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Queridos hermanos obispos, don Juan Antonio, don José, don Santos y don Jesús. Queridos hermanos sacerdotes, cabildo catedral, vicarios episcopales. Queridos hermanos y hermanas.

Queridos hermanos de estas comunidades que venís hoy a celebrar aquí la Pascua, vestidos con ese traje blanco que es el que nos ha puesto Cristo, y que nos ayudáis a descubrir la palabra que acabamos de proclamar también con vuestra expresión externa. ¡Cristo ha resucitado!.

Queridos hermanos que os vais a bautizar, y que vais a recibir la vida misma de nuestro Señor Jesucristo, el triunfo de Cristo; vais a tener la vida del mismo Señor en vuestra vida, no para guardarla para vosotros mismos, sino para entregársela a los demás.

Queridos hermanos y hermanas que celebramos esta Vigilia Pascual. ¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro? Es Jesucristo nuestro Señor. Sí. Es Jesús. Este Dios que se ha hecho hombre. Este Dios que nos ha manifestado en la Palabra que acabamos de proclamar que ha sido creador de todo lo que existe; que se ha mostrado en el rostro mismo de Jesucristo hecho hombre para salvarnos a todos nosotros.

Este Dios que nos pide a nosotros que adhiramos nuestra vida a Él, con la fe de Abraham, que puso toda su confianza en Dios. Él desea y nos pide que pongamos la confianza en nuestro Señor Jesucristo. Este Dios, queridos hermanos, que entrega la libertad, que entrega la liberación verdadera, que entrega esa aspiración a la que tenemos derecho todos los hombres. Sí. Esa libertad que nos ha sido dada y regalada por Jesucristo nuestro Señor, y que Jesucristo quiere seguir ofreciendo a todos los hombres, a través de la Iglesia de la que nosotros somos parte; esa libertad que es engendrada dando la vida a nuestro Señor por los hombres. Este Jesús que, como hemos escuchado también, nos ha dado y nos da un corazón nuevo, un espíritu nuevo; nos entrega la novedad misma de Dios, no para que la guardemos en nuestra vida, sino para que se la entreguemos a todos los hombres.

Este Dios, queridos hermanos, que acabamos de escuchar hace un instante también en la carta a los Romanos: por el bautismo, hemos sido sepultados con Él; fuimos incorporados a su muerte, fuimos sepultados también nosotros, para que como Cristo fue resucitado, resucitemos con Él. Porque nuestra existencia está unida a Él. Cómo no vamos a cantar nosotros, queridos hermanos, lo que hace un momento decíamos juntos: aleluya. Aleluya. El triunfo es de nuestro Señor Jesucristo. El triunfo es de quien es fiel y acoge la vida del Señor para que triunfen todos los hombres. Nuestro triunfo no queda en nosotros, queridos hermanos; nuestro triunfo, que es el de Cristo, se lo queremos regalar a los demás.

El Papa Francisco, en el inicio mismo de su ministerio como sucesor de Pedro, nos invitaba a vivir a toda la Iglesia una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría; por esta alegría; esta misma alegría que nosotros hemos descubierto, que tuvieron aquellas mujeres que fueron a ver el sepulcro y descubrieron que la piedra estaba corrida. Aquellas mujeres que vieron aquel vestido de blanco, aquellos o aquel que les habló: «vosotras no temáis, sé que buscáis a Jesús el crucificado, no está aquí, ha resucitado». Pues esto es lo que estamos celebrando nosotros aquí esta noche, queridos hermanos. No busquemos en el sepulcro. No hay muertos. Cristo ha entregado la resurrección. Cristo nos ha dado la resurrección. Nos la regala. Nos hace partícipes de la misma. Venid a ver el sitio. Venid. Ha resucitado. Como les dijo las mujeres el ángel: id a Galilea, allí lo veréis. Queridos hermanos: ved el mundo, ved la historia de los hombres, ved dónde hay resurrección, ved dónde hay vida. Esta es nuestra Galilea: entreguemos vida, entreguemos la salud de Cristo, la resurrección de Cristo a los hombres. Vivir en la alegría pascual nos hace tanto bien. No huyamos nunca de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Jesús salió al encuentro de aquellas mujeres: alegraos; como esta noche sale al encuentro nuestro para decirnos también a nosotros: alegraos. Alegraos.

Nunca os olvidéis que están perdidas las cosas. Volvamos la vida a Jesucristo. Nos ama. Nunca se cansa de perdonar. Nunca se cansa de decirnos adelante. Siempre carga con nuestras vidas sobre sus hombros. Él no se desilusiona de nosotros. No se desilusiona de devolvernos la alegría, como lo hace esta noche, y como lo acabamos de escuchar: no tengáis miedo. He resucitado. Id a comunicarlo a los hombres.

Queridos hermanos: ¿sabéis lo que supone decir a todos los hombres que ha llegado la vida? ¿Que la vida está en Cristo? ¿Que ha sido vencida la muerte?.

Queridos hermanos: nunca, nunca, nos convirtamos en discípulos quejosos, que tengamos la tentación de no dejar espacio a los demás; que siempre tengamos espacio para los demás como lo tiene Cristo para nosotros. Tenemos su vida. Hagamos espacio a los demás en nuestra vida, especialmente a los que más lo necesitan: a los más pobres, a los más abandonados, a los que están más tirados, a los que se les ha robado la dignidad. Estemos a su lado, hagámosles sitio en nuestra vida. Cuando comenzamos a quejarnos, cuando vivamos con resentimientos, cuando no damos todo lo que somos, dejamos de tener la alegría de la resurrección.

No podemos decir aleluya. Solo se puede decir así -¡Aleluya, Cristo ha resucitado!- cuando entregamos el gozo de esa alegría que provoca el sentirnos amados por un Dios que se hizo hombre por nosotros, que dio la vida por amor a nosotros, que ha resucitado, que el sepulcro está vacío.

Por eso, el evangelio que hemos proclamado queridos hermanos fundamentalmente nos recuerda tres cosas: renovemos permanentemente nuestro encuentro con el resucitado. Siempre. Ello supone tomar la decisión de dejarnos encontrar por Él, como se dejaron encontrar por Él aquellas mujeres. Y esto no es para unos escogidos: todos los hombres pueden hacerlo. Todos los hombres están invitados hacerlo. Acercarse a Él. Dejarse encontrar por Jesucristo.

Hay que estar abiertos a este encuentro. Cuánto bien hace volver a Jesús, queridos hermanos. Cuánto bien hace en nuestra vida volver a dejarnos amar por el Señor. Qué diferencia más abismal existe y se da en la vida de un ser humano cuando se deja encontrar por Jesús, y se deja abrazar por Jesús, y se deja iluminar. Descubre algo decisivo en la vida: que el Señor nunca se cansa de perdonarme. Que el Señor siempre está con ternura a mi lado; siempre en medio de las oscuridades que tenga para darme luz, para hacerme vivir esa alegría desbordante que ilumina la vida personal y la de todos aquellos que estén a nuestro lado.

En segundo lugar, queridos hermanos y hermanas, no solamente renovemos permanentemente el encuentro con Cristo Resucitado, sino llevemos a todos los lugares de la tierra donde estén los hombres la dulce y confortadora alegría del evangelio. El bien siempre se comunica. Y cualquier ser humano que tenga la experiencia del encuentro con Cristo, adquiere tal hondura en su vida que se siente tan a gusto,  descubre tal manera de vivir y estar junto a los demás, que no puede guardarla para sí mismo. La quiere comunicar. El bien. El bien supremo es Cristo Resucitado. Y esto se comunica no solo con palabras, no solamente diciendo aleluya, sino con lo que esta palabra significa con obras para los demás.

Es más, hermanos: cuanto más nos llenemos del Resucitado, más sensibilidad tenemos para las necesidades de los demás. Por eso, más quieres conocer al otro, más quieres ir hacia los otros, más deseas reconocer la verdadera dignidad, más y mejor buscas el bien del otro.

La resurrección de Cristo nos lleva a descubrir que la vida se acrecienta dándola. Y nos hace ver que, al margen de la vida del Resucitado, reteniendo la vida, guardándolo para uno mismo, se debilita. Se muere. Y viene el sepulcro. Y en el sepulcro, cuando estamos así, no hay vacío: estamos muertos, queridos hermanos. Y matamos a los demás.

Llevemos a todos los lugares el amor inmenso de Cristo Resucitado. Ello nos hará romper esquemas aburridos en los que nunca cabe la creatividad divina. De ahí, queridos hermanos, que la mejor manera de renovar nuestra vida, de renovar esta historia, de transformar este mundo, es entrar en esta corriente de la resurrección que arrasa y nos lleva siempre a volver a la fuente y a recuperar la frescura del evangelio. Porque esa página del evangelio que acabamos de proclamar es para nosotros, queridos hermanos. Nosotros somos también esas mujeres que van al sepulcro. Y somos nosotros, si acogemos la vida de Cristo en nuestra vida, que vemos que está vacío. Hay vida, hay fuerza, hay dignidad para entregar a todos los hombres. No tengáis miedo. Id a comunicar a mis hermanos esta noticia.

Y, en tercer lugar, mantengamos vivo el anuncio de Cristo, queridos hermanos. Sí. Lo dijo el Señor, nos lo ha dicho el Señor: Id y anunciad el evangelio a todos los hombres. Mantenedlo vivo. La fuente de las mayores alegrías para todos los cristianos es el anuncio de Cristo Resucitado. No tengáis miedo, queridos hermanos. Los cristianos y los discípulos de Jesús podemos tener metodologías distintas, incluso espiritualidades diferentes que nos llevan a Cristo, pero se nos pide que seamos coherentes todos con el mandato del Señor: salid, id, anunciad, proclamad con vuestra propia vida. Y para ello hay que ser atrevidos. Y hay que ser osados, queridos hermanos. Atrevidos para no instalarnos en la comodidad de decir «si así ha sido siempre, para qué complicarnos la vida… Que vengan».

Queridos hermanos: no basta abrir las puertas de la catedral. Tenéis que salir a las plazas; a los hombres; a esas periferias que llama el Papa, que a veces son existenciales: situaciones existenciales de los hombres que no creen, que nunca tuvieron un amor, alguien que los abrazase, que los quisiera como son. No como nosotros quisiéramos que fuesen. Como son. En su pecado. Abrazados. Como los abraza Cristo. En su indiferencia. Abrazados, como los abraza Cristo. En su ideología, que a lo mejor es la nuestra. Abrazados, como los abraza Cristo.

Seamos valientes. El Papa Francisco nos lo ha dicho: hay que llegar a todos los hombres, de tal manera que no hay Pascua al margen de la misión. Pascua y misión están unidos. La alegría de la resurrección, o es misionera o no es alegría del resucitado. O salimos de aquí con ganas de llevar la noticia de Jesucristo, o la resurrección nuestra cojea por alguna parte queridos hermanos.

Algo hay en el sepulcro todavía de muerte. El Señor ha vaciado el sepulcro. Entreguemos esta alegría. Sed valientes, queridos hermanos. Sí. Y sed osados. Osados. Es importante que los discípulos de Cristo sepamos que nuestra vida es para exponerla; para darla, hasta en el martirio, como testimonio de Jesucristo; como en estos momentos de la historia lo están haciendo también muchos hombres y mujeres en muchas partes de la tierra. La celebración de la Pascua nos está llamando a todos los cristianos a vivir una reforma permanente, una conversión continua: la que el Señor nos pide cuando nos ponemos delante de ese espejo único del ser humano que es Jesucristo. Qué bien lo expresa el cirio pascual que representa a Cristo: puestos a su luz, y con su luz, vemos a los demás. Al margen de su luz, no vemos a nadie. Al margen de su luz, uno más. Y no es uno más, hermanos: es mi hermano.

Queridos hermanos y hermanas: feliz Pascua. Qué tareas más bellas nos propone nuestro Señor Jesucristo. Aquí y ahora, en este altar, se hacen verdad las palabras del Resucitado: allí me verán. Pues aquí le vamos a ver. Se hace realmente presente en el misterio de la Eucaristía. Y nos dice el evangelio que se proclama mañana que, cuando Pedro y Juan entraron al sepulcro, «vio y creyó». Al hacerse presente el Señor aquí, entre nosotros, vemos y creemos que el que había de resucitar está con nosotros. Nos da su vida. Os la va a dar a vosotros, queridos hermanos y hermanos, que vais a recibir el bautismo. La vida de Cristo.

Feliz Pascua. Amén.

Media

Queridos hermanos obispos, don Juan Antonio, don José, don Santos y don Jesús; excelentísimo e ilustrísimo vicario general y deán de esta Santa Iglesia catedral; querido cabildo catedral. Hermanos sacerdotes. Seminaristas. Queridos hermanos y hermanas todos:

Antes, al comenzar la procesión, escuchábamos esas palabras con las que comenzamos esta Semana Santa en este Domingo de Ramos: «Bendito el que viene en el nombre del Señor. Bendito el Reino que llega». Este, precisamente, es el grito que resuena en el evangelio de este Domingo de Ramos. Es el grito de los discípulos y el grito de nuestra fe hoy: bendito el que viene en nombre del Señor.

Estas son las aclamaciones del pueblo a Jesús, en su entrada a Jerusalén. Jesús ha despertado mucha esperanza en el corazón de la gente humilde, pobre, olvidada… Y se produce una verdadera manifestación popular. Jesús sube a Jerusalén en medio del gentío, del entusiasmo y de las expectativas que estuvieron vinculadas a la fiesta de Pascua. Él ha venido como peregrino para celebrar la Pascua; ha cumplido su misión en Galilea y viene a ponerse en manos de las autoridades de su pueblo entrando abiertamente en Jerusalén.

Bendito el que viene en nombre del Señor.

Queridos hermanos: hoy también, en todos los lugares de la tierra, los hombres están esperando que venga el Salvador. Que venga quien los libere. Muchos no conocen a nuestro Señor Jesucristo. Pero bien es verdad que este grito lo siguen dando todos los hombres. Recordad que el Señor, en este preámbulo de la Semana Santa que hemos iniciado ya, les dice a los discípulos: «Id a la aldea de enfrente y encontraréis un borrico atado que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo». ¿Qué significación tiene para nosotros?

Llama la atención, en primer lugar, que pida un borrico prestado. No es suyo, pero tiene amigos que se lo pueden prestar. Frente al caballo guerrero de los reyes de Israel, Jesús quiere cabalgar en un borrico que nadie ha montado todavía. El borrico representa la mansedumbre y la paz, frente al caballo, símbolo de la violencia y la guerra, que utilizaban los poderosos de este mundo. Jesús es un Mesías lleno de mansedumbre y de paz. Es el Mesías y el Salvador que buscan los hombres. Él trae la paz para todos. Jesús no entra pisando fuerte en un animal militar como el caballo, sino en un borrico. Este gesto habla de humildad y de paz, no de triunfo. Y por medio de este gesto expresa que su reino es un Reino de paz verdadera y de justicia para todos.

Queridos hermanos, ¿qué podemos aprender nosotros en este gesto de paz y mansedumbre? ¿Qué? Mirad: ningún rey de Israel, ningún jefe del mundo, ningún líder de ningún tipo ha ejercido en general sin usar la violencia y la fuerza. Jesús es el primero que viene como rey de la paz, de la humildad, de la mansedumbre. No ejerce violencia. No se impone a nadie. Solo viene a ofrecernos su paz, a abrirnos el camino de amor y de comunicación para todos.

Queridos hermanos, ¿le abriremos nuestro corazón a Él, que viene con su paz? En todas las celebraciones que vamos a tener durante esta Semana Santa, en todas las procesiones que se van a celebrar, se nos está invitando a abrir el corazón al Señor. Porque, como habéis escuchado hace un instante, tanto en la lectura del profesa Isaías como en la lectura de la Carta a los Filipenses, y en esa descripción tan bien proclamada de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, se nos revela en primer lugar hoy, para abrirnos de verdad al Señor, el misterio del amor de Dios. Dios nos ama, queridos hermanos. Dios viene junto a nosotros. Dios os quiere. Abrid vuestro corazón al Señor. Abrídselo. Abrídselo, como hace un instante nos decía el profeta Isaías. Él nunca defrauda. Nunca. Siempre nos entrega palabras y gestos de aliento. Él nos ayuda. Él no se rinde, siempre junto a nosotros. Él es nuestra roca firme, es la seguridad del ser humano que solo la da el amor de Dios.

Ese amor que se manifiesta de esta manera tan extraordinaria: siendo de condición divina, como nos ha dicho el apóstol pablo en la Carta a los Filipenses, no se aferró a esa condición. Se hizo hombre, tomó la condición de esclavo, pasó por uno de tantos, cargó con todos nuestros pecados, cargó con todas nuestras situaciones… Sí, hermanos: el misterio del amor de Dios se nos revela y se nos muestra en su amor. En su amor grande. Lo habéis escuchado en toda la descripción que hemos proclamado de la Pasión del Señor. Él viene con una misión. Sí. Viene con una misión. Concreta. Lo habéis visto. Lo vamos a vivir en el Jueves Santo: hagan esto en conmemoración mía. Entren en comunión conmigo, acojan mi amor, vivan con mi amor, salgan con mi amor a este mundo, no os cerréis en vosotros mismos.

Queridos hermanos: ante tantas situaciones que vemos, que ciertamente son los hombres y mujeres que hoy siguen gritando porque desean una liberación y siguen saliendo como salieron a buscar al Señor cuando entraba en Jerusalén… Niños, jóvenes… El Papa está reunido, y termina hoy la reunión, con la preparación del Sínodo de los jóvenes. Ha escuchado a los jóvenes. Ha escuchado no solamente a los que creen, sino también a aquellos que no creen. Ha escuchado lo que quieren. Ha escuchado lo que necesitan. Hagan esto en conmemoración mía.

Él nos dice que está y ha venido a este mundo, no para mandar. Para servir. Para amar.

Queridos hermanos: en estos días, mirad el crucifijo. Pero miradle por dentro, entrad dentro del crucifijo. Sí. Y veréis que nosotros también somos como Pedro: muchas veces negamos al Señor. También nosotros somos como los discípulos: el diálogo con el Señor lo tenemos a veces, pero nos cansamos y nos dormimos. Y Jesús nos insiste que oremos para que no caigamos en la tentación, para que no vivamos de un amor que no sirve.

Queridos hermanos: no seamos como Caifás, ni como Herodes, ni como Pilatos. Hay cariños que matan, dice un refrán castellano. Ellos querían salvar un pueblo. No era verdad. No era cierto. Querían mantener su sitio. Mantener su lugar. No seamos como Judas: no vendamos al Señor. Esta es la hora, queridos hermanos. Este momento histórico que nos toca vivir es la hora, es el momento, es la hora que nos dice el Señor: esta es la hora. La hora en la que los discípulos de Cristo queremos arriesgar porque, queridos hermanos, un discípulo que no arriesga por Cristo, se envejece. Y así le pasa a la Iglesia, de la que somos parte nosotros: una Iglesia que no arriesga, que no anuncia al Señor, envejece. No da la noticia de Cristo.

Demos, queridos hermanos, esta noticia del Señor. Esta noticia. Como la dieron de alguna manera desde esa mujer que echó el perfume, gastó lo mejor que tenía por Cristo; como lo hizo también aquel hombre que ayudó al Señor a llevar la cruz. Simón de Cirene. Cómo ayudó al Señor. Seamos nosotros como aquellas mujeres que lloraban: ellas percibían algo nuevo, distinto en Cristo, y Jesús les dice: no lloréis por mí, llorad por vuestros hijos; es decir, llorad por  aquellos que no descubren, que no conocen el amor de Dios.

Seamos también, queridos hermanos, como ese Jesús que en la cruz dice al Padre: perdónales, porque no saben lo que hacen.

Hoy nosotros, queridos hermanos, al iniciar esta Semana Santa, en este Domingo de Ramos, acogemos el amor del Señor. Y sentimos al Señor que desde dentro de la cruz nos dice: perdónales, que no saben lo que hacen. Pero al mismo tiempo entremos dentro del misterio de la cruz, junto a aquellos personajes que se nombran en el mismo evangelio. Sí. Junto a aquellos personajes que están junto a la cruz, que podemos ser nosotros. Y arriesguemos por Cristo nuestra vida. Arriesguemos por Cristo nuestra existencia, metiendo en nuestra vida el amor mismo de Dios; siendo vasijas que queremos contener el amor de Dios, porque es el arma que cambia este mundo, y es el arma que rejuvenece nuestra vida y la historia.

Hermanos: los cristianos, los discípulos de Cristo, somos portadores del cambio radical. El que necesita esta tierra. Pero si llevamos el amor de Dios. No llevemos otro arma. No. Solo la de Cristo. Solo la que Él nos entrega.

Como os decía, mucha gente hoy también se acerca a Jerusalén; quiere estar en Jerusalén; quiere ver a Jesús. Nosotros todos, juntos, podemos dar visibilidad a un Jesús que salva, que ama, que libera, que rejuvenece, que da respuesta a las interrogantes más profundos que tiene el ser humano también en estos momentos de la historia.

Que el Señor, que se hace presente aquí, en el altar, nos haga sentir a todos su amor y la urgencia de abrir nuestro corazón a ese amor salvador. Tenemos esta semana para hacerlo. Buscad tiempos de oración, queridos hermanos. Buscad tiempos de silencio. Visitad alguna Iglesia. Y cuando estéis también viendo alguna procesión, dirigíos al Señor, a la Virgen, o a quienes acompañan al Señor; que seamos capaces de establecer un diálogo. Un diálogo tan profundo con el Señor cambia nuestra vida. Porque sigue siendo verdad también: dime con quién andas. Queremos andar con Jesús. Queremos ir tras Jesús.

Media

La celebración de la Pascua nos remite siempre a vivir en la alegría que nace del encuentro con Jesucristo Resucitado. El Papa Francisco, en el inicio de su ministerio como sucesor de Pedro, nos invitaba a toda la Iglesia a vivir una «nueva etapa evangelizadora, marcada por la alegría». Como ocurrió desde el principio: llenos de alegría por la Resurrección de Cristo comenzaron a dar testimonio de la misma y anunciar al Señor. La alegría indica caminos para la marcha de la Iglesia en estos momentos de la historia de la humanidad.

No podemos encerrar en nosotros la alegría de la Resurrección, no se puede clausurar esa alegría en nuestra vida interior ni en nuestros propios intereses; cuando hacemos esto, no hay Pascua, porque no dejamos espacio para los demás, porque ya no entran los pobres, porque ya no se escucha la voz de Dios. Cuando esto sucede, no escuchamos ni disfrutamos la dulce alegría del amor de Dios, ni palpita ese entusiasmo de Jesús Resucitado en nuestra vida por hacer el bien. Regalemos el triunfo de Cristo a todos los hombres, su Vida, que nos conforma con una manera de vivir y actuar que es la de Él y que crea fraternidad y encuentro, que da paz y capacidad para tener los brazos abiertos siempre a todos, como los tiene Jesús con nosotros.

Si todos los hombres conociesen y tuviesen experiencia de la alegría pascual, ¡qué diferente sería todo! ¡Vivir en la alegría de la Pascua nos hace tanto bien! ¡No huyamos nunca de la Resurrección de Jesús! ¡Nunca tengamos la tentación de declararnos muertos! Siempre volcados y vueltos a Jesús Resucitado. ¡Cuánto bien nos otorga volver a Jesucristo! Cuando os parezca que todo está perdido, volved la vida a Jesucristo: nos ama, nunca se cansa de perdonar, de decirnos «adelante», de cargar nuestras vidas sobre sus hombros; no se desilusiona con nosotros, nos dice lo que dijo el ángel a María Magdalena y a los discípulos: «No está aquí».

«Se han llevado del sepulcro al Señor», el sepulcro está vacío, es lo mismo que decir que la muerte ha sido vencida. Nunca os dejéis engañar, el triunfo es de Dios, se ha manifestado en Jesucristo Resucitado. ¿Sabéis la alegría que supone decir a los hombres de este mundo que no hay muerte? ¿Sabéis lo que supone decir a todos los hombres: «Creedme, ha llegado la Vida»? Nunca nos convirtamos en discípulos miedosos y quejosos, nunca tengamos la tentación de no dejar espacio a los demás. Cuando comenzamos a quejarnos, a vivir con resentimientos, a no dar todo lo que somos y tenemos para dar vida a los demás, dejamos de tener la alegría de la Resurrección, dejamos de vivir en el gozo de esa alegría que provoca el sentirnos amados por Dios; nuestro corazón ya no palpita con ese entusiasmo que da el saber que Cristo ha Resucitado y nosotros con Él.

Hay varias personas que son las primeras que ven y descubren que Jesucristo ha Resucitado, entre ellas se encuentran María Magdalena, Pedro y Juan. De María Magdalena conocemos su historia personal: pecadora, ha llorado, ungió los pies a Jesús y los secó con sus cabellos; mujer explotada, despreciada por quienes se creían justos… Jesús dijo de ella que había amado mucho y por ello se le perdonaban los pecados; se sintió amada por el Señor en su condición y ello la cambió totalmente. Su amor al Señor le hizo ir al sepulcro y oír: «no temáis», «ya sé que buscáis al Crucificado» […] «Ha resucitado». El Señor salió a su encuentro para decirle: «Alegraos». También destaco el encuentro con Pedro, que había negado a Jesús y a quien este había puesto al frente de su Iglesia. Como el discípulo al que tanto quiso el Señor, Juan, vio las muestras de la Resurrección de Cristo y «vieron y creyeron». Esto sucede con nosotros: pecadores, con oscuridades, con egoísmos, con faltas de fe, con negaciones, siendo vendedores y cambistas, pero el Señor se acerca en esta Pascua para decirnos: «No tengáis miedo, id a comunicar […] que Él había de resucitar de entre los muertos». ¡Alegraos!

Para vivir la alegría de Cristo Resucitado os invito a:

1. Renovar permanentemente nuestro encuentro con Jesucristo Resucitado. Esto supone tomar la decisión de dejarnos encontrar por Él. No es para unos escogidos, lo pueden hacer todos los hombres, están invitados todos los hombres a dejarse encontrar por Jesucristo. Lo único que hace falta es estar abiertos a este encuentro. ¡Cuánto bien hace volver a Jesús! ¡Qué diferencia tan abismal existe y se da en la vida de un ser humano cuando se deja encontrar por Jesús! Y no hay que hacer ningún esfuerzo: déjate mirar, déjate abrazar, déjate iluminar. Descubre algo que es decisivo en la vida de un ser humano: el Señor nunca se cansa de perdonar, el Señor nos devuelve la dignidad verdadera que tenemos cuando, aun en medio de la oscuridad, nos dejamos abrazar por Él. Y lo hace siempre sin imposiciones, con ternura y para lanzarnos hacia adelante. El encuentro con Jesús da a la vida una alegría desbordante, ilumina la vida personal y la de quienes están a nuestro lado.

2. Llevar a todos los lugares de la tierra donde habitan los hombres la dulce y confortadora alegría del Evangelio. El bien siempre se comunica. Cuando un ser humano tiene la experiencia del encuentro con Jesucristo, adquiere tal hondura su vida, se siente tan a gusto, descubre tal manera de vivir y de estar junto a los demás, que no puede guardársela para sí mismo, la quiere comunicar. El bien se comunica, se expande. Es más, cuanto más te llenas del Resucitado, más sensibilidad adquieres ante las necesidades de los demás; por eso, más quieres conocer al otro, más deseas reconocerlo en su verdadera dignidad, más y mejor buscas su bien. La Resurrección de Cristo nos lleva a ver que la vida se acrecienta dándola y nos hace ver que, al margen de la vida del Resucitado, la vida disminuye, se debilita, se hunde en la comodidad de vivir para uno mismo. Llevemos a todos los lugares donde habitan y hacen la vida los hombres el amor inmenso de Cristo manifestado en su Muerte y Resurrección. Nos hará romper esquemas aburridos en los que nunca cabe la creatividad divina, de ahí que la mejor manera de renovar nuestra vida y la historia es entrar en esta corriente de la Resurrección que arrasa y nos lleva siempre a volver a la fuente y a recuperar la frescura del Evangelio.

3. Mantener vivo y actual el anuncio de Cristo Resucitado, aquel que mandó hacer sus discípulos: «Id y anunciad el Evangelio a todos los hombres». La fuente de las mayores alegrías para todos los cristianos es el anuncio de Cristo Resucitado. Podemos tener metodologías distintas, espiritualidades diferentes, pero se nos pide que seamos coherentes con el mandato del Señor: salid, id, anunciad. Y para ello hay que ser atrevidos y osados. Atrevidos para no instalarnos en la comodidad de no querer complicarnos la vida y decir «así se hizo siempre»; y osados para llegar a todos los lugares donde viven los hombres, para llegar a todas las periferias geográficas o existenciales, como nos pide el Papa. De tal manera que no hay Pascua al margen de la misión. La alegría de la Resurrección o es misionera o no es alegría que viene del Resucitado, de Cristo. ¿Cómo hacer esto? Tomando iniciativas concretas para salir al encuentro de todos los hombres, de los más cercanos y de los más lejanos existencialmente, con obras y gestos que toquen la vida, las heridas, los proyectos, las ilusiones, los desafíos. Siempre con la conciencia de que los logros no son rápidos, son lentos o por lo menos tenemos que ir con el ritmo que tengan las personas.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Card. Osoro, arzobispo de Madrid          

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