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Querido José Luis, vicario episcopal de Pastoral Social; queridos vicarios episcopales; querido Víctor y miembros de la comisión de discapacidad; queridos hermanos sacerdotes, queridos diáconos, seminaristas. Queridos hermanos y hermanas todos.

La Iglesia siempre es puerta de participación para todas las personas. Para todas. Porque, aunque con capacidades diferentes, todos tenemos la misma hechura de Dios. Y es responsabilidad también de los pastores, de todos los agentes de pastoral, asegurar que la puerta de la Iglesia esté siempre abierta para todos: en todas las comunidades cristianas, en las parroquias, en todas las instituciones de la Iglesia.

Pensad qué elemento tan importante y primordial para construir esta paz -en este mundo y en esta tierra, que tantas dificultades tiene para crearse- es promover la igualdad de los hombres, promover la reconciliación, promover en definitiva eso que el Papa Francisco nos está invitando a hacer: la cultura del encuentro. Y un elemento primordial es el reconocimiento de la igualdad de las personas humanas, que nace de la misma dignidad trascendente: aunque tengamos capacidades diferentes, pero todas ellas complementarias y necesarias. En este sentido, la igualdad es un bien de todos; es un bien inscrito en esa gramática natural que se desprende del proyecto divino de la creación, un bien que no se puede desatender ni despreciar sin provocar graves consecuencias que ponen en peligro la convivencia entre los hombres. Por eso, esta tarde, aquí, en esta catedral, queremos expresar juntos, con capacidades diferentes, que promover la igualdad de los hombres es algo en lo que apostamos con nuestra vida. Pensad que el respeto de los derechos del hombre pasa necesariamente por evitar que se debiliten todos los que tiene el ser humano como imagen de Dios que es. Por eso, para todos nosotros, pasa por edificar la cultura del encuentro, o esa cultura de la misericordia que en definitiva es la cultura donde está presente el amor mismo de Dios. Que Dios os pague, queridos hermanos, a todos los que hacéis posible esto con vuestra contribución a la edificación de esta cultura que se pone al servicio de todos y construye la familia humana.

El amor al prójimo no se puede delegar a nadie. El Estado, la política... con la solicitud por los demás necesaria para la situación social, no pueden sustituir el amor al prójimo. El amor al prójimo requiere siempre el compromiso personal, para el cual ciertamente se deben crear las condiciones generales favorables. Gracias a este compromiso, la ayuda mantiene su dimensión humana y no se despersonaliza. Vosotros, y todos los que estamos aquí, no tapamos agujeros. Con este encuentro no queremos tapar ningún agujero: queremos hacer una red social en la que todas las personas, con las capacidades diferentes que tenemos, todos juntos, de verdad contribuyamos a dar rostro humano y rostro cristiano, el rostro de Cristo en esta sociedad.

Todos los hombres necesitan ser valorados. Absolutamente todos. Todos necesitamos que nos digan: te necesito, tú eres capaz, cuánto bien nos hace tu vida. Precisamente, hermanos, en su sencillez, estas palabras nos remiten de modo indirecto al Dios que nos ha querido a cada uno de nosotros, y que a cada uno ha dado una tarea personal; que necesita a cada uno de nosotros, y espera además que contribuyamos con esta tarea que según nuestra capacidad hacemos en favor de todos.

Comprometámonos por amor con todos en la diversidad de capacidades. El sí a un compromiso es una decisión que nos hace libres y nos abre a las necesidades de los demás; a las exigencias de la justicia, de la defensa de la vida y de la salvaguardia de la creación, como dice el papa Francisco. En este compromiso entra en juego la dimensión clave de la imagen cristiana de Dios y del hombre, es decir, el amor a Dios y el amor al prójimo. El amor a Dios se expresa en el amor al prójimo, y el amor al prójimo debe expresar el amor que tenemos a Dios.

Hermanos y hermanas: en este día, que me gusta más denominar día de las capacidades diferentes que día de la discapacidad, comprometámonos con una cultura de las capacidades diferentes. Nadie sobra. Dios quiere personas que amen como Él. En el siglo XIV así lo decía un teólogo, Scoto: quiere personas que amen como Él, nos quiere a nosotros que amemos como Él, que nos necesitemos los unos a los otros.

El compromiso gratuito tiene mucho que ver, hermanos, con la gracia. Una cultura que quiera contabilizarlo todo y pagarlo todo, que sitúa la relación con los hombres en una especie de corsé de derechos y deberes, gracias a las innumerables personas comprometidas gratuitamente experimenta que la vida es un don inmerecido; experimentamos la verdadera verdad del ser humano y la verdadera necesidad de sentirnos -los que con capacidades diferentes construimos este mundo- necesitados los unos de los otros. Amemos gratuitamente.

Hemos recibido gratuitamente de Dios la vida, hemos sido liberados gratuitamente de ese callejón sin salida del pecado y del mal que a veces nos hace hacer descartes en la vida. Hemos salido, y el espíritu con sus múltiples dones nos ha hecho ver que el amor es gratuito, que no se practica para obtener otros objetivos. Quien es capaz de amar reconoce precisamente que de ese modo también es ayudado. Poder ayudar no es un mérito, no es motivo de orgullo: es gracia que nos ha regalado Dios haciéndonos a su imagen y semejanza. Transmitamos gratuitamente, con nuestras relaciones, con servirnos los unos a los otros, lo que hemos recibido; entremos en esta lógica de la gratuidad, que está por encima del simple deber y del simple poder moral; sirvamos, hermanos, a la dignidad del ser humano.

El compromiso es un servicio que se fundamenta en el hecho de haber sido creados, como os decía antes, a imagen y semejanza de Dios. Todos los que estamos aquí. Ya en el siglo II un gran santo, san Ireneo, decía que la gloria de Dios es el hombre que vive y la vida del hombre es la visión de Dios. Y quien ayuda a dar vida al hombre ayuda a dar la visión del Dios cristiano. Queridos hermanos, puesto que necesitamos tener la mirada de Dios, la mirada de Jesús nos transmite el amor que debemos tener a todos. Las personas nos tenemos que comprometer gratuitamente en el aprecio al prójimo simple y llanamente, como os he dicho, por ser imágenes de Dios. Todas las personas nos recuerdan la dignidad del hombre, y suscitan en nuestra vida alegría y esperanza. Por eso, queridos hermanos, demos gracias a Dios. Tenemos necesidad del amor.

Hay una página del Evangelio que nos señala que el amor al prójimo no se puede delegar; está al servicio de todas las instituciones civiles, pero nunca estas instituciones pueden sustituir el amor. El papa Benedicto XVI, cuando escribía la encíclica Deus Caritas Est, nos decía: El amor siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa que os imaginéis. No hay ningún orden estatal, por más justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Y hará diferencias. No entenderá las capacidades diferentes que Dios da a cada uno, y que necesitamos todos para vivir y construir esta fraternidad. El amor requiere y requerirá siempre el compromiso personal. Precisamente por eso, en la red social que todos juntos hemos de hacer, quienes aman, con el amor mismo de Dios, contribuyen a delinear el rostro humano y cristiano de la sociedad. Hagamos este rostro, queridos hermanos y hermanas.

Habéis escuchado hace un momento la Primera Lectura del profeta Isaías. Qué maravilla. Qué maravilla, hermanos. En esa descripción que nos hace el profeta, donde esperamos al Rey que viene, que va a poner paz, que va a hacer posible la convivencia, el profeta utiliza imágenes preciosas para decírnoslo. Pero, en definitiva, nos dice que nadie queda fuera para Dios. Nadie. Y quiere mostrarlo haciéndose presente entre nosotros y diciéndonos a cada uno lo que Él desea de los hombres. Todos tenemos algo que aportar, y todos necesitamos de los demás. Todo puede ser diferente si hacemos que brote un renuevo, el tronco de Jesé, nos decía el profeta Isaías.

Animémonos, queridos hermanos, a prepararnos en este tiempo de Adviento. Este es el segundo domingo de Adviento que estamos celebrando. Vísperas. Animémonos a acoger al príncipe de la paz, al príncipe de la justicia, a la justicia de Dios. Animémonos. Así nos lo dice el Salmo 71, que afirma que algo de Dios está en la condición humana. Y merece la pena que dejemos que Dios venga a nosotros para que la condición humana sea respetuosa absolutamente con todos.

Hermanos: tres expresiones, como habéis escuchado en el Evangelio, nos manifiestan muy bien lo que aquí celebramos y lo que quiere Dios que nosotros también construyamos. Tres expresiones. Una de ellas es que nos convirtamos. Nos ha dicho el Evangelio: convertíos, porque está cerca el Reino de Dios. El Reino de Dios es Cristo mismo. Él es la bondad, la verdad, la justicia. Acercándonos a Él, tenemos todo eso. Dejándole entrar en nuestra vida, tenemos todo eso que Él es. Convirtámonos. Aceptemos este reto.

En segundo lugar, el Señor nos decía: preparad el camino. Preparemos el camino al Señor, allanemos sus senderos. Esos senderos tienen hoy, aquí, una implicación muy especial entre nosotros. Recibir al Señor que viene supone eliminar barreras, las personales, las que nos distancian a unos de otros, pero también las barreras arquitectónicas y mentales, a veces más complicadas de derruir que las primeras. Facilitar el acceso a todas las personas que tienen ciertas capacidades -unas excepcionales- que a nosotros nos enriquecen, y otras además con dificultades para vivirlas. Y es necesario que se eliminen barreras: hacer que no sean nuestros invitados, sino hermanos y hermanas en igualdad de condiciones que los demás, actores y protagonistas de la acción evangelizadora de la Iglesia.

Preparemos el camino, queridos hermanos. Pero esto supone hacer que el rostro del Señor esté en nuestra vida. Convirtámonos al Reino. Es imposible preparar el camino si no nos convertimos, si no damos esa versión a la vida nueva, la de Cristo, que nos hace descubrir en los demás a Cristo mismo, y que nos hace ver lo que necesitan de verdad los demás. Si hay barreras que impiden entrar donde los demás podemos entrar, hay que eliminarlas. Sean, como os decía, mentales -que quizá son las peores-, y también las arquitectónicas.

Por otro lado, queridos hermanos, demos fruto. Dad fruto, nos decía también el Evangelio. ¿Qué es dar fruto? Dar fruto supone una iglesia como la que estamos viviendo aquí, en estos momentos: somos miembros vivos de la Iglesia. Una Iglesia que sale, que tiene que ser antes y para todas las personas una Iglesia habitable, donde todos nos sintamos hermanos; una Iglesia accesible, donde quienes tienen capacidades diferentes se sientan en su propia casa y se ayuden mutuamente, unos a otros. Tenemos que tomarnos muy en serio la incorporación del mundo de las capacidades diferentes. Invertir en ello no es gastar, queridos hermanos. Invertir para que todos podamos vivir juntos es ganar. Os lo decía así en la carta que os escribí: no es un gasto, amigos, es una preciosa inversión. Es un signo de una Iglesia que quiere ser próxima y accesible a todos. Hoy se lo podemos pedir al Señor.

Hermanos: todos vosotros sois imprescindibles en la tarea de evangelizar. Todos. Evangelicemos Madrid. Unámonos todos. Sin vosotros, la Iglesia no sería la misma. Sin todos los que estamos aquí, con capacidades diferentes, la Iglesia sería otra. Es necesario que estemos juntos. Que nos sintamos alentados, confortados, confirmados en la tarea de evangelizar el mundo; este mundo donde, a veces, no se acepta que haya capacidades diferentes, y no se trata a todos como imagen y semejanza de Dios que somos. Iniciativas como vuestra mesa de la discapacidad, que aglutine diversas entidades de la Iglesia, ayudan poco a poco a devolver el lugar que corresponde a las distintas capacidades en el seno de la Iglesia.

Que nunca, queridos hermanos, se nos olvide esta Jornada, que es la primera que celebramos. A todos nos pide el Señor que nos convirtamos; a todos nos pide el Señor que emprendamos el camino, que allanemos el camino; a todos nos pide el Señor que demos frutos. Que nos dejemos tocar por el Señor, que se acerca a nuestra condición humana. Aquí, en el altar, dentro de un momento, se hace presente Jesucristo. Dejemos que toque nuestra vida, nuestro corazón; dejemos que nos abrace y que nos enseñe a abrazar a otro que, con capacidades diferentes, enriquece mi vida. Experimentemos, queridos hermanos, esta noche, aquí, juntos, que el reino de Dios está entre nosotros. Es Cristo. Quiere que cambiemos nuestra vida, y que cambiemos y hagamos más habitable esta gran ciudad en la que vivimos, que es Madrid. Amén.

Este viernes, 30 de diciembre, celebramos la Jornada de la Sagrada Familia. Muchas veces os he repetido que la familia es el tesoro más importante de un pueblo, es patrimonio de la humanidad. Pero es cierto que tiene afecciones, y que hay que poner todos los medios para curarlas y promover que cambie la vida y la historia de los hombres. La familia es sanadora de la humanidad, es imagen de Dios en su misterio más último, pues no es soledad sino familia. El Sínodo de los Obispos, fruto del cual el Papa Francisco nos regaló la exhortación Amoris laetitia, es una manifestación clara de que la Iglesia desea salir a los caminos por los que camina la familia y encontrarse con todas las realidades que esta vive. Solo así podemos ayudar. Este viernes, en la catedral de la Almudena, desde las 11:00 horas oraré con cada familia y recibiré a quienes lo deseen, para concluir con una Misa a las 19:00 horas.

La Iglesia es Madre que no se desentiende de sus hijos. Así lo hizo el Señor. Y su Cuerpo que es la Iglesia tiene que seguir sus pasos. ¡Qué proyecto más excepcional es la familia cristiana! Tiene una vigencia particular en un momento en el que la crisis fundamental de nuestra civilización es de concepción de la persona. En la encíclica Laudato si, el Papa Francisco nos decía que la crisis ecológica es una crisis antropológica. La familia cristiana está fundada en el sacramento del matrimonio entre un varón y una mujer, signo del amor de Dios para la humanidad y de la entrega de Cristo por su esposa, la Iglesia.

Desde esta alianza de amor es desde donde se despliegan la paternidad y la maternidad, la filiación y la fraternidad, junto con el compromiso de los dos por una sociedad mejor. ¡Qué fuerza tiene entender que el matrimonio es una realidad de amor! Y el amor crece, se consolida y se profundiza. El amor es una realidad dinámica. En el matrimonio cristiano sabemos que su gracia sacramental acompaña dinámicamente este crecimiento. Urge que profundicemos en el sentido originario del amor para recuperar su verdad y que este sea el eje fundamental del matrimonio y de la familia. El Papa Francisco desea recuperar el sentido originario del amor y por eso nos propone el himno de la Primera Carta a los Corintios.

Estamos llamados a trabajar en favor de la familia, pero hemos de poner en el centro el amor, es decir, el carisma mejor. Frente a la realidad de la división, de la ruptura, hemos de hacer todo lo posible para que las situaciones que engendran enfermedad a la familia desaparezcan. El ser humano necesita de casa, hospital, nido, que sepa dar esa medicina necesaria para hacer que la familia sea lugar de crecimiento, de humanización, que oferta todo aquello que necesita el hombre para salir a este mundo y construir la vida y la historia sin que nada lo amenace.

En este camino es muy importante dejarse «envolver por el amor de Dios». Estamos en Navidad y la Sagrada Familia adquiere un protagonismo especial. ¿Estáis dispuestas, queridas familias, a vivir según lo que dice san Pablo que es el amor?

El amor es paciente, servicial, no alardea, ni es arrogante. ¿Qué significa esto en nuestra vida? Que el amor no se deja llevar por impulsos y evita agredir, que tampoco exige que las relaciones sean celestiales. Que no podemos colocarnos en el centro. Que siempre tenemos una reacción dinámica y creativa con respecto a los demás. Que experimento la felicidad de dar. Que no hay lugar para sentir malestar por el bien del otro; que valoramos sus logros. Que nunca quiere aparecer como superior a los demás; que no se agranda ante los otros.

El amor no obra con dureza ni busca su interés, ni se irrita, ni lleva cuentas del mal, ni se alegra de la injusticia. ¿Qué consecuencias tiene esto en nuestra vida? Hay que sanar el orgullo. Nuestra lógica no puede ser sentirse más que los otros; no puede reinar la lógica del dominio. Nunca es duro en el trato pues detesta hacer sufrir a los demás. Nunca se detiene en las limitaciones del otro: sabe bien que el egoísmo, las tensiones y los conflictos atacan con violencia y hieren la comunión.

El amor se goza con la verdad, disculpa, cree, espera, soporta. ¿Qué consecuencias tiene en nuestras relaciones? Hay que alegrarse con el bien del otro y para ello es necesario que reconozcamos su dignidad. No podemos condenarnos a vivir con poca alegría; hemos de descubrir que se es más feliz dando que recibiendo. Hemos de ser contraculturales, que se traduce en ser personas que disculpamos todo, que tenemos confianza en el otro. El amor que confía, deja en libertad al otro, renuncia a controlarlo todo. Por otro lado, el amor no desespera del futuro; amor a pesar de todo.

Hay una página del Evangelio en la que contemplo lo que la Sagrada Familia provoca en quienes van a visitarla inmediatamente después de haber nacido Jesús. En el Evangelio de san Mateo se describe el anuncio a los pastores (cfr. Mt 2, 8-20). Sabéis muy bien que los pastores en el pueblo judío no eran hombres de gran prestigio, más bien eran marginados, e incluso en muchas ocasiones vivían de la rapiña y el robo, no eran hombres de fiar. Pero en la noche santa, aquellos pastores viven una experiencia singular, «la gloria del Señor los envolvió de claridad» y fueron invitados a ir a Belén. «Fueron corriendo y encontraron a María y a José y al Niño Jesús acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño». ¿Qué contemplan aquellos pastores? ¿Qué provocan Jesús, María y José en ellos y en nosotros?

1. Jesús: Contempla a hombres necesitados de amor, de sentido a la vida, de vivir haciendo el bien. Tú también eres pastor, en alguna ocasión o circunstancia lo hemos sido. Haciéndose Niño nos manifiesta, en la pequeñez, la grandeza de Dios y la belleza del hombre que se deja tocar por su ternura y amor. Nos provoca a vivir en la verdad de lo que somos: hijos de Dios y hermanos de entre los hermanos. Nos provoca a que descubramos que Dios nos ama. Se hace hombre y desea pasar por todas las etapas en las que se fragua la existencia humana. Con su silencio de niño recién nacido que no sabe, ni puede hablar, nos está enseñando a vivir con los otros incondicionalmente. Es Dios que ama y calla. Escucha lo que dicen quienes contemplan, en este caso los pastores, y cómo se admiran todos. Se muestra y se revela a los sencillos y pequeños.

2. José: Contempla a un hombre de fe. Vive para Jesús y María. También en tu vida surgen miedos. A san José le había paralizado y atenazado el miedo, al tener la noticia de que su mujer iba a tener un hijo sin vivir con Ella. Pero escucha a Dios que le dice a través del ángel: «No tengas miedo». Es en la escucha de Dios donde se quitan los miedos y donde se genera y engendra esperanza. En la escucha de Dios, José encontró la dichosa salida como dice san Juan de la Cruz. Nunca quedemos en la duda; fiarnos de Dios, establecer una confianza con Él, es todo un camino para vivir la familia.

3. María: Contempla a la mujer que nos enseña como buena Madre a dar los pasos que son más necesarios para un encuentro profundo con Dios y hacer posible y viable con alegría y gozo la familia. Ella da permiso a Dios para que entre en su vida y designios. Tiene una conversación que le hace ver con claridad que «nada hay imposible para Dios». Quizá María percibe esta realidad en aquellos pastores que cambian su vida por unas palabras muy sencillas: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad». María toma una decisión que cambia la historia. Dejemos que entre Dios en nuestra vida. Hagámoslo al estilo y manera de nuestra Madre: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra».

La Familia de Nazaret espera que sigas sus huellas. Ten presentes siempre las provocaciones que te hace esta familia. Cada miembro te pide algo diferente, responde con prontitud y alegría. Ama con el amor mismo de Dios, que se aprende contemplándolo y pasando largas horas de conversación con Él.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

Jueves, 12 enero 2017 08:56

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