Queridos hermanos cardenal Amigo, arzobispo emérito de Sevilla; Manuel Herrero OSA, obispo de Palencia; cardenal Omella; arzobispos y obispos; superior general de los Agustinos, padre Alejandro; provincial de España, padre Domingo; hermanos sacerdotes, religiosos de la Orden de San Agustín; miembros de la vida consagrada...
Deseo tener un recuerdo especial hacia el cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo de los Obispos, que hubiera querido estar aquí entre nosotros presidiendo esta ordenación episcopal.
Querida familia de monseñor Luis Marín de San Martín.
Hermanos y hermanas:
Querido Luis Marín: el Santo Padre, Papa Francisco, te nombró el pasado 6 de febrero obispo titular de Suliana y subsecretario del Sínodo de Obispos. Agradezco al Señor que te ordenes obispo en la Iglesia particular de Madrid, a la que de diversos modos estás vinculado. En esta Iglesia que camina en Madrid naciste un 21 de agosto de 1961 y aquí creciste y te formaste. Estudiaste en el Colegio de San Agustín de esta ciudad y allí conociste a la Orden de San Agustín. El Señor te llamó a ser sacerdote y miembro de los Agustinos. Emitiste los votos solemnes el 1 de noviembre de 1985 y el 4 de junio de 1988 fuiste ordenado sacerdote.
En esta Iglesia diocesana trabajaste entre 1988 y 1990 en los diversos servicios que los obispos pidieron a la Orden de San Agustín. Fuiste destinado a la parroquia de Nuestra Señora de la Vid en San Sebastián de los Reyes, párroco in solidum de las parroquias de la zona de Montejo de la Sierra y párroco de la Santa Ana y la Esperanza de Madrid.
Como a san Agustín entre los años 391 y 395, te llegó una etapa de grandes sorpresas. Él era conocido como un gran converso, como profesor ilustre, pero en el año 391, en una celebración dominical, el anciano bispo Valerio anunció la necesidad de ayuda para desempeñar su ministerio. Los fieles de común acuerdo convencieron a Agustín para ser ordenado sacerdote. Él tenía otros proyectos, como establecerse en su monasterio de Tagaste. Pero recordó las palabras del apóstol san Pablo y aceptó: «No vivas para ti mismo sino para aquel que murió por todos» (Cor 5, 15). A ti el Papa Francisco te ha llamado para que seas obispo y asumas la tarea de ser subsecretario del Sínodo de Obispos. Viene bien recordar aquí las palabras de san Agustín en uno de sus sermones: «Yo hice todo lo posible por asegurar mi salvación en una posición humilde para no incurrir en el grave riesgo de una más elevada. Pero como ya os dije, el siervo no debe oponerse a su Señor» (Sermones 355, 2). «El Señor me ha dado un cargo que me impone una estricta rendición de cuentas, un cargo basado en la grandeza del Señor y no en el mérito mío» (Sermones 46, 2).
La Palabra de Dios que se proclama en toda la Iglesia este segundo Domingo de Pascua nos ayuda a entender aún mejor tu llamada y el encargo que el Papa Francisco te entrega como Sucesor de Pedro. Hay tres aspectos fundamentales: el Señor te invita a comenzar un camino, obispo y pueblo; el Señor te manda que repares su casa, y el Señor propone la sinolidad.
1. Hagamos camino: el Señor hoy te pide e invita a comenzar un camino como obispo con el pueblo real. «El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (cfr. Hch 4, 32-35).
Querido Luis, serás obispo junto a pueblo de Dios. Un pueblo que está en camino, que se pone en camino siempre para dar la Buena Noticia, pues este es el mandato del Señor. Es un pueblo al que Dios no abandona. Y no hay identidad plena del ser humano sin esta pertenencia a la que hemos de invitar los que formamos parte del mismo. Qué bien viene escuchar estas palabras del libro de los Hechos de los Apóstoles: «Los hermanos constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común en la fracción del pan y en las oraciones […] vivían unidos y lo tenían todo en común, […] repartían según la necesidad de cada uno». Hay que vivir la primacía de la caridad. No es un sueño, no.
Unidos y convocados a la oración, a celebrar la misma Eucaristía, a alabar, viviendo en la alegría de la Resurrección, compartiendo lo que somos y tenemos según las necesidades de cada uno… Esto fue lo que retomó el Concilio Vaticano II en la constitución Lumen gentium. La primacía de la caridad: es así cómo se ha de reflejar la catolicidad y así hemos de recuperar para la Iglesia la noción de communio, de la unidad en la diversidad de las iglesias locales. De ahí que obispo y pueblo están unidos, son inseparables. Es urgente recordar que orar por el pastor no es algo anecdótico, es esencial. Como también lo es recordar que el sacerdocio común de todos los bautizados ha de estar en el centro de nuestro modo de vivir la Iglesia. ¡Qué belleza adquiere la Iglesia cuando nos sentimos todos parte del pueblo santo! Para ello el Señor nos da tres tareas: escuchar con constancia la enseñanza de los apóstoles, vivir con intensidad la vida en común, y celebrar la Eucaristía alimentándonos del mismo Señor y firmes en la oración. En estas tareas ha de estar el obispo con el pueblo, con el rostro que este tenga. El Señor nos invita hoy a ti, Luis, y a todos nosotros a asumir la tarea de comprender a nuestro pueblo, sus valores, su corazón, su trabajo, su historia, sus tradiciones.
2. Trabajemos reparando. El Señor te manda que repares su casa: «Conocemos que amamos a los hijos de Dios, si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos» (cfr. 1 Jn 5, 1-6).
Querido monseñor Luis Marín, el Papa Francisco ha puesto en el centro de su ministerio la apasionada unión que hemos de tener y vivir con Jesucristo; una unión que lleva además al amor a los más pobres, a los últimos de la sociedad. Es imposible asumir la tarea de reparar sin este encuentro con el Señor. Lo cual supone hacer propia la espiritualidad del samaritano que, como muy bien explicaba el Papa san Pablo VI, produce «una oleada de a simpatía amorosa hacia el mundo». El Papa te entrega una misión como obispo y recuerda que él mimo, cuando asumió su misión como Obispo de Roma, recurrió a las palabras de Jesús a Pedro sobre el amor. Deja que el Señor te las diga a ti hoy y a todos nosotros: «¿Me amas?», «¿me quieres?», «apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas». Como subrayaba san Agustín, que nos conozcamos como el Señor nos conoce y que queramos lo que Él quiere.
Además, el Santo Padre te ha dado la misión de ser subsecretario del Sínodo de los Obispo y trabajar junto al cardenal Grech. Como señaló el Concilio Vaticano II, la Iglesia siempre encuentra caminos nuevos para acercarse a todos los hombres y para hacerles descubrir la respuesta a la pregunta del apóstol san Juan: «¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?». ¡Qué fuerza ha de tener para ti como obispo trabajar en la Secretaría del Sínodo de los Obispos el tema de la sinodalidad! Desde esa óptica de la sinodalidad, el perfil y la manera de vivir la misión del obispo en la Iglesia local, la misión del presbítero en el corazón de las comunidades parroquiales y la misma formación de los candidatos al ministerio sacerdotal adquieren nuevas perspectivas. El Papa Francisco nos dice que la sinodalidad lleva a la Iglesia unida a crecer en armonía con el servicio del primado. La sinodalidad es el marco interpretativo más adecuado para comprender el ejercicio del ministerio jerárquico en todos los niveles de la vida eclesial. Debemos caminar juntos, laicos, pastores y Papa. Y esto tiene que predicar la Iglesia.
El Papa Francisco, después de imponer los palios a varios obispos del mundo en junio de 2013, habló al hilo del lema Confirmar en la fe, en el amor y en la unidad. Entre otras cosas dijo que confirmar en la fe es un servicio del Sucesor de Pedro y está fundado en la confesión de fe en Jesucristo; que confirmar en el amor es esa misión de haber sido llamado a dejarse consumir por el Evangelio al servicio del santo pueblo fiel de Dios, y que el palio es signo de la comunión de la Iglesia, una comunión que no significa uniformidad. «Debemos andar por la vía de la sinodalidad, crecer en armonía con el servicio del primado. Debemos permanecer unidos en la diferencia. Este es el espíritu católico, el espíritu cristiano: unirnos en las diferencias» (Cfr. EG 117).
Es necesario que asumamos en nuestra vida y misión que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenecen a todo el pueblo de Dios (cfr. LG II, 9-14). Qué belleza tienen las palabras del Papa Francisco cuando nos dice que el santo pueblo fiel de Dios es aquel al que, como pastores, estamos continuamente invitados a mirar, proteger, acompañar, sostener y servir.
3. Realicemos una terapia: la sinodalidad. El Señor nos propone una línea de acción a los discípulos: «Paz a vosotros, como el Padre me ha enviado, así os envío yo» (cfr. Jn 20, 19-31).
La sinodalidad es un concepto lleno de significado en el lenguaje teológico, que el Papa ha convertido en santo y seña de la reforma eclesial y misionera de la Iglesia. La Comisión Teológica Internacional nos dio a conocer en el año 2018 un documento importante, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia. La Iglesia es constitutivamente sinodal: hay que caminar juntos. El camino sinodal comienza escuchando al pueblo, prosigue escuchando a los pastores y culmina escuchando al Obispo de Roma. Una Iglesia en salida es una Iglesia sinodal. El 17 de octubre de 2015, con ocasión del quincuagésimo aniversario de la institución del Sínodo de Obispos por Pablo VI, el Papa Francisco nos dijo: «El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio».
Para entrar en el camino sinodal es necesario un encuentro radical con Jesucristo. El Papa Bendicto XVI nos recordó que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». Caminemos juntos para encontrarnos con Jesucristo y entreguemos a Jesucristo. Esto es lo que el Señor nos dice hoy también en el Evangelio (Jn 20, 19-31):
3. A. Acojamos la paz del Señor. El Señor se acerca y nos dice: «Paz a vosotros». Estas son las primeras palabras de Jesús Resucitado a sus discípulos y también a nosotros para hacer un camino sinodal. Estamos necesitados de abrirnos a esa paz que el Señor Resucitado nos ofrece en un mundo en el que hay múltiples conflictos y tremendas violencias. Sin esta paz estamos de noche, tenemos oscuridad. «Al anochecer de aquel día estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo». El miedo inundaba a los seguidores de Jesús. ¡Qué desilusión sentían! El miedo les hizo cerrar las puertas, atrancar puertas. El miedo cierra al Resucitado, que es el que ofrece siempre Vida. El miedo nos cierra a una verdadera transformación y nos hace buscar sistemas defensivos.
3. B. Acojamos su presencia en medio de nosotros. «Y en esto entró Jesús y se puso en medio». Se puso en medio de la comunidad. Toda la comunidad se hace en referencia a Jesús. La noche se convirtió en día. Jesús libera del miedo, de la angustia. Ante su presencia los desencantados recuperan la esperanza. De ahí la urgencia de salir juntos para dar esperanza a todos los hombres. Nos dice «paz a vosotros», que es como si nos dijera: deja tus miedos, deja de dar vuelta a tus debilidades, deja tus tristezas, mantén viva la certeza de que Jesús está en tu presencia…
Les enseñó las manos, que representan la actividad liberadora de Jesús, y el costado abierto, que es símbolo del amor sin límites. Y ellos se llenaron de alegría al ver al Señor. Siempre nos tenemos que preguntar: ¿dónde está la alegría del Evangelio que llena la vida y el corazón de los que se encuentran con Él? (EG). ¿Qué me queda de esa alegría? Solo Él puede llenar nuestro corazón de alegría.
3. C. Acojamos su misión y su envío. Nos dice el Señor: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». La misión es la tarea urgente de todo discípulo de Cristo; estamos llamados a ser presencia de Jesús en el mundo y a liberar a todos los que encontremos por el camino de las barreras del miedo y del desamor. Y para ello no nos deja solos: «Exhaló su aliento sobre ellos. […] Recibid el Espíritu Santo»; nos da la fuerza de la Vida, nos impulsa a salir y anunciar esta Vida, el perdón, la paz para el mundo…
3. D. Resolvamos todo con señales evidentes. Hay un caso difícil y problemático: es el caso de Tomás que andaba frustrado y se había apartado de la comunidad. Había puesto en marcha un mecanismo de huída, de evasión ante la frustración. Cuando vuelve al grupo y le dicen que «hemos visto al Señor», la respuesta de quien se había encerrado en un funcionamiento racionalista y se resistía a confiar, fue: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no lo creo». Con Tomás, Jesús hace una terapia de choque: «Aquí tienes mis manos […] y trae tu mano y métela en mi costado». Así superó todas sus dudas y sus actitudes pragmáticas y racionalistas. Y balbuceó de rodillas: «Señor mío y Dios mío».
Hermanos, Jesús, el mismo que se apareció a los discípulos, se hace presente en el misterio de la Eucaristía. Lo acogemos con alegría y le pedimos que vuelque su gracia y su amor en monseñor Luis Marín. Que su ministerio sea fecundo y que se hagan realidad en su vida los mismos deseos de san Agustín: «Oh, Dios, te he buscado con todo mi corazón, con toda la energía que tú me has dado y he deseado entender todo lo que creo. Oh, Señor, mi Dios, mi única esperanza, escúchame, no permitas que mis afanes sean obstáculo a mi deseo de buscarte y seguir buscando siempre tu rostro. Tú me hiciste para que te encontrara y me diste ánimo para buscarte. Mi fuerza y mi debilidad están en tus manos: preserva mi fuerza y ayuda a mi debilidad. Donde tú has abierto una puerta, déjame entrar, donde esté cerrada, abre cuando yo llame. Ayúdame a progresar recordándote siempre, conociéndote y amándote, hasta que me transformes según tu voluntad» (De Trinitate XV, 6, 51).
Esta página del Evangelio que acabamos de proclamar, después de haber escuchado también las últimas palabras de Jesús en este mundo, nos ayuda a entender algo que creo que es fundamental. Todos vosotros sabéis que lo que nos hace a los seres humanos estar en pie son precisamente nuestros pies. Nos hacen, dan la posibilidad de permanecer en pie, porque son fundamento también de nuestra vida para relacionarnos, para caminar, para estar junto a otros, para trasladarnos. A Jesús no le pudieron quebrar las piernas. No le quitaron el que Él, aun en la cruz, pudiese sostenerse con sus pies. Y es que Dios es el fundamento de nuestra vida. Dios nos sostiene. Dios nos lanza a los caminos. Dios nos invita a estar con los demás. Dios hace posible que nuestra vida no la vivamos solamente de cara a nosotros mismos, sino a Él. Qué importante es que en este Viernes Santo nosotros, no solamente hayamos podido escuchar las últimas palabras de Jesús, que tienen un contenido especial, sino ver cómo el Señor nos pide que le tengamos a Él como fundamento de nuestra vida, lo mismo que tenemos nuestros pies. Pero que Él sea fundamento para poder hacer algo en esta tierra y en este mundo. Para arreglar de alguna forma esta historia.
En segundo lugar, si os habéis dado cuenta, Jesús, nos dice el Evangelio, que no le traspasaron las piernas, o no se las quebraron. Pero un soldado, con la lanza, le traspasó el costado, se la clavó en el corazón. Salió agua. Sangre. La sangre es signo de vida. Es signo de vida. Como el agua. Es signo de vida. Y es que Jesús no solamente nos quiere decir que el fundamento de nuestra existencia está en Dios, sino que Él es la vida. La vida de todos los hombres.
Pero Jesús, desde el principio, y en tercer lugar, necesitó de testigos. Necesita de testigos que evidencien que esto es cierto. Por eso el Evangelio, si os habéis dado cuenta, nos ha dicho: «El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero». Dar testimonio. Eso nos pide el Señor. Él es el que nos sostiene. Él es la vida de los hombres. Y tenemos que testificar esto en medio de este mundo. ¿Cómo lo tenemos que hacer? Hay tres realidades que aparecen en las siete últimas palabras que pronunció Jesús.
«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Acojamos la belleza del perdón. El Papa Francisco, como os dije también el mes pasado, en la encíclica última Fratelli tutti, Hermanos todos, nos habla que precisamente para verificar que somos hermanos tenemos que perdonar. La belleza del perdón es clara. El mundo puede hacerse cada vez más humano si es que introducimos el perdón. Pero si no introducimos el rostro del perdón, que es esencial en el Evangelio, no haremos un mundo más humano. Y el perdón tiene que manifestarse en el mundo. Tiene que estar presente. Porque tiene que estar presente el amor, que es más fuerte que el pecado. El perdón siempre rehabilita. El perdón hace un nosotros, no el otro. Cuando no perdonamos, el otro. Cuando perdonamos, nos situamos en el nosotros. Qué preciosa es esta palabra de Jesús: el perdón.
En segundo lugar, la segunda palabra de Jesús: «Yo te aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso». Qué importante es para nuestra vida precisamente el dar en todas las situaciones que vivamos respuestas de amor, como la de Jesús. Aquel hombre que pide que tenga compasión de él, que tenga pasión. «Acuérdate de mí». Qué respuesta más preciosa la de Jesús. Respuesta de amor. Sabemos que ha sido Dios quien nos ha amado primero. Qué maravilla hacer de la vida una entrega personal para manifestar precisamente este amor.
El Señor nos hace también un regalo: a su madre. «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre». Palabras bellas. Palabras que nos hacen sentir que María, la madre de Jesús, es nuestra madre y camina con nosotros. Que nos hace descubrir que hay que caminar como María. Como hizo Ella, que marchó a dar la noticia a su prima Isabel e hizo saltar de gozo a un niño que Isabel llevaba en su vientre, Juan Bautista, e hizo y provocó a Isabel que prorrumpiese en aquellas palabras: «Dichosa tú que has creído, que lo que ha dicho el Señor se cumplirá». A esta mujer la necesitamos. Para que nuestra madre nos enseñe esto: a confesar, a confesar a Dios. Se es testigo del Señor cuando se le confiesa con nuestra vid. Y María quiere enseñarnos a realizar esta confesión. Dejémonos siempre sorprender por Dios, como lo hizo María nuestra madre. Dejemos que nos acompañe. Yo os quiero decir a vosotros, jóvenes, que no es retrógrado ni es no sé qué otra cosa el tener cercanía a la Virgen. Vendréis muchas veces por Madrid, por el centro, por aquí. No os olvidéis de este gesto: venir y subir esas escaleras, y acercaros a María simplemente para decirle: «Aquí estoy. Ayúdame, madre». Seguro que algo recibís de Ella. Esto no es una niñería. Esta es una decisión de nuestra vida, de tenerla como madre, y de expresarlo de alguna manera -ya sabemos que no hay que venir aquí necesariamente, pero es una manera de expresarlo. Esta catedral es el santuario de nuestra madre, la patrona de Madrid. Que además tiene en sus manos a su Hijo, que está como tirándolo para echárnoslo a nosotros, y que lo acojamos.
Otra palabra de Jesús: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Qué importante es darnos cuenta a veces que tenemos una experiencia grande de un abandono. Grande. ¿Os imagináis a nuestra humanidad, en estos momentos de la pandemia, cómo está viviendo? Siente abandono. Siente abandono. Y, sin embargo, Jesús nuestro Señor está a nuestro lado. ¿Y cómo hacer ver que Dios no ha abandonado a los hombres? Pues psando de querer construir una convivencia entre nosotros sin principios a construirla con principios. Dad y se os dará. No condenéis. Perdonad siempre. Ciertamente, ese abandono Jesús lo dice, pero siente que Dios está con Él. Ser imagen y semejanza de Dios, ser retrato de Dios cada uno de nosotros, nos hace no sentirnos abandonados. Nunca. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Cuando yo era arzobispo de Valencia, sabía que los fines de semana había muchos jóvenes que querían terminar con su vida. Pregunté un día por qué no…, qué datos había. La respuesta que me dieron era que si los daban, creaban una turbación en la sociedad. He vuelto a preguntarlo. Y es verdad: hay jóvenes que sienten abandono. Ojalá nosotros seamos capaces de vivir esa bienaventuranza. Esa bienaventuranza de saber acoger, de saber hacer visible cada día ese amor incondicional, para que todos encuentren un camino con el mismo amor que nosotros lo hemos encontrado, para reconocer que Jesucristo es nuestro Señor y nuestro camino. El que se siente abandonado, quizá a veces no encuentra el sentido que tiene su vida.
«Tengo sed», dijo el Señor también. «Tengo sed». Sed de entregar la verdad y el verdadero amor. Sed de comprometerme a engendrar en vosotros, diría el Señor, el amor a la verdad. Porque el amor tiene origen en Dios. Y siempre mueve y remueve a la persona, y la compromete con valentía a construir la vida de uno mismo y de los demás, dando rostro a Jesús. «Tengo sed», dijo el Señor. Tengo sed de vosotros, para que en medio de las dificultades seamos capaces de pasear por este mundo recogiendo a todo el que está gritando, como el ciego Bartimeo, del que os hablaba yo el año pasado en la carta pastoral que escribía al inicio de curso. La respuesta de Jesús: «¿Qué quieres que haga por ti?». ¿Qué quieres? ¿Qué deseas? «Tengo sed».
«Todo está cumplido». El Señor nos habla con esta expresión. Al final de la vida todo pasa: tu honor, tus esperanzas, tus luchas. «Todo está cumplido». Todo. Y, sin embargo, cuando estamos hablando hoy de que tenemos que construir la cultura del encuentro, esa cultura alcanza su plenitud en este Viernes Santo, en estas palabras de Jesús: «Todo está cumplido». Ojalá hagamos posible que tengamos lugares que se conviertan en verdaderas escuelas de encuentro. En estas palabras de Jesús, «todo está cumplido», hay un deseo tremendo de haber realizado todo por que los hombres se encontraran con Dios y descubrieran de verdad lo que es ser humano, lo que es ser persona. «Todo está cumplido». Él lo ha hecho. Ha paseado por este mundo, ha tomado rostro humano, ha paseado con los hombres, nos ha dado la vida, nos ha manifestado dónde está el «quid» verdadero para engrandecer nuestra vida. Entremos a construir la cultura del encuentro, que comienza por encontrarnos con Dios para encontrarnos de verdad con los hermanos. No nos encontraremos con los demás de verdad, en la profundidad que tenemos que encontrarnos, si nos nos encontramos con los hermanos.
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». ¿Quien nos arrastra? ¿Quién? ¿Quién nos da de verdad a nosotros el verdadero sentido que tiene nuestra vida? Yo os invito a que descubramos lo esencial para vivir. No caigamos en el desierto espiritual. No caigamos en ese construir una vida sin Dios. Eso elimina la alegría y somete al ser humano a una experiencia terrible de desierto, de vacío, de lo que es el valor esencial para vivir. El Papa Francisco nos lo ha dicho, y os lo ha dicho a vosotros, los jóvenes, cuando os propone que seáis personas «cántaros», es decir, personas que estáis llamadas a dar de beber a los demás, porque tenéis contenido en vuestra existencia. Personas que os reveláis ante una cultura de lo provisional, que nos cree incapaces de amar y de ser felices desde el fondo de nuestro ser. Hagamos felices a los demás. «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».
Seamos artesanos, queridos amigos, de futuro. Seamos profetas de la bondad de Dios. Y ello con los valores de la belleza, de la bondad, de la verdad. Hay que ser valientes para hacer cosas grandes y para no caer en la mediocridad. Cuando hacéis música, cuando hacéis teatro, cuando cantáis, en el fondo está el deseo de belleza. Y eso lo hacéis muy bien los jóvenes, porque tenéis deseo de belleza. El mundo desde luego parece como relativo, donde se predica que lo importante es disfrutar el momento y no comprometerse con las personas y con opciones definitivas. No aceptéis esto. ¡Sed revolucionaros en esto!. Pero no «de pandereta». No revolucionarios «de pandereta», que los hay también. Sino entregando misericordia, que es la manera de ser de Dios, y que nos ha revelado Jesús. «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu».
Hoy, en este Viernes Santo, el Señor nos ha convocado a todos nosotros. Nos convoca a vivir la misericordia. A regalar la misericordia. ¿Y qué es la misericordia? Recoged el capítulo 25 del evangelio de Mateo: «”Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. “¿Pero, cuándo te hemos visto, Señor?”. “Cuando se lo habéis hecho a alguno de mis hermanos, a mí me lo estábais haciendo”». Ponerse en manos de Dios, como Jesús, es lo que el Señor nos pide a nosotros en esta noche del Viernes Santo. Pero para esto, remitíos al Evangelio que hemos proclamado. Hay que estar con fundamentos. Sin piernas quebradas, como Jesús. Con un corazón lleno en vida, del cual sale sangre y agua. ¡La vida! Y queremos entregársela así a los demás.
Que el Señor nos bendiga a todos. Y que sepamos regalar esto a todos los jóvenes de Madrid. Amén.
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