Queridos hermanos obispos auxiliares de Madrid, don José y don Jesús. Queridos hermanos sacerdotes. Hermanos y hermanas que estáis aquí, en la catedral, y quienes estáis viendo y celebrando esta Eucaristía desde vuestras casas a través de Telemadrid.
Gracias también de corazón a Telemadrid por estar presente aquí, una vez más, y poder hacer llegar esta gran noticia que es Jesucristo nuestro Señor a todos los hombres. A todos los que creéis. Quizá también a algunos que dudan. Y que, sin embargo, estáis viviendo este acontecimiento único y extraordinario de una Iglesia que comienza a caminar en este día de Pentecostés llevando la fuerza del Espíritu Santo, y que está extendida por toda la tierra, anunciando a nuestro Señor Jesucristo como el Camino, la Verdad y la Vida. Entregándose precisamente a quienes más necesitan. Estando en los lugares quizá más inhóspitos de este mundo. Pero, sin embargo, acelerando la llegada de esta noticia única, que es Jesucristo nuestro Señor.
Para acercarme a vuestro corazón y a vuestra vida hoy, a través de esta palabra que el Señor nos ha regalado, os quiero resumir esta Palabra en tres expresiones. Sí. Una lengua. Un Espíritu. Y una misión.
Una lengua nos ha entregado el Señor. Todos los discípulos juntos el día de Pentecostés, como nos decía la primera lectura que hemos proclamado del libro de los Hechos de los Apóstoles. Y allí vinieron unas lenguas de fuego. Vino el amor de Dios mismo. Vino el Espíritu Santo que Jesús les había prometido. Y, como llamaradas, como fuego transformador, se posaba en los apóstoles, que se llenaron del Espíritu, y empezaron a hablar de tal manera que les entendían todas las gentes. Nos dice el libro de los Hechos que había muchos hombres, venidos de todas las naciones de la tierra, y sorprendidos preguntaban: ¿pero estos no eran los galileos que estaban con nosotros? ¿que seguían a Jesús? Los oímos hablar de la maravilla de Dios en nuestra propia lengua. Una lengua, queridos hermanos, que crea armonía.
Os invito, en este día de Pentecostés, a tomar conciencia de nosotros mismos. Hemos sido salvados sin merecimiento alguno. Se nos ha amado incondicionalmente. Amados en lo que somos, y como somos. Es muy normal que cuando tomamos conciencia de esta realidad, a veces nos avergoncemos. Pero, ¡bendita vergüenza! Esta es ya una gracia. Permitidme que insista en el recuerdo de aquel momento impresionante que vivieron los primeros discípulos de Jesús. El día de Pentecostés. Jesús había Resucitado. Había estado con ellos. Sí. Y, como hemos escuchado hoy el Evangelio, tenían las puertas cerradas. Pero, sin embargo, aquel mandato que Jesús les había hecho el día de su Ascensión, «Id por todas partes y anunciar el Evangelio», ellos quizá no sabían cómo hacerlo. Pero el Espíritu que bajó sobre ellos, como ha venido sobre nosotros, nos dice cómo tenemos que hacerlo: ni miedos, ni dificultades para el camino, ni desalientos, ni preocupados por cómo vamos a resolver nuestras vidas… Salimos del encerramiento de nosotros mismos y nos disponemos a entrar en el corazón y en la vida de todos los hombres.
Queridos hermanos: este fue el camino de los apóstoles. A partir de Pentecostés, se dejaron invadir por la profundidad del Espíritu Santo. No se dejaron manejar por el momento en el que estaban, perseguidos y observados. Al contrario. El Espíritu les mantuvo fuertes. Serenos. Con capacidad para hacer obras grandes. Aquella paz de Jesús es un camino de la paz. Que no está en alejarnos de los problemas del momento. Está en dejarnos llevar por la profundidad que nos da el Espíritu. Que no nos homologa. No. Aquí mismo estamos diversos. Y distintos. Y en vuestras casas, quienes seguís esta celebración, sois diferentes. Incluso en la propia familia. El Espíritu Santo no nos homologa. No elimina la diversidad que trae riqueza. Pero sí que da armonía. Sí que da armonía. Sí que da unidad en la diversidad.
Ahora mismo, todos los que estamos aquí, y quienes estáis siguiendo esta celebración, y queréis, y habéis recibido el Espíritu… la armonía, ¿quién nos la da? El amor. Sí. Es el amor mismo de Dios. El Espíritu Santo es amor. Que llena nuestra vida. Y que nos hace salir al mundo con esta lengua, para que la entiendan todos los hombres. Porque todos los hombres entienden esta lengua. Y con este lenguaje salieron los primeros discípulos por todas las partes de la tierra, como hoy lo siguen haciendo tantos y tantos hombres y mujeres, anunciando a Jesucristo. Como lo hacéis vosotros, en vuestras familias, en vuestro trabajo, en la vida pública… manifestando y expresando que solo este amor de Dios, que invade nuestra vida, es el que cambia este mundo. Una lengua que crea armonía en la diversidad. Una lengua que es necesario implantar en este mundo. Y que tenemos la misión de dar a conocer. De difundir este mensaje. De que todos los hombres puedan probar esta manera de entenderse.
Es preciosa la imagen que nos presenta el libro de los Hechos, cuando nos dice que había partos, medos, elamitas, venidos de Mesopotamia, de Capadocia, de Panfilia… Y todos entendían lo que decían los apóstoles. Porque, queridos hermanos, el amor lo entienden todos los hombres. «Envía tu Espíritu Señor, y repuebla la faz de la tierra» decíamos hace un instante, recitando el Salmo 103. Bendigamos al Señor. Bendigamos al Señor. Tengamos el aliento del Señor. Ese aliento que crea. Y que repuebla de bondad y de vida la faz de la tierra. Sí. Como habéis visto, hermanos, una lengua.
En segundo lugar, un Espíritu. Un Espíritu que crea unidad. Nadie puede decir «Jesús es el Señor» si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Sí. Los apóstoles, después de la Resurrección, se habían encerrado en una estancia, como hemos visto en el Evangelio. Tenían miedos. No se atrevían a decir: «Jesús es el Señor». Y tiene que venir el Espíritu. Que les da fuerza. Les quita miedos. Les da atrevimiento. Les da valentía. Como nos lo da a nosotros, queridos hermanos. Hoy se lo pedimos al Señor. También le decimos con fuerza: envía tu Espíritu. Y repuebla la faz de la tierra.
Esta humanidad y esta tierra necesita este lenguaje. El de Cristo. El de Cristo. Otros lenguajes sobran. Hay lenguajes que rompen, que dividen, que matan. El lenguaje de Cristo es de vida. Es de vida. Crea unidad. Tiene el atrevimiento de dar la mano a cualquiera. Porque esa mano acerca el amor mismo de Dios. Diversidad de dones, pero un mismo Espíritu. Diversidad de funciones en la Iglesia, pero un mismo Espíritu. Vosotros, como cristianos, como padres de familia, como profesionales, como hombres y mujeres… estáis en la vida pública. Yo, como arzobispo. Los sacerdotes… Todos. Tenemos el mismo Espíritu. Diversas funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.
Por eso, queridos hermanos, esta iglesia de Jesús extendida por toda la tierra, donde hay hombres y mujeres de todos los lugares, naciones, razas… judíos, griegos, esclavos, libres, bautizados en Cristo, con la fuerza del Espíritu, forman un solo cuerpo y un mismo Espíritu. Un Espíritu que crea unidad en la diversidad. ¿No os explicáis esto? Ved. Ved cómo hoy, en torno al sucesor de Pedro, en torno a los apóstoles, sucesores de los apóstoles, vamos caminando. Y vamos viviendo lo que hace un instante se recitaba en esta secuencia: Ven Espíritu. Manda la luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre. Ven dulce huésped del alma. Entra hasta el fondo del alma, divina luz. Enriquécenos. Enriquécenos.
Y, en tercer lugar, no solamente una lengua. No solamente un mismo Espíritu. Sino que tenemos una misión. La misma misión. Un Espíritu que nos lanza a la misión. Lo habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado. En el Evangelio, hay una serie de palabras que es importante que tengamos en cuenta. Anochecer. En el anochecer, cuando no se ve del todo. Puertas cerradas. Miedos. Así está esta humanidad sin el Espíritu del Señor. En el anochecer. No sabe dónde está la luz. No sabe dónde está la vida. No sabe dónde está el camino. No sabe la lengua que hay que tener para que la entendamos todos los hombres. Y nos ayudemos unos a otros. Y no nos peguemos, y rompamos, y nos dividamos. No lo sabe. Y las puertas cerradas. La experiencia de las puertas cerradas es tremenda, queridos hermanos. No solamente cuando el mundo está roto y dividido, sino también incluso cuando es acogedor. Tener las puertas cerradas: a personas, a gente. Qué maravilla ver a los apóstoles abriendo puertas: partos, medos… y todos les entendían. Porque no iban con una idea. Iban con la fuerza de una lengua que les había dado Dios mismo. Y con la fuerza de Jesucristo nuestro Señor.
Ni anochecer. Hay luz. Ni puertas cerradas. Abiertas a todos los hombres. Ni miedos. El miedo nos tumba. El miedo nos rompe. El miedo nos enfrenta. El miedo nos hace pensar mal de los otros. ¿Qué sucede? ¿Qué ha sucedido en el Evangelio? Que aparece Jesús. Como hoy aquí a nosotros, queridos hermanos. Porque la palabra de Dios no es de antes de ayer. Es Jesús el que viene aquí. En medio quizá de anocheceres, de miedos o de puertas cerradas, Jesús viene. Y, claro, cuando entra en nuestro corazón, nos pasa como a los apóstoles: se llenaron de alegría. Se llenaron de alegría. Que no es la alegría del triunfo de la vida. Es la alegría de saberme salvado; de saberme querido; de saberme interpelado; de saberme acogido por Dios mismo; de saberme enviado por Dios a cambiar este mundo, a cambiar esta tierra. Alegría.
Y Jesús nos envía: como el Padre me envió, así os envío yo. Os envío, no de cualquier manera. Os envío con la fuerza del Espíritu. Aquellos hombres, cuando Jesús apareció, abrieron las puertas. Desapareció la noche. Vino la luz. Quitaron los miedos. Dieron la mano a todos. Jesús no solamente trae la alegría y la misión, sino que trae la reconciliación. Exhala su aliento. Sí. Jesús resucitado, esta mañana, aquí y ahora, a quienes estáis aquí, a quienes estáis celebrando o siguiendo esta celebración desde vuestras casas, nos da su aliento de vida. Nos da ese aliento. Ese aliento que nos abre puertas. Que nos quita miedos. Jesús resucitado atraviesa puertas. El miedo ya no detiene a los discípulos. Atraviesan puertas.
¿Estaremos también nosotros, hermanos, a veces con las puertas cerradas? Preguntáoslo. Yo me lo preguntaba cuando estaba preparando estas palabras que os estoy dirigiendo. ¿Estaré con las puertas cerradas a causa de los miedos? Con frecuencia, las tenemos. Pero Jesús resucitado atraviesa. Abre. Abre nuestras puertas. Podemos imaginarnos a Jesús, que entra hoy en nuestra casa. En nuestra vida. En nuestra familia. En nuestra sociedad. Que abre todo lo cerrado, para que vuelva a la vida todo lo bueno y bello que está ahogando. Lo mejor de nosotros mismos. Jesús nos da su aliento. Sí. Este Jesús vence los miedos. Nuestros decaimientos. Nuestros pesimismos. Nuestras dificultades. Su amor puede superar egoísmos, barreras y resistencias. El amor de Dios. ¿Pero no os habéis dado cuenta? Aquellos hombres que nos dice el Evangelio, los apóstoles, unos pobres hombres, cerrados en sí mismos… cuando llega Jesús, y les da el aliento del Espíritu, son otros. Salieron de sus caminos. Salieron incluso de sus lugares de Palestina, yendo a todos los lugares conocidos del mundo.
El amor del Señor supera nuestros egoísmos. Sí. Con frecuencia, a veces tenemos las puertas cerradas. Pero el aliento del Señor vence miedos. Decaimientos. Pesimismos. Queridos hermanos. ¿Cuándo, los que están a nuestro lado, oirán hablar en su propia lengua nativa, como escucharon a los apóstoles aquellos partos? ¿Cuándo? ¿Qué significa este fenómeno de las lenguas? Significa que el AMOR es la lengua que todo el mundo entiende. El miedo desaparece. Las leguas se sueltan. Hablan con franqueza. Anuncian a Jesucristo. Y lo hacen de tal manera y con tal lenguaje que todos, todos, acogen a este Jesús. Porque donde había división e indiferencia nace unidad y comprensión. Pentecostés es todo lo contrapuesto a Babel, que significa confusión de lenguas. División entre los hombres.
Queridos hermanos: hoy, día de Pentecostés, día en que nace la Iglesia, uno siente el gozo de ver que este mundo necesita la presencia de Cristo. Y necesita nuestra presencia en todas las partes de la tierra y en todas las circunstancia y momentos. Hoy hay división de lenguas. Entre los hombres. Nuestro mundo necesita espacio para el Espíritu Santo. Las guerras. Las divisiones. Las violencias. Las grandes injusticias. Hoy necesita de hombres y mujeres que lleven este lenguaje. Que no es palabrería. Es una manera de ser y de estar en el mundo. Es una manera de unirnos en la familia. Es una manera de unirnos en la sociedad. Es una manera de interpretar tantas y tantas cosas. El Espíritu Santo, en nuestro mundo, en nuestras relaciones humanas, en nuestra Iglesia. lo necesitamos. Por eso hoy decimos: ven Espíritu. Ven. Ven.
Este mundo marcado por la pobreza, por la violencia, por las injusticias, por el desamor presente... Este mundo, en el que tantos han fallecido a causa de esta gran pandemia; en el que tantos sufren a causa de tanto dolor y sufrimiento; en el que tantos sufren por las consecuencias económicas y sociales que está trayendo, que estamos padeciendo ya... Deseamos que el amor del Espíritu llegue a todos los rincones de la tierra. Y nosotros, discípulos de Cristo, nos queremos hacer solidarios con los que sufren. Y queremos estar a su lado. Ven Espíritu a renovar la faz de la tierra. Ven donde hay injusticia y violencia. Ven donde domina la guerra y las armas. Ven donde vienen las palabras y el insulto a los demás. Ven donde hay indiferencia. Ven. Ven. Haznos jóvenes. Sí. Con tu fuerza lo puedes hacer. Haznos orientados. Renuévanos con tu fuerza. Renueva este mundo necesitado de tanta transformación.
Queridos hermanos: ¿veis? Una maravilla. Día de Pentecostés. Sois una maravilla todos. Los discípulos de Cristo. Todos miembros de una misma iglesia. Anunciando a Jesucristo. Ahora aquí, entre nosotros, en Madrid. Pero donde vayamos. Anunciando a nuestro Señor Jesucristo. Donde vayamos. Porque tenemos el mismo Espíritu. Sí. Una misma lengua. Un mismo Espíritu. Y una gran misión que tenemos en esta tierra, para transformarla. Y podremos cambiarla si tenemos este lenguaje del amor mismo de Dios. Que el Señor os bendiga a todos. Amén.
Queridos hermanos obispos don Jesús, don José y don Santos. Queridos hermanos sacerdotes. Querido diácono. Hermanos y hermanas. Delegados de todo el Apostolado Seglar de nuestra diócesis. Secretario de la Delegación de Apostolado Seglar.
El Señor, en estas vísperas de Pentecostés, en esta vigilia de Pentecostés, nos habla al corazón. Nos habla al corazón, como habéis escuchado en la Palabra de Dios que hemos proclamado. Tanto la lectura del libro del Éxodo, la carta que hemos escuchado a los Romanos, y esta página del Evangelio de san Juan, que tiene una fuerza y una incidencia especial en nuestra vida. Hoy tenemos un recuerdo especial del Apostolado Seglar y de la Acción Católica. Tenemos que ampliar también nosotros el concepto de esta acción católica. Es verdad que hay un movimiento, una asociación en la Iglesia, pero también es verdad que la acción católica es la de todo cristiano que se pone en marcha para anunciar el Evangelio, en cualquier parte y en cualquier lugar donde esté.
En esta vigilia, quisiera acercar la palabra del Señor. Y deciros fundamentalmente, en primer lugar, que el Señor nos da un mandato. En segundo lugar, el Señor nos muestra una necesidad. Y, en tercer lugar, Él nos hace una oferta, y está en nosotros el acogerla o no.
El Señor nos regala un mandato. Lo habéis escuchado en el libro del Éxodo, en este texto que hemos proclamado: el Señor llamó a Moisés desde la montaña. Y lo llamó diciendo: «habéis visto lo que he hecho con vosotros. Os he traído a mí. Si me obedecéis, si guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque es mío todo lo que existe».
Esto se cumple en este día de Pentecostés, queridos hermanos. Hoy, el Señor se acerca a nosotros, como se acercó a los primeros discípulos cuando estaban en aquella estancia cerrada por unos miedos tremendos que surgían en su corazón. Se acerca a nosotros para decirnos: Os he atraído hacia mí. No estáis solos. He sido yo el que os he llamado: de modos diversos, en circunstancias muy diferentes. Pero sois discípulos míos. Y no estáis por casualidad aquí, celebrando la Eucaristía. Estáis tomando conciencia –nos diría el Señor–, de lo que yo hice por vosotros. Os he dado mi vida. Y os he dado mi vida, no para que la guardéis, sino para que la mostréis a todos los hombres. Para que la deis a conocer. Por eso, si de veras soy alguien importante para vosotros, tomad conciencia de que sois mi propiedad; de que sois del pueblo que yo inicié; de que sois de este pueblo que es la Iglesia que está extendido por toda la tierra; de que sois miembros de un pueblo que lleva una noticia importante y grande para todos los hombres. Una noticia singular. No es una teoría. No es una propuesta más. Anunciáis a una persona: Jesucristo nuestro Señor.
Sí. Anunciáis a este Dios que tomó rostro humano. Este Dios que nos ha enseñado a todos a sabernos entender a nosotros mismos y saber entender a los demás. Este Dios que nos ha dicho a nosotros que tomemos conciencia de que en esta tierra, en la que está este pueblo santo de Dios de la cual vosotros sois parte, camina cada miembro sabiendo que es hijo de Dios, que todos somos hijos de Dios, y que todos somos hermanos. Y que tenemos que crear la fraternidad en esta tierra y en este mundo, no de cualquier manera. No con las fuerzas de los hombres. Las fuerzas de los hombres, si vivimos con ellas, nos traen miedos. Como los apóstoles, nos hacen encerrarnos en nosotros mismos. Y sin embargo, si dejamos que arda nuestra vida por la fuerza del Espíritu Santo, crea una armonía tal en nuestra existencia y en la existencia del otro, que es hermano mío, y que tiene conciencia de que forma parte de la Iglesia, que lo único que le preocupa es entregar este amor de Dios, que es lo que se nos da en esta fiesta de Pentecostés.
A los apóstoles los entendían en su propia lengua. Había, como nos dice el libro de los Hechos, partos, medos, elamitas, venidos de Mesopotamia, de Capadocia, de Panfilia…, pero todos oían, escuchaban, les alcanzaba el corazón. Porque en el fondo, no era un lenguaje: era el amor mismo de Dios el que llegaba a ellos. Como veis, el Señor nos da un compromiso. Un mandato: Obedeced mi alianza. Sois mi pueblo. Sois una nación santa. Sois hijos de Dios. Mostrad a los hombres que un hijo de Dios es hermano de todos los hombres. Como nos dice el libro del Éxodo, el pueblo antiguo contestó a la propuesta de Moisés, cuando convocó al pueblo y a los ancianos y les expuso todo lo que había dicho el Señor: «haremos todo cuanto ha dicho el Señor». Y lo que dice el Señor se resume en muy pocas cosas: el Espíritu Santo que se nos ha dado resume todo. Llenaos del amor de Dios, de la fuerza del Espíritu Santo, y cambiará todo lo que existe.
En segundo lugar, el Señor nos habla de que tenemos una necesidad. Sí. Vivimos con una necesidad. Lo habéis escuchado en la segunda lectura que hemos proclamado de la carta del apóstol Pablo a los romanos: la creación entera sufre dolores de parto. Este momento que estamos viviendo, queridos hermanos, en toda la humanidad, es una manifestación del sufrimiento y de los dolores que el ser humano tiene. Y que tiene que encontrar salidas. Pero, fijaos, el apóstol nos hace caer en la cuenta de algo importante: nosotros poseemos las primicias del Espíritu. Poseemos las primicias del Espíritu. Hemos sido salvados en esperanza. Una esperanza que se ve, ya no es esperanza. ¿Cómo va a esperar uno algo que ve?. Esperamos lo que no vemos. Pero lo aguardamos porque el Señor nos lo ha regalado, nos lo ha prometido, está con nosotros, vive con nosotros, nos acompaña en nuestra vida, y nos dice que mostremos y regalemos la vida del Señor, que la introduzcamos en este mundo. Estamos viendo estos días, a través de los medios de comunicación social, los conflictos diversos, las revueltas diversas que existen en prácticamente todos los países del mundo. El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad.
Es urgente que el amor de Dios, que la fuerza del Espíritu Santo, la acojamos en nuestra existencia, porque el Señor nos la ha regalado para entregarla a todos los hombres. El deseo del Espíritu es precisamente que el amor de Dios lo experimenten todos los hombres. Y ese amor de Dios crea fraternidad. Crea preocupación de los unos por los otros. Crea armonía, no lucha. No lucha. Hay una necesidad. El Señor nos lo ha manifestado. Nos ha hablado de ese mandato que nos da. Y nosotros le decimos: «Haremos cuanto dices, Señor». Pero el Señor nos hace tomar conciencia de esta necesidad. De la fuerza del Espíritu Santo en medio de todos los hombres.
Y, además, el Señor es generoso. Porque nos hace una oferta, queridos hermanos. Una oferta, preciosa: «El que tenga sed, que venga a mí y beba», nos ha dicho el Evangelio. Hoy contemplamos a Jesús en el último día de la fiesta de los Tabernáculos, cuando puesto en pie gritó lo que acabamos de escuchar en el Evangelio: «El que tenga sed que venga a mí, el que crea en mí que beba». Estas palabras son para nosotros hoy, en este momento en que vivimos. «El que tenga sed que venga a mí, el que cree en mí que beba». Sí, la sed es el gran deseo de vivir que todos llevamos dentro, en lo profundo de nuestro ser. ¿Pero no lo estáis viendo? ¿ómo estamos en estos momentos en que hemos tenido muy cerca la muerte? ¿Cómo se manifiesta el deseo de vivir? Ahí se encuentra la aspiración más profunda del ser humano: la aspiración a vivir, a existir, en paz, en fraternidad; a crecer, a realizarnos como personas. Todos. Y todos a una. Esa sed que nos ha reunido aquí esta tarde, y que nos sostiene en nuestro camino. Dice un poeta, Luis Rosales: «solo la sed nos alumbra, aunque es de noche». Y la sed nos alumbra. Y esta sed de vivir, de existir, de crecer, de fraternidad, está en nosotros.
Habéis escuchado el texto del Evangelio, que comienza de una forma preciosa: «el último día, el más solmene de la fiesta». El último día tiene doble sentido aquí, en esta página del Evangelio. Por una parte, es el último día de la fiesta; y, por otro, es el día de la muerte y resurrección de Jesús. El último día es el día de la Resurrección del Señor. Ese, ese es el verdadero último día. El que todos vivimos. ¡Está resucitado! Y Él ha alcanzado para nosotros esa Resurrección. El tiempo humano está marcado por la Pascua. Está marcado por la Resurrección. No está marcado por hombres. No. Está marcado por Cristo, que hace vivir y hace que tengamos la solidaridad de la Resurrección, y que entreguemos lo mejor de nosotros mismos. Es una presencia en nuestra vida.
Y se puso en pie Jesús para decirnos: «si tenéis sed, venid a mí». Para comprender estas palabras hay que tener en cuenta que Jesús está haciendo referencia aquí a los ritos de la fiesta judía de Jerusalén. Cada día, por la mañana, se celebraba una procesión llevando al templo agua de la fuente de Siloé. Y durante el recorrido se cantaba esta expresión: «Sacaréis agua con gozo de la fuente de la salvación». Hay que entender este pasaje en que Jesús se presenta gritando y ofreciendo el agua del Espíritu, el agua de la vida. «Que venga a mí el que quiera, el que tiene sed». Equivale a darle nuestra adhesión a Él, en cuya persona están todas las esperanzas. Y nosotros, esta tarde, le decimos: «Señor, nos adherimos a ti. Nos adherimos a ti. Porque beber de ti significa recibir una nueva vida a través de tu presencia de amor. Y entrar en una relación contigo de confianza. Y entrar en una relación con los demás también de amor verdadero. No para utilizar al otro». Sentirse significa darse cuenta de que las instituciones, las cosas, nuestras compensaciones, no nos ofrecen el agua verdadera. El agua nos lo ofrece del Espíritu el Señor. El Señor.
Y la fe es un encuentro con Jesús. «El que cree en mí, de sus entrañas manarán ríos de agua viva». Ríos. Dice ríos, no río. Ríos, para indicar la abundancia. Cuando creemos en el Señor, cuando acogemos su Espíritu… porque la gracia del Espíritu cuando está en nuestro interior hace brotar vida más que cualquier fuente. Y no disminuye ni se seca. Con este Jesús nos queremos encontrar en esta vigilia de Pentecostés. Solo el Señor puede dar sentido a nuestro deseo. A esa sed que todo ser humano lleva dentro. Solo Dios puede dar sentido a nuestro deseo. A nuestro gran deseo de ser, de vivir. En el fondo, el Señor nos dice: «Mira, si tienes sed de vida, acércate a mí. Yo te ofrezco la vida plena». Por eso, que nosotros podamos decirle hoy al Señor: «Señor, tú eres la fuente deseada por todos los hombres». Qué maravilla.
Hace muy poco, cinco días, he encontrado a una persona que era de otra religión, no cristiana. Y un día, en la Eucaristía, iba con otra persona que la acompañaba, que era cristiana. En la Eucaristía, en la elevación, ella sintió algo especial, que no lo había tenido en la vida. Y era profundamente religiosa en su religión. Y ahora, esta tarde, se está bautizando. Esta tarde. Se está bautizando. Y se está confirmando. Después de un proceso.
Solo Dios puede dar sentido a nuestro deseo, queridos hermanos. Y ese Dios para nosotros tiene un nombre: Jesucristo Señor nuestro, que nos ha regalado su Espíritu, el Espíritu Santo, para que vivamos con esa armonía que da vida a nuestra vida y a todo lo que esté a nuestro alrededor. El Apostolado Seglar es esto: es tomar conciencia de que somos este pueblo. Este pueblo que estamos aquí reunido, una parte. Este pueblo que vive de la fuerza de nuestro Señor. Y que anuncia a Jesucristo con una manera de ser, de estar junto a los demás, de vivir, de buscar la paz, de construir la fraternidad, de alcanzar la dignidad de todos los hombres. Este pueblo que tiene necesidad, para poder hacerlo, de unirse cada día más y más a Jesucristo nuestro Señor. Como esta tarde lo hacemos aquí nosotros, y otros muchos como nosotros en tantas partes de la tierra, celebrando la venida del Espíritu Santo. Que el Señor os guarde siempre. Amén.
Querido don José Antonio, rector de nuestro Seminario. Queridos formadores. Queridos seminaristas:
Para mí hoy es un día… No os podéis imaginar qué contento estoy desde esta mañana, que ya empecé a rezar por vosotros y a preparar la homilía, que no sé cómo saldrá, pero la he preparado y la he rezado. ¿Por qué? Porque hacía mucho tiempo que no estaba con vosotros, y para mí siempre, tanto vosotros como los que han hecho el curso propedéutico, pues estáis permanentemente en mi vida, en mi corazón y en mi oración.
Es verdad que a todos nos ha afectado esta pandemia, a algunos nos ha afectado más que a otros, y hemos tenido que estar más escondidos en la medida de lo posible, aunque ciertamente a veces los demás no lo hemos hecho mucho.
Pero este es un momento también para renovar y reanudar nuestro encuentro. Un momento importante, cuando vais a recibir los ministerios. Esto que nos ha dicho el Señor en el salmo 102, que hemos rezado juntos. El Señor nos invita a bendecirle: «bendice al Señor alma mía». Y nunca olvides todo lo que el Señor ha hecho y hace por nosotros. Todos los que estamos aquí no estamos por pura casualidad. No estamos ni por una decisión personal… es verdad que al final le decisión la hemos tomado, pero porque nos invitó el Señor a realizar una tarea. A vosotros os llamó al ministerio sacerdotal, y os estáis preparando para ello. A los que vais a recibir los ministerios, es un paso importante en vuestra vida. La Iglesia os va a regalar unas tareas que os van a ayudar también en vuestra existencia si tomáis estos ministerios y los asumís en vuestro propio corazón.
No olvidemos los beneficios del Señor nunca. Está grande con nosotros. Y, además, el Señor siempre se levanta para darnos la mano. Para regalarnos su bondad. Para alejar de nosotros el mal. Siempre. De formas muy diversas, el Señor lo expresa y lo manifiesta. Porque, en definitiva, no solamente nosotros lo bendecimos, y reconocemos que nos entrega su bondad y aleja de nosotros todo mal. Sino porque el Señor además lo hace porque es dueño y soberano de todo lo que existe.
Qué importante es esto para todos nosotros. Y para vosotros, este día. Qué importante. Este día especial, donde el Señor hace maravillas en nuestra vida. Desde ti, Gleison, Antonio, Carlos, Pablo, Maxi, Jorge, Jesús, Ignacio, Francis (es que uno tiene que recordar las cosas, que lleva mucho tiempo sin nombraros), Esteban, el otro Esteban –aquí como en el Evangelio, el otro Esteban–, Quique (Enrique) y Diego. Yo creo que es un día precioso para nosotros, en este final de mayo donde la Santísima Virgen María ha estado tan cerca de nosotros, de todos nosotros, de toda la Iglesia. En estas vísperas para terminar este mes de mayo. Es muy importante que el Señor se acerque de esta manera aquí, a nuestro Seminario. Y se acerque a vosotros para regalaros un ministerio especial que os ayude a fraguar vuestra vida para ser futuros sacerdotes.
Como hago casi siempre, yo os diría tres expresiones que sintetizan la Palabra que el Señor nos regala hoy a nosotros. Sed noticia, en primer lugar. Sed noticia. No cualquier noticia. Sed noticia. En segundo lugar, dejaos conquistar el corazón. Y, en tercer lugar, realizad la misión. Con todas las consecuencias que esto tiene. Tres expresiones que, como veis, resumen lo que la Palabra, lo que el Señor, nos ha dicho a nosotros en el día de hoy: que seamos esa noticia, pero para serlo hay que dejarse conquistar el corazón. y lanzarnos a la misión. Lo nuestro es la misión. Anunciar a Jesucristo Nuestro Señor.
¿Qué significa para nosotros ser noticia? Os habéis dado cuenta en esta lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles cómo Pablo fue noticia. Y fue noticia por lo que decía, por lo que hacía, por lo que verbalizaba, pero sobre todo también por cómo mostraba con su propia vida la cercanía que tenía con nuestro Señor Jesucristo y la misión que en nombre del Señor realizaba. Así lo reconoce en aquellos días el rey Agripa para cumplimentar a Festo. Y así lo reconoce Festo cuando le dice al rey: «el caso de Pablo». Una noticia se multiplica, se da a conocer, cuando de verdad tiene su importancia. Un pobre hombre, un judío, que había sido perseguidor de nuestro Señor, y de sus discípulos sobre todo. Un judío que había participado en la matanza de Esteban. Un judío que un día, en el camino de su vida, se encuentra con nuestro Señor Jesucristo. Como nos dice la Palabra de Dios, fue derribado. Pero fue derribado para ser conquistado por el Señor. Sí. Para que fuese noticia de Jesús en medio de este mundo.
Por eso, Festo le dice al rey: «el caso de Pablo». «Tengo aquí un preso. Un preso que ha dejado Félix, cuando fui a Jerusalén. Y los sacerdotes y los ancianos presentan acusación, y quieren que lo condene». César respondió que no es costumbre de los romanos hacer esto. Ceder así a un hombre por las buenas. Tiene derecho a defenderse. Pero fijaos qué bellísima es la expresión. La defensa de Pablo no es con palabras: es con su propia vida. Con su propia existencia. En lo que hace, en lo que entrega, en lo que sirve, en lo que ama. Esta es la defensa de Pablo. Cuando los acusadores, dice Festo, tomaron la palabra, no adujeron ningún cargo grave. «Se trataba de ciertas acusaciones acerca de su religión, y de uno, un difunto, que se llama Jesús».
Qué bonito es leer esto. Menudo difunto. Dios mismo que ha venido a este mundo, que ha vencido a la muerte, que ha pasado por todas las situaciones por las que pasa el ser humano, y que ha resucitado. De este, o a este, quiso Pablo dar noticia a todos los hombres. Y de este Jesús es del que vosotros, también, queréis dar noticia. Y dedicar vuestra vida entera a anunciar a nuestro Señor en los lugares que sean. No escojáis lugar. Donde os envíen. Lo importante es tener la convicción que allí donde esté un ser humano, yo tengo que ser noticia viva de un Jesús que ha resucitado. Que ha vencido la muerte. Tengo que ser noticia viva de Él.
¿Veis? Un preso, decía Festo. Un preso. «Le tengo en la cárcel». Le acusa. La acusación fundamental es que habla de Jesús. De un difunto. Queridos hermanos: hoy se necesitan más que nunca hombres, mujeres, que anuncien explícitamente a nuestro Señor Jesucristo. En un cambio de época que estamos viviendo ya. En un cambio de época en el que vosotros habéis visto cómo un virus pone en cuestión a toda la humanidad. A toda la humanidad. La pone en jaque. Y aquí, un 29 de mayo, en el Seminario Metropolitano de Madrid, un grupo de jóvenes le dice al Señor que acepta esos ministerios que hoy le entrega. O que la Iglesia en su nombre les entrega. Para ser noticia. Para prepararse para ser esa noticia, identificándose con nuestro Señor a través del ministerio sacerdotal.
Sed noticia. No olvidéis nunca esto. Estáis llamados para dar la noticia de Jesucristo. No es una teoría: es una persona.
Y, por eso, en segundo lugar, es muy importante que os dejéis conquistar el corazón por Él. Es muy importante. Lo habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado de san Juan. Donde Jesús, después de estar con los discípulos comiendo, se dirige a Pedro. Como esta tarde se dirige el Señor a cada uno de nosotros, a través de esta palabra. Y no lo hace para poner rivalidad entre los discípulos. No se trata de eso. A los demás les quiere decir lo mismo. No se trata de una rivalidad, o de poner enfrentamiento entre ellos. Sino que se trata de hacernos ver cómo Jesús quiere conquistar nuestro corazón. «Simón, ¿me amas más que estos?». Diego, Quique, Esteban, el otro Esteban, Francis, Ignacio, Jesús, Jorge, Maxi, Pablo, Carlos, Antonio… Se trata de esto. El Señor quiere conquistar nuestro corazón. ¿Me amas? ¿Me amas?. No quiere poner rivalidad a vosotros con todos los que estamos aquí. Pero ciertamente el Señor se dirige a todos con su palabra. Pero se dirige a cada uno de nosotros. ¿Me amas?.
Pedro, con la nobleza que le caracterizaba, responde al Señor: «sabes que te quiero, Señor. Tú sabes que te quiero». Qué bonito es esto. Qué bonito. Porque, para ser noticia, hay que dejarse conquistar el corazón por Cristo. Porque la tarea que nos da es una tarea impresionante: es la tarea más bonita. Pero, ¿sabéis lo que es ser sacerdote en una nueva época? ¿En esta? ¿Sabéis lo que es que Jesús hoy os vaya diciendo, a todos los que estamos aquí nos vaya diciendo: apacienta? Apacienta. Es decir: cuida. Dales de comer. Ayúdales. Dales la mano. Fortaléceles. Entrega lo más necesario. ¿Sabéis lo que es esto? ¿Que el Señor nos elija para esto? Para apacentar. Pero, claro, si no nos dejamos conquistar el corazón, daremos nuestro alimento. Lo que a nosotros nos conviene.
Vamos a celebrar mañana, vísperas ya, la vigilia de Pentecostés. Y el domingo, Pentecostés. A mí me impresiona algo siempre en Pentecostés, pero quizá con los años me va impresionando más: que el Espíritu Santo, cuando lo recibimos y dejamos que entre en nuestra vida, nos da una armonía tal a nosotros, y junto a los demás, a los que viven con nosotros, una armonía que cambia todo. Recordad a los apóstoles. Los apóstoles, antes de venir el Espíritu Santo, estaban encerrados en una estancia. Y, dice el Evangelio, que lo oiremos el domingo: por miedo a los judíos. Tienen miedo. Santo Tomás dice que el miedo es la turbación de la mente. Es la turbación ante algo que nos acontece y nos pone en cuestión. Es la turbación de la mente ante el temor de un peligro inminente y futuro que nos amenaza fundadamente. Ellos creían que esto se terminaba. Y los discípulos, encerraditos. Con miedo.
Y, cuando viene el Señor, y les regala su Espíritu, aquellos hombres cambian totalmente. Salen a las plazas. Empiezan a hablar. Les entienden todos. Porque llevaban una fuerza en su interior. Y un lenguaje que es el que entiende todo hijo de vecino. Llevan el lenguaje del amor mismo de Dios manifestado por el Espíritu Santo. Entregan el amor de Dios. Y la gente lo experimenta. Y les entienden. No es posible hacer esto sin dejarnos conquistar el corazón. Dejémonos conquistar el corazón.
A Pedro le pregunta el Señor otra vez: «¿Me amas, Simón, me amas?». Y ahora le dice otra palabra: pastorea. Pastorea. No solamente eso, sino estate con ellas. Al lado de los hombres. No seas extraño a los hombres. Oye: vais a ser sacerdotes. Bueno: estáis para estar entre la gente, ¿eh? Esa es la vocación a la que os llama el Señor. Para estar entre la gente. Para darles la mano. Para, incluso sin decir nada, con vuestra vida, dar orientación, dar dirección, mostrar caminos.
«Tú, Señor, tú sabes que te quiero». Haced este propósito: que todos vuestros estudios de teología sean, por supuesto para aprender, pero sobre todo para dejaros conquistar el corazón. Que la teología que estudiéis, los estudios que realicéis, no sean solo para saber más. Más cosas, que por supuesto lo sabemos. Hacer un estudio de la teología de rodillas, como dice san Agustín. Hace muchos años, no sé si os lo he contado ya, cuando se hizo la primera ratio para los seminarios en España, yo entonces era rector de Seminario y me pidieron para una revista de la Conferencia entonces que hiciese un artículo sobre el estudio de la teología en los seminarios. Y recuerdo – yo ya no sé dónde estará, estará, porque está la revista por ahí pero no sé dónde estará–, que hablaba precisamente de esto: estudiarla de rodillas, para dejarnos conquistar el corazón. Porque si no, seremos muy sabios, pero no seremos noticia: seremos de esa gente que dirán «sabe mucho», ¿eh?, pero... Ese pero es lo malo. Que digan «pero…». Sabe mucho, ¿eh? ¿Pero se le nota en su vida? ¿En su manera de atendernos? ¿De mirarnos? ¿De ayudarnos? ¿De estar con nosotros? ¿De no olvidarnos? ¿De gastar la vida por nosotros?…
«Apacienta a mis ovejas». Dejaos conquistar el corazón. Sed noticia. Pero, para serlo, hay que dejarse conquistar el corazón.
Y, en tercer lugar, para hacer la misión. Yo no dejo conquistar mi corazón para… Lo tengo para una misión. Es la misión que aparece aquí en tres palabras: apacienta, pastorea, sígueme. Tres palabras. Pastorea, apacienta, sígueme. Cuida, da de comer. Pero hazlo siguiendo mi estilo de vida, mi manera de ser y de hacer.
Pues bueno: que el Señor os bendiga. Yo hoy disfrutaba mucho preparando estas palabras que os he dicho. Porque me parece que es como si el Señor hubiese querido escoger este encuentro después del coronavirus, de la pandemia, para estar con vosotros. Y para deciros una vez más lo que permanentemente os estoy diciendo desde que me conocéis. Sí: dejaos de verdad. Habéis entrado al Seminario para ser noticia. Pero de las buenas. Esa noticia de unos hombres que, como Pablo, se dejan conquistar el corazón; y como Pedro. Que dan la vida por nuestro Señor donde sea. Que no ponen límites a su entrega. Que no ponen condiciones a su entrega. Y lo hacen, además, dejándose conquistar ese corazón. Al fin y al cabo, el proceso del Seminario es este: dejarnos conquistar el corazón.
Estoy seguro de lo bien que lo han aprendido los que han hecho este año el primer curso nuestro, propedéutico. Es el primer año que hacemos esto. Y qué bien han sentido que la misión que tenemos no solamente se realiza porque sepamos muchas cosas, porque hagamos estrategias de no sé qué tipo… No. No. La misión se realiza porque estamos dispuestos a apacentar. Estamos dispuestos a pastorear. Y estamos dispuestos sobre todo a seguir las huellas de nuestro Señor.
Este Jesús que se hace presente aquí, en el altar, dentro de un momento. Este Jesús que os va a dar estos ministerios ahora a través de mi. Pero es el Señor el que os regala, a través de la Iglesia, estos ministerios. Escuchad bien: dejaos interpelar siempre por la Palabra. Guardad la Palabra en vuestro corazón. Decidíos por estar muy cerca del altar del Señor. Sí. Cuidando y viviendo la experiencia de su presencia real entre nosotros, porque no nos ha abandonado. Sigue con nosotros para siempre.
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