Queridos hermanos sacerdotes. Vicarios episcopales. Miembros de la vida consagrada. Queridos hermanos y hermanas.
La Iglesia ha querido que esta fiesta de la Inmaculada Concepción estuviera presente en el marco de este tiempo de Adviento que nos prepara para la celebración de la Navidad. La Madre de Dios en esta fiesta de la Inmaculada Concepción tiene una fuerza singular para todos, pero alcanza en la tradición de la vida cristiana en España una fuerza extraordinaria que sigue animando a quienes formamos parte de la Iglesia. La Santísima Virgen María nos anima y nos alienta, nos impulsa a descubrir en nuestra Madre en ella el lugar que le corresponde en la Iglesia. Ella es figura y modelo de la Iglesia. Es la primera creyente. Es la primera discípula misionera. La que una vez que dijo a Dios «hágase en mí según tu palabra», realiza el camino de salir y entregar lo más significativo de un creyente: mostrar con obras el rostro de un Dios que se acerca a la historia concreta de los hombres, y hacernos ver que lo más valioso y donde alcanza la plenitud el ser humano es cuando nos ponemos en manos de Dios, llevando a Dios, dejando ciertamente ocupar la vida entera por Dios, que es quien hace posible que el ser humano sienta y perciba la vida de un modo nuevo. Ella hizo saltar de gozo a un niño que no había nacido; porque llevaba a Dios; y le hizo saltar en el vientre de Isabel, la prima de María; e hizo prorrumpir a Isabel en reconocer que lo más valioso para el ser humano y para construir la humanidad es fiarse de Dios. «Dichosa tú que has creído, que lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».
Hermanos y hermanas: estamos celebrando en Madrid un Año jubilar Mariano. Pasan por esta catedral, que es santuario de la Virgen, creyentes de todos los lugares de España y del mundo. También hombres y mujeres que no creyendo visitan esta catedral. Y lo que más miran siempre es a nuestra Madre. Madre de todos los hombres. Y es que María vive en el corazón del pueblo. Y el pueblo admira a quien ha dejado memoria en el alma y en el horizonte de nuestra historia. Nuestra cultura está marcada por el corazón. Somos creados para la amistad, para el afecto, para la fraternidad, para construir este mundo como una gran familia: la familia de los hijos de Dios. Somos un pueblo que se caracteriza por su sensibilidad y por la gratitud a quien nos une a todos, la Madre. Madrid es una ciudad que ha sido capaz de hacerse habitable con hombres y mujeres venidos de toda España, y hoy de todos los países de la tierra. Pero hay una singularidad especial, pues la Madre, la Virgen María, nos da las mismas resonancias filiales y aún con mayor intensidad que las que nos dieron y nos dan nuestras madres cuando nos llaman hijos. Y por ello venimos a ver el rostro de nuestra Madre. Entre nosotros es muy difícil no ver a muchos que pasan por aquí venidos de todos los lugares del mundo sin hacer un saludo a quien mostró el rostro de Dios. Y, en esta advocación de la Inmaculada Concepción, venimos nosotros a hacerlo.
Hermanos y hermanas. La Inmaculada Concepción. Ella muestra sin reparos los rasgos fundamentales que hemos de tener también nosotros. Que yo concentro en ocho grandes bienaventuranzas que nos da la Santísima Virgen María, que nos acerca precisamente en esta fiesta de la Inmaculada Concepción:
Queridos hermanos y hermanas: en esta fiesta de la Inmaculada, acoged su fe, acoged su amor, acoged su sencillez, acoged su humildad, acoged su obediencia, acoged su debilidad, acoged su fortaleza. Acoged el manteneros en pie frente a todas las circunstancias que puedan llegar a nuestra vida, mirando de frente a Dios.
Pues desde estas bienaventuranzas, queridos hermanos y hermanas, que nos dan un rostro de la Santísima Virgen María, quiero acercar hoy a vuestro corazón tres realidades que la Palabra de Dios nos ha mostrado cuando la hemos proclamado. Que si las acogemos nos ayudan a vivir estas bienaventuranzas:
Queridos hermanos y hermanas: junto a Jesucristo, que se va a hacer realmente presente en el misterio de la Eucaristía, con la oración mariana más antigua que conoce la Iglesia, todos nos volvemos hacia la Virgen María para decirla: Eres el gozo, eres la gloria, eres el honor de nuestro pueblo. «A tu amparo y protección, Madre de Dios, acudimos. No desprecies nuestras súplicas. Y de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita, defiéndenos siempre a tus hijos».
En la celebración de la Eucaristía, te decimos Madre que nos dejaremos interpelar por Dios. Que nos atreveremos a vivir como hijos de Dios. Y nos decidiremos a descubrir que todos los que se acerquen a nuestra vida son mis hermanos. Y responderé como tal a quienes se acerquen. Y dejaré que lleguen a mi corazón las palabras que llegaron al tuyo: «Alégrate. El Señor está contigo». Amén.
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