Queridos hermanos y hermanas:
Estamos celebrando la Vigilia de la Inmaculada. El Señor nos permite unirnos a su Santísima Madre y decirle con su misma voz un “sí” sin reservas. Un sí que se nos invita a dar ante el amor respetuoso y delicado de Dios, que se presenta ante nosotros y nos dice también a nosotros ¡alégrate! Llena tu vida y la de los demás de la alegría del Evangelio. Es un proyecto grande e inaudito que requiere ponernos siempre en manos de Dios, a la manera que lo hizo la Virgen María. Ya desde este momento, os invito a que en esta Vigilia de la Inmaculada hagamos una prueba que nos va a dejar vivir una experiencia única: pongámonos disponibles para Dios, sin miedos, sin guardar nada para nosotros, abiertos totalmente y libres de esas ataduras que nos llenan de miedos y de perjuicios. Dejemos que Dios nos colme de su Amor con el Espíritu Santo.
Después de haber escuchado la Palabra de Dios, os invito a que nos dejemos hacer tres preguntas. Son cuestiones esenciales para todos los tiempos, pero hoy tienen una vigencia especial y requieren valentía para responderse. Son las mismas que Dios hizo al hombre desde el inicio mismo de la creación, después de la confusión que llegó a su vida fruto de querer ocupar él el puesto de Dios. Son preguntas que en María Inmaculada han tenido respuestas claras, y que tienen una fuerza singular para todos nosotros y una capacidad para acercar a este mundo lo que más necesita: a Dios, acoger a Dios. La pobreza más grande es no tener a Dios. Esta pobreza hace que nuestros encuentros con los demás sean con nuestras miradas y no con la de Dios, que nos mira sabiendo que somos imágenes suyas y que ninguna se puede estropear. Las preguntas son estas:
1. ¿Dónde estás?
2. ¿Quién te informó?
3. ¿Qué es lo que haces?
1. ¿Dónde estás? : María estaba en Nazaret y allí recibe un anuncio que nos deja a todos llenos de esperanza y de anhelos: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Estaba plenamente abierta a Dios. Vivía para Dios y, desde Él, se ponía al servicio de todos los hombres. Esto es lo que estamos celebrando en el día de la Inmaculada: que esta mujer está llena de Dios y enciende la esperanza de salvación para todos los hombres. Una hija de Dios, en una geografía concreta de la tierra, encuentra gracia a los ojos de Dios, que la escoge para ser Madre del Redentor.¡Qué alegría contemplar en María y en toda su vida el haberse convertido en un recipiente en el que Dios ha ocupado toda su existencia y por ello es la única que recibe, contiene y da rostro a Dios. ¿Dónde estás? Podemos decir que está donde señala el ángel: está “llena de gracia”. Es decir, su corazón y su vida están totalmente abiertos a Dios y, por eso, completamente penetrados por su gracia.
¿Dónde estamos nosotros? ¿Dónde estamos los hombres que transitamos este mundo? En la cercanía de María; para nosotros, Ella es un espejo para mirarnos. Vamos a tener el atrevimiento de preguntamos: ¿dónde estamos hoy? ¿Dónde estamos hoy los hombres y mujeres de nuestro tiempo? También todos tenemos una geografía en la que vivimos y habitamos. ¿Qué valor está en primer lugar en nuestra vida? ¿De qué estamos llenos? ¿Quién ocupa nuestra existencia? ¿Es el Dios Creador de todo lo que existe, que se nos ha revelado en su Hijo Jesucristo, quien ocupa nuestra vida? Tenemos que ser valientes para reconocer nuestra realidad. Podemos tener la tentación de tirar o retirar a Dios de nuestro corazón y llenarlo de diosecillos que nos regalan felicidades aparentes, pero que a la larga y a veces muy temprano destruyen nuestra imagen y nuestro ser. Y es normal que al hacernos otros dioses surjan en nuestras vidas miedos muy diversos, y nos encontremos desnudos como nuestros primeros padres; nos encontramos vacíos, sin metas, sin saber quiénes somos, sin tener el Amor que nos llena y nos hace llenar la vida de los demás. Nos encontramos sin nada que dar. Hemos llenado nuestra vida de cosas, nos hemos hecho otros dioses, quizá el más fuerte que tenemos dentro de los muchos que hay en este mundo es el dios dinero, el dios tener. Pero esos dioses no nos hacen ser.
Volvamos el rostro al Dios de la vida, al que nos ha revelado Nuestro Señor Jesucristo, del cual fue Madre la Virgen María, la “llena de gracia”. De espaldas a Dios nos llenamos de miedos y de angustias, construimos nuestra vida y la historia sin luz, sin verdad, sin vida. Descubrimos que los miedos paralizan la generosidad, la entrega, el servicio, el ver a quien está a mi lado en la riqueza de su imagen, como es ser hijo de Dios y hermano mío. Y por eso el egoísmo, el enriquecimiento personal, la fuerza del poder, el ver al otro como una “cosa” más de las que existen en el mercado, son dinamismos que no nos llevan a construir un mundo sin presente ni futuro.
El Dios verdadero es necesario en la vida personal y en la historia que juntos hacemos los hombres. No importemos ni exportemos dioses de barro, llevemos y hagamos presente a Jesucristo. Es menester para ello llenarnos de Dios, de su gracia y de su amor. La Virgen María, en esta advocación entrañable de la Inmaculada, nos lo enseña. Ella rompió el nudo del pecado, desató ese nudo que venía de la desobediencia de nuestros primeros padres, rompió el nudo de la incredulidad escuchando a Dios, teniendo confianza en Él, acogiendo su misericordia.
2. ¿Quién te informa? : Es muy importante informarnos de la realidad en la que vivimos, de la constitución real de nuestra vida. María lo hizo, escuchó solamente a Dios: “No temas María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús”. María escucha y construye su vida según Dios. Nosotros, al igual que nuestros primeros padres, la construimos muy a menudo escuchando a alguien parecido a nosotros mismos o encerrándonos en nuestros egoísmos, y por eso decimos que quien nos informa y nos da alimento es quien nos acompaña, “la mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí”.
Tengamos pasión por informarnos bien. No nos encerremos en nuestras seguridades. Os invito a que os dejéis sorprender por Dios, a vivir siendo fieles a Él y a descubrir que solamente Él es nuestra fuerza. El ser humano que más y mejor se ha dejado sorprender por Dios ha sido la Virgen María: ante el anuncio del ángel no oculta su asombro. Es el asombro de ver el empeño que tiene de tomar rostro humano y de haberla elegido a Ella. Ella se fía de Él, y por eso responde ante su propuesta: “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Y es que Dios rompe nuestros esquemas, nos dice: fíate de mí, no tengas miedo, déjate sorprender, sal de ti mismo, sígueme. María creyó que sólo Él es nuestra fuerza, “para Dios nada hay imposible". La InmaculadaConcepción nos invita a vivir sorprendidos, fieles, con y desde su fuerza, que en definitiva es vivir llenos de su gracia y amor.
3. ¿Qué es lo que haces? : No nos dejemos engañar. Hagamos, como María, que nuestra vida sea hacer realidad el sueño de Dios. Un Dios que quiere estar al lado y de parte del hombre. Un Dios que quiere tomar rostro a través de nuestra vida. Un Dios que no viene a manipular al hombre o a quitarle libertad, sino todo lo contrario: viene a devolverle la imagen real que es y que tiene, la que diseñó Él y así lo creó. Viene a regalarle la verdadera libertad, la que hace posible que mi prójimo sea no sólo uno que está a mi lado o que me cae mejor que otro, sino todos los que están a mi lado y siempre tienen un título que nunca puedo olvidar: son mis hermanos porque son hijos de Dios, son siempre mis hermanos. Dejemos que Él nos haga crecer cada día en su gracia, en su fuerza y en su amor. María se dejó penetrar por la Palabra de Dios, vivía de la Palabra de Dios, estaba penetrada dela Palabra de Dios. De tal manera que hablaba con palabras de Dios, pensaba con palabras de Dios. Y así sus pensamientos eran los de Dios, sus palabras eran las de Dios mismo. Ella irradiaba el amor y la bondad de Dios.
No estafemos a quienes están a nuestro lado, no robemos, no maltratemos a los demás. Como María digamos a Dios “sí”. Pues con el “sí” de María dio comienzo la nueva era de la historia. Comenzó la novedad auténtica y más grande. Lo hemos recitado juntos en el salmo responsorial, comenzó una nueva melodía: “cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”. Es el cántico de la victoria del hombre, de la justicia, la misericordia y la fidelidad. Todo ello tiene rostro, y podemos participar de su vida. En el Hijo de María, y por María, sabemos que la vida es un don para los demás y entendemos aquellas palabras de Jesús que ahora evocamos: “nadie tiene amor más grande que éste: dar su vida”. Y así lo hizo María. En Ella encontramos la maestra que nos hace descubrir que no somos hombres y mujeres de museo, al contrario, como María hemos de dar sabor, pues tenemos la vida de Cristo, y hemos de ser esa sal de la fe, de la esperanza y de la caridad que no puede perder fuerza y volverse insípida. La única manera de que esto no suceda es vivir siempre cantando el cántico nuevo, que sólo se puede hacer sabiendo y viviendo que “Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor”, y que “Él nos ha destinado en la persona de Cristo…a ser sus hijos…seremos alabanza de su gloria”.
El Hijo de María se hace presente realmente en el Misterio de la Eucaristía. Vamos a participar de su presencia real en su Cuerpo y en su Sangre, nos alimentaremos de Él. Que como nuestra Madre, la Inmaculada, le demos siempre a Él. Los hombres necesitan de Dios. Sin Él no sabemos ni dónde estamos, ni tenemos información verdadera, ni sabemos qué es lo que tenemos que hacer. Sin Él nos perdemos y perdemos a los demás. Vamos a encontrarnos con todos los hombres. Hagamos la cultura del encuentro, en la que la Eucaristía es central, pues en ella que es Él nos encontramos con todos los hombres y construimos sin descartar a nadie, es más, vamos buscando a todos. Gracias Madre María Inmaculada, intercede por nosotros ante tu Hijo. Amén.
Gracias Señor por este momento que nos haces vivir. Aquí están jóvenes de nuestra archidiócesis de Madrid que quieren hacer presentes a todos los jóvenes. Necesitamos escuchar tu voz, necesitamos oír que tú salvas, que tú eres lámpara, que tú alumbras las tinieblas, tú nos das fuerza para meternos en todas las situaciones de este mundo y hacer posible que este mundo tenga salida para todos los hombres.
Gracias Señor porque deseamos fiarnos de ti, porque sabemos que el camino que nos presentas es bueno para todos los hombres. Es justo y entrega justicia.
Gracias Señor porque me das una capacidad especial para descubrir tu amor y tu misericordia. Adiéstrame en encontrar y vivir siempre desde este camino.
Gracias, porque junto a ti se ensancha nuestro corazón. Gracias, porque a tu lado somos capaces de levantarnos y de levantar a los demás, de dar la mano a todos.
Te ensalzo Señor porque eres mi roca y mi salvador».
Queridos jóvenes, queridos sacerdotes hermanos que nos habéis acompañado. Es el primer encuentro que tenemos de oración, el primer viernes que como arzobispo de Madrid yo os he convocado, y os doy las gracias por haber acudido a esta llamada. Yo quisiera que no vieseis que es una llamada mía: es una llamada del Señor. Lo habéis escuchado en esta página del evangelio que acabamos de proclamar: es el capítulo primero del evangelio de san Marcos, que yo os invito a que durante este mes, antes de la Navidad, podáis orar, reflexionar y acoger en vuestro corazón.
Quisiera deciros fundamentalmente tres cosas que nos ha dicho el Señor en esta página del evangelio. La primera de ellas es como un grito que nos da el Señor y nos dice: preparad el camino. Preparad. En segundo lugar, el Señor nos dice también: id al desierto, aunque sea por unos momentos. Y, en tercer lugar, el Señor viene y está presente aquí para darnos su vida y su amor, su misericordia, su entrega.
Sobre estos tres aspectos quisiera deciros algunas palabras esta noche, que llegasen a vuestro corazón y a vuestra vida.
Lo habéis escuchado: preparad el camino al Señor, se nos ha dicho en el Evangelio. Todos los hombres necesitamos escuchar esta voz del Señor. Todos. Esta voz que nos dice que preparemos su camino, como está escrito en el profeta Isaías. Esta voz que nos dice que quitemos los obstáculos que impiden la llegada de Dios a nuestra vida y la llegada del verdadero humanismo al corazón de los hombres. Esta voz que nos abre a hacer un mundo diferente, distinto, no con programas de los hombres que siempre son raquíticos, sino con la fuerza y con la gracia de Dios y con su amor, que siempre es un programa amplio, y con capacidad de dar vida a todos los hombres. Lo importante, como veis, es abrir caminos nuevos, pero caminos en los que Dios está presente, que viene, y viene para nosotros.
Actualmente, como veis, como vosotros mismos podéis experimentar, son muchos los hombres y mujeres que no saben el camino, o quizá cogen un camino en el que descartan a otros muchos, por ese camino por el que van no pueden ir todos. Por eso es importante preparar el camino del Señor y entrar en ese camino, porque en él no se descarta a nadie: todos pueden ir por el camino, y todos pueden reconocer la dignidad misma que Dios les ha dado.
Es verdad que para mucha gente, incluso para muchos jóvenes como vosotros, la vida se ha convertido en un complejo laberinto. Hay muchas direcciones. Hoy, junto al Señor, en su presencia real en el misterio de la Eucaristía, nosotros encontramos el camino. Es Él. Es Él.
Y hoy, a través del profeta, el Señor nos dice que no preparemos, que no vivamos en la apariencia y desde la apariencia, que no vivamos guardando nuestra imagen, que no vivamos guardando el reconocimiento que los demás nos hagan o la búsqueda solamente del poder o del tener, sino que vivamos de lo que somos: hijos de Dios, hijos que lo descubrimos en el Hijo que es Cristo, hermanos de los hombres que descubrimos qué es ser hermano en el hermano que es Cristo. Preparemos este camino.
Pero el Señor, en segundo lugar, nos ha dicho: mirad, para prepararlo, id un momento al desierto. Vamos a ir con el Señor por unos instantes al desierto. Es importante.
El desierto sabéis que es un lugar inhóspito donde no hay falsas seguridades, donde forzosamente nos tenemos que encontrar con lo esencial. No hay más apoyos que lo esencial. El desierto, tal y como aparece en la Biblia, es el lugar del encuentro con Dios. Por eso justamente es lo que necesitamos nosotros: adentrarnos y vivir desde lo esencial, no apoyarnos en cosas que no son esenciales. No abandonemos a Dios por otras cosas que ni llenan nuestro corazón ni llenan el corazón de los demás, que no nos capacitan para dar la mano al otro, sea quien sea. Apoyémonos precisamente yendo al desierto en este Dios que nos dice que lo esencial es Él; que lo esencial para hacer un mundo nuevo, distinto, diferente, en el que nadie sea descartado, donde todos los hombres puedan tener esperanza, en el que todos los hombres puedan tener un sitio, un lugar donde puedan ser reconocidos como tales, en la fotografía real que Dios nos ha hecho, que no es ni más ni menos que ser su imagen. Apoyémonos en lo esencial, que es nuestro Señor Jesucristo.
El Papa Francisco nos ha dicho, en esa exhortación apostólica Evangelii gaudium, que en el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo esencial para vivir. Y añade: «así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios y del sentido último de la vida». Pero también en el desierto -dice él- se necesitan sobre todo personas que indiquen el camino. Habéis visto a Juan en la página del evangelio que hemos proclamado, él bautizaba con agua, pero indicaba: «detrás de mi viene el que es más fuerte que yo, y al que no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias». Y se refería a Cristo. Hacen falta hoy hombres y mujeres que señalen como Juan dónde se quita la sed, dónde está lo esencial, dónde está lo importante. Y esos podéis ser todos vosotros. Los jóvenes. Sois especialmente importantes en este desierto en el que muy a menudo viven los hombres, para poder decir dónde está lo esencial, quién es el que no puede faltar en nuestra vida: solamente el que nos ha dicho que es el Camino, la Verdad y la Vida, que es Jesucristo. Vayamos al desierto. Id por los caminos de este mundo. Y señalad...
Esta noche, aquí, yo estoy seguro de que alguno de vosotros hasta encontrará junto al Señor el camino por el cual va a ir por este desierto, es decir, la vocación a la que el Señor le llama para entrar en este mundo y señalar el camino: al matrimonio, al ministerio sacerdotal, a la vida consagrada... Estoy seguro de que si nos encontramos y aceptamos el reto que nos da el Señor, «preparadme el camino», si entramos en este mundo y vemos que lo esencial es Él, cómo no va haber gente, jóvenes especialmente, que estén dispuestos a entrar en este desierto y decir: mirad, mirad, este es el camino. No hay otro.
Y, en tercer lugar, el Señor viene a darnos su vida y su amor. El Señor no nos sumerge en las aguas del Jordán, como hacía Juan Bautista. El Señor nos sumerge en la profundidad de su amor, de su misericordia, de su paz, de su justicia, de su bondad, de su entrega, del servicio, de considerar que el otro es más importante que yo mismo, de descubrir que cualquier otro tiene más importancia que yo. Me sumerge, sí. Viene a darme su vida y su amor. Viene a que experimente yo, en lo más profundo de mi corazón, quién es Él. La reacción del pueblo de Israel fue impresionante. Ellos dejaban Judea y Jerusalén y marchaban al desierto, y allí se encontraron con un Juan que les dijo: mirad, este es el importante, mucho más que yo. Jesús. Porque no os mete solo en las aguas del Jordán: os va a meter y os va a empapar de su amor y de su misericordia, que es la justicia que necesitan los hombres, la verdad que necesitan los hombres.
Pues vamos a pensar esto un momento delante del Señor. En el silencio de nuestro corazón. En este momento que vive nuestro mundo, Dios prepara nuestro camino para entrar en nuestra casa. El pastor es el Señor que cuida nuestras vidas, cuida nuestras heridas y las heridas de todos los hombres. Que esta noche podamos abrirle el corazón.
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