados, y reconociendo que lo son, para encaminarnos juntos a sendas de nueva fraternidad, desde el don de nosotros mismos.
Queridos hermanos sacerdotes. Sí: estamos todos nosotros llamados a vivir desde la lógica de Dios, y a ser maestros de la lógica de Dios. Invitados a vivir en lo esencial, y desde lo esencial. Y estamos llamados a dejarnos custodiar y guiar por el amor mismo de Jesús. Pedimos a nuestra Madre, Nuestra Señora de la Almudena, que nos otorgue la misma alegría y disponibilidad que Ella tuvo para responder a Dios; nosotros, para responder a Jesucristo, que nos eligió para ser sacerdotes, unidos íntimamente al obispo, para el anuncio del Evangelio, y en el servicio del Reino de Dios.
Amén
Querida familia de Murialdo. Estimado padre Salvatore Curró, consejero general y representante del padre general Tullio Locatelli, que está hoy en Turín inaugurando este 150 aniversario de la fundación de vuestra congregación de San José, josefinos de Murialdo. Queridos vicarios episcopales. Deán de nuestra catedral. Queridos josefinos, sacerdotes, hermanos consagrados y consagradas de las distintas familias religiosas. Queridos hermanos y hermanas.
Hoy estamos celebrando el 60 aniversario de la presencia en España de esta familia de Murialdo. Querido Juan José: gracias por tus palabras y gracias también por vuestro trabajo en esa unidad pastoral de San Raimundo y Santa María del Pozo y Santa Marta. Lo que más me ha impresionado, y quizá más me ha sorprendido, es que veo que sois una gran familia. Sois familia. Ese es el misterio de la Iglesia, donde Jesucristo Nuestro Señor se encuentra en el centro. Una familia donde queréis hacer visible y real el espíritu de san José. La figura de san José es sublime. Es grandiosa. Esta figura ha dado lugar a la creación de tantas y tantas familias en la Iglesia, y en la vuestra hoy resplandece, gracias a vosotros, que también tenéis la misión de difundir la devoción. José, hijo de David, participa y se compromete plenamente en la obra de redención de Jesús. Y esta figura quiere estar también entre nosotros. Con Jesús y María, él es rechazado y perseguido. Se vuelve exiliado. Experimenta la inseguridad. Experimenta el miedo. Su silencio no es un silencio de ausencia: es el silencio de la plena adhesión a los proyectos de Dios, y una clara percepción de saber quién es la Palabra, y ante la cual es mejor callar, acogerla en nuestro corazón y vivirla.
Con Jesús y con María, él huye a Egipto, para hacer con ellos el camino también de la esclavitud y de la opresión que hicieron sus antiguos padres, y de la que fueron liberados con brazo fuerte y mano extendida en la Pascua del Señor. San José, de alguna manera, nos hace ponernos en relación con aquel José, el hijo de Jacob, que interpreta los sueños del faraón y se gana su confianza. Pues el padre de Jesús descubre en sueños los proyectos de Dios, y los lleva a cabo con toda disponibilidad. Queridos hermanos: hoy necesitamos ser hombres y mujeres dispuestos a llevar a cabo los planes insondables de Dios. En silencio, en el trabajo, el Señor nos va desvelando cómo nos quiere partícipes en su proyecto de amor. Es la misma situación que hoy estamos viviendo en Europa, por las manifestaciones más cercanas de la guerra de Ucrania, pero en todos y en muchos lugares del mundo, donde los hombres y mujeres estamos en guerra; nos rompemos, porque no tenemos el proyecto de amor. Hoy, precisamente, nosotros queremos ser orientados y acompañados y amados a los desafíos que hoy presenta la vida. Sí. Y hay que buscarlos. Hay que salir a buscarlos. Muchos hombres, y muchos educadores, vosotros mismos, san Leonardo Murialdo, padre de huérfanos, educador de trabajadores... Él se inspiró en san José. Vivió con pasión la vocación educativa.
Somos conscientes todos nosotros, queridos hermanos, del tiempo que estamos viviendo; de la fuerte movilidad humana en todo el planeta, especialmente la movilidad desde aquellos territorios de mayor pobreza a los pueblos de mayor desarrollo. Otros muchos huyen de la guerra, como está pasando en estos momentos con millones de personas, de desplazados de Ucrania. A san José, que protegió y guió a su familia, encomendamos estas realidades de nuestro tiempo. Y también a san José le pedimos todos nosotros que nos dé su sabiduría para saber abordar, como él abordó, aquellas situaciones. Hoy no podemos olvidar a madres y a padres que buscan angustiados a sus hijos, como les pasó a José y a María en Jerusalén.
¡Qué historia más bella la de vuestra fundación! San José. San Leonardo Murialdo, en 1873, tal día como hoy, funda en Turín esta congregación de San José. El fin apostólico desde el principio fue la formación de la juventud, especialmente de la más pobre y más abandonada. Esta realidad, este comienzo humilde y discreto, se tiene que convertir para nosotros en ese árbol que va creciendo, que cada día se hace más frondoso, y que somos capaces también de ir a buscar a los jóvenes. El padre general os decía en la última carta circular a toda la familia Murialdo: «Por la bondad de Dios, que siempre nos ha asistido con su misericordia, y por la fidelidad al carisma fundacional». Y quería para este Año Jubilar «una memoria agradecida del pasado, para no perder la raíces que dan sabia e inspiración. Aceptar el desafío del presente, lleno de interrogantes sobre la existencia y nuestra identidad, que nos solicita renovación total de nuestro apostolado». En el fondo, es esa conversión pastoral que nos está pidiendo desde el inicio de su pontificado el Papa Francisco. «Y una mirada esperanza al futuro, en sintonía con la Iglesia, para educar a las futuras generaciones».
Queridos josefinos. Vosotros seguid prodigándoos, acogiendo la gran llamada a ser padres dedicados a la juventud. A la juventud de hoy. Hoy hay signos de una paternidad quizá más necesaria, más fuerte, más grande. El núcleo central de vuestra espiritualidad es la convicción del amor misericordioso de Dios. Un padre siempre bueno, paciente y generoso que revela la grandeza de su misericordia con el perdón, y lo experimentó de forma esencial vuestro fundador mediante un encuentro vivo con el Señor. Él siempre se consideró un hombre favorecido por Dios. Por eso vivió el sentimiento gozoso de la gratitud del Señor, y la serena conciencia de las limitaciones, pero el deseo ardiente, y el compromiso constante y generoso. Veía su existencia no solamente iluminada, guiada y sostenida por este amor, sino inmersa en la misericordia de Dios. Damos gracias a Dios, queridos hermanos todos, por estos beneficios, por los logros conseguidos a lo largo de estos 60 años en España, y 150 en las 16 naciones del mundo donde todos vosotros, como congregación y familia, estáis presentes.
Queridos hermanos: cuánto bien han sembrado, especialmente entre los jóvenes, en las parroquias, en los centros de formación, en las escuelas, en los colegios, en los seminarios... Habéis buscado a los jóvenes, preparándolos para la vida, inculcándoles valores humanos y cristianos, acompañándolos hasta encontrar un trabajo, con el seguimiento posterior. Junto a vosotros, muchos se empaparon de la espiritualidad de san José; de la humildad de este santo a quien hoy recordamos y de su caridad; de su amor al trabajo; de la vida en la intimidad de la familia de Nazaret, y muy especialmente de esa obediencia a la voluntad de Dios. De la misma manera que san José fue padre, se hizo cargo y educó a Jesús junto a la Virgen María, a vosotros también el Señor os ha llamado a ser educadores de tantos jóvenes, imitando a vuestro fundador, san Leonardo Murialdo. Es un buen ejemplo de santidad a seguir.
San Pablo VI, el 3 de mayo 1970, en su canonización, decía precisamente de san Leonardo Murialdo: «Nuestro hermano, un compañero de viaje, hombre bondadoso y atento, sacerdote piadoso y ejemplar, fundador sabio y trabajador, un santo extraordinario en lo ordinario. Que vuestro fundador bendiga vuestra familia, también, y la bendiga con esa grandeza de poder vosotros seguir las huellas de él».
Qué precioso ha sido poder recitar hoy este salmo que juntos hemos rezado: «Cantaré, anunciaré tu fidelidad Señor. Sellaré una alianza». También en ese linaje que tú has fundado, y del que nosotros somos parte, con esta identidad de esta familia, nosotros edificaremos y diremos que tú eres nuestro padr; eres nuestra roca Señor. Sabemos que tú mantienes siempre el favor hacia nosotros.
Queridos hermanos de esta querida congregación: la palabra de Dios que hemos proclamado nos invita a todos los que estamos aquí a vivir tres realidades: la misión, el apoyarnos en la fe en Dios, dejando que Dios toque nuestro corazón, y hagamos visible y viable aquello que Él nos hace sentir en nuestro corazón.
Estamos llamados a la misión. Llamados para una misión. Afirmaré la descendencia, nos decía la primera lectura. Construiré una casa para el hombre. Y esta casa somos todos nosotros, queridos hermanos. Y esta casa tiene una singularidad, una manera de hacerse y construirse, tal y como el Señor quiso hacerlo a través de nuestro fundador. Estamos llamados a una misión. Pero, mirad: estamos llamados a apoyarnos en la fe, y siempre con esperanza. No nos dejemos enturbiar por las nubes que puedan aparecer. Fe en Dios. La fe de la cual nos habla el apóstol Pablo en la segunda lectura. Todo depende de la fe. Todo es gracia. Todo lo hemos recibido. Y al encontrarnos todos nosotros con el Señor, nuestra vida, nuestro apoyo, es Él. Yvivimos en la esperanza. Y vivimos queriendo hacer este mundo nuevo, distinto; con unas relaciones que, apoyadas en la fe en Dios, nos hacen estar siempre caminando y llevando la noticia de Jesucristo Nuestro Señor, al estilo del santo que hoy nos reúne aquí como familia Murialdo.
Sí, queridos hermanos: una misión. Un apoyo: fe y esperanza. Y un corazón, viviendo todo desde lo profundo del corazón. Qué página más preciosa el Evangelio que hemos proclamado: Jesús se queda con los doctores de la ley. Aquel corazón de María y José. María, madre del Señor. José, que había aceptado ser padre de este Dios, que quería hacerse presente y quiere hacerse presente entre nosotros, que nos pide a todos nosotros, miembros de la Iglesia, que lo hagamos presente en este mundo en el que hay sombras, haynubes, pero nosotros tenemos la dirección marcada. Qué bonito es ver a Jesús escuchando y haciendo preguntas a los que le oían. Qué bonito es Jesús haciendo asombrarse por el talento y sus respuestas a aquellos hombres. Vuestro fundador asombró con la obra que ha hecho, que se mantiene en la Iglesia, a los hombres. Nació una congregación. Han quedado muchos asombrados, porque os habéis preocupado de los jóvenes y de los que más necesitan, de los que más pobreza en todos los aspectos puedan tener en la vida.
Queridos hermanos: que a nosotros nos pase siempre como a Jesús. Hijo, por qué, mira que tu padre y yo te buscábamos... ¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi padre? La casa de Dios es este mundo. Pero estemos en este mundo como Jesús. Estemos en este mundo como los grandes seguidores de Jesús. Sí. Como este hombre, este santo que hoy nos reúne a nosotros aquí, en torno a su familia. Este santo, que tiene una presencia viva a través de una comunidad en nuestra archidiócesis de Madrid. Este santo que hace sentir el espíritu de san José, de acogida, de preocupación, de seguimiento, de arropamiento, de dar y marcar dirección a todos los hombres.
Queridos hermanos: gracias por vuestra misión. Gracias por vuestra presencia en nuestra archidiócesis de Madrid, en nuestra iglesia diocesana. Gracias por seguir manteniendo el carisma que Jesús regaló a vuestro fundador para servir a los hombres y, muy especialmente, a la juventud. Apoyaos en la fe y vivid esto desde el corazón. Esto no solo se hace con ideas. Las ideas son buenas, pero el que palpita y hace salir a la vida y a encontrarnos con esos jóvenes hoy, más que nunca, para indicar el camino, no solamente con palabras, sino porque sienten el abrazo de Dios cercano a ellos. Que sigáis en esta tarea. Así se lo pedimos al Señor en este día en el que, junto a vuestra congregación, celebramos también esta presencia vuestra entre vosotros.
Recibamos a Jesucristo. Este hombre, precisamente porque recibió en su vida y acogió con todas las consecuencias a Jesús, solo de este encuentro surgió esta familia de la que vosotros sois parte.
Que el Señor os bendiga y os guarde siempre.
Amén.
Queridos obispos auxiliares. Vicario general. Vicarios episcopales. Queridos hermanos sacerdotes del cabildo catedral. Hermanos. Excelentísimo señor alcalde. Miembros de la corporación municipal. Queridos hermanos y hermanas.
Iniciamos hoy, en este Domingo de Ramos, con este grito de alegría que resuena en el Evangelio al entrar Jesús en Jerusalén, abrimos la Semana Santa. Estos días vamos a vivir los grandes misterios que Jesucristo Nuestro Señor nos regala. El grito de entrada en Jerusalén, que es un grito de alegría, es el grito que todos los hombres tienen en su corazón. Necesitamos a Dios. No abandonemos a Dios. El abandono de Dios trae, ya veis, consecuencias tremendas para los hombres. Dios nos recuerda que el otro es su imagen. Dios nos recuerda que el otro es mi hermano. Sea quien sea, y piense lo que piense. Es mi hermano. La fuerza que tiene lo que el Señor nos entrega a los discípulos cambia los caminos de esta historia.
Nosotros estamos viviendo en estos momentos situaciones, no solamente en Europa –como es la guerra de Ucrania, que para nosotros tiene una cercanía especial, y la seguimos de un modo singular por los medios de comunicación–, sino en otras partes de la tierra, hay hombres y mujeres que se matan los unos a otros. Conocer a Jesucristo supone respetar siempre al otro.
Abrimos esta semana en este Domingo de Ramos para vivir los grandes misterios que el Señor nos ha regalado, en los que nos convoca y nos da fuerza y nos alienta a construir la familia humana, no con la fuerza de los hombres, sino con la fuerza de Dios. Es bellísima la expresión del Evangelio de hoy: «Id a la aldea de enfrente. Encontraréis un pollino atado que nadie ha montado nunca». Es Dios quien lo pide. No viene, pues, en grandes caballos, donde venían los grandes señores y reyes. Él, que es Dios, viene en la humildad y en la sencillez; porque el pollino representaba la mansedumbre y la paz, frente al caballo que entonces representaba la fuerza y la guerra. «Bendito el rey que viene en el nombre de Señor».
Queridos hermanos: hagamos presente a Jesucristo en esta tierra. Hagámoslo. Hoy la humanidad necesita de Dios. El abandono de Dios hace que vivamos con otras fuerzas que no nos hacen más humanos. Al contrario: deshumanizan nuestra vida, deshumanizan nuestras relaciones. Nosotros hoy acogemos también a Nuestro Señor, que vino y viene siempre a nuestra vida con su paz, con su entrega, con su amor.
Paz en el cielo. Sí. No es que el cielo necesite paz: el cielo es lugar para nosotros. Cuando hablamos del cielo, hablamos de la presencia de Dios. Es de Dios de donde proviene la paz. Y esta tierra, ensangrentada por la violencia y por las guerras, necesita de esta paz. Y los discípulos del Señor queremos traerla. Porque nos lo ha mandado el Señor. Nos lo ha dicho Él. Somos, o hemos de ser, presencia de Dios entre los hombres. Ha llegado la hora, queridos hermanos, de no volver para atrás. Con Jesús, a subir a Jerusalén. Él sabe que se juega todo, pero quiere entregar hasta la última gota de la sangre para anunciar a los hombres que es en Dios donde está la salvación y donde está la vida.
Por eso nosotros hoy, también, como discípulos de Cristo, decimos: «Bendito el rey que viene en el nombre del Señor». Qué bueno es, Señor, que tú vienes cada día a nuestra vida. Bendito porque traes tu paz a este mundo nuestro desgarrado por la violencia. Bendito. Eres nuestro rey. Ven, Señor, con tu paz. Que desaparezcan las guerras y los enfrentamientos. Que desaparezca la violencia. Tú, Señor, nos has elegido a cada uno de nosotros para que hagamos presente con nuestra vida esa paz. Tú, que eres manso y humilde de corazón, utilízanos de alguna manera a nosotros, a pesar de nuestra condición, para que esta paz y este amor llegue a los hombres. A todos los hombres. Llegue aquí, a Madrid. Y se extienda fuera de Madrid. Que esta paz de Jesús, que nosotros hoy, con cantos y con los ramos aclamamos y necesitamos, tú, Señor, quieres que a través nuestro, de nuestra vida, sintiéndonos cristianos, miembros de la Iglesia, entreguemos esta paz de Jesús.
Queridos hermanos: la gente lo necesita. Antes de ayer, yo hice un vía crucis por toda la ciudad, por parroquias diferentes, e incluso cuando había procesiones aprovechaba para parar la procesión y hablar a la gente. Estamos necesitados. Mirad: el hombre, el ser humano, necesita de Dios. Y, paseando por Madrid, hay necesidad de Dios. No de un Dios cualquiera. Es este Jesús que nos ha hablado; que da la vida por nosotros; que nos ha llamado a todos los que estamos aquí a la pertenencia eclesial: somos miembros de la Iglesia; pero para pasear por este mundo con la manera y el estilo que Él pidió, y que Él hizo las cosas. Sabemos que Él nos ayuda; sabemos que Él nos acompaña; sabemos que Él con su fuerza, con su presencia entre nosotros en el misterio de la Eucaristía, nos alienta a que salgamos y entreguemos esta paz de Nuestro Señor; esta verdad: la verdad del hombre que se descubre precisamente en el rostro de Nuestro Señor Jesucristo, en la vida y en la misión de Nuestro Señor Jesucristo. Acojámosla.
Abrimos estas puertas en esta Semana Santa, hoy, para descubrir esa santidad que Dios nos ofrece y que nosotros queremos acoger en nuestra vida. Ojalá seamos capaces siempre de transmitir esta fe. Esta adhesión a Dios. A los niños. Hoy los niños, como los vemos aquí, tienen un protagonismo especial, o tuvieron el día que entró Jesús, porque son los que mejor entienden lo que más necesita el corazón humano; y, a veces, no con razones, sino desde su propia manera, desde su inicio en la vida. Necesitan de Dios. Entreguemos a Dios. A este Dios que, una vez más, viene junto a nosotros y nos dice: «Os doy mi paz. Id y anunciadla».
Amén.
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