Ilustrísimo señor Deán, vicario general y vicarios episcopales, excelentísimo cabildo catedral, queridos hermanos sacerdotes, queridos diáconos.
Excelentísima señora presidenta de nuestra Asamblea de Madrid, representantes del gobierno de la Comunidad Autónoma de Madrid, representantes del Ayuntamiento de Madrid.
Excelentísimo señor Embajador de Bélgica. Representantes de otros países, y miembros del cuerpo diplomático. Queridos hermanos y hermanas.
Nos lo acaba de decir el Salmo que hemos recitado juntos: «Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad». Esa fue la expresión de la Santísima Virgen María cuando Dios le pidió si prestaba la vida para dar rostro a Dios mismo, que quería venir a esta tierra para decirnos quién es Dios y quién es el hombre.
Hoy, cuando recordamos a quienes fallecieron, a las víctimas del atentado terrorista en Bruselas, también recordamos y se nos pone de manifiesto la necesidad de este rostro y de esta manera de ser y de vivir que trae la paz, la solidaridad, el servicio de unos a otros, la entrega mutua, el valorar a otro como más importante que uno mismo, que nos da a conocer precisamente aquel que en la anunciación, en el momento que la Santísima Virgen dijo «Aquí estoy, hágase en mí según tu palabra», se hizo presente en esta tierra y en este mundo.
Hace un instante escuchábamos en la primera lectura del profeta Isaías: «no canséis a los hombres ni a Dios». El terrorismo ciertamente cansa: destruye a los hombres, y cansa y destruye la voluntad de Dios. Es verdad que sus causas son numerosas y complejas, además de las ideológicas y políticas unidas a aberrantes concepciones religiosas. El terrorismo, todos experimentamos y sabemos que no duda en atacar a personas inermes, sin ninguna distinción, o en imponer chantajes inhumanos, provocando el pánico en todo el mundo, para obligar a veces a los responsables políticos a favorecer los planes que los mismos terroristas tienen.
Como veis, queridos hermanos y hermanas, después de proclamar esta palabra en la que esta mujer excepcional y única, que es la Santísima Virgen María, prestó la vida para dar rostro no al terror sino a la vida, qué bien podemos decir que ninguna circunstancia puede justificar una actividad criminal que llena de infamia a quienes la realizan, y que es mucho más deplorable aún cuando tiene su apoyo en una religión porque rebaja así la pura verdad de Dios a la medida de la propia ceguera y de la perversión moral.
El profeta nos decía hace un instante: «No canséis a los hombres ni a Dios». Atentar contra la vida es cansar a los hombres, destruir la vida es cansar a Dios que es dueño y dador de la vida, siempre.
Por otra parte, nos decía la Carta a los Hebreos, esa segunda lectura que hemos escuchado, que nosotros vivamos diciendo lo mismo que dijo la Santísima Virgen María y el mismo Dios que se hizo hombre: «Aquí estoy para hacer la voluntad de Dios». Tú no quieres sacrificios, tú no quieres ofrendas fáciles, quieres la verdad de la paz, que sigue siendo o poniéndose en peligro y negada de manera dramática por el terrorismo que, con amenazas y acciones criminales, es capaz de tener al mundo, como nos ha tenido a nosotros, en estado de ansiedad y de inseguridad.
Qué bien viene recordar aquellas palabras de san Juan Pablo II cuando decía que quien mata con atentados terroristas cultiva sentimientos de desprecio hacia la humanidad, manifestando desesperación ante la vida y el futuro. Desde esta perspectiva se puede odiar y destruir todo. Por eso, continuaba diciendo, pretender imponer a otros con la violencia lo que se considera como la verdad significa violar la dignidad del ser humano, y en definitiva ultrajar a Dios del cual el ser humano es su imagen.
Por eso, queridos hermanos, qué bien nos viene escuchar lo que hace un instante nos decía la Carta a los Hebreos: «Aquí estoy para hacer tu voluntad». Esto es lo que Dios mismo, viniendo a este mundo, nos ha dicho: si hacemos la voluntad de Dios.
Y hacemos la voluntad de Dios cuando entregamos vida, cuando entregamos solidaridad, cuando construimos la fraternidad, cuando tenemos capacidad para respetarnos los unos a los otros, cuando tenemos la altura de miras y el corazón tan grande que es capaz de acoger a todos los hombres. Por eso, con la anunciación se nos dice que tenemos un modo nuevo de estar en el mundo y de vivir juntos los hombres. Y esto es lo que hoy recordamos, al hacer memoria de quienes han fallecido en el atentado de Bruselas, y también de sus familiares que siguen viviendo y siguen experimentando el dolor inmenso que supone un modo de vivir viejo, caduco, trasnochado... Qué bien nos viene a todos, para volver a tener esperanza, el escuchar de parte del Señor que un modo nuevo está en el mundo, un modo de vivir juntos los hombres.
Pero, para ello, son necesarias tres cosas: la primera, dejarnos sorprender por Dios. Esto es lo que le sucedió a la Santísima Virgen María, tal y como se ha escuchado en el Evangelio que hemos proclamado. Ella recibe la visita de Dios a través de un ángel, que le pide la vida, que preste su vida para presentar la vida verdadera en medio de este mundo. Y Ella no dudó: prestó la vida. Ante la duda preguntó cómo será esto, y ante la pregunta Dios le contestó que la vida, que viene de Dios, es Dios mismo el que se la va a dar.
Queridos hermanos: sorpresa. Sorprenderse en la vida por Dios es esencial. Dejarse sorprender por un Dios que es capaz de darlo todo, hasta su propia vida, de rebajarse a hacerse uno como nosotros, de hacerse esclavo para hacernos libres a los hombres, es una sorpresa; pero es la única manera de eliminar el terror y de capacitarnos a los hombres para vivir como hermanos.
En segundo lugar, hay una llamada también. Este modo nuevo de estar en el mundo y de vivir juntos implica que nos dejemos sorprender por Dios. Y también que nos dejemos llamar por Dios. A la Santísima Virgen María la llama Dios, y le pide que si presta la vida para dar rostro a Dios.
Queridos hermanos. Mirad: yo diría que en la base de los trágicos, difíciles momentos que vive la humanidad, cuando hay un atentado terrorista del tipo que fuere, en el fondo está la tergiversación que se hace de lo que es la plena verdad de Dios. Por una parte, el nihilismo que niega la existencia de Dios y su presencia providente en la historia, trae siempre tragedias a los hombres, porque el ser humano necesita saber cómo vivir y comportarse junto a los demás. Pero también el fundamentalismo fanático desfigura el rostro benevolente y misericordioso de Dios, sustituyéndolo con ídolos que hacemos a nuestra propia imagen y que nada tienen que ver con Dios.
Por eso, no podemos instrumentalizar la verdad de Dios, que nos dice la verdad del hombre y la verdad de sí mismo. Todos tenemos una llamada, como la tuvo la Virgen, para prestar la vida y dar rostro a Dios, que es rostro de vida, de fraternidad, de verdad, de compromiso, de no desentendernos de los demás.
Por lo tanto, queridos hermanos, un modo nuevo de estar en el mundo y de vivir juntos se nos manifiesta en la memoria que hoy hacemos de aquellos que murieron en Bruselas, y por quienes oramos. Que lo vivamos siempre, sorprendidos y amados por Dios, para dar ese rostro que solamente junto a Jesucristo, que se va a hacer presente realmente aquí, en el misterio de la Eucaristía, podemos encontrar: nuestro propio rostro.
Sí, hay que combatir el terrorismo. Pero hay que combatirlo con determinación y eficacia. Si el mal es un misterio que tiende a extenderse, la solidaridad de los hombres en el bien, la solidaridad de los hombres en mostrar el rostro de Dios, es un misterio que tiende a difundirse aún más que el mal. Apostemos por el bien. El bien se hace presente: es Dios mismo. Os invito a acogerlo en vuestro corazón, y a que ante Jesucristo y junto a Jesucristo pongamos a todos los que fallecieron por este atentado terrorista en Bruselas. Amén
Querido don Juan Antonio, obispo; secretario de la Nunciatura Apostólica en España, secretario de la Conferencia Episcopal Española, vicario general de nuestra archidiócesis de Madrid, vicarios episcopales, querido rector de nuestra Universidad Eclesiástica San Dámaso, excelentísimo cabildo catedral, queridos hermanos sacerdotes. Miembros de la Iglesia perseguida, y queridos amigos y hermanos que trabajáis en esta fundación pontifica de Ayuda a la Iglesia Necesitada. Queridas hermanas de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta. Señores embajadores, presidenta de la Asamblea, presidente del Consejo de Estado, Fiscal General, subdelegado del Gobierno, autoridades. Hermanos y hermanas todos que en esta tarde nos reunimos para orar por estos hermanos nuestros que a causa de la fe han partido de este mundo violentamente.
El Salmo que acabamos de proclamar y de cantar nos invita a descubrir quién es el que nos reúne esta noche aquí: el Señor. Pero, como nos ha dicho el Salmo, el Señor es compasivo y misericordioso. Tiene pasión por nosotros, los hombres, por todos los hombres, y quiere llevar su amor hasta el límite, porque sabe que solo el amor de Dios puede construir al ser humano de una forma diferente y darle un corazón distinto.
No olvidemos los beneficios de Dios. No olvidemos que Él perdona todas nuestras culpas. No olvidemos que cura nuestras enfermedades, y sobre todo esa enfermedad que a veces habita en nuestro corazón que es el odio, la violencia. El Señor nos colma de gracia y de ternura. Es rico en clemencia y levanta su bondad sobre todos los hombres, hablándonos precisamente de su misericordia.
Quería acercar esta noche, queridos hermanos, en primer lugar lo que acabamos de escuchar en el Libro de los Hechos de los Apóstoles: el Señor no hace distinciones. Han tenido una fuerza especial para nosotros las palabras que hemos escuchado del Libro de los Hechos. Está claro que Dios no hace distinciones, sea de la nación que sea. Envía su palabra anunciando esa paz que solo trae nuestro Señor Jesucristo. Palabras especiales, queridos hermanos, para todos nosotros. El Dios en el que creemos nos dice que la irracionalidad hay que vencerla con el amor.
Esta noche aquí, en la catedral de la Almudena, elevamos nuestro grito a Dios para que impulse a los hombres a arrepentirse. A que descubramos todos que la violencia no crea la paz sino que suscita otra violencia, suscita una espiral de destrucciones en la que en último término todos los hombres son perdedores. Pero, por otra parte, hermanos y hermanas, el Dios en el que creemos es un Dios de la razón, pero de una razón que no es matemática y neutral del universo, sino que es una sola cosa con el amor, con el bien. Por eso esta noche nos reunimos y oramos a Dios, y gritamos a los hombres. Oramos a Dios por nuestros hermanos cristianos que han sido asesinados violentamente solo y por razón de la fe. Y, por otra parte, gritamos a los hombres para que esta razón, la razón del amor y el reconocimiento de la fuerza de la reconciliación y de la paz, prevalezca sobre todas la amenazas de la irracionalidad o de una razón falsa que está alejada del Dios verdadero.
Queridos hermanos: el Señor no hace distinciones. Y esto nos lo dice a todos los hombres. No se puede restablecer la justicia o crear un orden nuevo y edificar una paz auténtica cuando se recurre al instrumento de la violencia. Como nos recordaba san Juan XXIII en la encíclica Pacem in terris, la Iglesia ante la guerra y todo tipo de conflictos indica siempre el camino de la paz, de la justicia, del amor y de la libertad.
Queridos hermanos: por otra parte, no solo el Señor nos dice que no hace distinciones, sino que, en segundo lugar, nos invita a que seamos testigos. Como acabamos de escuchar en el Libro de los Hechos de los Apóstoles que hemos proclamado en la primera lectura. Nosotros somos testigos, decían los apóstoles, de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron, colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, y nos encargó predicar dando solemne testimonio de que este Jesús que esta tarde nos reúne aquí es juez de vivos y muertos.
Queridos hermanos: somos testigos. Somos testigos de Jesucristo que ha resucitado, que nos ha encargado a nosotros de algo especialmente importante: vencer siempre con amor. El Señor ha vencido en la cruz, nuestro Señor Jesucristo no ha vencido con un nuevo imperio, con una fuerza más poderosa que otras, capaz de destruirlas. No ha vencido al modo humano, como pudiéramos a veces imaginarnos, con un imperio más fuerte que otros. No. Ha vencido con un amor capaz de llegar hasta la muerte. Este es el nuevo modo de vencer de Dios. Y este es el modo en que han querido vencer también quienes han padecido la muerte, y hoy recordamos a causa de la violencia.
No se han defendido con más violencia, porque a la violencia no se puede contestar oponiendo otra violencia más fuerte. Hay que vencer al modo de Dios. El amor hasta el fin, hasta su cruz. Este es el modo humilde de vencer Dios: con su amor. El amor pone un límite a la violencia. Este amor es el que acredita a los discípulos de Cristo. Este modo de vencer parece lento, pero es el verdadero modo de vencer el mal, la violencia, y debemos fiarnos de este modo divino de vencer.
La venganza no es la solución cristiana. No. ¿Por qué Jesús nos pide que amemos a los enemigos? ¿Por qué Jesús nos pide un amor que excede la capacidad humana?. La propuesta de Jesucristo es realista: porque tiene en cuenta que en el mundo hay demanda de violencia, demasiada injusticia y, por tanto, solo se puede superar esta situación contraponiendo una especie de plus de amor; pero no de cualquier amor o de cualquier bondad, sino del amor mismo de Dios. Este plus viene de Dios. Como nos recuerda el papa Francisco, este plus es su misericordia. Este plus se ha hecho carne en Cristo, y es la única fuerza que puede desequilibrar el mundo del mal haciendo el bien, a partir del pequeño y decisivo mundo que es el corazón del hombre, cuando ese plus de amor de Dios lo mete y lo pone en su corazón. Quiere que seamos testigos.
Y, en tercer lugar, queridos hermanos, somos enviados a anunciar la Resurrección y la vida. Lo habéis escuchado en el Evangelio que acabamos de proclamar. Lo habéis oído, queridos hermanos. Es un Evangelio en el que se nos dice que, es cierto: hay que saber llorar la muerte, como lo estamos haciendo aquí, esta noche, nosotros, pensando en nuestros hermanos que han perdido la vida cuando estaban orando y celebrando la Pascua. Cuando estaban unas hermanas cuidando ancianos, o desvalidos... Quizá se nos ocurre lo que Marta le dijo a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero también el Señor, esta noche, nos dice: tu hermano, tus hermanos, resucitarán.
Porque, hermanos y hermanas, no solamente hay que llorar la muerte. Hay que pensarla. Y solo desde nosotros no tenemos salidas. Hay que pensarla desde quien ha dado salida a la muerte, desde quien la ha vencido. Y nos lo acaba de decir nuestro Señor: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre». Hay que pensar así, hermanos. Y hay que saberlo decir. Pero para saberlo decir nos tenemos que dejar hacer la misma pregunta que Jesús le hizo a Marta. ¿Creéis esto, hermanos? ¿Creéis de verdad esto?
Respetando las diferencias de las religiones, queridos hermanos, todos estamos llamados a trabajar por la paz. Quiero convocar a otros hermanos de otras religiones a trabajar por la paz, a un compromiso activo para promover la reconciliación entre los hombres. Este es el auténtico espíritu que se opone a toda forma de violencia, y al abuso de la religión como pretexto para la violencia. Ante un mundo desgarrado de conflictos, donde a veces se justifica la violencia en nombre de Dios, es importante reafirmar que las religiones jamás pueden convertirse en vínculos de odio, sino de verdadera libertad. Jamás invocando el nombre de Dios se puede llegar a justificar el mal y la violencia. Al contrario, las religiones deben ofrecer los recursos para construir una humanidad pacífica, porque hablan de la paz al corazón del hombre. La iglesia, en nombre de Jesucristo, quiere hacer este camino de diálogo para fomentar el entendimiento entre todos los hombres, culturas, tradiciones, sabidurías...
Sí, queridos hermanos. ¿Creéis esto? ¿Creéis que Jesucristo es la Resurrección y la Vida?. Marta contestó: sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo para establecer otro tipo de relaciones entre nosotros, para descubrir que el ser humano está hecho para la vida, y que nos lo ha conquistado Jesucristo a todos los hombres.
Esta noche, pedimos por nuestros hermanos que recientemente fallecieron en Pakistán celebrando la Pascua, por nuestras hermanas religiosas que fallecieron en Yemen, y por esos diez mil cristianos que fallecen por la violencia y a causa de la fe en Jesucristo. Esta noche, queremos decirle: Señor, queremos estar vivos, creemos en ti, creemos que tú eres el hijo de Dios, el que entrega la vida, nos lo manifiestas haciéndote realmente presente en el misterio de la Eucaristía, esta noche, una vez más, Señor. Te pedimos por quienes partieron de este mundo violentamente. Por ellos, y por quienes hicieron que ellos murieran. A unos, cámbiales el corazón; y a quienes han fallecido, dales el descanso eterno. Amén.
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