Hay momentos y circunstancias en la vida en que es necesario, en los que necesitamos escuchar a Jesús. Oír al Señor. Que nos dice que nos ama. Que nos afirma que somos sus amigos: es un gran título el que nos da. Y, en tercer lugar, que nos convence de que aquí no estamos por casualidad. Hemos sido elegidos. Elegidos para ser miembros de su pueblo. Elegidos para anunciar las maravillas de Dios. Lo habéis escuchado en esta página del Evangelio, en el capítulo 15 del Evangelio de san Juan que quizá tantas veces en nuestra vida hemos escuchado. Sí. «Como el Padre me ha amado, así, de la misma manera, os he amado yo». La altura espiritual de una vida humana está marcada por el amor, queridos amigos. Incluso, yo diría, la altura humana está marcada por el amor. Porque es el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. ¿Qué es esa vida humana? ¿Qué hace? ¿Qué hizo? ¿Qué hizo? ¿Se entretuvo en la vida? ¿Pasó por este mundo quizá haciendo muchas cosas pero viviendo para sí mismo? ¿O de verdad amó?
Como os decía, la altura de la vida espiritual y humana de cualquier ser humano está marcada por el amor. Concentrar la atención en el otro, recogiendo una afirmación de san Agustín que nos ofrece santo Tomás, y que nos dice que precisamente concentrar la atención en el otro es mucho más que una serie de acciones benéficas, por muchas que a lo mejor hagamos y en el fondo estén tranquilizando nuestra conciencia. Pero no amamos. El Señor, como habéis visto, nos ha hecho una afirmación: no es una conquista nuestra. «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo». «Yo os amo. Yo os quiero. No estáis solos en la vida. No sois unos seres humanos que, tirados en este mundo, camináis… No. Estáis caminando. Pero, en cualquier sitio que os encontréis, en la luz más abundante o en la oscuridad más grande, yo os amo. Así como me ha amado el Padre, os amo yo». Y el Señor nos invita a permanecer en ese amor. Es precioso leer la encíclica del Papa Francisco, Fratelli tutti, la última que ha escrito, cuando nos habla de la fraternidad en el mundo. Que es inentendible a veces para personas que no creen, aunque también hay mucha gente que, bueno, quiere construir esa fraternidad. Pero quizá la queremos construir desde nosotros mismos: desde nuestras fuerzas, desde nuestra inteligencia... Pero es que Dios simplemente nos dice que nos ama. Y que eso que hace Él, eso que nos da Él, lo regalemos. E instauremos la fraternidad en este mundo. En estos momentos de la historia que está viviendo la humanidad, donde hay rupturas, divisiones, enfrentamientos por cualquier cosa: un enfrentamiento, una división, un lío…, ¡Qué importante es para los discípulos de Cristo el acoger y el ser conscientes de que Dios me ama!. Que me ha regalado su amor. Y que lo único que me pide es que yo lo entregue. Que yo lo difunda. Que yo lo entregue. Que yo lo transmita.
Queridos amigos: este es un momento de la historia clave para nosotros. Y un momento de la historia clave para acoger esta Palabra del Señor con todas las consecuencias. Hay momentos en que alguien se tiene que fijar en aquello que es más importante para transformar este mundo; para cambiar el corazón y la vida de los hombres; para cambiar el derrotero de la historia cuando el derrotero va por caminos de enfrentamiento, de división, de ruptura… Es necesario que los discípulos de Jesús caigamos en la cuenta de esto que nos dice el Señor: «Como el Padre me ha amado, os amo yo». «Lo único que os pido es que permanezcáis en mi amor». «Si guardáis mis mandamientos». Y, si recordáis, en el Evangelio, el Señor, cuando aquel muchacho joven le pregunta «¿quién es mi prójimo?», él contesta con aquella parábola preciosa del buen samaritano. Pero contesta antes, cuando le pregunta también: «¿cuál es el mandamiento principal?». «Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a uno mismo». Es verdad que en este mundo que estamos construyendo, y a veces en esta cultura, como que queremos retirar a Dios. Y retirar a Dios es un suicidio de la humanidad. Es el suicidio de la humanidad. Porque la humanidad camina, y camina de la mano, cuando vive de este amor de Dios. Y cuando regalan este amor de Dios los hombres, los convencidos, los que al Señor un día les tocó el corazón, como nos toca a nosotros esta noche y nos dice: permaneced en mi amor.
En segundo lugar, Jesús nos llama amigos. Sabéis lo bonito que sería que el gran título nuestro, de los que nos reunimos aquí todos los primeros viernes mes, el gran título de este movimiento que al fin y al cabo es un movimiento al que pertenece gente de muchos movimientos, de parroquias, de otros… pero lo más importante es que aquí nos reunimos los amigos de Jesús. Los amigos de Jesús. Este es el gran… Imaginemos que cuando salgamos, si nos preguntan: «¿qué hacéis?», podamos responder: «nos hemos reunido los amigos de Jesús». El Señor nos explica lo que es ser amigo de Jesús. «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando». ¿Y qué nos manda el Señor? ¿Qué es lo que quiere el Señor? Que nos ocupemos de los demás. Os hablaba antes de esa parábola del buen samaritano: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó». Paseaba un hombre en pleno año 2021. Paseaba. Le rompieron, le quitaron el trabajo, le quitaron la vida, le quitaron amistad. Al lado de él pasó mucha gente. Podemos ser nosotros los que pasamos al lado de él. Pero quizá pasamos de largo: no nos detenemos, aunque sea para hablar un momento. Porque cuando nos detenemos ante las personas descubrimos que quizá lo que más necesitan es que alguien las escuche y las ame. En este tiempo de pandemia que aún estamos viviendo quizá la tragedia más grande es tanta y tanta gente que ha vivido la soledad más grande. Tanta. Porque no podían moverse de casa porque eran mayores, por el miedo que tenían... Por tantas cosas. Tanta gente. Nadie... «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando». Es decir, si os arrodilláis ante la persona que encontréis, si la escucháis.... A veces esa es la curación que necesita. Ese es el vendaje que necesita: escucharla. Si no la dejáis sola. Si una vez que conocéis, la conocemos, continuamos ofreciéndole nuestra amistad y nuestra preocupación. Concentrar la atención en el otro.
El amor, queridos amigos, es mucho más, Mucho más, que una serie de acciones benéficas. Mucho más. Las acciones brotan de una unión que inclina más y más hacia el otro. Cuanto más amor se tiene, cuanto más se vive el amor de Jesús y uno se siente amado, más quiere el amigo de Jesús entregar esa amistad a otro. Que es amarle, en definitiva. Considerando siempre al otro más valioso, digno, grato, bello.... más allá de las apariencias físicas e incluso morales. Es mi hermano, haga lo que haga. ¿Y qué le regalo yo? Mi amistad. La de Jesús. Somos los amigos de Jesús.
Y, en tercer lugar, no solamente el Señor nos regala su amor; no solamente el Señor nos dice «sois mis amigos», este es vuestro título: amigos de Jesús; sino que el Señor nos dice, además: «os he elegido». No estáis aquí por pura casualidad. No estáis aquí por pura casualidad. No. Hay muchos más jóvenes en muchas partes de la tierra. Hay muchos más jóvenes en Madrid quizá, que tienen otra manera de pensar, que no han conocido al Señor, que no perciben o no experimentan de alguna manera lo que es la pertenencia al pueblo que ha fundado Jesucristo, al pueblo de Dios. Y nosotros tenemos la dicha y la gracia de saber que somos miembros de este pueblo de Jesús; no solamente amigos de Jesús, miembros de este pueblo que caminamos por este mundo ofreciendo lo que Jesús nos ha dado a cada uno de nosotros: su amor, su amistad, y hacerles ver también a todos que Dios les elige para ser su pueblo. «No me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure».
Queridos amigos: es una maravilla esto, ¿no? Tener aquí a Jesucristo nuestro Señor en el misterio de la Eucaristía. Dejarnos ver por el Señor y poderle decir hoy, en este mes de mayo, cuando hemos rezado antes un misterio del rosario, que quizá esta mujer excepcional, este ser humano único, María, que pudo decir a Dios: «proclama mi alma la grandeza del Señor», con toda su vida proclamó la grandeza de Dios. Este Jesús que nos mira, yque esta noche nos acoge aquí; este Jesús nos ha dicho: «os amo. Permaneced en mi amor. Regalad este amor a la humanidad. No regaléis retales. La altura vuestra, la altura de vuestra vida, está marcada por mi amor. Regalad mi amor. Concentrad la atención en lo más importante, que es el otro». «Hacedlo, diría Jesús, porque sois mis amigos». Sois los amigos de Jesús. Esto es lo que ha sucedido en Madrid cuando hace años yo llegaba aquí y, el mismo día que tomaba posesión de la diócesis, anuncié que nos íbamos a reunir todos los primeros viernes de mes. Y lo hemos hecho. A pesar de la pandemia. Todos los primeros viernes de mes, a rezar ante el Señor. Hemos creado un movimiento: los amigos de Jesús. Que unos serán, pues, están en los franciscanos... Pero que, unidos al obispo, todos los demás títulos son válidos, porque os han hecho crecer en el Señor, pero lo más importante es que sois los amigos de Jesús. Y, además, que habéis sido elegidos por Él.
Nuestras acciones han de brotar de una visión y de una unión que nos incline hacia el otro. Como os decía antes, más allá de las apariencias físicas o morales. Y esto es lo que engendrará eso que el Papa Francisco llama la amistad socia. Que no excluye a nadie. Tampoco al que no cree como nosotros. No excluye. Porque es una fraternidad, la que nosotros aprendemos de Jesús, que está abierta a todos los hombres. A Jesús le criticaron por la amistad social que establecía con la samaritana. Los judíos no se llevaban con la samaritana. ¿Cómo un judío puede ponerse en relación? Pues Jesús abre nuestro corazón para que entremos en relación con todos los hombres.
Amados. Amigos de Jesús. Y elegidos por Jesús. Que así vivamos siempre.
Queridos obispos auxiliares don Juan Antonio, don José, don Santos y don Jesús. Queridos rectores de nuestro seminario metropolitano y de nuestro seminario misionero Redemptoris Mater. Vicarios episcopales. Vicario general. Queridos hermanos sacerdotes. Queridos David, Arsenio, Pablo Javier, José Pablo, Bernabé, Pedro Ignacio, Maxi, Ignacio, Carlos, Fran (Francisco Javier), Francisco y Francis. Queridas familias. Hermanos y hermanas todos.
Estamos viviendo un momento de una profunda intensidad en la vida de la Iglesia. Es más, hoy quizá estos doce hermanos nuestros que van a ser ordenados nos remiten a aquel momento en el que el Señor instituye la Eucaristía e instituye el ministerio sacerdotal. Y nos regala ese mandato de construir un mundo de hermanos. Hoy, vosotros doce, de alguna manera, expresáis aquel momento. Y así yo os invito a vivir en esta tarde esta ordenación: remitirnos al cenáculo. El Señor no está invitando a hacerlo también a través de vosotros doce en este tiempo de pandemia, donde quizá se hace más evidente para todos nosotros esta necesidad de anunciar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Es cierto. Vuestra vida, no es porque aquí veamos cosas espectaculares, pero el Señor os va a regalar su propio misterio y su propio ministerio. A través de mí, como sucesor de los apóstoles, el Señor os lo regala para que lo viváis siempre con una intensidad especial. Lo hace en este sexto domingo de Pascua, donde el Señor nos ha permitido escuchar su Palabra, en la que nos ha invitado a ser hombres como todos los hombres, pero amados para amar. A eso vino Jesús. Lo hemos escuchado. A amar a los hombres.
En segundo lugar, el Señor os regala su misterio y su ministerio para alentar siempre y vivir diciendo nosotros, no los otros y los otros. Nosotros. Somos hermanos. «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». El Señor nos ha dicho: «Sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando». Y os va a configurar así el Señor en un momento de la vida de la Iglesia y de la vida del mundo especial y singular.
Y, en tercer lugar, sabeos elegidos por el Señor. No lo habéis elegido. Os elige Él para que deis el fruto que Él quiere confiaros en vuestra vida. El Señor está grande con nosotros. Está muy grande con vosotros, queridos hermanos.
Sobre estas tres cuestiones, yo quisiera detenerme un momento para acercar a vuestra vida y ver que hoy se va a cumplir esta Palabra. Os va a configurar el Señor de esta manera. Para que la hagáis verdad en vuestra existencia. Para que seáis hombres con esa capacidad especial de hacer de este mundo algo importante. Mirad, si de verdad sentimos que el Señor nos ama y que nos llama a regalar ese amor; si de verdad experimentamos que somos los amigos del Señor –así nos ha llamado–, y una amistad especial porque nos regala lo que Él mismo es para que nosotros sigamos prolongándolo en medio del mundo; si el Señor, incluso, como habéis escuchado en el Evangelio, nos elige, se ha servido de muchas cosas a través de vuestra vida, cada uno de vosotros estábais en otros caminos distintos, incluso profesionales, y sin embargo habéis sentido la llamada del Señor... ¿Para qué? Mirad. Haced una Iglesia cada vez más católica. Sí. Cada vez con más fieles a ser católicos, realizando aquella expresión del apóstol Pablo que tiene tanta fuerza para nosotros: «Uno solo es el cuerpo y uno solo es el Espíritu, así como también una sola es la esperanza a la que han sido llamados: un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo». La catolicidad de la iglesia, su universalidad, es una realidad que nos pide ser acogida en cada época; es la gracia que el Señor nos prometió para siempre; y es su Espíritu; y es esta ordenación la que os hace abrazar con todas vuestras fuerzas a todos los hombres para crear comunión en la diversidad; para armonizar las diferencias; para no imponer, sino para hacer descubrir que yo soy hijo de Dios como todos los hombres, y por tanto soy hermano de todos. Por eso, todo sacerdote, como todo bautizado, pero especialmente vosotros, donde quiera que os encontréis, tenéis que hacer ver que sois miembros de la única Iglesia, de la única familia que Dios ha querido hacer en esta tierra, y que está extendida a través de todos los pueblos, y en todas las culturas y en todas las áreas.
Hoy el Señor os invita a todos vosotros a salir a las periferias, no solamente de la pobreza, sino existenciales, para curar a todas las personas que encontréis en el camino, sin prejuicios, sin miedos, sin proselitismos, pero dispuestos a ensanchar el espacio que tiende a acoger a todos los hombres. Una Iglesia cada día más católica. Esta Iglesia que os regala hoy, a través de mí, el ministerio sacerdotal. Y que os hace vivir con todas las consecuencias, como voy a deciros ahora, lo que el Señor nos ha dicho en el Evangelio que acabamos de proclamar. Sois hombres como todos los hombres, os decía. Es verdad. Hombres como todos los hombres, pero amados por el Señor para amar. ¿Os habéis dado cuenta la fuerza que tiene la primera lectura que hemos proclamado en este sexto domingo de Pascua? «Levántate, que soy un hombre como tú». Es verdad. Igual que todos los demás sois. Pero habéis sido elegidos por el Señor. Hoy el Señor, por la ordenación, os regala su misterio, su ministerio. Lo mismo que se lo regaló a aquellos doce con los que comenzó la evangelización. Dios no hace distinciones. Dios no hace distinciones.
Queridos amigos, los que os vais a ordenar. Queridos diáconos. Es un momento importante para vuestra vida y para la vida de la Iglesia este que estamos viviendo. «¿Se puede negar el bautismo a los que reciben el Espíritu Santo?», dijo Pedro, como hemos escuchado. Nosotros estamos para entregar la vida de Dios. Dedicaros a entregar esta vida. Que esta sea vuestra pretensión y vuestra tarea. Pero, además, como habéis escuchado en el Evangelio, no estáis solos. Vosotros sois amados por nuestro Señor Jesucristo. «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo». Hombres como todos los hombres, pero especialmente amados por el Señor. No habéis hecho ninguna cosa especial para ser elegidos para el ministerio sacerdotal. No habéis hecho unas oposiciones singulares. No. El Señor os ha llamado. Os ha elegido. Habéis sentido su amor. Sentid el gozo de comunicar este amor a todos los hombres. «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor».
¿Y en qué sintetiza el Señor los mandamientos? «Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos». Que vuestra vinculación con el Seño sea permanente. Si olvidáis esto, llegaréis a apagar el gozo con el que venís hoy a ordenaros. Nunca olvidéis que la tarea que el Señor os regala nace de Él. No nace de nuestros triunfos. Nace de Él. Y que por tanto es con Él con el que tenemos que tener una intimidad especial, sin olvidarlo nunca, porque entonces perderemos perspectivas de nuestro ministerio. Sí. Hombres, es verdad, como todos los hombres. Pero amados especialmente por el Señor para amar. Y estructurada nuestra vida, como lo va a hacer el Señor en la ordenación, para que regaléis este amor del Señor.
En segundo lugar, alentar a vivir diciendo siempre nosotros. ¡Qué grande es esto, queridos hermanos!. No solamente el Señor os ama y os muestra este amor regalándoos su ministerio y su propio misterio, sino que el Señor os hace ampliar horizontes. «La altura espiritual de una vida humana está marcada por el amor. Es el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana», nos recordaba el Papa Benedicto XVI en la encíclica Deus caritas est. La altura espiritual de una vida humana. Amados para amar, pero diciendo nosotros, y no los otros. «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». Y vuestros amigos son todos los hombres. No hay especialmente un grupo. El Señor os envía a todos los hombres para alentar y vivir diciendo nosotros. Qué bien nos lo ha recordado el Papa Francisco en la última encíclica Fratelli tutti. Hay que empezar a saber decir y a comunicar el nosotros. No estos y los otros. Nosotros. El Señor nos regala su amistad. «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando». Queridos hermanos: qué maravilla. Esta amistad alcanza su plenitud cuando os regala a vosotros todo. Lo que es el Señor, os lo da todo. Para que lo anunciéis. Os da la posibilidad de la grandeza de decir: «Tomad y comed que esto es mi cuerpo». Os da la grandeza de decir: «Yo te absuelvo, yo te perdono». Pero eso significa también, y muy especialmente, que vosotros tenéis que ser capaces de sentir esa amistad con el Señor. Nos regala su amistad. Nos regala su intimidad. Cultivadla. Siempre. No hagáis paréntesis. Habrá momentos en que pueda costarnos más o menos. No todos los días estamos de la misma manera. Pero no podemos olvidar que Jesús nos ha dicho: «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando». Y Él os regala lo máximo que se puede hacer entre los hombres.
En tercer lugar, no solamente sentimos el amor del Señor; no solamente la amistad y esa relación de intimidad en la que el Señor nos está hablando, sino que hemos sido elegidos. No hemos hecho la elección nosotros. Hemos sido elegidos. Recordad que estos días pasados, estos domingos pasados, proclamábamos la Palabra del Señor en la que nos recordaba lo que era el buen pastor. Recordábamos también cuando el Señor nos decía: «Yo soy la vid verdadera, vosotros los sarmientos». No olvidemos esto. El Señor nos lo ha dicho: «No me habéis elegido. Soy yo el que os he elegido. Os he destinado a que deis fruto». «Esto os mando: que os améis unos a otros como yo os he amado». Concentrar la atención en el otro: dice santo Tomás que esto es lo más importante. El amor es mucho más que una serie de acciones benéficas. Las acciones brotan de una unión que inclina más y más hacia al otro. Y esto es algo que el Señor nos quiere dar. «Os he elegido y os he destinado para que deis fruto». Considerando lo valioso, digno, grato, bello. Más allá de las apariencias físicas o morales, el Señor nos pide que amemos al otro con todas las consecuencias. Esta forma de relacionarnos es la que hace posible esa amistad con Jesucristo que nos lleva a tener la amistad con todos los hombres.
«Este es mi mandamiento: que os améis». Hay que subrayar que cuando Jesús habla del mandamiento, usa el adjetivo singular mi. El mandamiento. «Este es mi mandamiento». Es el suyo, porque es Él quien nos ha dado con su palabra y con su vida el modo concreto de vivir este mandamiento. Pero además el Señor añade: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». Es muy bonito que esta tarde el Señor os dé todo. «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mande». Ser cristiano es ser amigo de Jesús. Pero ser sacerdote es provocar la amistad con Jesús también en los demás. Solo con esta amistad con Jesús experimentamos lo que es bello, lo que es bueno, lo que nos hace libres de verdad.
Estamos en un momento de la historia de la humanidad en el que hay un mundo herido. Herido por muchos motivos. Y los cristianos no podemos permanecer indiferentes. El único designio de Dios sobre el mundo es el amor y la vida. Y esa solamente la da Jesucristo. Y para eso os ha elegido a vosotros: para que regaléis su amor, provoquéis que se ame como el Señor nos amó, y entreguéis también su vida. Queridos hermanos: esta es la Iglesia que os regala hoy el ministerio sacerdotal. Esta es la Iglesia católica de la cual os hablaba hace un momento. A todos los hombres se nos invita a caminar juntos hacia un nosotros cada día más grande. Se nos invita a recomponer la familia humana para construir un futuro distinto. Pero, especialmente, se nos invita a los sacerdotes, a quienes el Señor nos regala su misterio y su ministerio. El futuro de este mundo es un futuro, como nos recordaba el Papa san Juan Pablo II, lleno de color, enriquecido es verdad por diversidad, por relaciones interculturales; pero tenemos que aprender a vivir juntos en armonía y en paz. Y esto es a lo que el Señor también nos convocó el día que instituyó el ministerio sacerdotal, y el día que instituyó la Eucaristía. En esos momentos, también nos convocó a la fraternidad. Por eso, donde todos los pueblos estén, nosotros, en el lugar donde estemos, hemos sido o hemos de llamar a la unidad, a la paz, a la concordia, a descubrir la bondad de Dios, a descubrir las maravillas de la creación, a descubrir todos los encuentros que tengamos los hombres; encuentros donde se produzca el milagro de estar juntos. Y eso no vale teorías. Hay que hacerlo con la vida. Y todos los cristianos están llamados a hacer esto. Pero, de un modo especial, nosotros, los sacerdotes.
Como veis, os entrego un sueño. Pero un sueño que comenzó hace ya 21 siglos. Un sueño que fue protagonizado por los discípulos primeros del Señor. Un sueño que ha sido protagonizado por tantos y tantos hombres, a través de la historia, en todas las partes de la tierra. Y un sueño que a vosotros el Señor os quiere regalar. Aquel sueño que el profeta Joel de alguna manera nos relata de una forma especial cuando dice: «derramaré mi Espíritu». Sí. «Y sus ancianos», él hablaba del pueblo de Israel. «Y sus ancianos tendrán sueños, y los jóvenes tendrán visiones». Estamos llamados a soñar también juntos. A soñar lo que Jesús soñó. Allí. En el día en que nos regaló la Eucaristía. El ministerio sacerdotal. Estamos llamados a soñar, a quitar los miedos. A hacerlo juntos, además. Nunca separados. Y nunca separados de la estructura y el diseño que el Señor quiso hacer de la Iglesia. Somos compañeros. Amigos de Jesús. Nos lo ha dicho Él. Permanezcamos siempre en esta mistad. Hoy, Señor, te pedimos que estos doce hermanos nuestros, que tienen la alegría de que tú les regalas el ministerio sacerdotal, encuentren siempre esa acogida en la Iglesia, donde experimenten la grandeza de lo que hoy, en tu Palabra que se proclama en toda la Iglesia, les propones. Que nunca pierdan este diseño: somos amados por Dios mismo. Que nunca pierdan que tú nos regalas la amistad, y esa amistad hay que cultivarla. Que nunca pierdan que la elección no es de ellos: ha sido tuya.
Queridos hermanos: todo esto vamos a vivirlo de una forma especial ahora, en la ordenación. Os invito a participar activamente en este momento sublime en la vida de la Iglesia y en la vida de nuestra archidiócesis de Madrid, donde doce hermanos nuestros más van a iniciar, por la ordenación, el ministerio sacerdotal, para vivir estas realidades de las cuales os hablaba: para vivir en la Iglesia la catolicidad, no romper nunca esto que el Señor nos ha regalado, aunque tengamos que sufrir. Para hacer posible siempre lo que el Señor nos ha dicho: que tenemos que hacer siempre un nosotros e incorporar siempre a otro, aunque sea diferente, junto a mí. Solo así somos católicos. Y que nunca dejemos de soñar.
Queridos hermanos: que el Señor os bendiga siempre y os guarde. Y vamos a vivir este momento con vosotros con toda la intensidad. Le pido al Señor que derrame su gracia en vosotros y en todos los que estamos aquí, para descubrir lo que significa este momento en la vida de la Iglesia de doce sacerdotes más para anunciar a Jesucristo y hacer las veces de Cristo en medio de todos los hombres. Que así sea.
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