Feliz año, feliz tiempo de Dios a todos los que nos hemos reunido aquí. Queridos obispos Jesús, José Antonio, queridos hermanos sacerdotes, queridos seminaristas, queridos monaguillos, que también muchos os estrenáis hoy, queridos diáconos y todos los que habéis acudido y y posibilitáis esta celebración y todos también los que lo hacéis en forma de peregrinación a este templo jubilar.
Hoy nos encontramos al inicio de un nuevo año, un tiempo que siempre es un regalo de Dios. El tiempo es uno de los bienes más valiosos que poseemos, pero también es uno de los más frágiles. Lo sentimos siempre limitado, siempre marcado por la incertidumbre y la sorpresa, porque no lo controlamos, no somos dueños de él. Pero sí, Dios sí, Dios es el Señor del tiempo. A menudo, cuando nos preguntan decimos que «vamos tirando» y a menudo nos acostumbramos a ir tirando o a pensar que Dios no transforma nada, que todo va a seguir igual o a lanzar buenos deseos como estos días en los WhatsApp. Estos deseos que luego se borran o que solo tienen valor en la memoria de nuestros móviles.
Este año podremos ahondar y tenemos la oportunidad de profundizar en algo que necesitamos prioritariamente: vivir con hondura la esperanza que Dios trae y poner a Dios en el lugar que merece nuestra vida. Por esto día, este comienzo de año es una oportunidad para acoger el tiempo, un tiempo como un regalo de gracia, un año además que al ser jubilar celebraremos profundamente la encarnación de nuestro Señor Jesucristo y el misterio así de nuestra redención.
En este comienzo de año escuchamos algo muy típico de Dios. Dios siempre comienza de nuevo y Dios hace todo nuevo. Por eso escuchamos una invitación clara. ¿Te atreves este año a comenzar de nuevo o seguiremos tirando? ¿Te atreves a abrir las puertas de tu corazón de una forma más plena la misericordia de Dios y dejar que las áreas de tu vida aún sin convertirse se encuentren con Dios y sean transformadas por Él?
Dios siempre espera y crea el tiempo, este tiempo como un cauce para poder convertirnos y acercarnos más a Él. Por eso comienza este año con una bendición, un regalo de Dios. Solo nos pide que acojamos su bendición con el corazón. En Él nada está definitivamente perdido. En Él todo es comienzo y es renovación. Su perdón y su gracia siempre son más fuertes que nuestros errores y nuestros pecados. Con Dios todo puede comenzar de nuevo y este año es el momento.
Eso es lo que expresamos en este Año Jubilar. Una posibilidad más para entrar en la misericordia de Dios. Hoy, por tanto, al comenzar el año puede nacer Jesús más plenamente en nuestra vida y cambiarla para siempre, ofreciéndonos su perdón, su paz y su alegría. Hoy podemos ser más solidarios y fraternos todo porque el hoy, porque la salvación, tiene un hoy.
Pero para que esto sea posible necesitamos, como os decía, acoger de corazón la bendición que Dios nos da. Pero, ¿cómo hacerlo? María nos da la clave. Por eso, en el inicio del año, la Iglesia nos pone delante el misterio de María, modelo para acoger la bendición de Dios y guía para este año.
Celebramos hoy la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, el primer día del año, para que desde el comienzo aprendamos a acoger este tiempo como Ella, con sentido de esperanza. Ella es nuestro modelo perfecto de esperanza y de apertura al plan de Dios. Su sí al Señor fue el comienzo de nuestra redención y su vida nos invita y nos espolvorea para abrir el corazón a la confianza, incluso en momentos donde no se ve, donde no es evidente.
María sabe ver a Dios y su actuación, incluso en las situaciones más difíciles. Por eso, con sus ojos de madre nos ayuda hoy y se pone delante de nosotros para que acojamos la bendición de Dios en nuestra vida. Ella contempla de una forma singular el rostro de Dios. Inmediatamente lo acoge en el corazón, lo guarda y lo contempla en el silencio. Son dos movimientos fundamentales para nosotros. Poder contemplar el rostro de Dios y meditarlo y guardarlo en el corazón. No significa entenderlo todo, significa conservarlo y profundizarlo en el corazón.
A veces el ritmo de vida que llevamos nos hace que no caigamos en la cuenta de las bendiciones y de los lugares del rostro de Dios, porque ya nos hemos acostumbrado a ello. Pero María nos enseña a darnos cuenta por dónde está el rostro de Dios y nos enseña a nombrarlo, a abrazarlo y agradecerlo. A veces el rostro de Dios pasa desapercibido o creemos que es un derecho encontrarnos con él. María nos invita hoy a bendecir por la fe recibida y por las oportunidades, las sencillas oportunidades que Dios nos da por ser capaces de ver los signos del rostro de Dios que siempre está en nuestra vida y nos bendice, aunque a veces esté velado como Ella lo vio al pie de la cruz o en la oscuridad del pesebre.
Hoy os invito a dar la mano a María para que nos invite y nos enseñe a acoger el rostro de Dios, a nombrar y abrazar lo concreto de la bendición de Dios en nuestras vidas, a nombrar las oportunidades que Dios nos da. Solo necesitamos conservarlo en el corazón, meditarlo en el corazón. No dejéis que pase el primer día del año sin sacar un rato para agradecer a Dios sus bendiciones, para hacer silencio y para dejar que María nos dé la mano y nos ayude a nombrarlo.
Por eso hoy todos tenemos tres nombres, tres palabras para acoger esta bendición de Dios al estilo de María, que son las que os dejo para meditar en el corazón. La primera es el nombre de Jesús. Sí, hoy al inicio del año, acogiendo la bendición de Dios al estilo de María, se nos presenta el nombre de Jesús. Es el mejor regalo de Dios porque significa «Dios salva». Ese es el nombre de este año. Esa es la intención que Dios tiene. Quiere salvar y cuenta con nosotros.
La segunda palabra, el segundo rasgo del día de hoy, es el de la paz. Empezar el año con este tono de la paz. La paz que Dios concede no es solo un don para recibir, sino es una tarea que también a principio del año, a los que acogemos la bendición de Dios, se nos pone por delante. En un mundo lleno de violencia y divisiones necesitamos sembrar la paz en nosotros mismos, en nuestras familias y comunidades y en nuestra sociedad.
En el mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, el Papa Francisco lo titula este año Perdónanos nuestras deudas, concédenos la paz. El mensaje nos plantea, bajo el signo de la paz que entre las injusticias y males que aterrorizan al mundo es tener presente la salvación de Cristo, cuya alegría está representada precisamente por este grito jubilar que va más allá de los siglos y que cogeremos si entramos en la dinámica de la auténtica conversión.
El Papa, como pide para el jubileo, llama, tras la misericordia con la que Dios perdona constantemente nuestros pecados y nuestras deudas, a una amnistía de la deuda internacional y al reconocimiento de la deuda ecológica, en concreto a destinar un porcentaje del dinero utilizado en armamento para crear un fondo que ayude a combatir la pobreza y eliminar también las condenas de muerte. Acojamos, queridos hermanos, estas líneas que nos ponen en marcha y apoyemos y respaldemos a quienes trabajan así por la paz. Necesitamos más que nunca no acostumbrarnos a la guerra. Necesitamos no permanecer indiferentes ante el sufrimiento y la injusticia. Y este año, la paz nos da una nueva oportunidad.
Y si os decía que el nombre es Jesús, es paz, el tercero sería la misión. Sí, este año es una invitación para que tú y para que la Iglesia juntos seamos capaces de transmitir la bendición de Dios. Para que los que nos vean, nos vean como transmisores de esa misión que Dios nos da, transmitir su bendición a nuestro mundo. Esa es la misión que compartimos y esa es la que Dios pone ahí por delante. Transmite la bendición de Dios. ¿Viviremos este año solo pensando en nosotros mismos o seremos capaces de pensar también en los demás?
Yo os invito a que comencemos bendiciendo, que hoy bendigamos a alguien, bien porque nos lo encontremos en la familia, bien porque le llamemos por teléfono, bien porque lo tengamos presente en la oración; ser transmisores de la bendición de Dios con alguien que a lo mejor no nos llevemos especialmente bien, porque así aprenderemos cómo es Dios con nosotros. Bendecir a alguien, ser transmisores de esa bendición y tenerlo en cuento como un entrenamiento para este año nuevo, donde se nos pide ser transmisores de la bendición de Dios. Bendecid, bendecid.
Queridos hermanos, tenemos un año por delante. Pongamos nuestra vida bajo la protección de María, que nos enseñe a ser peregrinos de esperanza, portadores de bendición a este mundo herido y constructores de un mundo lleno de reconciliación. Le pedimos a María que interceda por nosotros para aprender a mirar a Dios y guardarlo en el corazón. Que la alegría de este año sea grande y que podamos participar de la salvación de Cristo, de Jesús, que seamos constructores de paz y que juntos participemos en la misión, la misión única que Dios da a su Iglesia.
Hoy es un día muy especial para nuestra Iglesia de la que hay aquí una foto preciosa con todos los que hoy celebramos aquí en esta Catedral la Eucaristía. Queridos obispos auxiliares, don Alberto, nuncio en Venezuela, cabildo de la catedral y consejo episcopal, junto con vosotros arciprestes que os agradezco especialmente que también estéis hoy en este inicio de año jubilar. Queridos sacerdotes y diáconos, seminaristas, vida consagrada y como no a tantas familias que también habéis acudido a la catedral. Gracias especialmente a los más pequeños que habéis hecho un esfuerzo en medio de las vacaciones, sois muy importantes y os necesitamos.
No solo celebramos la fiesta de la Sagrada Familia en la que cada año se nos invita a agradecer el don y la bendición que es la familia como el amor que se hace vida compartida. El Papa Francisco inauguraba la pasada Nochebuena el Jubileo de la Esperanza en la basílica de San Pedro en el Vaticano, hoy continua ese inicio abriendo la Puerta Santa de la Catedral de San Juan de Letrán y en cada catedral del mundo se celebra, de un modo especial, este inicio del Jubileo. Andamos en este tiempo, y por eso lo celebramos, necesitados de esperanza sin duda y se nos invita a acoger, dice el Papa, «con plena participación tanto el anuncio de la esperanza de la gracia de Dios como los signos que atestiguan su eficacia».
Parece que al final del año es tiempo de balances, de buenos deseos, de miradas que evaluamos lo que hemos vivido, los acontecimientos más importantes. En estos días todos tenemos momentos para escuchar balances económicos, políticos, deportivos, sociales y a continuación vienen los buenos deseos. A ver si el 2025 nos trae mejores perspectivas, a ver si se soluciona tal o cual conflicto, a ver si los problemas se resuelven, a ver si los nubarrones que amenazan a la convivencia se van disipando. Suena sencillo y es una tentación reducir la esperanza a buenos deseos un poco genéricos.
Ojalá que ocurra todo lo que deseamos, ojalá las cosas mejoren, ojalá la gente que sufre sufra menos y así lo expresamos. Pero, ¿no os parece que con solo decirlo es insuficiente?
Me gustaría compartir hoy al inicio de este año jubilar una mirada un poco más audaz. La esperanza no es un vago sentimiento que anhela cosas, no es la nostalgia que se conjuga en tiempos de futuro ni una última forma de resignación cuando no queda otra cosa. La esperanza es la lucidez para ver las posibilidades que germinan en el corazón de nuestro mundo. La esperanza es la confianza en que el bien de Dios va creciendo. La esperanza es también el compromiso personal para hacer lo posible y para empeñarse por el proyecto de Dios.
Es lo que ocurre a los grandes personajes de la Biblia que, por un lado, para abrirse a la esperanza acogen el don de Dios y así responden ofreciéndole lo que amamos, en la confianza que ofreciendo lo que amamos es el mejor camino de la plenitud. Por eso decía, la esperanza es la lucidez para descubrir las posibilidades que tiene nuestro mundo y que están germinando en su corazón. La esperanza es mirar con los ojos de María, esa que descubre como la salvación se va realizando a través de un niño y se realiza acompañando a Jesús incluso en los momentos oscuros al pie de la cruz.
Son los ojos que no tuvieron aquellos doctores que simplemente se asombraron de un Jesús que respondía. Quizás por estar acomodados a las interpretaciones de siempre, de su escritura y de su realidad. La esperanza no es optimismo. En la bula de convocatoria de este Jubileo de la Esperanza, el Papa Francisco lo dice así: «Es necesario – dice – poner atención a todo lo bueno que hay en el mundo para no caer en la tentación de considerarnos superados por el mal y la violencia».
Para nosotros, que hoy estamos aquí, las posibilidades de nuestro mundo entroncan con las promesas que siempre Dios nos ha hecho. Dios nos promete «un amor posible», como nos dice la Primera Carta de Juan. Promesa que ha de llevarnos a abrir los ojos para descubrir que nuestro mundo está atravesado por el espíritu, habitado y guiado por la sabiduría de Dios.
La esperanza entonces pasa por empeñarnos en buscar los signos que apuntan por dónde la palabra está echando raíz en medio de nuestras familias, de nuestra sociedad y nuestra Iglesia. Tendremos que ser expertos en detectarlo y analizarlo.
Es verdad que hay tiempos oscuros, que mucho invita al desasosiego, la esperanza ha de ser profética y crítica sí, pero ha de ser también y sobre todo lucida para rescatar y descubrir lo que nos ha prometido. Decía Juan: «Seremos semejantes a Él, lo veremos tal cual es, cuánto pidamos lo recibimos de él, permaneceremos en Dios por el Espíritu que se nos ha dado». Se nos llama a vivir «anclados en la esperanza». Es la expresión que utiliza el Papa para colocarnos hoy: anclados en medio de las tormentas contemporáneas, anclados en medio de los miedos que hay a nuestro alrededor, anclados sabiendo que nuestro fundamento, nuestra ancla es el mismo Jesús que se nos regala.
Por eso, no solo miramos los signos. La esperanza es también confiar en las promesas de Dios. Esa confianza pide en nosotros, nos dice la Bula que se nos regala, «paciencia». Vivimos en un mundo marcado por la urgencia y la dificultad para lidiar con las frustraciones. Sin embargo, la esperanza pide de nosotros una mirada serena y una actitud de confianza perseverante. El tiempo, queridos amigos, es nuestro aliado y es el aliado de la Iglesia. El amor echa raíz despacio. La historia es mucho más sabía que nuestros cortoplacismos y en ella siempre la acción de Dios permanece. Estas celebraciones navideñas y el cambio de año nos hacen evocar el paso del tiempo.
El Jubileo nos habla de historias, 2025 años, de siglos de celebraciones. Este año también se cumplirán los 1700 años del Concilio de Nicea y su búsqueda de las formulaciones sobre la verdadera naturaleza de Jesús. ¡Cuántas figuras han brillado y se han desvanecido a lo largo de los siglos! ¡Cuántos imperios desaparecidos! ¡Cuántas historias mínimas ya olvidadas o que pasan de moda!
Pero lo ocurrido con Jesús sigue siendo para nosotros luz, faro y promesa. No reduzcamos la vida al presente, no convirtamos la esperanza en la exigencia de algo rácano e inmediato. Siente que formas parte de una historia abierta a la eternidad. Ese es el Jubileo. La historia de la creación en la que se ha de realizar en plenitud el amor, la belleza y la justicia de Dios. Aunque a veces nos cuesta verlo, en esa historia hemos sido incorporados.
Y por fin, si la esperanza es confianza, es también un compromiso en el proyecto de Dios. No es un deseo simplemente. Como María y José al poner a Jesús en el centro, todo lo demás ha de reordenarse. Lo entendéis muy bien en las familias, las prioridades hay que reordenarlas cuando se pone a Jesús en el centro. Las fuerzas y la forma de acoger la vida hay que reordenarla si se acoge a Jesús en el centro. Compromiso es guardar en el corazón las promesas y también servirlas y presentarlas con nuestro talento, tiempo y vida.
El Papa nos ha invitado a sembrar y cultivar la esperanza en muchos ámbitos de la vida que están esperando nuestra actuación. Permitidme que de estos lugares de esperanza, hoy pongamos y presentamos especialmente, en esta fiesta de la Sagrada Familia, esta invitación a hacer de la familia también un lugar de acogida de la esperanza. En un mundo de mucha soledad, mucho individualismo y egoísmo, la familia aparece como una luz muy especial. En un mundo en el que el amor se concibe demasiadas veces como una búsqueda del bienestar sentimental, hoy la familia nos sitúa. La familia, cuya referencia es el modelo de la Sagrada Familia de Nazareth, nos recuerda que el amor, a imagen de Dios, es mucho más que un sentimiento personal.
El amor es nuestra forma de reflejar el paso de Dios por cada uno de nosotros. Es permanecer en Dios, amarnos a su modo, salir de cada uno para cuidar al otro, es ofrecer, en nuestra sociedad, un hogar donde echar raíz y al que volver, una forma de anclarnos en la historia y una forma de continuar más allá de nosotros. En la familia lo aprendemos y nos abrimos a la esperanza. Podemos aprender de ella. La familia es el taller de la esperanza que caminamos en medio de las dificultades y nos enseña cuál es su contenido esencial.
Eso implica nuestra sociedad para llamarla hoy a cuidar la familia y a cuidar en ella la posibilidad de engendrar y transmitir nueva vida y las condiciones de vida dignas para que esto sea conciliable con las demandas que tiene nuestra sociedad. Una sociedad que no cuida a sus familias se desintegra.
Había mucho más que decir sobre la esperanza, pero tenemos todo un año para descubrirlo. El 2025 puede ser para nosotros la ocasión de recuperar una mirada lucida, de recomponer y recuperar la confianza serena y una posibilidad para el compromiso personal y colectivo con Dios en su proyecto en medio de nuestro mundo.
Eso espero, y pido a Dios, para que la Iglesia de Madrid, en este Jubileo de la Esperanza, se abra y podamos hacerlo juntos, y eso le pedimos a nuestra Madre de la Almudena poniendo nuestras vidas y nuestras familias a sus pies con esperanza y con nuestra forma de peregrinar.
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