Queridos hermanos obispos auxiliares, don José, don Santos y don Jesús. Querido vicario general. Querido rector de nuestro seminario metropolitano. Hermanos sacerdotes. Queridos delegados diocesanos de Laicos, Familia y Vida que habéis organizado tan bien este encuentro, esta celebración, y el que esto llegue también a toda nuestra diócesis. Queridos hermanos y hermanas.

«Dichosos los que siguen los caminos del Señor». Hoy la Iglesia propone, sigue proponiendo a la Sagrada Familia como un lugar especial, singular, privilegiado, para acoger a Jesucristo nuestro Señor. A este Dios que ha querido hacerse hombre y ha querido estar junto a nosotros. Sí. La familia es una comunidad de personas. Una comunidad de personas que se reúnen porque se aman, que se encuentran porque se aman. Y no con cualquier amor, sino que la familia cristiana hace experiencia viva del amor de nuestro Señor Jesucristo. La familia cristiana se pone al servicio de la vida y aporta a nuestra sociedad el desarrollo auténtico que ha de tener el ser humano en todas las dimensiones de la vida. La familia cristiana participa en la vida y en la misión de la Iglesia.

Hemos escuchado la primera lectura del libro del Eclesiástico. Se nos describe lo que es la comunión en la familia. Nos habla del padre, de la madre, de los hijos, de cómo tienen que estar viviendo los unos para los otros. Queridos hermanos. Para descubrir lo que es la familia cristiana y la fuerza que esta familia tiene, tenemos que poner la mirada en Jesús. Sí. La vocación de la familia se nos describe precisamente en la familia de Nazaret. La vocación de la familia, y lo que une a la familia cristiana, se nos ha descrito también en la segunda lectura que hemos proclamado de la carta a los Colosenses, cuando nos habla de que somos elegidos por Dios los que formamos parte de su Iglesia. No estamos ni por oposición, ni por prestigios personales que tengamos, sino que por pura gracia de Dios hemos sido llamados a la pertenencia eclesial, a formar parte de este pueblo santo, de este pueblo que camina por toda la tierra, y que camina con la fuerza y el amor de Jesucristo mismo. Y una familia que se quiere como se quería en Nazaret hace verdad lo que nos decía hace un instante esta segunda lectura de Pablo a los Colosenses: sobrellevaos, perdonaos, tened misericordia y, por encima de todo, vivid el amor y vivid en el amor.

Qué bien nos lo describe el Papa Francisco en la exhortación apostólica Amoris laetitia. Después de los sínodos sobre la familia nos hizo llegar precisamente esta exhortación, en la que nos habla de cómo el amor en el matrimonio y en la familia constituye la fuerza que engendra y genera una capacidad especial y singular para vivir en la comunión. Porque no se trata de cualquier amor: se trata de ese amor de Dios que tiene paciencia, por el que se ponen los unos a los otros al servicio de todos, que sana cualquier envidia que pudiera haber en su existencia, que sin alarde para nada se agrandan, sino que se empequeñecen porque se ponen los unos a los otros al servicio de todos, porque en ellos se manifiesta permanentemente el perdón, porque se alegran de cualquier acontecimiento que otro pueda tener, y todos viven la alegría, porque disculpan todo, porque se fían y confían los unos en los otros, porque soportan cualquier dificultad que llegue a uno de ellos y todos se ponen a ayudar y a soportar absolutamente todo. Todo en común. Todo con alegría. Todo con diálogo. Todo con un amor que va creciendo, que se hace caridad. Un amor que no viene de uno mismo, sino que viene de Dios.

Queridos hermanos: esto es lo que el Señor nos ha querido decir, y nos quiere decir, en este día de la Sagrada Familia. El amor. La mirada puesta en Jesús. El amor que se vuelve fecundo, y que se amplía, como hoy nos dice el lema de esta Jornada de la Familia: Los ancianos, tesoro de la Iglesia y de la sociedad. El amor fecundo, que se realiza y constituye esa familia ampliada: los esposos, los hijos, los ancianos, los hermanos... Que nos hace tener un corazón grande. Queridos hermanos: anunciemos hoy el Evangelio de la familia. Es urgente hacer este anuncio. Si os dais cuenta, el paradigma de nuestra sociedad ha cambiado. Es diferente. Hoy la familia necesita recuperar la fuerza evangelizadora que muchos de nosotros pudimos tener. Fue en la familia donde aprendimos quizá las primeras oraciones; donde aprendimos las tareas más fundamentales que el ser humano, si se dice cristiano, tiene que realizar. Aprendimos las consecuencias que tiene también tener la vida de Jesús: saber perdonar, saber amar, saber construir, saber vivir juntos. La familia era el lugar privilegiado para la catequesis, queridos hermanos. Hoy este paradigma ha cambiado. Hoy, a veces, eso se ha descuidado. Y tenemos que recuperar la familia cristiana. Recuperarla en el sentido profundo que tiene. Esta familia que sabe que el amor se vuelve fecundo, y que sabe que el amor supone vivir esas actitudes esenciales y esas maneras de ser y de estar en la vida de las que nos habla el apóstol san Pablo en la carta a los Corintios, en el canto al amor, y que el Papa Francisco, en Amoris laetitia, en la exhortación, precisamente nos habla de ese amor que tiene que estar en la familia, que se vuelve fecundo y ese amor que construye y da la transmisión de la fe.

Pero, queridos hermanos, también es verdad que ha cambiado la escuela. Antes la escuela era una prolongación también de alguna forma de la transmisión de la fe. Hoy no es así. Se nos ha construido, o se nos da, una escuela laica, con aires de respeto. El respeto grande a un ser humano es cuando se le reconoce en todas las dimensiones que tiene, y no se le acorta absolutamente ninguna. Porque cuando se acorta alguna dimensión, o se corta, o se aleja de ser vivida y construida, estamos estropeando al ser humano. Queridos hermanos: la fuerza de la familia está en su capacidad de amar, y en la capacidad que la familia tiene de enseñar a amar. Pero no con cualquier medida del amor, sino con la medida que nos da Jesucristo nuestro Señor. Como os decía, lo hemos escuchado en el libro del Eclesiástico: «honra a tu padre y a tu madre». Honrarle. Los hijos, y los padres también con los hijos, en esa relación mutua. Quereos como la familia se quería en Nazaret.

Y, en tercer lugar, queridos hermanos, pongamos a Dios en medio de la familia. Os decía antes: ha cambiado. A veces Dios no está en el centro. Recuperemos la misión de la familia cristiana. Tiene atractivo, queridos hermanos. Tiene una fuerza singular. Tiene una belleza única. Es sanadora de la existencia humana. Es constructora de personas grandes, que se abren a los demás y que se abren a Dios. Dios en medio de la familia. Y el Señor hoy nos da dos tareas que tenemos que realizar también en nuestra familia. Una de ellas nos viene dada por el anciano Simeón, como lo habéis escuchado en el Evangelio. Los padres de Jesús lo llevaron, según la ley de Moisés, a Jerusalén, al templo, para cumplir lo escrito en la ley: todo primogénito varón será consagrado al Señor. Y fueron allí. Y encontraron al anciano Simeón, como nos dice el Evangelio un hombre justo y piadoso. Este hombre tomó en su brazos a Jesús. Tomó en sus brazos a Jesús. Son preciosas las palabras que salen de su corazón: «Ahora Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, que es luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Queridos hermanos, queridas familias: acojamos en nuestra casa a Jesucristo. Tomemos al Señor. Y, cada uno de los miembros de la familia, tomemos a Jesús. Como el anciano Simeón. Nos entrega luz. Nos entrega su amor. No para que lo guardemos, sino para que lo entreguemos a los demás. Nos entrega sabiduría. Nos entrega paz. Engendra en nosotros libertad. Engendra en nosotros unas capacidad singulares que nada más que Dios nos puede dar a todos nosotros. Acoger. Tomar al Señor en vuestra vida. La familia cristiana hace posible esto: que cada uno de los miembros se tome en serio a Dios, y lo tome en sus brazos.

En segundo lugar, no solamente lo tomamos, sino que lo anunciamos, lo damos a conocer. Fijaos en la figura de la profetisa Ana: una mujer muy anciana, que nos dice el Evangelio que había estado, no se apartaba del templo, sirviendo día y noche a Dios. Y, cuando se acercaba el momento, hablaba del Niño, nos dice el Evangelio, a todos los que aguardaban la liberación de Israel. A todos. Hablaba del Niño. Daba noticia. Anunciaba a Dios. Acoger por un parte al Señor supone también que lo damos a conocer; que lo presentamos, no solamente entre nosotros, sino hacia afuera. Convirtamos la familia cristiana en familias misioneras, queridos hermanos. Os decía antes: el paradigma de la familia hoy es distinto. Es diferente a lo que quizá los que tenemos años hemos vivido. Pero también es verdad: es necesario que se anuncie. Antes, se transmitía, se seguía anunciando al Señor en la formación, en la educación; se seguía incluso en las costumbres sociales que teníamos en los pueblos o en las ciudades. Dios era importante. No se le escondía. La familia cristiana tiene la misión de anunciar a Jesucristo y de no esconder a Dios. De reunirnos para anunciar al Señor en medio de este mundo. Y, todo esto, queridos hermanos, sin ninguna fuerza singular y especial. Con la fuerza del amor mismo de Dios, que se nos manifiesta en Jesucristo nuestro Señor.

Queridos hermanos: es un día especialmente importante para todos nosotros este día de la Sagrada Familia. Es un día singular para todas nuestras vidas. El Evangelio nos ha presentado estos dos personajes: uno, que nos enseña a meter en nuestra vida al Señor; y otro que nos enseña también que tenemos que anunciarlo. Necesitamos saber que todos los miembros, todos, tenemos que anunciarlo. Todos, queridos hermanos. La tarea de los padres y educadores hoy es ayudar a todos a la búsqueda de Alguien que dé sentido total a nuestra existencia. Dios no sobra, queridos hermanos. Es más, Dios se manifiesta como alguien necesario en este momento de la historia que estamos viviendo. Miedos, oscuridades, sufrimientos que dan muchas veces hasta depresiones, queridos hermanos. El ser humano necesita de Alguien que le dé luz, que le haga salir de sí mismo, que le haga buscar a los demás. Y esa institución bella y preciosa que Cristo mismo quiso tener en este mundo es la familia. Hagamos posible que en nuestra archidiócesis de Madrid la renovación de la familia cristiana sea tan fuerte, sea tan grande, que experimentemos todos una nueva forma de entender la vida, una manera nueva de vivir en la alegría del Evangelio de la que estos días el Señor quiere que tengamos, porque no nos ha abandonado. Está con nosotros. Está en medio de nosotros. Este Jesús que se hace presente en el misterio de la Eucaristía. Este Jesús que nos invita a todos nosotros a fortalecernos, a acompañarnos, a vivir esa espiritualidad honda y profunda en el matrimonio y en la familia.

La familia también tiene una espiritualidad, que es la de la comunión. La del vivir los unos para los otros. Vivir además los unos para los otros no sintiendo las fronteras de nuestros límites, sino la grandeza de romper fronteras que nos da Dios cuando entra en nuestra vida y yo puedo decir al otro «perdóname», y seguir adelante no con cualquier fuerza, sino con la misma que nos da el poder decir perdón, que es la fuerza de Dios. Este Jesús es el que viene aquí ahora junto a nosotros. El mismo que quiso tener una familia para venir a este mundo. El mismo que a través de la Iglesia nos propone a la Sagrada Familia como ejemplo a vivir, a imitar. Siempre. Pero que en estos momentos quizá de la historia se nos presenta con más urgencia el poder descubrir la grandeza de la familia.

Queridos hermanos y queridas familias: feliz día para vosotros. Feliz día para todos. Y que a todos podamos contagiar esta alegría que tuvo Jesús, el hijo de Dios, viviendo y creciendo en Nazaret, junto a María y José, y siendo ejemplo hoy, después de 21 siglos, para todos los hombres de familia. La familia no ha pasado de moda. Es más actual que nunca. Hagámosla visible y viable. Amén.

Media

Queridos obispos auxiliares don Jesús, don Santos y don José. Querido vicario general. Rectores de nuestros seminarios. Queridos hermanos sacerdotes. Hermanos y hermanas.

Es verdad que tenemos que hacer ese cántico nuevo al que nos invitaba el salmo que juntos hemos recitado: «Cantad al Señor un cántico nuevo, porque los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios». Sí. El Señor se nos ha dado a conocer. Hemos, estamos experimentando en esta fiesta de la Navidad que esa buena noticia que anuncia la paz, que pregona la vitoria, ha tomado rostro humano. Por eso, nosotros queremos cantar de una forma especial este acontecimiento importante para nuestra vida. Porque es verdad que Dios habló de muchas maneras a los hombres; sin embargo, en esta etapa nos ha hablado por Jesucristo nuestro Señor.

«El Verbo –lo acabamos de escuchar– se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria». Queridos hermanos, esta es la afirmación fundamental del Evangelio que acabamos de proclamar. La afirmación fundamental en este día que celebramos el nacimiento de Jesús, que no es un mero hecho histórico, es mucho más. Él viene a nuestro encuentro. Y nos acoge a todos. Acoge nuestra condición humana, frágil, limitada, Él viene a entregarnos su luz en este tiempo que ahora mismo estamos viviendo de la pandemia, de oscuridad, de sufrimiento para mucha gente, de muerte. «En el principio –hemos escuchado– existía el Verbo». El término griego logos significa muchísimo más que palabra. Logos es más bien sentir que se expresa en la palabra. Habría que traducir mejor que «en el principio había sentido». El sentido de todo. Así creó Dios todas las cosas, y vio que todo estaba muy bien hecho. Esa realidad para nosotros grande que se llama Dios. En el principio existía amor. Existía. Y el ser humano era consciente de que Alguien sustentaba todo y daba sentido a todo. En el principio por supuesto no existía nada. Y, de la nada, nada puede nacer. Nunca nace nada. Pero existía algo: existía el misterio, existía el amor. Y este amor, que es Dios mismo, es el origen de todo. De este amor ha surgido el gran designio del Padre, que es la vida misma. En la Navidad, en este día queridos hermanos y hermanas, estamos celebrando la vida de Dios en nosotros, la vida de Dios en cada uno de nosotros. ¿Somos conscientes de que vivimos sumergidos en un océano inmenso de amor, que sobrepasa y nos rodea por todas las partes?

En el principio existía el Verbo. Había sentido. Sí. Estaba el sentido. El Verbo era la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Él, Cristo, es la luz que alumbra nuestra oscuridad. Es la luz que alumbra nuestro corazón con la claridad de su amor. Es la luz, por supuesto, más fuerte que las tinieblas. Y vino a su casa. Lo acabamos de escuchar. Vino a nosotros. Y nosotros, los suyos, no lo recibieron. ¿No es una metáfora piadosa, queridos hermanos, decir hoy que Dios vino a su casa y los suyos no lo recibieron?. ¿Qué quieren decir estas palabras? Quieren decir que todos nosotros, y que en todos nosotros, está la dramática capacidad de poder rechazar el amor; poder elegir un camino que lleva a la vida, o el camino en el que podemos malograr nuestra vida. Significa que nuestra propia ceguera, en la que podemos confundir la luz con la oscuridad, en esa ceguera Dios puede no encontrar casa en nosotros, puede no encontrar lugar. Realmente, Dios no tiene casa hoy. Veamos: en muchos lugares, los campos de refugiados, en los que sufren el hambre, el odio, la guerra. En lugares concretos, no lejos de nosotros. Oriente Medio, Libia, Irak... En los niños de Siria, un país arrasado por la guerra desde hace ya años. Tampoco tiene casa en muchas otras zonas conflictivas de nuestro planeta. Porque Dios es la paz. Es el amor. No hay sitio. No hay sitio en muchos sitios: ni para los refugiados, ni para los inmigrantes, ni para los ancianos que viven solos, ni para los más necesitados de la tierra.

A veces tampoco tiene casa este Dios, queridos hermanos, en nuestro propio corazón, cuando no queremos acogerlo, o no podemos acogerlo. Jesús a veces es el gran ausente en la fiesta de la Navidad. Por eso, esta mañana, queridos hermanos, aquí, nosotros nos preguntamos: ¿Dónde? ¿Dónde está Dios en nosotros? ¿Dónde está Jesús en esta Navidad, en el año 2020? Porque se hizo carne, habitó entre nosotros, está entre nosotros, Él da sentido a la vida. Él nos llena de su amor. Y Él quiere que este amor lo regalemos, los demos, lo manifestemos, lo expresemos. Que conduzca de alguna manera los destinos de este mundo. Por eso, nosotros no miramos para afuera ahora mismo. Mirémonos para nosotros mismos. Señor, ¿tengo espacio yo para ti en mi vida? Porque ciertamente tú tratas de venir a mi existencia. ¿Tengo tiempo para ti? ¿De verdad lleno mi vida, no de palabras vacías, sino de tu amor, que me impulsa a salir fuera de mí mismo? A veces, queridos hermanos, nos podemos resistir a que este Dios entre en nuestra vida. Cuántas veces nos encontramos nosotros mismos, ¿no? que no le hemos dejado espacio.

El texto que acabamos de escuchar decía: «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Es llamativo que el evangelista utiliza el término carne en vez de hombre. Carne, en griego sarxs, significa la condición existencial. ¿Qué significa afirmar que «la palabra se hizo carne»? Pues significa que, en Jesús, Dios ha asumido nuestra condición humana frágil, con las debilidades y limitaciones, con la vulnerabilidad tal como hoy nosotros la estamos viviendo, y que se ha hecho más patente con la pandemia que asola la humanidad. Por eso, celebrar la Navidad para nosotros es celebrar el misterio de la encarnación; es celebrar que Dios se atreve a hacerse carne, a hacerse humanidad, a hacerse historia; a tomar parte en los desvaríos, en las miserias, y también en todo lo bueno y lo bello de los seres humanos, que hay mucho también, queridos hermanos. Mucho. Dios no asumió nuestra humanidad abstracta, sino que se hizo un ser histórico: Jesús de Nazaret, que vivió en una tierra, nació en una raza, asumió un estilo de vida, una cultura. Jesús conoce la sed, conoce la soledad, conoce la traición, conoce las lágrimas que tuvo que derramar por un amigo que se había muerto, conoce la alegría de la amistad, conoce las tentaciones, conoce el horror de la muerte... Sí, queridos hermanos: se hizo carne. Pero movió toda su vida desde ese amor absoluto que estaba en Él, y que todos los que se encontraron con Él recibieron.

Queridos hermanos: en Jesús, Dios acoge la fragilidad y toda la impotencia de la condición humana. Esto es profundamente liberador, queridos hermanos. Porque esta mañana nosotros aquí, en esta celebración de la Eucaristía, podemos preguntarnos: ¿yo será capaz, Señor, de acoger también mi fragilidad y de percibir que tú, Señor, que tú me acoges, justamente en mi propia fragilidad, y me das la fuerza necesaria para salir adelante, para vivir de tu amor, para hacer posible que no haya sufrimiento en carne en ninguna parte de la tierra, porque lo podemos cambiar con tu amor y con tu fuerza?

Queridos hermanos: en el Evangelio hemos escuchado algo también precioso. «Hemos contemplado –decía– su gloria. Gloria como del unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad». Esta afirmación de san Juan es preciosa. Los biblistas nos dicen que el libro quizá del Evangelio más histórico, que responde más a la vida de Jesús, es precisamente el de san Juan. «Hemos contemplado su gloria. Gloria como del unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad». La vida que se ha manifestado en Jesús se hace presente con esta fuerza de amor más poderosa que las tinieblas, más poderosa que la muerte, más poderosa que nuestros infiernos. Nuestro mundo ha sido visitado por Dios, queridos hermanos. Dejad, dejad que entre Dios en vuestra vida. Dejemos que entre en nuestra vida y en nuestra existencia. Nuestro mundo ha sido visitado por Él. Y tenemos que mostrar esta visita con nuestra propia vida. Los grandes misioneros no son los que han hecho grandes predicaciones, que también es verdad que las han hecho, pero han mostrado con su propia vida que merecía la pena dejar entrar a Jesús en nuestra existencia porque cambiaba nuestras relaciones, cambiaba todo lo que somos. La vida, con esta fuerza de amor, es más poderosa. Desaparecen las tinieblas. Nuestro mundo ha sido visitado por Dios. Dios dice al mundo y al ser humano: «Yo te amo. Yo te quiero. Coge mi amor. Vive de mi amor». En un momento importante, queridos hermanos, de la historia de la humanidad, qué maravilla es que Dios hoy haya entrado en la carne de las familias, donde el amor entre de lleno, entre en nosotros, para que cuando veamos alguna situación donde ese amor no se percibe porque hay odios, porque hay diferencias, porque hay disputas, porque hay enfrentamientos, porque hay guerras, porque se quiere ganar a costa de lo que sea lo que fuere, prestemos este amor.

Hoy, queridos hermanos, se enciende en la noche una luz que nunca se apaga. Mantenedla en vuestra vida. Es Jesucristo. No estáis aquí esta mañana por pura casualidad. Sois discípulos de Jesús todos. Con los fallos que tenemos todos, empezando por vuestro obispo. Pero hoy el Señor quiere entrar en nuestra vida, quiere encender su luz. En este día, todos juntos podemos decirle a Jesús: «Ven, palabra hecha carne. Tú das sentido absoluto a nuestra vida. Ven al corazón, renuévanos con tu amor y con tu misericordia. Ven allí donde está peligrando la suerte de la humanidad. Ven. Tú eres nuestra paz».

Queridos hermanos: encontrémonos con Jesucristo. Porque «el Verbo se hizo carne». Y está entre nosotros. Nos ama. Abrimos nuestro corazón y entra en nuestra vida. Y cuando entra en nuestra vida logramos mostrar el rostro maravilloso de este Dios que nos ama y que además quiere que contagiemos su amor a todos los que nos encontremos en nuestra vida.

Feliz Navidad para todos, queridos hermanos. Es un día importante para la Iglesia y para el mundo. Dios con nosotros. Y Dios regalando su paz y su amor a los hombres, Él directamente, y a través de su pueblo, del cual somos nosotros parte. Así acogemos a Jesús, en el misterio de la Eucaristía donde se va a hacer presente realmente, y donde nos va a mostrar una vez más su amor, su entrega, su fidelidad por nosotros. Amén.

Media

Queridos hermanos obispos auxiliares don Jesús, don Santos y don José. Querido rector de nuestro seminario metropolitano. Querido deán de nuestra catedral. Hermanos sacerdotes. Queridos seminaristas de nuestro seminario Redemptoris Mater. Hermanos y hermanas.

Esta noche para todos nosotros, esta Nochebuena, que en la tradición de la vida de los cristianos está desde hace tantos siglos, desde que fue esa primera noche que nosotros admiramos y contemplamos en el belén; aquella claridad que apareció en esta tierra, la noche en que caía sobre Belén de Judá la claridad... Gracias, queridos hermanos, a la luz de aquella noche, los pastores se vieron inmersos en una extraordinaria claridad. Porque no solo había luz en torno a ellos, sino también dentro de sus vidas aparecía, en su interior, una luz nueva. Esta luz que transformó el mundo; que desde entonces la historia tiene un derrotero diferente, dado por Dios mismo; esta luz nos alumbra a todos en esta Nochebuena. La noche cerrada se convierte en claridad que nos envuelve. Cuando el ser humano mira hacia el interior de sí mismo, Dios se manifiesta con una luz que le permite descubrir su propio misterio, ese misterio que llevamos todos impreso en nuestro corazón. Que la luz del nacimiento del Señor ilumine la noche de nuestro mundo, y también la noche de nuestro corazón.

Queridos hermanos, quizá tres palabras son las que me gustaría daros porque, de alguna forma, reflejan lo que las lecturas de esta noche nos acaban de decir. Tres expresiones: la noche, la luz y un camino nuevo. Estamos en un momento de la historia de la humanidad en que necesitamos luz, queridos hermanos. Pero no cualquier luz. Necesitamos la luz que viene de Dios mismo. Y no solamente por la pandemia que estamos viviendo y que ciertamente está haciendo padecer a toda la humanidad –hay sufrimientos, hay muertes, hay dolor, hay miedos–; no solamente porque Dios también ilumina todas las situaciones en las que estemos, sino por la propia situación de un mundo en el que hemos llegado en unos lugares a cotas singulares y especiales de vida, de buena vida, mientras en otros lugares la gente se está muriendo de hambre. Hemos llegado a un momento de la humanidad en que nos conocemos todos, y sabemos en el fondo lo que nos falta a todos. Nos falta, queridos hermanos.. Estamos en la noche. Tenemos necesidad de luz.

El texto que hemos escuchado del Evangelio dice que llegó el tiempo del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. No había sitio para Él en la ciudad. Tuvieron que salir a los arrabales, fuera de la ciudad. El Señor ha querido compartir la condición de los más pobres y olvidados de la tierra, de todos aquellos que no tienen sitio en la sociedad. Qué bien nos vienen las palabras del Papa Francisco: hay que salir de las periferias hacia el centro. No vayamos del centro a las periferias, porque si vamos así llevaremos lo nuestro, no lograremos llevar esa pobreza que hay que iluminar. Jesús, desde su primera venida, se hace cargo de la pobreza y de la miseria más extrema, del dolor humano, de la soledad más intensa, y millones de seres humanos prolongan en el tiempo y en el espacio el pesebre de Belén.

En la posada no había sitio. La humanidad espera a Dios. Pero, cuando llega el momento, no tenemos sitio para Él. Llegó el tiempo, y dio a luz en un pesebre. Esto, queridos hermanos, nos hace preguntarnos, y nos hace agradecer a Dios. Porque Dios no quiere que permanezcamos en la noche: no quiere la noche para los hombres, no la quiere para nosotros, no la quiere para nadie. Y a los que nos ha llamado y somos miembros vivos de la Iglesia, formando parte de este pueblo de Dios que camina por todas las partes de la tierra, y esta noche celebra la llegada de la luz a este mundo, nos pide que nos demos cuenta de esta necesidad de la humanidad. Espera a Dios. Pero hagámosle sitio para que entre. También Él quiere encontrar un sitio en nuestro corazón. ¿Tenemos espacio para Él cuando viene a nuestro encuentro? La noche.

Pero el Señor nos habla también de la luz. Él es la luz. ¿Quién tiene espacio para Él? En nuestra sociedad, en nuestro mundo, ¿hay sitio para Él? ¿Hay sitio para el pobre? ¿Para aquel que necesita ayuda? ¿Para el refugiado que busca asilo? ¿Tengo espacio para Dios? ¿Puede entrar Dios en mi vida, o le pongo condiciones? Queridos hermanos: no hay Navidad sin Jesús. Es un absurdo. La Navidad de luces, sin Jesús, es un absurdo. La Navidad ha sido quizá a veces secuestrada por nosotros, por un consumismo exacerbado. La Navidad, queridos hermanos, es Jesús mismo. Es la luz que viene a nuestro encuentro. Quiere que desaparezca la noche. Y quiere entregarnos a todos nosotros la luz.

Había, decía el Evangelio, unos pastores que pasaban la noche al aire libre. Un ángel se les presentó y les dijo lo que esta noche nos dice a nosotros, a todos, queridos hermanos: «No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todos los hombres. Hoy os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor». Este anuncio a los pastores es para todos los seres humanos. Los pastores fueron los primeros destinatarios de esta buena noticia de salvación. ¿Y por qué este anuncio del ángel a los pastores? Mirad: los pastores, en aquella época de Jesús, constituían una clase de hombres despreciables, no les tenían muy en cuenta. Estaban en la noche total. Y resulta que el primer anuncio de esperanza y de alegría va dirigido a los pastores. Quizá, en estos momentos en que vivimos un encerramiento en nosotros mismos, este anuncio viene para nosotros. Queridos hermanos: hoy es un día de alegría, es un día de esperanza. Hay luz. Dios tiene predilección por nosotros. Nosotros los cristianos no podemos ser espectadores de una situación en la que viven los hombres, de indiferencia, de no quiero saber nada, yo con tal… Necesitamos ser solidarios de todos los hombres: de quienes padecen la injusticia, de quienes provocan además la violencia, y la padecen. Somos pastores. Somos pastores. Y la luz y el mensaje nos llama a ponernos en camino para ir al encuentro del Señor y adorarlo.

Queridos hermanos. Noche. Luz que viene a nosotros. Que la tenemos. Y, queridos hermanos, hay un camino que nos propone el Señor: «Hoy os ha nacido un Salvador». En esta noche, el tiempo se abre a lo eterno. Porque Jesús ha nacido entre nosotros. Con el nacimiento de Jesús, el ser humano ha visto que el tiempo humano, este tiempo, es tiempo de salvación. El Señor ha santificado los días, los años, los siglos; ha disipado miedos; ha renovado nuestra esperanza, y nos llena de alegría. Es un camino el que nos propone el Señor. Esta Nochebuena nos repites también a nosotros: «¡No temáis!. Os traigo la buena noticia, la gran alegría para el pueblo. Y no es una idea la que os traigo: es una persona que viene, que quiere entrar en vuestra vida». ¿Estamos dispuestos a acoger esta alegría en el silencio de nuestro corazón? El relato del Evangelio nos ha dicho en forma poética que los ángeles cantaron en la noche de Belén: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama». ¿Quiénes son los hombres que Dios ama? Todos los hombres, queridos hermanos. Vosotros y yo. Todos los hombres. Los ama Dios. Y quiere que logren la dignidad de seres humanos. Y precisamente por eso, cuando vemos tirado, o despreciado o roto a cualquier ser humano, vamos en su búsqueda.

Esta sed de ser amados se sacia en esta noche santa. Porque Dios mismo, con toda claridad, nos dice: «He venido a vosotros, no con el poder o la fuerza.He venido en la pequeñez. ¡Cogedme! Cogedme. Para que seáis grandes. Para que tengáis un corazón grande». Nuestra sed de ser amados se sacia en esta noche santa. Dios es amor. Qué bien lo canta san Juan de la Cruz cuando él dice, en la Noche oscura: «al fin encontré la dichosa salida». La «dichosa salida» la encontró experimentando en su propia existencia que Dios le quería, que Dios le amaba. Dios es amor. El amor de Dios nos abraza a todos. Dios ha amado al mundo en Cristo, y en Él, en su nacimiento, ha revelado a todos los seres humanos el camino de la paz, el camino de la vida, el camino de la fraternidad. Cojamos ese camino, queridos hermanos. Señor –le diríamos hoy–, ayúdanos a ser hombres y mujeres de paz, de fraternidad, de entrega, de servicio. Ayúdanos. En esta noche santa, queridos hermanos, vamos a abrirle nuestro corazón. Ayuda a que en las familias cristianas se logre una comunidad verdadera donde todos se aman y se necesitan con el amor mismo de Jesucristo. Ayúdanos a descubrir lo que es una familia cristiana, lo que supone vivir en esa comunión de corazones y de vida entre los padres, de los padres con los hijos, de los hijos con los padres. Ayúdanos a hacer descubrir el gozo de un amor que, acogiéndolo en nuestra vida, porque es tuyo, nos hace cambiar todo lo que nos rodea.

Queridos hermanos: feliz Nochebuena. Somos importantes. ¿Veis? No todo el mundo tiene esta gracia de poder experimentar esto que nosotros estamos viviendo esta noche. Dios me ama. Dios me quiere. Dios quiere que salga de la noche, que coja su luz y que camine por la vida con su luz y con su amor. Por eso te pedimos, Señor, hoy. Te acogemos con alegría. Tú eres la luz que brillas en la noche de nuestro mundo y en la noche de nuestro corazón. Que te anunciemos, pero no de palabra: con nuestra vida. Jesús, alumbra la oscuridad de este mundo. Enciende en nosotros el fuego de la esperanza. Y cuenta con nosotros para alumbrar las oscuridades que puedan existir a nuestro alrededor.

Feliz Navidad, queridos hermanos. Acojamos la Navidad, que es Jesús mismo, que se va a hacer presente en este altar.

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