Queridos hermanos obispos auxiliares, don José, don Santos y don Jesús. Querido rector del Seminario Metropolitano, vicarios episcopales, hermanos sacerdotes. Queridos seminaristas. Hermanos y hermanas.
Hoy nos ha nacido un Salvador. El hecho de que estemos aquí esta noche reunidos, el hecho de que en todas partes de la tierra se esté celebrando la Eucaristía a estas mismas horas en muchos lugares del mundo, no es casual: es que Dios ha venido a este mundo; es que Dios se ha hecho presente; es que Dios tomó rostro humano entre los hombres. Es que Dios nos ha manifestado y revelado una manera de vivir y de existir absolutamente nueva. Y en todas las circunstancias de la historia, desde hace 21 siglos, se ha visto la necesidad de acoger esta manera de vivir y de entender la vida, porque daba dignidad, no solamente a quienes lo vivían, sino también a aquellos a quienes se les entregaba esta noticia.
Queridos hermanos: el Señor, el Salvador ha nacido. Está entre nosotros. Y el Señor nos invita a cantar un cántico nuevo. A bendecir su nombre con nuestras palabras y con nuestras obras. A proclamar la grandeza y la victoria de este Dios. A contar a todos los pueblos, en las diversas situaciones en las que están y en las que viven, las maravillas que se realizan precisamente en los hombres y mujeres que acogen en su corazón la vida de Jesucristo Nuestro Señor.
Hoy es un día de alegría para todos nosotros. Es un día en el que ha llegado a este mundo quien rige la tierra con justicia y con fidelidad. Es un día en el que, como nos ha dicho el profeta, el pueblo, el mundo, los hombres que caminaban en tinieblas, han visto una luz grande. Habitaban en sombras, y una luz ha brillado, y sigue brillando.
Queridos hermanos: en estos momentos que vive el mundo, en las circunstancias verdaderas en que muchos pueblos están viviendo, en las diversas situaciones, en culturas distintas en las que los hombres se mueven, decidme queridos hermanos si no es importante anunciar que Cristo ha venido a este mundo; que una manera nueva de existir y de vivir es entregada al hombre, y no por otros hombres, sino por un Dios que ha tomado rostro humano, que se convierte en maravilla de consejero, que se convierte en Príncipe de la Paz. Es el Señor que sostiene, que consolida la justicia y el derecho para todos los hombres.
Ha aparecido, queridos hermanos. Y es lo que estamos celebrando esta noche. Ha aparecido la gracia de Dios. Sí. Jesucristo. La gloria del gran Dios y salvador. El Señor. Ha aparecido este Dios que nos enseña a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar una vida honrada y religiosa, a llevar una vida en la que nosotros podamos sentir de verdad esto que nos ha dicho el Señor: «Amad a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a vosotros mismos». Este es el día en el que se cumple lo que acabamos de escuchar en esta página preciosa del Evangelio, el capítulo 2 de san Lucas, donde en un tiempo determinado de la historia, siendo emperador de Roma un hombre concreto, siendo gobernador de Siria Quirino, un hombre y una mujer, María y José, suben a inscribirse según el decreto que habían dado de hacer un censo nuevo; y, mientras estaban allí, llegó el tiempo del parto, y María dio a luz al hijo primogénito.
Este hecho, queridos hermanos, es el que nosotros estamos celebrando. Pero yo os pediría que todos nosotros nos sintiésemos como los pastores de Belén: la gloria del Señor, nos ha dicho el Evangelio, los envolvió de claridad; aquella claridad transformó la noche que caía sobre Belén de Judá en un día, en una luz nueva; gracias a la luz de aquella noche, los pastores se vieron inmersos en una extraordinaria claridad. No solo había luz en torno a ellos, sino que también había una luz interior; esta luz nos alumbra todos en esta Nochebuena.
Esta mañana he celebrado la Misa en la cárcel de Soto del Real. Un muchacho, un chico, de Irán, había pedido hace tiempo el bautismo; alguien que no conocía al Señor, y lo ha conocido en la cárcel. En la propia situación de la vida que le llevó a estar en esas circunstancias. La noche cerrada para este joven, que terminó en una cárcel aquí, en Madrid, se ha convertido en claridad. Y esta mañana él lo decía y lo manifestaba, antes incluso de decir sobre él y derramar el agua: «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». La noche cerrada de su vida, tanto en su país, del que tuvo que salir, como de entrar aquí en España, donde terminó en la cárcel, se convirtió en luz; se convierte en claridad que lo envuelve. Porque, queridos hermanos, cuando el ser humano mira al interior de sí mismo, Dios se manifiesta con una luz que nos permite descubrir nuestro propio misterio: el misterio que llevamos en nuestro corazón.
Que la luz del nacimiento del Señor ilumine la noche, queridos hermanos, de nuestro mundo. Y que ilumine la noche del corazón de los hombres.
En la carta pastoral que os escribo al iniciar siempre el curso, y que os he escrito este año, con el título Dame de beber; esta expresión que utiliza la mujer samaritana que, cuando Jesús le pide agua, ella le responde: «¿Cómo me pides a mi de beber, si eres enemigo, si eres judío, no eres samaritano?». Cuando Jesús sigue hablando con ella: «Si tú supieras quién te pide de beber, tú misma me pedirías el agua a mi». Hermanos: hoy, el ser humano tiene sed; hoy en Madrid hay sed; hoy los jóvenes tienen sed. ¿Seremos capaces de abrevar esa sed?
El texto del Evangelio que hemos proclamado sigue diciendo que le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió entre pañales y lo acostó en un pesebre porque no tenían sitio en la posada. No había sitio en la ciudad para él. Tuvieron que salir a los arrabales. Fuera de la ciudad. Este Dios que viene a darnos vida, que viene a darnos luz; este Dios, ha querido compartir la condición humana quizá de los más pobres, de los más olvidados, de los que no tienen sitio en la sociedad... De los que tienen sed, que hay mucha gente… A veces a los jóvenes les hemos dado muchas cosas. Cosas. Cosas. Sé el primero. Pero no les hemos saciado la sed. Millones de seres humanos prolongan en el tiempo y en el espacio el pesebre de Belén. Él quiere encontrar sitio en nuestro corazón pero, queridos hermanos, ¿tenemos espacio para Él cuando viene a nuestro encuentro? Quizás estamos llenos de nosotros mismos, y no hay sitio ni tiempo para Dios. ¿Quién tiene un espacio interior para Él? ¿Cómo lo preparamos? ¿Hay en nuestra sociedad un sitio para Dios? ¿O intentamos que de esta cultura y de esta sociedad desaparezca la presencia de Dios? ¿Hay un intento soslayado, no directo, de matar y de eliminar la presencia de Dios?. Pues, queridos hermanos, se confunden quienes hacen esto.
Millones de seres humanos prolongan en el tiempo y en el espacio la sed de Dios. Él quiere encontrar un sitio en el corazón del ser humano. No hay Navidad sin Jesús, queridos hermanos. Podemos inventar muchas cosas. Muchas distracciones. La Navidad no puede ser secuestrada por el consumismo. La Navidad no solamente son los regalos. Y, si son los regalos, es porque tienen un significado. En la carta que esta semana os escribía, os explicaba lo que significan estos regalos. Porque el primero que hizo el regalo de sí mismo fue Dios, que vino a este mundo, tomó rostro humano, se hizo regalo, se olvidó de sí mismo, y quiso entrar en nosotros. Y la tradición cristiana en estas fechas... Los cristianos de todos los tiempos se han hecho regalos. Pero, ¿sabéis cuál es el regalo que se hacían los cristianos? El comprometerse en este día de Navidad a olvidarnos de nosotros mismos y a estar junto a los demás.
La Navidad es Jesús. Había unos pastores que pasaban la noche al aire libre. Aquellos pastores escucharon lo que el Señor, a través de los ángeles, les decía: «Os traigo la buena noticia. Os traigo la gran alegría para el pueblo. Ha nacido hoy un Salvador. El Señor». Este anuncio, queridos hermanos, es para todos los seres humanos. Y nosotros los cristianos estamos empeñados, porque tenemos esa misión, de entregar esta noticia; de que no se olvide esta noticia; de dársela a todos los hombres. Pero tenemos que hacerlo, como nos dice el Papa Francisco, caminando juntos. Uno puede pensar no sé qué cosas... Pero creemos en el Señor, juntos.
No temáis: os ha nacido el Salvador. Este anuncio es para todos los seres humanos. Los pastores son los primeros destinatarios de esta buena noticia. ¿Por qué? ¿Por qué se anunció a los pastores? Fijaros en algo que es muy importante. En aquella época, eran una clase despreciable; representaban la marginación peor de la sociedad. Si podían, robaban algo. Y el primer anuncio de esperanza y de alegría se lo dan precisamente, queridos hermanos, a los pastores. Sí. Es un anuncio que necesitamos escuchar. Esto es lo que yo les decía... lo que, en este papel, con una imagen del belén y unas palabras mías, les entregaba esta mañana a los presos de Soto del Real. «Mira a Jesús. Como lo hacen María y José. Y déjate mirar por Él. Encuentra en esa mirada la paz y el abrazo incondicional que te da, y que todos necesitamos para vivir».
Queridos hermanos: no podemos vivir sin amor. No podemos vivir sin amor. Y necesitamos que Dios nos abrace. Y sigo diciendo a los presos, pero os lo digo a vosotros también: «Jesús no te pregunto qué hiciste. Él se acerca a ti y te abraza. Dios te ama. No te juzga. Te quiere. Está contigo en todas las circunstancias que vivas. Quiere darte su vida: acógela. No dudes. Mírala y déjate abrazar por Él». Es verdad, les decía a ellos, que algo habéis hecho, y por eso estáis aquí. Pero Jesús te abraza y te dice: no lo hagas más. Sgue mis pasos.
Queridos hermanos: esto fue lo que experimentaron aquellos hombres, los pastores, los marginados de la sociedad. Esto fue. Nosotros, los discípulos de Cristo, no podemos ser espectadores de una situación que estamos viviendo; necesitamos ser solidarios, tomarnos en serio nuestra fe. Hoy nos ha nacido el Salvador. En esta noche el tiempo se abre a lo eterno. Jesús ha nacido entre nosotros. El nacimiento es el tiempo humano de Dios, y quiere que lo vivamos nosotros hoy. Nos ha santificado los años, los siglos; ha disipado nuestros miedos y los sigue disipando; renueva nuestra esperanza. ¡Qué bonito, queridos hermanos, es que en esta Nochebuena entren en nuestro corazón estas palabras! Como aquellas que entraron en aquellos pastores: «No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para vosotros y para todo el pueblo».
El amor de Dios nos abraza una vez más esta noche, en la memoria que hacemos del nacimiento de Dios entre nosotros. Dios ha amado al mundo en Cristo. En su nacimiento ha revelado a todos los seres humanos dónde está el camino de la paz, dónde está el camino de la verdad, de la justicia... Está en caminar como el Señor camina.
Esta noche le decimos al Señor: ayúdanos, Señor, a ser hombres y mujeres que construimos la paz, porque la encontramos en Jesucristo Nuestro Señor. Y que esto lo sepamos comunicar. Que no lo guardemos para nosotros. Este Jesús, el mismo que nació en Belén, que se hace presente realmentne en el misterio de la Eucaristía en este altar, en esta noche de Navidad; que a este Jesús le dejemos que abrace nuestra vida. Él nos ama. Él quiere que nosotros participemos del misterio de su vida, y que lo entreguemos.
Feliz Navidad. Que el Señor os bendiga, os guarde, y gracias por estar esta noche celebrando este día santo. Amén.
Queridos obispos auxiliares don José y don Santos. Vicario general. Vicarios episcopales. Hermanos sacerdotes. Queridos hermanos y hermanas. Queridos delegados de Laicos, Familia y Vida de nuestra archidiócesis de Madrid, José y María: gracias por vuestro trabajo y por vuestra entrega en favor de la familia.
Hermanos y hermanas todos.
Hoy celebramos esta fiesta de la Sagrada Familia. Quisiera haceros caer en la cuenta de algo que a mí me parece que es especialmente importante, y es el Evangelio que acabamos de proclamar, que da sentido y da hondura a esta fiesta de la Sagrada Familia. Es el prototipo de familia que los cristianos acogemos en nuestra vida y en nuestro corazón, y que en este momento de la historia que vivimos los hombres quizá hemos de hacer posible que tenga un protagonismo especial. Hay unas palabras en el Evangelio que centran de alguna manera el sentido profundo que tiene esta fiesta: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi padre?».
Para comprender bien este episodio necesitamos saber cómo era la familia en tiempos de Jesús. No se reducía a los padres y a los hijos. Era una familia patriarcal. Y todos los miembros de la familia habían subido a Jerusalén: hijos, hermanos, tíos, primos… Una unidad sociológica. Y, de repente, se dan cuenta de que Jesús no está en el grupo. Y vuelven a Jerusalén. Y es María la que se dirige a Jesús, y le dice: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados». La respuesta de Jesús, si os habéis dado cuenta, es honda: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debía estar en las cosas de mi Padre?». Jesús, sin comentar nada a nadie, tomó la decisión de quedarse en el templo de Jerusalén. Él no se había perdido. Él se había quedado en el templo. Y María, al decir «tu padre», se refería a José. Pero, cuando Jesús dice «mi Padre», está refiriéndose a Dios. Es como si Jesús dijera: «mi padre es Dios mismo; a Él pertenezco, en Él estoy, con Él estoy. Sí: yo estoy en mi Padre». Esta es una palabra clave: «mi Padre».
Jesús descubre, y nos hace descubrir, que se puede hacer una sociedad fundada en el amor. El Evangelio dice que ni María ni José comprendían; ellos no comprendieron lo que quería decir. Jesús no es comprendido. «María conservaba estas cosas en su corazón». Pero fijaos en algo: Jesús nos hace ver que el centro, el que dinamiza, el que sostiene la vida, el que hace que todo sea nuevo, es «mi Padre». El Padre de Jesús. La relación con Dios, la sabiduría que nos da Dios, es central.
Pues, queridos hermanos, hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. Y recordamos que Jesús, el hijo de Dios, creció y aprendió a caminar por la vida en el seno de una familia. Pero los tres habían centrado la vida y la existencia en Dios. La familia de Nazaret puede ser un ejemplo para nuestras familias cristianas si la miramos desde la perspectiva de Jesús. Hoy tendríamos también que ver que, a pesar de la situación de crisis que atraviesa la familia, la familia, sin embargo, tal y como la presenta el cristianismo, es el ámbito privilegiado para las relaciones humanas desde la libertad, desde la gratuidad, y favorecedora del crecimiento personal, social y religioso. La familia, queridos hermanos, es escuela de amistad y de amor. Es escuela de gratuidad. Por eso, hoy nos volvemos a Jesús para decirle al Señor: «Señor, que has vivido en la familia de Nazaret, concédenos una familia a tu estilo, donde todos entendamos “mi Padre”».
Queridos hermanos, hace cinco años se promulgó la exhortación apostólica Amoris laetitia sobre la belleza y sobre al alegría del amor conyugal y familiar. Amoris laetitia ha marcado el inicio de un camino que trata de impulsar un nuevo enfoque pastoral a la realidad de la familia. La intención principal de este documento del Papa Francisco después de los sínodos sobre la familia era comunicar, en un tiempo y en una cultura profundamente cambiados, que es necesario que la Iglesia haga una nueva mirada sobre la familia. No basta, queridos hermanos, con reiterar el valor de la familia, que también es necesario; pero no basta. Es necesario convertirnos en custodios de la belleza de la familia. Estos aspectos son especialmente importantes, queridos hermanos.
En ese sentido, la Iglesia, que está encarnada en la realidad histórica, como lo estuvo Jesús, el Maestro; la Iglesia que tiene que anunciar el Evangelio, como lo hizo Jesús, se sumerge en la vida real. Conoce las fatigas cotidianas de los esposos y padres; conoce los problemas y los sufrimientos que ellos puedan tener. Pero, al mismo tiempo, la Iglesia quiere acompañar, escuchar y bendecir a las familias. Anunciar el Evangelio acompañando a las personas, y poniéndonos al servicio de su felicidad. Sí, queridos hermanos: es especialmente importante para nosotros. Defendamos con todas las consecuencias a la familia cristiana.
Pero yo os invito, queridos hermanos, a descubrir que la familia hoy tiene tres tareas esenciales. Una de ellas, en primer lugar, es cuidar la fe. Sí, queridos hermanos: custodiemos la fe. Es la manera de no sucumbir al dolor ni dejarnos caer en la resignación. El Evangelio nos presenta siempre la actitud de Jesús. El Señor levanta los ojos al cielo permanentemente; levanta la mirada a Dios. Es su Padre. No baja la cabeza; no se deja aplastar; no se aísla. Mira hacia lo alto. Custodiar la fe es mantener la mirada en alto. Queridas familias cristianas: mirad a Dios. Abríos a la confianza en Dios. La oración nos hace abrirnos a la confianza en Dios. No es fuga; no es escapar de los problemas: es el arma para custodiar el amor y la esperanza en las familias. A veces no es fácil levantar la mirada cuando estamos en dificultades. Pero no tengamos miedo: levantemos la mirada al Señor. Cuidemos la fe. Que en vuestras casas haya referencias reales a vuestra adhesión a Dios.
Pero no solamente hay que cuidar la fe. Hay que cuidar, en segundo lugar, la unidad. Jesús así lo rezó: «Para que todos sean uno. Donde reine el amor y la fraternidad». La división es una enfermedad mortal, queridos hermanos. A veces la experimentamos en nuestro propio corazón cuando estamos divididos dentro de nosotros mismos. Son muchos los pecados contra la unidad: las envidias, los celos, los intereses personales, juicios… La división viene del diablo, que es el que divide. Es el gran mentirosos. Es el que divide siempre. Estáis llamadas, las familias, a la unidad; a tomar en serio la súplica de Jesús: que formemos una familia; que tengamos el valor de vivir los vínculos del amor, de la fraternidad. Cuánta necesidad hay hoy sobre todo de fraternidad, queridos hermanos. No entremos en la lógica de los partidos, que es la lógica que divide, la lógica que nos pone a cada uno de nosotros en el centro, y no ponemos en el centro a Dios. «Mi Padre», nos ha enseñado Jesús hoy. No. No descartemos a los demás. Esto destruye: destruye familia, destruye la Iglesia, destruye la sociedad, nos destruye a nosotros mismos.
Cuidar la fe. Cuidar la unidad. Y, en tercer lugar, cuidar la verdad. Somos enviados al mundo a continuar la misión de Jesús. Custodiar la verdad no significa defender ideas, convertirnos en guardianes de doctrinas o normas. Custodiar la verdad es permanecer unidos a Cristo, estar consagrados al Evangelio y dejarnos orientar por el Evangelio de Jesucristo. Cuidar la verdad significa ser profetas en todas las situaciones de la vida. Consagrados al Evangelio; a ser testigos, queridos hermanos; a ser testigos, aun cuando haya que pagar el precio de ir contracorriente. Hoy nos ofrecen otras cosas, pero ¿qué nos ofrece Dios? Esta familia, queridos hermanos; esta familia que protagoniza la Navidad es la que el Señor nos dice que necesitamos. No quiere tibieza: quiere verdad; quiere la belleza del Evangelio.
Queridos hermanos: ¿cómo hacer este camino, para hacer esta belleza y mantenerla? Tres cosas me atrevo a deciros: encontraros, escucharos y discernir de verdad dónde está la vida y dónde está la muerte. Encontraros. Nada nos puede dejar indiferentes. Tenemos que encontrarnos en la familia, cruzar las miradas, compartir nuestra historia, y todo esto desde la cercanía de Jesús. Él sabe que un encuentro puede cambiar la vida. Encuentros con Cristo que reaniman y que curan. Hay que tener el arte del encuentro, queridos hermanos; que no es organizar eventos o hacer una reflexión teórica de los problemas; que a veces en esto convertimos a la Iglesia: en organizar eventos. No es eso. Es tomarnos tiempo para estar con el Señor, para favorecer el encuentro entre nosotros, para dar espacio a la oración. Para que esta oración sea de adoración; de adoración sincera. Cuando somos capaces de encuentros auténticos realizados desde el Señor, sin formalismos, sin falsedades, estamos realizando el verdadero encuentro en la familia.
Pero hay que saber escuchar también. Un verdadero encuentro solo nace de la escucha. Jesús no tiene miedo de escuchar con el corazón; no solamente con los oídos: ¡con el corazón! Preguntémonos cómo estamos en la escucha; cómo va el oído de nuestro corazón. ¿Cómo va? El Espíritu Santo nos está pidiendo que nos pongamos a la escucha; a las esperanzas; a lo que es mejor para los hombres; a lo que es meter en esta sociedad algo diferente y nuevo. La familia.
Y discernamos. Encontrémonos, escuchémonos, y miremos a ver qué es lo que merece la pena. Entramos en diálogo. En el diálogo, el Señor nos hace discernir si escuchamos su Palabra. Sí, queridos hermanos. Mirad: las familias han de ser lugares de peregrinación, enamorados del Evangelio, abiertos a las sorpresas del Espíritu. No perdáis nunca, queridas familias, las ocasiones de encuentro, de escucha, de discernir lo que es mejor para cada uno de vosotros.
En este día de la Sagrada Familia, queridos hermanos, qué gracias tenemos que dar a Nuestro Señor. En la primera lectura que habéis escuchado nos ha hablado de la familia precisamente. Sí. «Hijos, respetad la autoridad de vuestros padres». La familia es una bendición, queridos hermanos, para la sociedad. Y la familia de Nazaret, a quienes se ponen como meta el construir una familia según la de Nazaret, es una bendición para transformar esta historia. Pero, para ello, el Señor nos decía que nos pusiésemos un uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión, el perdón, la oración.
Queridos hermanos. Y, sobre todo, en la familia cristiana hay que tomar una decisión, la que Jesús nos enseña hoy cuando se pierde en el templo. «Mi Padre». Estar en la casa de «mi Padre». Es Dios quien me ilumina. Es Dios quien me protege. Es Dios. Es Dios. Sí. En esta fiesta de la Sagrada Familia, en esta fiesta de la familia de Nazaret, en esta fiesta de todas vuestras familias, queridos hermanos, la familia de Nazaret es un ejemplo claro y precioso para centrar la vida, no en mi interés, sino en lo que Dios me ofrece a mí.
Pedimos al Señor que las familias cristianas sean escuelas de amistad, de amor y de gratuidad. Que el Señor bendiga a nuestras familias. Que hoy, en esta fiesta de la Sagrada Familia, esto sea un canto a una novedad que necesitamos mantener en la historia y en la construcción de los pueblos. La familia cristiana puede ser algo especialmente importante en el presente y en el fututo de la sociedad. Lo es, de hecho. Pero pongámonos, como lo hizo la Sagrada Familia de Nazaret.
Que el Señor proteja a todas nuestras familias en esta Iglesia diocesana de Madrid. Amén.
Sede central
Bailén, 8
Tel.: 91 454 64 00
contacto@archidiocesis.madrid
Cancillería
Catedral
Bailén, 10
Tel.: 91 542 22 00
informacion@catedraldelaalmudena.es
catedraldelaalmudena.es
Medios de Comunicación Social
La Pasa, 3, bajo dcha.
Tel.: 91 364 40 50
Departamento de Internet
C/ Bailén 8
webmaster@archidiocesis.madrid
Servicio Informático
Recursos parroquiales
Tel. 911714217
donativos@archidiocesis.madrid