Hermanos y hermanas:
Es una gracia para mí el poder estar con vosotros en este día en que iniciáis la apertura del curso del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial. Y es alegría porque, de alguna manera, acogéis también en el trabajo que realizáis, especialmente importante en la vida y en la convivencia de todos, el poner la luz que nos entrega nuestro Señor Jesucristo, y que acabamos de repetir todos juntos en el salmo 5 que hemos recitado cuando decíamos todos «Guíame con tu justicia».
Hay diez tareas de este salmo que acabamos de expresar que nos afectan de una manera especial. No a la maldad. Porque son tareas de la justicia que embellecen la convivencia. Nos decía el salmista: no a la maldad; no a dar sitio al mal en ningún lugar; no a quien mira por encima al otro, sino que lo mira reconociendo su dignidad; no a los malos hechos; no a la mentira; no al que hace sangre con su hermano; no al que traiciona y vive en la mentira. Y sí a los que te acogen: acogen tu justicia, acogen tu luz. Protégelos. Y protege a quienes buscan el gozo de la verdad y aman la justicia. Estas diez tareas son las que embellecen vuestra vida, y las que vais buscando en vuestro trabajo.
Y yo le agradezco al Señor hoy, en esta celebración de la Eucaristía, con la que comenzáis este momento importante de vuestra vida y de vuestro trabajo, el que lo hagáis también en nombre de tantos que trabajan en este campo; y lo hagamos aquí, en torno al altar de nuestro Señor Jesucristo.
Tres cosas os quiero decir, sencillamente: en primer lugar, vivir en la verdad es lo que busca la justicia, al fin y al cabo. Es lo que nos ha dicho el Señor en la primera lectura, a través del apóstol Pablo, que acabamos de escuchar. Hay que barrer la levadura vieja: la de la mentira, la de la injusticia, la de no buscar la verdad, la de no situar a cada uno en el lugar que tiene que estar, la de no dejar que nadie se aproveche… Vivir en la verdad es lo que busca siempre la justicia. Es lo que nos decía el apóstol Pablo. Y nos animaba a barrer la levadura vieja. Para ser una masa nueva. Para ser esa masa que acoge esa levadura nueva que nos da y nos ofrece nuestro Señor Jesucristo. Él es nuestra Pascua. Es el hombre nuevo. Unidos a Él, somos también nuevos nosotros. Y asumimos la novedad que aparece en el Evangelio. Él es la luz que nos ayuda a ver mejor la verdad y lo que es justo. Porque Él mismo, en persona, expresa lo que es la justicia. El justo que nos hace ver lo justo.
En segundo lugar, el Señor nos invita a descubrir que no hay días especiales para practicar la justicia. Todos los días de la vida son para practicar la justicia. Qué hermoso ha sido el Evangelio, porque son las lecturas que hoy se proclaman en toda la Iglesia, en la Iglesia universal, y son las que he querido mantener para la celebración de hoy. Qué belleza y qué hermosa es esa lectura cuando un grupo de gente estaba intentando pues «pescar» a nuestro Señor, curando a una persona en sábado. Y el Señor, lo que muestra y lo que nos dice, curando a ese hombre, es que todos los días hay que practicar la justicia. Todos los días de la vida son para ello. Y el Señor ilumina también vuestra existencia y vuestra vida. El sábado, ante la situación grave de un hombre, ante el acecho de aquellos escribas y fariseos, el Señor quiere hacer ver a todos que todos los días son buenos para curar al ser humano y para entregar lo que se merece el ser humano. Levántate. Ponte en medio. Y haz la pregunta de aquella gente: ¿qué está permitido en sábado, hacer el bien, hacer la justicia, o hacer el mal?. La respuesta fue callarse, porque sabían que Dios siempre quiere que hagamos el bien, a todas horas y en todo tiempo.
Y en tercer lugar, queridos hermanos y hermanas, hagamos justicia siempre y amemos la justicia. La expresión de Jesús cuando le dice a aquel hombre: extiende el brazo. Aquel hombre queda restablecido. Sí. Aquel hombre ansía. Y tiene ansias: ansía la justicia, y tiene ansia de vivir la curación, de poder estar restablecido, de poder estar viviendo con toda intensidad su vida. Jesús hace posible que la curación venga sobre ese hombre. Que la verdad de lo que es el ser humano resplandezca con toda intensidad en aquel hombre.
Pues queridos hermanos y hermanas: a todos los que trabajáis en este mundo de la justicia, os deseo que esas tareas que embellecen la vida y la historia, que nos decía el salmo 5, estén en vuestra vida y en vuestro corazón, y en todo vuestro trabajo. Deseo con sinceridad que vivamos siempre en la búsqueda de la justicia, que al fin y al cabo es buscar la verdad. Que tengamos la seguridad de que no hay días especiales para practicarla. Todos los días son para ello. Y que hagamos y amemos siempre, como lo hacéis, la justicia.
Que el Señor os bendiga. Y que la presencia de Jesucristo nuestro Señor en este altar sea también un aliento para descubrir en el justo la verdad de lo que tiene que hacer nuestra vida por la profesión que tenéis.
Hacéis un bien grande a los hombres. Tened la seguridad de que la convivencia, la cultura del encuentro que estamos llamados a realizar, se realiza siempre en la verdad y en la justicia. Y de eso tomáis vosotros parte activa.
Que el Señor os bendiga. Amén
En presencia de nuestro Señor Jesucristo, a quien adoramos, y de quien hemos escuchado esta Palabra que es la que se va a proclamar este próximo domingo, le decimos: gracias por darnos un nuevo curso. Después de un tiempo y de unos meses en que no nos hemos reunido, volvemos a juntarnos aquí, en nombre de todos los jóvenes que viven en Madrid, en torno a Jesucristo. Les traemos a todos. Quisiéramos que con nosotros estuviesen todos. Pero el Señor también se las arreglará para tocar el corazón y para poder decirnos y decir a cada uno lo que hace un momento escuchábamos en el Evangelio: efetá. Ábrete del todo. Abre tu vida. Abre tu vida a los demás y abre tu vida a Dios.
Yo quisiera resumir lo que os voy a decir en esta catequesis de este primer mes del nuevo curso en tres palabras: encerrados, salvados, reconocidos.
Sí. Es verdad que, a veces, el ser humano está cerrado. Lo mismo que Jesús atravesaba la decápolis -que es la actual Siria, o Jordania-, lugares de máxima actualidad en estos momentos de la historia, y le presentan a un hombre que tenía cerrados el oído y la lengua. Este hombre era esclavo de su propia sordera. No logra entender lo que dicen. Y no puede decir lo que quiere. Por eso, él vive encerrado en sí mismo. Como alguien incapaz de escuchar y de hablar. Sin poder conversar con los demás. Es lo más triste que hay. Y cuidado que se han inventado cosas en estos años: aparatos para oír mejor…, Pero no es ese el problema, queridos amigos. No es ese el problema que nos plantea Jesús esta noche y que, con su presencia quizá nos lo hace entender mejor. Jesús nos habla que el ser humano tiende a cerrarse en sí mismo. Y tiende a mirar para sí mismo, y a dejar de mirar para los demás. Y tiende a escucharse a sí mismo, y lo que él necesita. Pero a veces no escucha las situaciones que tienen los demás. Y, además, porque se da ese encierro, no se comunica, no dice palabra; porque Dios nos ha dado un modo de comunicarnos, que es poder hablar, poder conversar, poder decirle algo al Señor.
¿No os habéis dado cuenta de que todos, en algún momento de nuestra vida, hemos estado encerrados? ¿No os dais cuenta de que a veces, en estos momentos mismos, podemos cerrarnos a los demás? Podemos ver solamente y conversar con aquellos que nos va bien y nos conviene. Pero no escuchamos y conversamos con otros. Y, por supuesto, muchas veces prescindimos de Dios. Le arrinconamos. Él, que como podéis ver no solamente estuvo entre nosotros y vivió con nosotros hace 21 siglos, haciéndose hombre y viniendo a esta tierra a través de esta mujer excepcional que este año, para nosotros, adquiere una importancia especial, cuando estamos celebrando el Año Jubilar Mariano aquí, en la catedral. Esta mujer que dijo a Dios sí, quiso comunicarse con Dios y quiso comunicarse con los hombres, y regaló lo mejor de sí: puso su vida a disposición de Dios y a disposición de los hombres.
Sí. Encerrado. Yo estoy seguro de que si pudieseis hablar ahora aquí – es que somos muchos-, y pudiésemos contar si alguna vez en nuestra vida hemos estado encerrados hacia los demás… vemos a los que nos interesa, pero no vemos a toda esa gente que a veces está pasando necesidades, que no tiene qué meter que meter en su estómago, que no tiene un lugar donde dormir esta noche… Pero, sobre todo, cuando nos cerramos a Dios. A un Dios que ha venido a visitarnos, que ha querido estar con nosotros, que se ha hecho hombre. Que, además, quiere prolongar su presencia en medio de nosotros a través del misterio de la Eucaristía. Y por eso nosotros lo ponemos en el centro. Él, prolongando su estancia y su comunión con nosotros, en el misterio de la Eucaristía. No ha querido abandonarnos. Se hace realmente presente. Y nosotros encerrados…
En segundo lugar, otra palabra: salvados. Salvados. Le piden al Señor aquellas gentes que le imponga las manos. Es un gesto de transmisión de la fuerza vital de Jesús. Y Jesús, en vez de imponerle la mano, le mete los dedos en los oídos, y con la saliva le tocó la lengua. ¿Sabéis? En la antigüedad - es una manera de decirnos esto que os voy a contar-, en la antigüedad uno sabía si uno había muerto o no cuando dejaba de tener saliva. Y por eso Jesús utiliza este gesto de su saliva: su vida, meterla en la vida de quien está sordo, de quien no escucha, de quien está cerrado a Dios y a los demás. Y esta noche, ¡qué maravilla! Viene Jesús aquí con nosotros, está entre nosotros, y quiere entrar en tu corazón, quiere entrar en tu vida, quiere que tengas voz, quiere que tengas oído, quiere que escuches las necesidades de los demás, quiere que organices tu vida no desde cualquier palabra sino desde la palabra de Dios.
Meter los dedos en los oídos quiere decir que Jesús tiene que vencer la fuerte resistencia que nosotros tenemos para escuchar de verdad a los demás. Y tocar la lengua con su saliva es signo terapéutico, es signo íntimo de fuerza personal del ser humano, de la presencia de alguien que cura, que vincula. Curar con saliva es curar con la propia vida. Es la vida de Jesús la que entra en nuestra vida.
¡Qué maravilla, queridos hermanos! Hemos venido aquí todos, empezando por vuestro cardenal, hemos venido aquí, esta noche… También yo me encierro, no creáis que no. No estamos libre ninguno. ¿O qué creéis, que yo no me confieso? Todas las semanas. Porque a veces no veo que yo haga lo que tengo que hacer por vosotros. Yo no puedo guardar mi vida para mí. Yo no he venido a Madrid a veranear: para eso me quedaba en mi tierra, Santander. He venido a dar la vida. Y a veces veo que guardo. La guardo para mí en vez de dárosla a vosotros, y la guardo también a veces para mí en vez de dársela al Señor. Y es de Él. Es el que me orienta a darla por vosotros. Pero os pasa igual a vosotros. Bien. Pero resulta que esta noche hemos venido aquí y está el Señor entre nosotros. Y viene a salvarnos. Viene a recuperarnos. Viene a meter su vida en nuestra vida. Viene a decirnos: rema mar adentro, no tengas miedo, adelante, sígueme, que no te engaño. Y te doy lo más grande que un ser humano puede tener: mi amor, mi entrega, mi fidelidad.
Y, en tercer lugar, reconocidos. ¡Qué maravilla! Reconocidos. ¿Sabéis cómo nos reconoce? ¿Cómo reconoció a aquel hombre? Mirando al cielo Jesús, suspiró y le dijo a aquel hombre: efetá. Ábrete. Mirando al cielo. El cielo es el origen. Es la fuerza de la fuerza de Jesús. La fuerza que viene de arriba. Y es la fuerza que quiere meter en nuestra vida el Señor. Y ese suspiro que Jesús deja escapar en el momento de tocar los oídos del sordo nos revela que Él se identifica con los sufrimientos de la gente, que participa de la desgracia de los hombres, que se hace cargo de nosotros. Tanto cargo, que nos reconoce. Efetá. Ábrete. Y no nos abrimos por nuestra fuerza, sino nos abrimos con la fuerza de Jesús. Porque, quizá, como os decía, antes hemos venido cerrados. El Señor nos salva. Nos salva. Nos impone las manos, nos mete los dedos en los oídos, la saliva en nuestra boca, nos da su vida. Y nos reconoce. Efetá. Ábete. Ábrete a mí. Y si te abres a mí, necesariamente tienes que abrirte a los demás. Porque en el prójimo está Jesucristo. Y no en el prójimo que se parece a ti. No en el prójimo que te da la razón. Tue también está. Pero está en el que no te da la razón, en el que es contrario a ti, en el que te pone dificultades, en el que te pone la zancadilla. A ese también le tienes que decir: efetá. Dar la vida de Jesús.
Encerrado. Salvado. Reconocido. Recordad esto. Estas tres palabras. Y Jesús viene esta noche para decirnos: efetá.
Amén
Sede central
Bailén, 8
Tel.: 91 454 64 00
arzobispado@archidiocesis.madrid
Cancillería
Catedral
Bailén, 10
Tel.: 91 542 22 00
informacion@catedraldelaalmudena.es
catedraldelaalmudena.es
Medios de Comunicación Social
La Pasa, 3, bajo dcha.
Tel.: 91 364 40 50
Departamento de Internet
C/ Bailén 8
webmaster@archidiocesis.madrid
Servicio Informático
Recursos parroquiales
Tel. 911714217
donativos@archidiocesis.madrid