El Señor nos permite escuchar el Evangelio que en este próximo domingo, el Domingo de Ramos, antes de la bendición de ramos, se va a proclamar. Pero es un Evangelio que nos está invitando, ya desde el Domingo de Ramos, a ser nosotros protagonistas como nuestro Señor Jesucristo, de llevar la buena noticia a todos los hombres.
Tres realidades nos invita a contemplar este Evangelio cuando nosotros nos situamos, como Iglesia de Jesús que somos. Tres palabras querría que fuesen, o tres expresiones, las que os ayudasen a entender lo que el Señor nos quiere decir en este Domingo de Ramos. Sois la nueva Jerusalén. Esa nueva Jerusalén que entra en el mundo; no que está frente el mundo: entra en el mundo, para hacer gozar a los hombres de la presencia de Dios.
Me gustaría comentar con vosotros estas tres realidades, porque constituyen lo que supone esta entrada en la Semana Santa para celebrar los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Pero entrar como entró Jesús. Él era la buena noticia. Él nos ha hecho a nosotros, en primer lugar, esa nueva Jerusalén. Esa nueva Jerusalén que se acerca a los hombres como Jesús se acercó y entró en Jerusalén. Igual que Jesús. Sintamos el gozo de esta llamada que nos ha hecho el Señor a ser miembros vivos de su pueblo, miembros vivos de la Iglesia.
La Iglesia no solamente es un nombre, no solamente la tenemos que ver como una realidad que contemplamos. No. Es tu propia realidad, nuestra propia realidad. Juntos, nosotros, junto a tantos y tantos cristianos que en distintas partes de la tierra, en culturas distintas, con costumbres diferentes, pero que como nosotros esta noche se han encontrado con nuestro Señor Jesucristo, adoran al mismo Señor. Porque lo que constituye la esencia de nuestro ser miembros vivos de la Iglesia no es tener estas ideas o aquellas: es tener la persona de nuestro Señor Jesucristo.
Nosotros no vivimos la nueva Jerusalén en función de ideas. Traicionar a Cristo es entender la Iglesia desde unas ideas: solamente estos pueden ser la Iglesia. Mentira. Solo los que se dejan apropiar por nuestro Señor Jesucristo, los que dejan entrar la vida del Señor que Él nos regala, somos miembros de la Iglesia. Y, por eso, en todas las partes de la tierra, en condiciones muy diferentes, estamos la nueva Jerusalén. La que fundó Jesús.
Sois miembros de la nueva Jerusalén, queridos hermanos. Sois miembros de una nueva ciudad que ha hecho Dios mismo, y que está para que entren en la realidad de los hombres, y para que haga verdad aquella página del Evangelio que el Señor tan bellamente nos describe: sois la sal de la tierra, sois la luz del mundo, no se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. A todos los hombres. Qué maravilla. Miembros de la nueva Jerusalén. Que entra en el mundo.
En segundo lugar: entrar en el mundo. Pero entra en el mundo como Jesús. Lo habéis visto: el Señor quiere hacernos ver la diferencia de su entrada en el mundo y cómo entran los poderosos del mundo. La entrada de Jesús en el mundo es en un pollino. No le acompañan grandes ejércitos. No. Va en un pollino. Porque su trono no va a ser como los tronos de este mundo. El trono de Jesús es la cruz, va a ser la cruz. Pero es un trono maravilloso, porque es el trono donde Él regala su vida para que la tengamos nosotros, regala el amor mismo de Dios, se da a sí mismo, se entrega a sí mismo, da lo que es y lo que tiene, es Dios mismo el que se nos da. Es su amor. Cuida de él.
¿Puede haber donación más grande para cambiar esta tierra? Esta tierra que está llena de conflictos, de divisiones, de rupturas, de muros que nos separan ¿Es que esto se puede cambiar desde un trono de poder? ¿O desde el trono de la humildad, de la Cruz, donde se nos manifiesta el amor mismo de Dios? Y Dios nos dice, en Cristo, que amando, dando la vida, considerando al otro más importante que uno mismo, es como cambia este mundo.
La Nueva Jerusalén entra en el mundo no para insultar a los hombres, no para poseer a los hombres, sino para amarles y para darles vida, para devolverles la dignidad que se roba cuando no se reconoce que son imágenes verdaderas de Dios. Cuando robamos, queriendo hacer que ese otro tenga las ideas que a mí me convienen... No. Salimos al mundo para que los demás tengan la vida de Jesús, su amor, su entrega. ¿Os dais cuenta de lo que sois, queridos amigos?
Cómo me gusta poder decir esto delante de Nuestro Señor. Seguro que Él os lo diría mejor, y os lo va a decir mejor después, en el rato que estemos contemplándole... Os lo va a decir mucho mejor en vuestro corazón. Pero cómo me gustaría a mí decir que esto llegase a todos los jóvenes de Madrid. A todos. Que llegase esta gran noticia: que podemos ser miembros de un pueblo extendido por toda la tierra que lleva y entra en el mundo para regalar y cambiar este mundo con el amor mismo de Dios. Desde la entrega absoluta de nuestra vida, amando incondicionalmente al otro, rehaciendo la dignidad del otro. No a la fuerza, no por soberbia, sino desde la Cruz. Con amor por los demás. Aunque tenga que sufrir.
Y, en tercer lugar, para hacer gozar a los hombres. Nueva Jerusalén que entra en el mundo para hacer gozar a los hombres de la presencia de Dios. Pero, queridos amigos, ¿no veis las necesidades que tienen los hombres? ¿No las estáis viendo? ¿No veis las soledades tremendas que existen en el corazón de los hombres? ¿No veis las pobrezas, las reales, la del que no tiene nada, o la del que tiene tanto que es más pobre también, porque no es capaz de regalar algo de lo que tiene al que está tirado? ¿No veis las guerras que existen en todas las partes del mundo? ¿Los conflictos tremendos? Todo ello porque no han encontrado lo que encontraron estas gentes de Jerusalén: la multitud alfombró el camino con sus mantos, con ramas de arboles, alfombraban la calzada, y la gente gritaba: Hosanna al hijo de David, porque han encontrado a quien es la paz, a quien es la vida, a quien es la verdad, a quien es el camino, a quien da seguridad, a quien cambia el corazón, a quien la vida; a quien cambia la fuerza del egoísmo, la fuerza del «yo» por la fuerza de un Dios que en Cristo, nos ha dicho: Tú eres mi hijo, yo te quiero, cuento contigo, pero quiero que tengas la vida de mi Hijo, que aprendas en el seguimiento de mi Hijo lo que hay que hacer en este mundo. Esa multitud que alfombraba los caminos había encontrado a quien daba verdadero sentido a su existencia. ¿Seremos capaces de encontrarlo nosotros, queridos hermanos?
Esta noche, Cristo, el mismo que entró en Jerusalén, está aquí. Le tenemos frente a nosotros. Hoy no está en el pollino. Pero está en el misterio de la Eucaristía, dentro del pan, en un poco de pan. Ahí está Jesucristo realmente presente. ¿Alfombramos nosotros los caminos con fe, con esperanza, con amor? ¿Qué ramas ponemos en el camino para que entre Jesús y ocupe este mundo?
Lo que sí es cierto es que el Señor nos llama a alfombrar este camino del mundo para que Jesucristo entre en el corazón de los hombres. Y cuenta con vosotros, los jóvenes de Madrid. Y cuenta con estos encuentros también, porque juntos lo podemos hacer. No solos: el Señor quiere que lo hagamos juntos, como nueva Jerusalén que somos. Y tenemos que demostrarlo, aunque estemos en comunidades diversas y distintas, porque alimentamos nuestra fe en esa comunidad cristiana; pero tenemos que vernos, como lo hacemos todos los primeros viernes de mes, e intentar que otros vean que es posible hacer esta gran ciudad. Que no la hemos hecho nosotros: la ha hecho Jesucristo para nosotros, para entrar en este mundo y para regalar el gozo de la presencia de Dios entre los hombres que da paz, que regala amor, que da seguridad, que llena el corazón y los vacíos que puedan tener los hombres.
Adoremos al Señor.
Querido vicario general, vicarios episcopales, deán de la catedral, cabildo catedral, queridos seminaristas. Representante de la presidenta del Gobierno de Madrid, doña Cristina Cifuentes. Representantes del Ayuntamiento, que se han querido hacer presentes aquí. Señor embajador de Filipinas, muchas gracias por su presencia. Queridos hermanos y hermanas todos:
Es un día singular y especial para todos nosotros esta fiesta del Domingo de Ramos. Y digo especial para todos porque expresa de alguna manera, incluso en el recorrido que hemos hecho en esa procesión llevando los ramos, el deseo más grande del ser humano de encontrar a alguien que nos haga vivir en la paz, en la reconciliación; que nos entregue la vida para ver más allá de nosotros mismos, que nos dé esa capacidad para entender y descubrir cada día con más hondura que los otros, quienes están a mi lado, son hermanos.
Hermanos: el Salmo 21 que hemos proclamado nos decía que contaríamos la fama del Señor a nuestros hermanos. Esta es la gran invitación que el Señor nos hace en este Domingo de Ramos a todos nosotros. Lo habéis escuchado en la primera lectura que hemos proclamado, del profeta Isaías: el Señor nos abre el oído, nos hace estar atentos; atentos a las necesidades de los hombres; atentos, como veíamos en el Evangelio que en el inicio de la procesión proclamábamos: aquellas gentes de Jerusalén sencillas vieron cómo Jesús era distinto, cómo entraba en un borrico que representa la sencillez, la pequeñez, la cercanía a los hombres, la capacidad de entrega. No entraba como lo hacían los reyes de Jerusalén, en caballos, signos de poder y de fuerza. Él entraba con otra fuerza distinta, y es la que quiere que tengamos también nosotros, miembros vivos de la Iglesia, cuerpo de Cristo que tiene la misión de entrar también en este mundo, lleno de heridas, de rupturas, de enfrentamientos. En todos los continentes hay enfrentamientos, hay guerras queridos hermanos. Dios es necesario. Dios no es una anécdota. El Dios cristiano que nosotros predicamos y en el que creemos no es un Dios de muerte: es un Dios de vida, es un Dios de reconciliación, es un Dios que no utiliza la fuerza para hacerse presente entre los hombres. Utiliza el amor, la entrega de sí mismo, y es la que quiere que utilicemos nosotros, los discípulos del Señor. El Señor hoy nos abre el oído. El Señor nos ha dicho en la carta a los Filipenses que hemos escuchado que se despoja de su rango. Sí: siendo Dios, teniendo el poder y la gloria, habiendo hecho todo lo que existe, se hace hombre, está con nosotros, es un Dios con nosotros que hace el camino de esta vida. Y en esta vida se encuentra con que los hombres, lo padece Él mismo, utilizan la fuerza de su poder para liquidar la vida. Y Él, sin embargo, nos invita a hacer lo que Él hizo: dar la vida para que los hombres, todos, tengan esa vida.
Es un Dios que entra en el mundo. Es la Iglesia de Jesús, de la que nosotros somos parte, que tiene que entrar en el mundo. Y que tiene que entrar en el mundo como nos dice el Señor: vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo; no se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Y que alumbre vida, y que alumbre reconciliación, y que alumbre paz.
Queridos hermanos: lo veíamos en el Evangelio que hemos proclamado antes de la procesión. Las gentes salían al encuentro de Jesús, porque todo ser humano necesita a alguien que no le dé muerte, que le dé vida, que le impulse a vivir, que le impulse a entregar lo mejor de sí mismo. Nosotros, discípulos de Cristo, tenemos la vida del Señor por el bautismo. Tenemos esta vida. Nos invita, queridos hermanos, a hacer su camino. Qué bien describe el Señor este camino en la Pasión que acabamos de escuchar. Qué bien lo describe el Señor. Él pasa por los poderes de este mundo. Ve y nos hace ver cómo se sitúan los poderes de este mundo; incluso cómo se sitúan los discípulos de Él, que han estado viéndole a Él. No abandonan. Es fácil entrar en la dinámica de este mundo, que es la dinámica de la fuerza, la dinámica de la guerra, la dinámica del enfrentamiento, la dinámica de ver siempre en el otro al enemigo y no ver al hermano.
Hermanos: Jesús entra en Jerusalén, y quiere entrar en todas las ciudades de este mundo. También quiere entrar en nuestro propio corazón, porque es Aquél que nos puede hacer salir de la esclavitud y hacernos partícipes de una vida más humana, con el verdadero humanismo que Él nos entrega, y más solidaria. Ante Él, nosotros hoy podemos preguntarnos, en el inicio de esta Semana Santa, en este día de ramos: ¿por qué caminos nos quiere conducir el Señor? ¿Qué espera de nosotros el Señor, queridos hermanos? ¿Qué espera de nosotros en este siglo XXI que hemos empezado? ¿Qué espera? ¿Espera que sigamos matándonos? ¿Espera que esta nueva Jerusalén, de la que nosotros somos parte, entregue al mundo y manifieste lo que necesita este mundo?
Recordemos, como os decía hace un instante: el borrico era el animal de la gente sencilla. Jesús no llegó a Jerusalén a caballo, como los grandes del mundo; se fue incluso con un asno prestado. Jesús, el mesías, el Rey, nos invita a vivir libres de toda ambición de poder, nos invita a vivir libres de ser importantes. Porque ya lo somos: somos hijos de Dios, todos. Nos invita a no vivir del tener; a vivir de la sabiduría que Dios nos regala cuando entra en nuestro corazón.
El mensaje del Domingo de Ramos es claro: es un Dios que se manifiesta y rompe todos los esquemas de los hombres. No es el Dios de los poderosos: es el Dios de todos los hombres. Y se acerca a los más abatidos, a los más pobres. No es el Dios de la grandeza: es el Dios que viene a nosotros lleno de paz y de mansedumbre, y nos ofrece el camino de la vida y de la paz. Hermanos: demos la mano a este Dios.
En Jerusalén, la gente alborotada se preguntaba: pero, ¿quién es este? Quizá la gente que lo seguía aquel día se formuló la pregunta fundamental que todos nosotros tenemos que hacer: ¿quién es de verdad Jesús? ¿Qué es para mí Jesús, personalmente? ¿Cambia mi vida, o me deja igual? ¿Cambia mi existencia? ¿Cambia mi mirada a los demás hombres, a todos? ¿Veo hermanos o enemigos? ¿Cambia mi vista? ¿Cambia mi corazón? ¿Le hace más grande? ¿Entran todos los hombres? ¿Me lleva al diálogo con todos, o a la ruptura, a poner muros? ¿Me lleva a la reconciliación o al enfrentamiento permanente? ¿Quién es para mí Jesús? ¿Qué ha hecho en nuestras vidas para traernos, como pasaba en Jerusalén, a todos alrededor de Él? ¿Qué ha hecho en nuestras vidas, queridos hermanos, para que todos los que estamos aquí estemos aquí? ¿Qué es lo que hace? ¿Qué quiere de nosotros?
Nos tendríamos que dejar siempre que esta pregunta sea la que en la vida se disuelva. ¿Qué ha hecho de nosotros? Hombres y mujeres nuevos, hombres y mujeres con la vida de Jesús, hombres y mujeres que estamos dispuestos a atravesar esta tierra, en los lugares donde estemos, y a encontrarnos con los demás, llevando la vida de Jesús.
Desde el fondo de nuestro corazón, yo quisiera que le dijésemos a Jesús esta mañana, todos nosotros: tú, Señor, viniste a nosotros en la humildad y en la mansedumbre; quizá todo lo contrario a lo que nos suele gustar a nosotros, que a veces cuidamos la imagen para aparentar más de lo que somos, para ser reconocidos y ser importantes. Bendito tú que vienes con tu paz; bendito tú que cuando entras en el corazón del ser humano le cambias, le haces pasear por este mundo de una forma distinta, le haces buscar por todos los medios el encuentro con los demás, y hacerles ver a los demás que son mis hermanos, que no estamos en este mundo para destruirnos, que estamos en este mundo para vivir y hacer de él una gran familia. Hosanna el Señor. Qué grito daban aquellas gentes de Jerusalén. Es el grito que da esta humanidad: quieren a Jesús, desean tener a Jesús aunque a veces ni lo conozcan; tienen ganas de tener ese Mesías, que les saque del atolladero y del enfrentamiento.
Que hoy podamos abrir las puertas de nuestro corazón a nuestro Señor, queridos hermanos. El Jesús que entró en Jerusalén viene a este altar. El Jesús que entró en Jerusalén hizo un pueblo, la nueva Jerusalén. Vosotros sois de ese pueblo, somos de ese pueblo, y tenemos la misión de hacer en este mundo lo mismo que Jesús: llevar la vida de Jesús. Acojamos al Señor. Llevémosle a Él. Celebremos esta fiesta, porque el Señor nos invita a una tarea: nada más y nada menos que entrar como Él en esta tierra para llevar su amor. Acoged a Cristo, hermanos. Amén.
Querido señor cardenal don Antonio María Rouco, señor nuncio de Su Santidad en España, obispo emérito de Ciudad Real don Antonio Algora, obispo auxiliar de Madrid don Juan Antonio, vicario general y vicarios episcopales. Señor deán y excelentísimo cabildo catedral. Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, seminaristas. Queridos miembros de la vida consagrada. Hermanos y hermanas que os hacéis presentes hoy en esta Misa Crismal.
La Misa Crismal que el obispo celebra con su presbiterio, dentro del cual se consagra el Santo Crisma y bendice los demás óleos, es como una manifestación de comunión de los presbíteros con el propio obispo (OGMR, 203).
Las palabras que hemos escuchado en el Evangelio proclamado, ponen de relieve lo que vamos a celebrar. Con el Santo Crisma consagrado se ungen los recién bautizados, se sellan los confirmados, se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos, y las Iglesias y altares en su dedicación. El Señor, como habéis escuchado, en la sinagoga de Nazaret donde se había criado, leyó la lectura del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido: me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor... ». Y termina el Señor diciendo: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír» (cfr. Lc 4, 18-19. 21).
Me vais a permitir, queridos hermanos, que hoy me dirija especialmente a los sacerdotes en esta Misa Crismal. Queridos hermanos sacerdotes: hemos sido ungidos. Y, como nos decía el libro del Apocalipsis: «de parte de Jesucristo, el testigo fiel, el príncipe de los reyes, el primogénito de entre los muertos, el que nos ama, el que nos ha librado de nuestros pecados con su sangre, el que nos ha hecho reino de sacerdotes para Dios Padre, el que nos ha puesto en frente de su pueblo, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (cfr. Ap 1, 5-8). Esa gloria la damos ungidos; abrimos la puerta del corazón a la persona que nos ama y la cerramos a todo aquello que amenace ese amor de Jesucristo que se tiene que manifestar a través de nosotros. Abierta la puerta a quien nos ama, se la abrimos a todos los hombres.
¿Qué significa, queridos hermanos, que «ungidos» tenemos la puerta abierta a todos los hombres? ¿Qué significa que, por ello, somos ungidos a abrir la puerta del Señor y a todos los que ha dado la vida nuestro Señor? Significa abrírsela a todos los que Él ama, tal y como nos decía el Evangelio que acabamos de escuchar: a los pobres, a los descarriados, a los pecadores, a toda persona, sea quien sea: es un hijo de Dios, que alomejor vive en la inconsciencia de la orfandad, pero hijo de Dios. Y significa también cerrársela a los ídolos como son el halago fácil, la gloria mundana, las concupiscencias, el poder, la riqueza, la crítica fácil y destructiva de personas, con la división que engendra y que no da a conocer los pensamientos de Dios, sino los nuestros. Pensamientos que dividen y amenazan la comunión y la unidad. Significa, también, que hemos de hacer un trasplante más para tener los pensamientos de Dios. Sí: un trasplante de mente. En la celebración de la Misa Crismal de años anteriores, os hablé de que «ungidos» significaba hacer un trasplante de ojos para mirar con los ojos de Jesús, y hacer también un trasplante de corazón para que nuestro corazón tenga las medidas del corazón del Señor, en el que tienen cabida todos los hombres. El corazón que tiene espacio para el Señor, siempre tiene espacio para los demás. Para todos los demás. Y nos hace tener una mirada compasiva, un corazón hospitalario, y los mismos pensamientos y la mente de Cristo. Como el padre misericordioso del Evangelio que, a diferencia de los dos hijos -que uno se escapa, y el otro se cree que por haberse quedado el padre le debe dar más derechos de herencia-, tiene otra mirada, otro corazón y otros pensamientos. Hagamos trasplante de mente, para pensar y sentir como Cristo nuestro Señor.
Hermanos sacerdotes: abrid las puertas al Señor. No se las cerremos. Abrid las puertas de vuestro corazón y las puertas también de las iglesias. No tengáis miedo. Abridlas desde esa oración en el comienzo de cada jornada, que nos abre al Espíritu y nos llena de paz, alegría y capacidad para salir y acercarnos, y ser cercanos a todos los hombres. Salir a pastorear y a buscar a quien aún no está con nosotros. Complicaros la vida y complicarnos la vida nace de haber sido ungidos. De haber escuchado al Señor en la cena del Jueves Santo, como tan bellamente describe san Juan de Ávila: «Para que conozca el mundo cuánto yo amo a mi Padre, levantaos y vamos de aquí. ¿A dónde? A morir en la Cruz». El ministerio nos debe alejar de toda indiferencia, de cualquier comodidad o interés personal para, así, estar al servicio de nuestro pueblo. Somos enviados a servir, y a servir con coraje. Y para ello es necesaria la vida de comunión con Cristo, cultivada, vivida.
Confiemos siempre en que el Señor nunca defrauda. Siempre triunfa. Siempre nos da lo que necesitamos. Como nos decía el beato Pablo VI en el discurso de la segunda sesión del Concilio Vaticano II: «Debemos desear siempre una Iglesia del amor si queremos que tenga capacidad de renovarse profundamente, y de renovar el mundo, cosa que es ardua pero no difícil... El mundo ha de saber que la Iglesia lo mira con gran amor, que siente por él una admiración sincera y lo busca con buenas intenciones y con obras, no para dominarlo, sino para estar a su servicio; no para despreciarlo, sino para ennoblecerlo; no para condenarlo, sino para llevarle el consuelo y la salvación».
¿Qué quiero deciros al hablaros de que nuestro pensar tiene que ser el de Cristo y, por ello, al invitaros a hacer un trasplante de mente, de nuestros pensamientos, para tener los de Cristo? Con tres claves os lo manifiesto: 1) Sed imagen del Buen Pastor; 2) Vivid una entrega apasionada; 3) Estad siempre al servicio de los hombres, llenos de misericordia.
1. Sed imagen del Buen Pastor: atrevámonos a ser imagen del Buen Pastor, que tan bellamente se nos describe en el Evangelio. Para ello es necesario que seamos auténticos discípulos de Cristo. Que significa estar enamorados de Cristo, ya que solamente un sacerdote así puede renovar la comunidad cristiana. El Buen Pastor es imagen del Padre que va en búsqueda de todos sus hijos. El Buen Pastor es un misionero con ardor, que vive en un anhelo constante de buscar a los alejados, y no se contenta con la simple administración. El Espíritu y la unción que hemos recibido nos convierte en personas generosas y creativas, queridos hermanos; felices en el anuncio y en el servicio misionero. Nos vuelve comprometidos con la realidad que, día a día, nos reclama, y nos hace capaces de encontrar significado a todo lo que nos toque hacer por la Iglesia, por el mundo, y por todos los hombres. Tenemos un don. Se nos ha regalado por gracia un don. No somos gestores. Quien vive el ministerio como gestor, cae fácilmente en el funcionalismo. Ser imagen del Buen Pastor nos lleva a vivir una espiritualidad centrada en la escucha de la Palabra de Dios y en la celebración diaria de la Eucaristía. La Eucaristía tiene que ser mi vida. Y, mi vida, una Eucaristía prolongada todo el día. Sabe de darse, no de retenerse; sabe de acercarse, no de separarse. La Eucaristía tiene que ser vivida. Asumir el mandamiento del amor como estilo de vida propio Jesús, con compasión entrañable ante el dolor humano, ante los pobres, con un espíritu de servicio hasta el don de la vida -tu vida, tu tiempo-, todo para ser misionero, de tal manera que la plenitud de la vida afectiva tenga su expresión en la caridad pastoral. Primera clave para trasplantar la vida: hacer trasplante de la mente y tener los pensamientos del Señor.
2. Vivamos una entrega apasionada: que me lleva a vivir con pasión el cuidado de aquellos que se me ha confiado. Donde el compromiso afectivo-existencial me lleva siempre a estar atento a sus necesidades, con dedicación esforzada y con una gran ternura que manifiesta la que tiene Dios mismo con cada uno de nosotros. El ardor y la pasión misionera son obra del Espíritu Santo y se manifiestan en el trabajo de cada día, en el diálogo, en el servicio, en la misión cotidiana. El origen de esta entrega ardorosa y apasionada tiene sus raíces en la conciencia, cada día más viva, de la pertenencia a Cristo, donde tiene también origen el ímpetu de comunicar a todos el don de este encuentro. De tal manera, hermanos, que la misión no se reduce a un programa o a un proyecto, sino que fundamentalmente es compartir la experiencia de este encuentro con Cristo, testimoniarlo, anunciarlo de persona a persona. Esta entrega apasionada es la que nos lleva a realizar esa «conversión pastoral» en la que tannto nos insiste el Papa Francisco, nos habla permanentemente, y que nos pide que pasemos de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera, donde la Iglesia se hace presente y se manifiesta como una madre que sale al encuentro de sus hijos, como casa acogedora y escuela permanente de comunión misionera. Evangelicemos siempre con la dulce y confortadora alegría de hacerlo. No siendo evangelizadores tristes y desalentados ante las dificultades que podamos tener, impacientes o ansiosos. Hemos de evangelizar siendo la transparencia de la alegría de Cristo que hemos recibido y que nos lleva a vivir siempre en una entrega apasionada, olvidándonos de nosotros mismos y considerando siempre que los otros tienen que ser la meta que alcancemos para mostrarles la presencia viva de nuestro Señor Jesucristo. Trasplantemos la mente y nuestros pensamientos.
3. Estemos siempre al servicio de los hombres, llenos de misericordia. En definitiva es estar configurados con el corazón del Buen Pastor, que es como vivir: 1) Cuidando, es decir, al servicio de la vida y, por ello, atentos a las necesidades de los que más necesitan, comprometidos en la defensa de los más débiles, y promoviendo la cultura del encuentro, del diálogo y de la solidaridad. No tenemos otra, es la que trajo Jesucristo, es la que encarnó Jesucristo, y hemos sido ungidos para hacer, y llevar, y mostrar, y revelar esta cultura. 2) Al servicio de los hombres, con misericordia, experimentada por cada uno de nosotros en la celebración del sacramento de la penitencia, y disponibles siempre para celebrar el sacramento de la reconciliación, que en definitiva es volverse cercanos. Que no es lo mismo que procurar éxitos pastorales, sino fidelidad en la imitación al Maestro, cercano, accesible, disponible, desbordado, con la conciencia de pecador y necesitado de abrirse a la misericordia de Dios para también poder mostrarla y regalarla, no con palabras, sino con la propia vida también, y haciendo que la fuerza del Espíritu Santo se manifieste más entre los hombres.
Queridos hermanos sacerdotes: el Señor hoy nos invita a hacer un trasplante de mente, de pensamientos, imitando y siendo imagen del Buen Pastor, viviendo una entrega apasionada, y poniéndonos al servicio de todos los hombres llenos de misericordia. Con palabras de san Juan Ávila, termino invitándonos a dejar que el Señor nos dé siempre su ver, su sentir y su pensar. Decía así san Juan de Ávila: «Señor, encumbraste tu amor, que no tiene tasa, y ordenaste por modo admirable cómo, aunque te fueses al cielo, estuvieses con nosotros; y esto fue dando poder a los sacerdotes para que con las palabras de la consagración te llamen, y vengas tú mismo en persona a las manos de ellos, estés realmente presente, para que así seamos participantes en los bienes que con tu Pasión nos ganaste, Señor; y así le tengamos en nuestra memoria, con entrañable agradecimiento y consolación, amando y obedeciendo a quien tal hazaña hizo, que fue dar por nosotros su vida».
Te recibimos ahora, Señor. Haznos sacerdotes a imagen del Buen Pastor, con entrega apasionada, vivida esta pasión desde un encuentro efectivo contigo, al servicio de todos los hombres, sin distinción. Nuestra vida no se mueve por ideas: se mueve por tu persona, que quiere llegar a todos los hombres. Que lo hagamos llenos de misericordia. Amén.
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