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Queridos hermanos y hermanas todos:

Acabamos de recitar juntos ese salmo 26 diciendo todos «el Señor es mi luz y mi salvación». Y a través del salmo hemos podido experimentar en nuestra propia existencia palabras como estas: esperanza, confianza, valentía, entrega confiada, cuando tú quieras… Son palabras que hemos repetido con el salmo, pero a la hora de elegir las lecturas de este día a mí me parecía que son palabras del padre Garralda.

Bastaría, para todos los que estáis aquí, la homilía que es su propia vida; no necesitaría más explicaciones, quizá esta Palabra del Señor. Es verdad que cuando os digo esto es una persona a la que yo admiré siempre, sin haberle conocido hasta que llegué aquí a Madrid, le había conocido en otros lugares antes pero una vez solamente, y pude comprobar esto que acabamos de escuchar. Él esperaba gozar del Señor, sentía y percibía que Él era la luz y la salvación de los hombres, y no temblaba por ninguna circunstancia. Acometía todas con entrega confiada porque lo que lo que para él era fundamentalmente buscar siempre habitar en la casa del Señor y hacer posible que este mundo fuese habitable para todo, especialmente para los más pobres y para lo que más necesitaban.

Por eso el salmo al final nos habla de cómo el salmista le dice al Señor: «Cuanto tú quieras, Señor». Es así como ha vivido, su vida es memoria, memoria agradecida al Señor por haber conocido a este sacerdote jesuita, por hacer una oración también por el padre Garralda para ponerle en manos del Señor, poner su vida en manos de nuestro Señor.

Pero yo quisiera esta tarde deciros tres cosas que las hemos escuchado en la Palabra de Dios.

En primer lugar el Señor nos anima a gastar la vida por los hermanos sabiendo que esta vida es de Dios. Y nos invita a hacerlo desde una manera de entender la vida, como acabamos de escuchar en la primera lectura de este texto de la Carta a los Romanos. Qué bien han sonado en este templo y estando detrás la imagen del padre Garralda “ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo”. Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos también morimos para el Señor. Gastar la vida, queridos hermanos, por los hermanos, por los que más lo necesitan, sabiendo que la vida es de Dios, es lo más grande que un ser humano puede hacer, es lo más maravilloso que nos puede ocurrir a los hombres. Es lo más grande que puede acontecer en nuestra vida pero viviendo siempre con esta seguridad: que en la vida y en la muerte somos del Señor. Este es el seguro verdadero que nos hace no mirar a nosotros mismos sino mirar permanentemente para los demás.

Toda la vida del padre Garralda, los que le habéis conocido más y durante tanto tiempo habéis tenido relación con él, descubriréis que esto ha sido así en su vida. Tenía esta seguridad y por eso aceptó todas las situaciones. Yo recuerdo cuando fue a vivir a Alcalá, estaba feliz, y además veía la vida con unos ojos de felicidad también. Me decía –cuando miraba a los hermanos jesuitas que estaban allí– «son buenísimos, unos santos, no se quejan de nada»; yo esas palabras las recuerdo porque me han venido bien a mí también. Un hombre que había trabajado y había estado en todos los lugares y de repente asume, con todas las consecuencias, una manera de vivir absolutamente distinta.

Queridos hermanos, gastemos la vida por los demás sabiendo que la vida nuestra está en manos de Dios, pero no guardemos nada para nosotros mismos. Haciéndolo como nos dice también el texto: imitando a Jesucristo; para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos. Cristo es el que nos salva, Cristo es el que nos alienta, Cristo es el que nos guía, Cristo es el que nos dice el camino que tenemos que seguir en cada momento y en cada instante de nuestra vida. Y haciéndolo siempre como nos decía hace un instante el texto: doblando la rodilla, alabándolo siempre en todas las circunstancias que estemos; cuando tenemos todas las fuerzas necesarias para trabajar y para hacer lo que fuere y también cuando viene esa debilidad de las fuerzas y que son limitadas y que nos hacen asumir otra manera de vivir y de estar entre los demás, pero sin olvidar nunca a los últimos.

En segundo lugar, no solamente gastemos la vida sabiendo que está en manos de Dios, sino gastémosla con la mirada fija en quien es la primera bienaventuranza, que es Jesucristo. Mirad, las bienaventuranzas para leerlas bien hay que descubrir que hay una primera bienaventuranza que no está dicha, está predicha, que es Jesucristo mismo; después vienen las bienaventuranzas. Pero ¿por qué son bienaventurados aquellas gentes que –como nos dice el evangelio que hemos proclamado– sufren, lloran, tienen hambre, sed, son misericordiosos, buscan la justicia…? ¿Por qué? Porque se han encontrado con la primera bienaventuranza, que es Jesucristo. Este Jesús que nos ha dicho que al ver al gentío subió a la montaña, se sentó, se acercaron sus discípulos y se puso a hablar enseñándoles.

Por eso es verdad lo que os decía hace un instante: gastemos la vida por los hermanos, sabiendo que está en manos de Dios, pero hagámoslo siempre con la mirada fija en quien es la primera bienaventuranza, que es Jesucristo. Porque es la única manera de permanecer alegres, cuando ya sólo podemos dirigirnos al Señor y tenemos que dejar tareas que antes hacíamos con todas nuestras fuerzas. Qué bien lo entendía, quizá como buen jesuita lo había leído y lo había orado muchas veces esa oración de san Ignacio: «Tomad Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos Señor lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta». Pues queridos hermanos, para eso hay que haber tenido muchas veces puesta la mirada y siempre en la vida en quien es la primera bienaventuranza que es Jesucristo.

Y en ese sentido yo no estoy haciendo aquí una canonización, queridos hermanos, la Iglesia lo dirá, pero ciertamente nos hemos encontrado con un hombre que tuvo la mirada puesta en Jesucristo; y que esta oración de san Ignacio no fue una oración más, fue un diseño también de su propia vida, con los fallos que todos tenemos humanos pero diseño de su vida al fin y al cabo.

En tercer lugar no solamente gastemos la vida sabiendo que está en manos de Dios nuestra vida, y con la mirada puesta en Cristo, sino gastémosla y con esa mirada lo mismo que el Señor vio e hizo ver siempre a los más pobres, por los que como el padre Garralda siempre luchó. Cuando la mirada está en Cristo, uno ve más fácilmente a quienes más necesitan, uno ve a estos que nos decía el evangelio: «Dichosos los pobres, los sufridos, los que lloran, los que tienen hambre y fe de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por la justicia. Dichosos cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien». Queridos hermanos, esta es la dicha que tenemos que tener en nuestra vida, con esa mirada hay que ver siempre y hay que otear el horizonte de nuestra vida, viendo a los más necesitados.

Con esta mirada quiso pasar por este mundo el padre Garralda, naturalmente por supuesto apoyado por sus hermanos, apoyado por la Compañía, apoyado por tantos de vosotros que estáis aquí y que yo os estoy viendo que acogisteis también esta manera de ver y de observar la realidad y ver a quienes necesitaban también experimentar la dicha del amor mismo de Dios, de sentirse queridos por Dios en medio de todas las circunstancias difíciles o malas que tuvieran.

Pues queridos hermanos, estamos celebrando esta eucaristía y pedimos por el padre Garralda. Yo le pido al Señor esta noche en todos nosotros que provoque la experiencia de sabernos en manos de Dios. Provoque también en nosotros ese entusiasmo por tener siempre la mirada puesta en Jesucristo nuestro Señor. Porque mirad, esa mirada, cuando la ponemos en el Señor, no nos evade de mirar a los demás; al contrario, nos remite permanentemente a los demás. Y nos remite a los demás para mirarle como los vio Jesús cuando en el monte vio las situaciones de la gente; y nos remite a ponernos a trabajar por ellos; y nos remite a no olvidarnos de ellos; y nos remite a tener pasión por quienes más lo necesitan. Es la única manera, además, de hacer un mundo diferente, no un mundo de descartes sino un mundo en el que nadie sobra y en el que todos podemos ayudarnos a darle la dignidad que Dios ha puesto en cada uno de nosotros.

Descanse en paz el padre Garralda. Todos tenemos fallos en la vida, al rezar por él le pedimos al Señor que le acoja en su seno y que nos dé a nosotros también ese espíritu que él tuvo y esa pasión por anunciar el evangelio con obras con los que más necesitan.

Amén.

Queridos hermanos, padres claretianos, que nos dais a la Iglesia que camina en España esta oportunidad a través del Instituto de Vida Consagrada, de poder hacer esta reflexión en este día sobre este documento que tanta importancia tiene para la vida de la Iglesia, y que tanta importancia tiene precisamente porque ha recalcado una vez más la importancia de la vida contemplativa en la vida y en la misión que tiene la Iglesia de anunciar a nuestro Señor Jesucristo.

Gracias por darnos la oportunidad a todos, en nombre de todos los religiosos y religiosas, todos los monjes y monjas de vida contemplativa que están en España y muchos y muchas habéis querido haceros presentes aquí, gracias en nombre de todos.

El salmo 33 que acabamos de recitar juntos nos sintetiza lo que ha de ser la vida contemplativa: «Bendigo al Señor en todo momento». Al fin y al cabo esta es la gran tarea de quien asume, por una llamada especial del Señor, a vivir esta vida y, en nombre de todos los hombres, asumir esta tarea de bendecir al Señor siempre. Es la expresión que está precisamente en lo más profundo de una vida contemplativa: bendecir al Señor siempre, alabarle, gloriarnos en Él. Bendecir y alabar al Señor y gloriarnos en nuestro Señor Jesucristo, como tantas veces el apóstol Pablo nos dice en sus cartas.

Hay muchas maneras de proclamar la grandeza de Dios, de ensalzar la grandeza de Dios, pero hay una manera singular y especial en nuestra vida que es precisamente hacerlo desde la vida contemplativa, desde esa opción de asumir con todas las consecuencias esta manera de vivir y de entregar la vida para contemplar al Señor, ensalzarlo en nombre de todos los hombres, asumiendo así una tarea que sería imposible para nosotros pero es posible solamente para el Señor.

Por eso qué maravilla este salmo 33 cuando nos invita y nos dice que gustemos y veamos qué bueno es el Señor. Que lo gustemos, que esto lo manifestemos con nuestra vida, que seamos dichosos porque acogemos al Señor, lo escuchamos y ponemos en manos del Señor a todos los hombres, y queremos además que la escucha que nosotros hacemos al Señor en esta dedicación absoluta a Él, sea también una comunicación para todos los hombres. Es una comunicación que nos invita a hacer realidad lo que nos dice el salmo: obra el bien, busca siempre la paz, corre tras ella.

Si algo es necesario en estas circunstancias, en estos momentos de la historia que tenemos los hombres, una historia de la humanidad en que vemos que hay grandes rupturas pero también grandes opciones por buscar el bien, por buscar la paz, por correr tras Él, esta es la gran tarea que tiene la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo. Y esta Iglesia del Señor a través del Papa Francisco, nos ha regalado y os ha regalado a la vida contemplativa un documento que nos dispone en la Iglesia a acometer este momento de la historia con una profundidad especial en esta vida contemplativa.

Tres cosas os quiero decir breves en esta mañana, que tienen fundamentalmente tres palabras: verdad, entrega y centralidad de Cristo.

En primer lugar, verdad. Sí, os decía la primera lectura del Libro de los Proverbios que sólo el Señor da sensatez. Sólo el Señor da verdad. Una vida contemplativa anuncia que sólo el Señor es la verdad. Ya la misma opción significa esto, esa opción de vida, aceptar sus palabras, conservar en nuestro corazón sus consejos, invocar esa inteligencia y esa manera de penetrar en todos los problemas de la vida no de cualquier manera, sino desde nuestro Señor, desde su fuerza, desde la claridad que Él nos da para acometer todo. Buscarlo como el mejor tesoro al Señor, esta es la gran tarea. Sólo el Señor da sensatez, sólo del Señor procede el saber y procede la inteligencia, esa capacidad para penetrar todas las cosas, todos los aspectos de la vida.

Queridos hermanos, y especialmente los que habéis preparado este encuentro, este curso en el día de hoy intenso: yo quiero daros las gracias porque quizá esto es lo que más necesitamos en estos momentos. Y que el Instituto de Vida Consagrada asuma como una tarea singular y especial en pleno verano, en el mes de julio, el que tengamos la oportunidad de profundizar en este documento sabiendo que esto es cierto, que sólo Dios, sólo el Señor nos da la verdad, nos da sensatez, nos da inteligencia, nos da capacidad para entrar en las entrañas de lo que Él desea de los hombres; y eso, queridos hermanos y hermanas, os lo entrega a vosotros también, a la vida contemplativa. Por eso, es verdad, Él nos hace ver la conducta que tenemos que tener, la custodia que tenemos que hacer de la verdadera sabiduría, la rectitud con la que tenemos que andar y los caminos que tenemos que recorrer precisamente para esto, y cómo los tenemos que recorrer en estos momentos de la historia. No nos cerremos en nosotros mismos, no nos cerremos en nuestras costumbres, no nos cerremos en nuestros intereses, no nos cerremos en lo que a nosotros nos parece. Abrámonos como quiere la Iglesia, como desea la Iglesia, aunque a veces nos cueste tener que hacer cambios en nuestra vida. Pero seamos sensatos, el Señor a través de la Iglesia también, con la legitimidad que tiene el sucesor de Pedro, nos da sensatez para vivir la vida contemplativa y poder anunciar que sólo el Señor es el que tiene la verdad. Por eso verdad en primer lugar.

En segundo lugar, entrega. El Seños nos pide la entrega absoluta. Si os habéis dado cuenta en el evangelio Pedro no había hecho la entrega total de la vida, Pedro había seguido al Señor pero había seguido al Señor por intereses especiales. Él no había guardado la vida entera, guardaba algo en su bolsillo y en su corazón, tenía otros intereses: «Lo hemos dejado todo. ¿Qué nos va a tocar ahora?».

Queridos hermanos y hermanas, el Señor en la toda la vida cristiana pero en toda la vida contemplativa, nos pide la entrega absoluta de nuestra vida: ir con los bolsos vacíos, ir con el corazón abierto, sólo con Jesucristo, sólo con un Jesús que ha dejado a su Iglesia, al frente de la cual puso a Pedro que también Pedro tuvo como habéis visto en el evangelio que hemos proclamado la tentación de guardar algo para él, el Señor le llevó hasta el extremo, hasta dar la vida, hasta entregar todo sólo por la causa de nuestro Señor Jesucristo. ¿Qué nos va a tocar?, seguir las huellas del Señor; a veces también en muchas ocasiones vivir crucificados pero sabiendo que la cruz es triunfo, en la cruz descubrimos cómo se vence el mal. En la entrega absoluta de la vida se ve cómo se vence el mal y cómo se triunfa: entregando la vida por amor a nuestro Señor.

Que en este día de reflexión también y en este documento que se os ha entregado y que nos entrega la Iglesia para la vida contemplativa, descubramos también lo que es la entrega, una entrega que además, no la hacemos solos. Qué maravilla, que intuición tiene la Iglesia. Hoy solos cada uno por nuestra cuenta no podemos hacer nada, qué maravilla que el Señor a la vida contemplativa la vida: oye, nos tenemos que unir, tenemos que buscar formas para acometer esta entrega total y absoluta de la vida y ayudarnos unos a otros para no olvidar lo que no podemos olvidar. Nos pide entrega absoluta.

Y en tercer lugar, queridos hermanos, no olvidemos que vuestra vida tiene sentido si en el centro está nuestro Señor Jesucristo, la centralidad de nuestro Señor Jesucristo. La respuesta de Jesús a Pedro lo habéis escuchado en el evangelio que hemos proclamado. Jesús les dijo, no solamente a Pedro sino a todos los demás: os aseguro que cuando llegue la renovación y el Hijo del Hombre se siente en el trono, los que me habéis seguido os sentaréis también en tronos, porque el que por mí deja casa, hermanos, hermanas, padre, madre, mujer, hijos, tierras, recibirá muchos más, cien veces más, y la vida eterna. Pero, queridos hermanos, para eso el tesoro nuestro o es Jesucristo o si tenemos otros intereses que nuestros intereses, queridos hermanos, nunca sean ni la puerta del monasterio ni las piedras que organizan el monasterio. Queridos hermanos, ahí estamos perdidos; el interés nuestro tiene que ser Jesucristo. Lo mismo para todos, pero especialmente es significativo para la vida contemplativa porque tenéis que ser como esa brújula en la Iglesia que nos señala el camino verdadero. No tenéis otro interés más que Cristo nuestro Señor y su gloria. Pero nos viene bien a todos teneros esos remites que son los monasterios para que todos aprendamos que el interés no tiene que ser el triunfo de uno, ni qué dicen de uno. No, el interés de verdad en nuestra vida, el centro de nuestra existencia es nuestro Señor Jesucristo.

Por eso, queridos hermanos y hermanas, qué día más bello este del mes de julio aquí en Madrid, en este Instituto de Vida Consagrada. Qué día más bello porque sólo el Señor da sensatez, Él es la verdad. Sólo el Señor nos pide que hagamos la entrega absoluta de nuestra vida. Pero el Señor nos dice: mirad, ni la sensatez ni la entrega la haréis si en el centro no está Jesucristo. Por eso es bello que comencemos esta jornada en torno al altar del Señor donde el centro, el protagonista principal es Cristo, el protagonista en toda nuestra vida. No tiene sentido nuestra vida más que desde Él, con Él y en Él. Por eso yo creo que comenzar centrando la vida en Jesucristo entenderemos mucho mejor las reflexiones que durante este día vayamos a hacer.

No olvidéis, queridos hermanos, no lo olvidéis: verdad, entrega y centralidad de Cristo en la vida contemplativa.

Amén.

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