Doy gracias a Dios por todo lo que significa ver a la Iglesia aquí. ¡Cuántos recuerdos! Hace más de 450 años llegó a estas tierras de la Florida (Estados Unidos) el Evangelio y aquí, en San Agustín, se celebró la primera Eucaristía. El 150 aniversario de la diócesis de San Agustín es un día entrañable y de una significación muy especial. Y además tenemos la dicha de vivir la coronación de nuestra Madre la Virgen María, en la imagen a la que vosotros tanta devoción tenéis de Nuestra Señora de la Leche y del Buen Parto.
El Señor, después de estos 150 años, nos hace contemplar a una Iglesia viva, que quiere celebrar este tiempo de camino para seguir adelante, que tiene deseos grandes de anunciar el Evangelio. Queridos hermanos, estamos todos los cristianos llamados a vivir y a realizar una salida misionera: personalmente y también como comunidad. El profeta Isaías nos recuerda esto: «La estirpe de mi pueblo será célebre entre las naciones». También vosotros seréis célebres. El nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia de Jesucristo que camina en estas tierras, esta parte de la Iglesia que vive aquí en esta Iglesia diocesana de San Agustín, quiere seguir siendo célebre, no se cierra en sí misma. Todos sus miembros deseáis salir de la propia comodidad y os atrevéis a ir a todos los rincones de la existencia humana para llevar la luz del Evangelio. Nuestra alegría es una alegría misionera. Vivámosla en la dinámica del éxodo, de salir siempre de nosotros mismos, y en la dinámica del don, que se traduce en caminar siempre de nuevo, en ir más allá. Vemos un Pueblo de Dios que nació de la misión y para la misión. Es una Iglesia diocesana que no quiere ni desea olvidar que nació de la misión ni que está para la misión. Y que es consciente de que nuestra Madre la acompaña, pues he percibido el cariño y la devoción que tenéis a la Virgen. A Ella le hacemos varias peticiones:
Nuestra Señora de la Leche y del Buen Parto, danos tu identidad profunda. Intercede por nosotros para que tengamos en nuestra vida el contenido que tú tuviste y regalaste. Un día recibiste este saludo que era tu identidad, «Alégrate llena de gracia», que es lo mismo que decir «alégrate porque estás llena de Dios». Dios ha rebosado de sí mismo tu vida, para que regales a los hombres su vida misma. El vacío existencial que produce nuestra historia reciente en la vida de los hombres y, muy especialmente en la vida de los jóvenes y de los niños, aumentado por la pandemia de la COVID-19, hace que sintamos necesidad de llenar el corazón de realidades plenas que oxigenen nuestra vida, que la llenen de alegría, que nos hagan experimentar el deseo de salir de nosotros mismos y de ir a los demás, especialmente a quienes más lo necesitan.
Nuestra Señora de la Leche y del Buen Parto, haznos descubrir lo que significa en nuestras vidas el título de hijo de Dios. Somos hijos de Dios. Lo son todos los hombres. Y si somos hijos, también somos hermanos de los demás. Hijos de Dios e hijos de María. Haznos descubrir que el hijo es aquel que se deja conducir por Dios con todas las consecuencias. Jesucristo se ha dejado conducir por el Padre. María se ha dejado conducir por Dios; recordemos el día en que María dijo: «Hágase en mí según tu Palabra». El Evangelio nos manifiesta cómo ha de ser ese dejarnos conducir por Dios y también cómo ser hijos de Dios, que supone vivir como vivió el Hijo, realizando su seguimiento. Las palabras de Jesús a María desde la cruz adquieren pleno significado: «Mujer, ahí tienes a tu hijo. […] Hijo, ahí tienes a tu madre». El Señor expresa que va a ser María quien nos enseñe a ser hijos como el Hijo. Que en María encontremos la dicha de vivir con hondura estas palabras de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28).
Nuestra Señora de la Leche y del Buen Parto, enséñanos a hacer lo que Él nos dice. En las bodas de Caná faltaba vino para la fiesta. Ahora, como señala el Papa Francisco, hay que cultivar la fraternidad y la amistad social, siempre desde el cuidado y el encuentro. Santa María, tú viviste estas dos categorías del cuidado y del encuentro de un modo especial; enséñanos a vivirlas hoy. A nuestro mundo le falta la verdad sobre el hombre y, por ello, se producen situaciones aberrantes. Necesitamos de ti, Santísima Madre, que nos concedas el don de sabernos acercar a los demás para estar junto a ellos. Acompáñanos, aunque tengamos que hacer como tú un largo camino y atravesar regiones montañosas, hasta estar al pie de la cruz junto a tu Hijo.
Salve Reina del cielo y la tierra; Salve Virgen que alimentaste al Hijo de Dios; Salve siempre adorada patrona; Salve Madre de estos buenos hijos de la diócesis de San Agustín.
+Carlos, cardenal Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid
El texto es una adaptación de la homilía que el arzobispo de Madrid pronunció en la celebración del 150 aniversario de la diócesis de San Agustín (EE. UU.) como enviado especial del Papa el 10 de octubre
Señores cardenales, monseñor Ladaria y monseñor Rouco. Señor nuncio de Su Santidad en España. Señores arzobispos. Obispos. Queridos hermanos sacerdotes. Vicario general y vicarios episcopales. Claustro de profesores de nuestra Universidad de San Dámaso, universidad católica. Queridos alumnos. Hermanos y hermanas todos.
Acabamos de proclamar la Palabra del Señor. Esta Palabra que nos hace un regalo: nos hace descubrir una constatación que permanentemente tenemos que tener en cuenta, y nos invita a anunciar esta buena noticia que este Espíritu Santo, a quien invocamos en esta celebración de la Eucaristía, para todos los trabajos y para todos los que forman parte de la Universidad católica de San Dámaso, venga también sobre nosotros.
Sí. Nos invita a hacer ese regalo que el Espíritu, cuando nos colma de su gracia y de su ternura, nos rescata quizá de situaciones que vivimos no precisamente de compasión y misericordia, no de vivir una experiencia viva de la ternura de Dios con nosotros. Este Espíritu que nos regala la luz, nos construye, nos cimienta. Ese Espíritu del que, tal como nos ha dicho el apóstol Pablo en la primera lectura de la carta a los Corintios, nadie puede decir «Jesús es el Señor» si no es por el Espíritu Santo. Es verdad que nos va otorgando a cada cual diversos dones y actuaciones, pero él se manifiesta para el bien común de la Iglesia y de todos los hombres. Nos da sabiduría, nos da inteligencia, nos da la fe y la aumenta, y nos hace y nos permite curar a quienes encontramos en nuestro camino.
Por otra parte, hacemos una constatación. Necesitamos de esa fuerza del Espíritu, porque a veces vivimos con la misma experiencia de los primeros discípulos de Jesús: en el anochecer, con las puertas cerradas, con miedos... El Espíritu del Señor, sin embargo, nos saca de esta realidad y nos lanza a anunciar a Jesucristo Nuestro Señor todos juntos, en comunión, saliendo y caminando juntos, participando todos de la misma tarea; no cerrando puertas, sino abriendo puertas, quitando miedos, llevando la alegría en lo más profundo de nuestro corazón.
Hay unas palabras de Jesús que siempre me han impresionado, y que quisiera compartir con vosotros esta tarde: «Cuando venga el Espíritu Paráclito, a quien yo enviaré desde mi Padre...». Con estas palabras, Jesús promete a los discípulos el Espíritu Santo, el don definitivo, el don de los dones, y habla de él usando una expresión quizá particular: Paráclito. No es fácil de traducir esta palabra, porque encierra varios significados. Paráclito fundamentalmente quiere decir dos cosas: consolador y abogado. En ellas me quiero detener unos momentos.
El Paráclito es consolador. Todos nosotros, especialmente en los momentos difíciles que atravesamos en la vida, los que hemos pasado esta pandemia que hemos vivido, todos buscamos consolaciones. Y frecuentemente recurrimos a unas consolaciones terrenas, que desaparecen pronto. Son consolaciones de momento. Jesús, sin embargo, nos ofrece la consolación del cielo, la fuente del mayor consuelo. ¿Dónde está la diferencia? Las consolaciones que buscamos en el mundo son como los analgésicos: dan alivio momentáneo, pero no curan lo profundo, el mal profundo que llevamos dentro. Nos evaden, nos distraen, pero no curan de verdad, no curan la raíz; calman superficialmente. Solo quien nos hace sentirnos amados, tal y como somos, nos da paz en el corazón. Porque solo quien nos hace sentir amados, el Espíritu Santo, el amor de Dios, actúa así. Por eso, lo acabamos de cantar, «entra hasta el fondo del alma, obra en nuestro espíritu, visita lo más íntimo del corazón». Es la ternura de Dios mismo que no nos deja solos, porque estar con quien está ya es consolar.
No sé si os dais cuenta, queridos hermanos: si advertimos la oscuridad de la soledad que a veces llevamos dentro como un peso que sofoca nuestra esperanza, especialmente sofoca nuestro corazón; es como una herida que quema y no encuentra salida. Solo la encontramos si nos abrimos al Espíritu Santo. San Buenaventura tiene una expresión muy bella: «Lleva mayor consolación donde hay mayor tribulación», refiriéndose al Espíritu Santo. «No como hace el mundo, que en la prosperidad consuela y adula en la adversidad, y condena». Esto lo decía san Buenaventura en un sermón en la octava de la Ascensión. Eso hace nuestro mundo también. Eso hace el espíritu enemigo: nos halaga primero, nos hace sentir invencibles, y después nos echa por tierra, nos hace sentir inadecuados; de alguna manera, juega con nosotros. Hace todo lo posible para que caigamos. Sin embargo, lo habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado: el Espíritu del Resucitado nos realza, nos levanta, nos saca de la turbación, del miedo, nos llena de alegría. Lo habéis visto. Miremos a los apóstoles: estaban solos, estaban perdidos, tenían las puertas cerradas por miedo, vivían en el temor, y ante sus ojos estaban todas sus debilidades, todos los fracasos, todos sus pecados… Pero, ¿veis? Jesús se aparece donde ellos, les da el Espíritu y todo cambió. Los problemas y los defectos, es verdad que siguieron siendo los mismos, pero sin embargo ya no temían, porque tampoco temían a quienes les querían hacer daño. Se sentían consolados interiormente, y querían difundir esta consolación de Dios. Los que antes estaban atemorizados, ahora no temen, como habéis escuchado, de dar testimonio del amor recibido.
Pero si damos un paso adelante, queridos hermanos, también nosotros estamos llamados a dar testimonio del Espíritu. A ser «paráclitos». A ser consoladores. ¿Cómo podemos hacerlo? Queridos hermanos: no lo hacemos con grandes discursos. Lo hacemos haciéndonos próximos, no con palabras de circunstancia, que esas son fáciles, sino con la oración y con la cercanía. Recordemos que la cercanía, la compasión y la ternura, como nos ha recordado en infinidad de ocasiones el Papa Francisco, es el estilo de Dios. El Paráclito dice a la Iglesia hoy que es un tiempo de consolación, es un tiempo gozoso de anuncio del Evangelio; es el tiempo de llevar la alegría del Resucitado; es el tiempo de no estar llorando permanentemente por el drama de la secularización, aunque sea verdad; pero nuestro tiempo es para salir: nos ha abierto las puertas Cristo. Es el tiempo para derramar sobre el mundo, sin amoldarnos a la mundanidad, y testimoniar la misericordia. Más que inculcar reglas y normas, testimoniemos la misericordia de Dios. Es el tiempo del Paráclito. Es el tiempo de la libertad del corazón.
Pero el Paráclito, además de ser consolador, tal y como nos dice el Evangelio, es abogado. Es un abogado. En el contexto histórico de Jesús, el abogado no desarrollaba las funciones que desarrollan hoy los abogados. Más que hablar en lugar del imputado, normalmente el abogado en tiempos de Jesús estaba al lado del acusado y le decía al oído lo que tenía que responder a las preguntas que le hacían. Le sugería los argumentos para defenderse. Pues así hace el Espíritu Paráclito. No nos reemplaza: nos defiende de las falsedades, de las malas inspiraciones, y nos da inspiración, pensamientos, sentimientos. Lo hace sin forzarnos. Propone, pero no impone. El espíritu de la falsedad, el maligno, hace lo contrario: trata de obligarnos, quiere hacernos creer que siempre estamos obligados a ceder a las sugestiones malignas y a las pasiones de todos los vicios que podamos tener en la vida. El abogado nos hace unas sugerencias.
Hay tres antídotos básicos contra las tentaciones, hoy muy extendidas. El Espíritu Santo vive el presente. Así lo hizo con los apóstoles. Se acercó a ellos en el momento en que lo necesitaban, y así lo hizo Jesús, para que saliesen de aquella estancia. Sí. Vive el presente. No el pasado, ni el futuro: el presente. El Paráclito afirma la primacía del hoy contra la tentaciones de paralizarnos por las amarguras o las nostalgias del pasado, o por concentrarnos en incertidumbres del mañana y dejarnos atemorizar por los temores del porvenir. El Espíritu Santo nos recuerda la gracia del presente. Es ese abogado que nos susurra y nos habla de la gracia del presente. No hay otro tiempo mejor para nosotros. Es precisamente ahora, justamente ahora, donde nos encontramos, donde el Señor nos dice: «Vive el presente».
Pero, aparte de eso, no solamente nos hace vivir el presente. El Paráclito aconseja y nos dice: «Busca todo. Todo. No una partecita». El Espíritu no plasma personas cerradas. Nos constituye en una Iglesia multiforme, con variedad de carismas; en una unidad que nunca es uniformidad. Miremos a los apóstoles. Lo acabamos de escuchar: eran muy distintos. Entre ellos estaba Mateo, publicano, que había colaborado con los romanos. Y Simón, llamado el zelote, que se oponía a ellos. Había ideas muy contrapuestas, y visiones del mundo diferentes. Pero cuando reciben el Espíritu Santo, aprendieron a no dar primacía a sus puntos de vista humanos, sino solo a Dios. Todo a Dios. Todo de Dios. Hoy, si escuchamos el Espíritu, no nos centraremos en dividirnos entre nosotros. No. Porque no podemos hacerlo. Innovadores, tradicionalistas, progresistas, conservadores, de derechas, de izquierdas… Si estos son los criterios, quiere decir que la Iglesia se olvida del Espíritu Santo. Lo nuestro es otra cosa distinta. El Paráclito nos impulsa a la unidad, a la concordia, a la armonía en la diversidad. Nos hace ver que somos partes de un mismo cuerpo, que somos hermanos entre nosotros, que eso es lo que nos enseña el Señor en el padrenuestro: hijos de Dios y, por eso, hermanos de todos los hombres. Busquemos el todo. El enemigo quiere que la diversidad se transforme en oposición, que se convierte fundamentalmente en una ideología. El Espíritu Santo quiere, en la diversidad, la unidad. ¿Veis?
El Espíritu Santo vive el presente. Busca todo y pone a Dios, o nos invita a poner a Dios, antes que nuestro «yo». Es el paso decisivo de una vida espiritual seria, que no es una serie de méritos, no es una serie de obras buenas o una lista que podamos, sino una humilde acogida de Dios en nuestra existencia, en nuestra corazón. El Paráclito afirma la primacía de la gracia. Solo si nos vaciamos de nosotros, dejamos espacio al Señor; solo si nos abandonamos en Él, nos encontramos a nosotros mismos. Solo siendo pobres en el espíritu, somos ricos en el Espíritu Santo. Y esto vale también para toda la Iglesia. No salvamos a nadie, ni siquiera a nosotros mismos, con nuestras fuerzas. Si ponemos nuestros proyectos, nuestras estructuras, nuestros planes, caeremos en un pragmatismo, en el horizontalismo, y no daremos frutos. No saldremos, como salieron los apóstoles. La Iglesia no es una organización humana. Es humana, pero no solamente es una organización humana. La Iglesia es el templo del Espíritu Santo. Somos el templo del Espíritu Santo. Y Jesús ha traído, precisamente a través de este templo, el fuego del Espíritu a la tierra. Y la Iglesia se reforma con la unción del Espíritu, con la unción de la gracia, con la fuerza de la oración, con la alegría de la misión, con la belleza cautivadora de depender solo de Dios... Pongamos a Dios en primer lugar.
Queridos hermanos: al inicio de este curso, lo primero que ha hecho el Señor es reunirnos aquí a la Universidad Eclesiástica de San Dámaso. Nos ha reunido porque queríamos pedirle la fuerza del Espíritu Santo. Y el Señor, como habéis, nos ha dicho algo que es para nosotros especialmente importante: vive el presente, busca todo, no una partecita, y pon a Dios antes que tú y yo. Con esta petición le decimos al Señor esta tarde: ven, Espíritu Santo, llena nuestros corazones; ven a nuestra Universidad, a nuestros trabajos, a los profesores, a los alumnos, a todos los que tenemos que participar de alguna manera en esta misión que la Iglesia, cuando ha querido tener esta Universidad, ofrece a todos los hombres.
Que este encuentro con el Señor, que tenemos esta tarde, nos impulse, como impulsó a los primeros apóstoles, a salir juntos, a llenarnos de alegría, a quitar los miedos. En definitiva, a anunciar a Jesucristo con todas las consecuencias. Amén.
Querido deán de nuestra catedral. Queridos hermanos sacerdotes. Querido don Gustavo, del Departamento de Turismo de la Conferencia Episcopal Española. Querida doña Ana Larrañaga, presidenta de miembros afiliados a la Organización Mundial del Turismo; doña María Valcarce, directora de FITUR; don Juan Francisco Rivero, presidente de Skal; doña Visitación González Ramos, presidenta de la Asociación para la Protección del Patrimonio Gastronómico; y don Ramón de Isequilla, exdirector general de la Organización Mundial del Turismo en América Latina.
Queridos hermanos y hermanas que os habéis quedado aquí, en esta celebración, que es muy sencilla. Pero queremos tener aquí, en esta catedral, a todo el mundo del turismo: los trabajadores, los empresarios, todas las organizaciones que avalan este trabajo y esta tarea tan importante en la vida de nuestro país, y en la vida del mundo entero. Porque hoy nosotros estamos, de alguna manera, celebrando esta Jornada Mundial del Turismo, que el Papa ha convocado a nivel mundial, y que tiene un lema para este año, Por un turismo inclusivo. Y esta jornada que se conmemora con carácter mundial el 27 de septiembre, pero el Departamento nuestro de Pastoral del Turismo de la Comisión Ejecutiva decidimos hacerlo en este 19 de septiembre. En esta catedral, es verdad que hoy estamos pocos, pero los suficientes para tener aquí entre nosotros a todas las personas, a todos los colectivos, a todas las empresas que se dedican a este mundo del turismo, tan importante.
Por un turismo inclusivo. El Dicasterio para el servicio del Desarrollo Humano e Integral reconoce el gran impacto grave que ha tenido esta pandemia de la COVID-19 en las empresas y en los trabajadores que se dedican a este sector; en particular, en los trabajadores a tiempo parcial, y ciertamente con una baja remuneración, que reciben prestaciones del Estado, así como los trabajadores que se encuentran sin un apoyo económico. Por eso, queremos prestar una atención especial al tema elegido por la Organización Mundial del Turismo para este Año del Turismo: para el crecimiento inclusivo. Y al estímulo también de la organización para reconocer que es una oportunidad para mirar más allá de las estadísticas del turismo y reconocer que, detrás de cada número, hay una persona concreta en una situación concreta.
El Papa Francisco nos exhorta y nos pide que vayamos más allá: más allá de los datos económicos; y, más allá de los datos económicos, porque queremos ir al encuentro de las personas con dificultades. Que seamos capaces de ejercitar la creatividad que nos permita encontrar soluciones a situaciones que han producido bloqueo. Hacer valer todas las razones que tenemos para defender la dignidad humana frente a toda clase de rigidez, sea burocrática… o de cualquier tipo que fuere. Por eso, el Santo Padre ha hecho una llamamiento a la familia humana, porque dice que no podemos volver a la falsa seguridad que teníamos antes de la crisis de la COVID-19. Necesitamos sistemas que permitan tener acceso a los frutos de la creación, a esas necesidades básicas de la vida: tener tierra, tener techo, tener trabajo, que esto este mundo del turismo lo ofrece.
El crecimiento inclusivo en la Doctrina Social de la Iglesia es fundamental, porque nos habla del desarrollo humano integral. Por eso, este Dicasterio –que se ocupa del servicio al desarrollo humano integral–, este Dicasterio anima a todos a comprometernos con un turismo que permita el encuentro entre personas, con territorios diferentes, pero que admiremos los estilos de vida con todos los hombres adonde vayamos. Fomentar un turismo respetuoso entre personas, con la naturaleza, que promueva una economía justa e inclusiva, es lo que nosotros queremos pedir al Señor en este día. Por eso, esta catedral está repleta: no cabe la gente, porque tenemos a todos aquí. Y, además, tenemos a todos pensando de esta manera que nos ha pedido el Señor. Hemos recitado juntos el salmo: «El señor sostiene mi vida». Y hemos oído ciertas notas que nos dicen que el Señor sostiene nuestra vida: nos salva, acude a nosotros con su poder, escucha nuestras súplicas... y por eso nos reunimos aquí esta noche; es para nosotros un auxilio, y sabemos que el Señor sostiene nuestra vida.
La Palabra de Dios que hemos proclamado se reduce fundamentalmente a entender tres palabras que para este momento que estamos viviendo, y para esta jornada que queremos abrir del turismo en esta faceta, turismo para el crecimiento inclusivo, se reduce a tres connotaciones que a mí me parece que son importantes para nosotros: justos, sabios y servidores. Justos, sabios y servidores.
Queridos hermanos: justos. La primera lectura que hemos proclamado del libro de la Sabiduría nos ha hablado de que el justo en la Biblia no es precisamente el que no tiene fallos, sino que es el ser humano que vive de cara a Dios y se deja iluminar por Dios en la vida. Y eso es lo que le pedimos nosotros al Señor hoy, en este momento de la vida, de nuestra vida; es lo que le pedimos al Señor en esta jornada que iniciamos, o que abrimos, del turismo de este mundo. Le pedimos al Señor que todos, todos los que están en este mundo, se abran a Dios, a su mirada, a ser justos. El Señor sabe lo que nos tiene que decir. Esto es lo que hemos escuchado nosotros en esta primera lectura que hemos proclamado. Nos reprende el Señor una educación errada. Y la educación errada es no abrirnos a Dios. Es importante abrirse a Dios. Dios no es secundario en la organización de nuestras vidas. No es secundario en la construcción de la justicia. No es secundario en la construcción de la fraternidad en este mundo. Y, por eso, hoy le pedimos al Señor que en este mundo del turismo intentemos vivir como hombres y mujeres justos; es decir, abiertos a Dios, a su Palabra, a su mirada, a sus propuestas... Y abiertos, por tanto también, a quienes tenemos alrededor de nosotros. Porque Dios nos ha pedido que amemos al prójimo con la misma intensidad con la que debemos de amar a Dios. Es como si el prójimo fuese ese Dios que se nos hace presente en nuestra vida.
En segundo lugar, el Señor nos ha pedido que seamos sabios. Habéis escuchado la carta del apóstol Santiago. El apóstol plantea una pregunta: «¿De dónde proceden las guerras y las injusticias?». Para nosotros, podría ser esta pregunta: ¿cuándo hacemos un turismo en el que no hay crecimiento inclusivo? ¿Y cuándo hacemos un turismo en el que se da este crecimiento inclusivo? El apóstol Santiago habla de cuándo llega el desorden y cuándo llegan los males: cuando nos cerramos a la sabiduría que viene de arriba, que es pura, que es amante de la paz, que es comprensiva, que entrega justicia, que entrega verdad, que está llena de misericordia, que está llena de buenas obras, que es constante, que es sincera. Por eso, ¿de dónde proceden nuestras contiendas? ¿De dónde procede el que no seamos capaces, nosotros, de hacer verdad este turismo del cual el Papa nos habla, para el crecimiento inclusivo, para el desarrollo integral de todos los que trabajan en este mundo? Pidamos al Señor sabiduría. Justos y sabios. La sabiduría viene de arriba. Abrámonos a las exigencias de la sabiduría que viene de Dios.
Y, en tercer lugar, el Señor nos habla de ser servidores: justos, sabios y servidores. El Señor, en ese camino que hacía hacia Jerusalén, se da cuenta de algo que discuten sus discípulos. Discutían quién era el más importante. No hablaban: iban discutiendo entre ellos. ¿Quién era el más importante? Piensan que Jesús no atiende. Pero Jesús oye y pregunta, como nos pregunta a nosotros también: «¿De qué discutís por el camino.?». ¿De qué discutís? ¿De qué discutís en estos momentos? ¿De qué discutís en este mundo del turismo? Esta pregunta de Jesús es muy importante. Jesús conoce bien el corazón humano. Él conoce la ambición de poder que a veces nos domina, y tiene interés en que sus discípulos se pongan en la verdad, y que le digan de qué han hablado por el camino. Sí. Es importante decirnos la verdad. La verdad sobre nuestra necesidad exagerada de reconocimiento, que a veces nos lleva a no reconocer y a no ver lo que tenemos que dar a quien tenemos al lado para el desarrollo integral de su persona. Nuestra misión solo encuentra sentido si lo vivimos como un servicio. Sí. El mundo del turismo, en los niveles que fuere, es un servicio: un servicio al desarrollo integral de la persona humana. La verdad sobre nuestra misión solo encuentra sentido si lo descubrimos como un servicio. Toda misión y todo encargo es siempre un servicio a los demás. Y el trabajo en el mundo del turismo es un servicio a la persona, a que se desarrolle: el empresario, como promotor de una empresa; el trabajador, como hombre que se busca el pan de cada día en justicia, en verdad y en reconocimiento de su dignidad; y aquellas personas que disfrutan de ese tiempo de vacación, o de ver nuevas realidades en cualquier parte del mundo.
La verdad sobre nuestra necesidad es importante. Jesús nos dice que hay que cambiar los valores vigentes en nuestra sociedad. Nos lo ha dicho hace un momento. Los discípulos ambicionaban el puesto más importante. Jesús nos sitúa a nosotros en otra perspectiva y afirma que el puesto primero en la comunidad, en la vida, en la historia de nuestra construcción de la humanidad, no está reservado a un individuo o a un grupo, sino que está reservada y lo ocupa aquel que se haga servidor de todos. ¿Servimos, o nos servimos los unos a los otros? No nos aprovechamos los unos de los otros: servimos los unos a los otros. Y esto es especialmente importante. De este modo, Jesús sale al paso de esa ambición que demostraron los primeros discípulos que Él tenía, y que iban discutiendo quién iba a ser el más importante. Les quita esa ambición, se hace cercano a ellos y les pide que lo sigan. Quien se hace el último y servidor de todos es el mismo Jesucristo. De Él aprenderemos todos nosotros.
¡Cómo cambiaría todo si este mensaje penetrara en nuestra sociedad, penetrara en nuestra Iglesia y penetrara en nuestra vida! Esto se lo pedimos al Señor para este mundo del turismo en este día en el que tenemos aquí a todos los que trabajan en él, los que lo promueven... Todos vosotros, que estáis al frente de tantas cosas para esta promoción. Que seamos capaces nosotros de que penetre este mensaje de Jesús, que tomó a un niños, lo puso en medio, lo abrazó. El niño, como sabéis, en aquel tiempo, en aquella cultura, representaba algo indefenso y socialmente irrelevante. Jesús coloca en el centro al niño como punto de referencia; lo abraza con un gesto de cariño, como nos abraza a todos nosotros hoy, a todo el mundo del turismo, a todas las personas, y nos dice que seamos servidores de todos, al estilo de Cristo. Porque pertenecer a la comunidad de Jesús pasa por acoger, por servir al último, por servir al que no cuenta. Y por eso nuestra oración hoy podría ser esta: Señor Jesús, ante tantas necesidades exageradas que a veces tenemos de ser los primeros, tú, en este día en que tenemos aquí a todo el mundo del turismo, representado por vosotros, están aquí todos, te pedimos que ante las necesidades exageradas a veces de ser los primeros, de buscar lo nuestro, acojamos la propuesta que nos haces para este mundo del turismo: el camino del amor, de tu amor, haciéndonos servidores de todos, de todos los hombres, de los que encontremos en este camino.
Queridos hermanos: que el Señor nos guarde. Él se va a hacer presente aquí, en este altar. Junto a Él ponemos a todas las organizaciones, empresas... todo el mundo del turismo lo ponemos en este altar, junto a Nuestro Señor Jesucristo, para que todos seamos servidores los unos de los otros. Quizá, de las cosas que nos ha enseñado esta pandemia que aún todavía estamos viviendo, es que no tenemos que luchar por la cultura del tener a costa de lo que fuere, sino implantar la cultura del cuidado. Cuidarnos unos a otros como Dios mismo nos ha enseñado, que nos cuida y nos invita a que cuidemos. Que así sea.
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