Eminencias, excelencias, venerables, queridos amigos:
¡Qué agradable y saludable es construir la paz! ¡Qué bien queda el corazón humano cuando nos dedicamos a construir puentes y no a poner muros! ¡Qué importante es tomar decisiones claras y apostar por la cultura del encuentro! Y por ello desechamos las armas que lleven al desencuentro, a la ruptura, a la violencia, al descarte entre los hombres. Para todos nosotros, estos días vividos en Madrid han sido un regalo, pues poder expresar lo que hace posible ayudar a dar vida, a darnos la mano, a poder ser protagonistas de una lucha activa desde el diálogo y el encuentro, evitando y luchando contra la división, las rupturas, los enfrentamientos, la violencia, la discriminación, la guerra, esto es y ha sido un regalo. Hemos vivido y nos hemos animado a no ser islas, a no sembrar prejuicios, enemistades o condenas, hemos querido sembrar semillas de paz. Salimos de aquí con un título, «sembradores de paz», allá donde estemos, en las tareas y responsabilidades que tengamos.
La misma pregunta que Dios hizo a Caín ante el asesinato de Abel, sigue siendo necesaria que nos la dejemos hacer nosotros: «¿Dónde está tu hermano?». La globalización de la indiferencia que nos cierra en nosotros mismos hace que la respuesta a esta pregunta tenga la misma respuesta que tuvo él: «No lo sé; ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?». La humanidad lleva inscrita la vocación a la fraternidad, por ello la importancia de este encuentro, que nos hace caer en la cuenta de que ser «sembradores de paz» es una exigencia de quienes no estamos dispuestos a olvidar el proyecto de quien nos creó, la vocación originaria de ser hijo y hermano.
Todos nosotros, deseamos comprometernos y buscar por todos los medios, hacer comprender que la fraternidad es el fundamento y el camino para la paz. Se me ocurre regalaros estas bienaventuranzas al finalizar este encuentro. He creído que han sido realizadas estos días por todos nosotros, yo solo las trascribo y pongo en palabras lo que está en vuestro corazón:
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