Querido don Carlos, que tanto nos has acompañado y nos acompañas. Querido Jesús, como compañero y obispo auxiliar. Querido obispo Luis. Vicarios, sacerdotes, diáconos, miembros de la vida consagrada que estáis. Todos los que también os habéis acercado aquí. Un saludo especial a muchos que veo de la parroquia San Alfonso María de Ligorio que, con vuestro párroco, también habéis venido aquí, porque decíais que en Roma, ¿verdad?, estos días, estaba muy lejos y no podíais ir, y queríais estar también aquí. Gracias.

Hay muchos acontecimientos estos días en la vida de la Iglesia. Y, personalmente, así lo vivo. Muchos también venís a respaldar este nuevo servicio del cardenalato. Pero ante todo venimos a celebrar el misterio de nuestra fe, en el domingo.

Lo cierto es que yo, personalmente, lo vivo, esta etapa, como un momento para mirar más alto y sentir más intensamente lo que significa la Iglesia universal. Esto no es una subida, como algunos decís, sino que es una llamada a mirar a la viña del Señor, no desde un rincón, sino aprender también a mirar a la viña y mirar el trabajo del Evangelio; mirarlo desde los ojos de Pedro y desde esta responsabilidad de ayudar al Santo Padre, a Pedro. En definitiva, es aprender a sentir con la diócesis, pero no solo en la diócesis, sino con la grandeza de pertenecer a una Iglesia universal. Esa también será mi aportación a la vida diocesana: el unir, al servicio, a la preocupación de cada uno, unir también la mirada y el trabajo por la Iglesia universal. Una Iglesia donde todos somos necesarios y todos tenemos un lugar en la responsabilidad de que el Evangelio sea proclamado. Porque cada uno de los que estamos aquí somos radicalmente, desde nuestro bautismo, llamados también por Dios. Dios nos ha hecho un regalo. Un regalo que nos abre a la felicidad plena. Es la misión que Él nos ha dado. Y por esa misión, por ese regalo, nos da la capacidad de sentir la Iglesia. No solo pensar, sino también sentir la Iglesia. La Iglesia no es una sumatoria de diócesis o de comunidades, como si fuera un puzle. La Iglesia es una vida de comunión, que se hace en comunión y día a día. Dice el Concilio que la Iglesia única y universal, está verdaderamente presente en todas las Iglesias particulares, y cada una está formada a imagen de la Iglesia universal, de tal manera que la única y una iglesia católica existe por ellas.

Esto nos puede parecer muy complicado. Jesús lo simplifica. Y habla de la viña, para que lo entendamos todos. Un propietario plantó con todo el cariño su viña. Y hoy Dios, en definitiva, lo que nos pone delante es su viña, como una llamada y como esperanza a nuestro mundo, porque la Iglesia es misión de Dios también. Dios es el que trabaja en este mundo, porque ha dado la vida por su viña. Dios nos ha dado una tierra buena, que a veces descuidamos, o a veces, como nos dice el Papa últimamente en Laudate Deum, nos apropiamos de ella y se la quitamos a Dios. Dios nos ha dado una llamada y una Iglesia para trabajar en esta viña. Y ha derramado su mismo espíritu, su mismo espíritu, para que podamos sentir y vivir en ella. Y es el que nos hace capaces de escucharle, y de saber cuál es su voluntad. Esta es la viña. Esta es la viña que hoy Jesús nos pone delante. Que es más grande que nuestras pequeñas parcelas. Isaías nos dice con qué amor y con qué cariño, este agricultor bueno, entrecabó, la descantó y plantó buenas cepas. La cuida, porque es suya.

Por eso yo, hoy, que celebramos este domingo, os invito a mirar. Y a mirar hoy la Iglesia, no con nuestra mirada, sino intentar mirarla con esta mirada de Dios. Contemplar la Iglesia a menudo lo hacemos desde lo que nosotros creemos. Y eso es bueno. Pero hoy, ¿por qué no miramos la Iglesia desde los ojos de Dios? ¿Por qué no contemplamos nuestra Iglesia como Dios la mira? Estamos en un momento sinodal muy importante, y vemos cómo Dios nos está mirando. Un Dios que da su vida por la Iglesia. Que lo apuesta todo por nosotros. Y que la quiere profundamente. Y que hoy casi nos da la mano para decir: contempla la Iglesia, al menos hoy, como yo la contemplo, con el cariño y mimo que yo la contemplo. Porque, si así lo hacemos, inmediatamente nos entran ganas de trabajar en la viña. Porque, si así lo hacemos, desde ese amor de Dios recordamos la llamada que Él, en muchos momentos de la vida, nos ha hecho, para trabajar en su viña. Nuestro bautismo fue fuente de esa llamada. Y, en la historia de cada uno, ha habido muchos momentos en que hemos sentido esa llamada de Dios a trabajar en su viña. Es verdad que ha habido tormentas. Es verdad que ha habido momentos duros. Pero siempre ha estado Dios ahí. Siempre. Siempre ha habido mensajeros. Siempre ha habido momentos donde Dios nos ha dicho: merece la pena, me fío de ti, me fío de vosotros. La tentación es apropiarnos de la viña. Pero, ¿por qué no hoy, en la Eucaristía, le pedimos al Señor contemplar la Iglesia con sus ojos, y hablar de la Iglesia con los ojos de Dios, del enamorado por la viña, y mirarla desde Él?.

Por eso, al presentar a Dios esa mirada, yo os invito también a ponernos a la tarea. Y, como dice Jesús, dar los que Dios quiere, no los que a veces a nosotros se nos ocurren, por muy buenos que sean nuestras ocurrencias. Dios quiere que demos frutos. Dios está esperando sus frutos. Nos ha enviado mensajeros. Nos ha enviado al Hijo para decirnos qué es lo que quería. Ahí lo tenemos. Dios quiere dar frutos en su viña. Quizá hoy también, en esta Eucaristía, es un buen momento para salir un poco de nosotros mismos, y para ponernos con el dueño de la viña, a sus órdenes. Para dar los frutos que Él quiere. Aquellos viñadores, llegó un momento en que perdieron la referencia, y se creyeron que eran ellos los que tenían que poner los objetivos, y a dónde tenían que ir. Cuando trabajamos pero no le preguntamos a Dios, podemos apropiarnos de la viña, aunque nos cansemos mucho. El Sínodo así nos lo quiere hacer ver, y por eso empieza preguntando a Dios qué quieres de nosotros. No se trata de anunciarnos a nosotros, ni de traer gente a nuestros grupos; no se trata ni siquiera de ir a convencer para ser más. Se trata de que Jesucristo hable a través nuestro. Y de anunciar la buena nueva del Evangelio. Y que todos puedan escuchar su llamada.

¡Cuántas veces hemos puesto todos nuestros intereses por encima de los de Dios! ¡Cuántas veces nos sentimos identificados con aquellos viñadores! Por eso, os invito a mirar como Dios mira. A ponernos a sus órdenes, para dar los frutos que él quiere. Y,y en tercer lugar, os invito a no ir solos. En una viña, no se puede trabajar solo. Ni siquiera solo en pequeños grupos. En una viña, se trabaja construyendo pueblo y haciendo comunidad; aprendiendo a estar con otros en la viña; sabiendo que todos somos hijos, no propietarios, y sabiendo que Dios quiere un nosotros cada vez más amplio. En esta etapa sinodal, en estos momentos donde oramos, apoyamos y miramos sinodalmente, como lo está haciendo la Iglesia, nos ponemos en el disparadero de descubrir cuál es el plan de Dios para nuestro tiempo. Y queremos hacerlo en comunión. La comunión la empezaremos a hacer realidad a partir, como dice el Papa, de la escucha y del diálogo, y del discernimiento personal y comunitario. Por eso, es necesario que nos paremos en todos los niveles, para que nos tomemos tiempo, para preguntarle juntos a Dios: Señor, ¿qué quieres de nosotros? ¿Qué quieres de nosotros?.

Pues, queridos hermanos, esta es la viña. Estos son sus trabajadores. Estos son los hermanos que el Señor ha puesto en nuestro camino. Yo os invito a dar gracias, especialmente hoy. A dar gracias por esta viña, por la que Dios sigue dando la vida. A mirarla como Él la mira. A poner nuestras manos y nuestro bautismo a su disposición para dar sus frutos, los que Él quiere. Y hacerlo dando gracias por estos hermanos que Él ha puesto en nuestro camino para trabajar en su viña.

Media

Su santidad Bartolomé I, patriarca ecuménico; Su eminencia Besarión, metropolita de España y Portugal; eminencias que acompañan al señor patriarca en esta visita tan especial; Su eminencia Timotei, obispo de España y Portugal de la Iglesia ortodoxa de Rumanía; Su eminencia cardenal Carlos Osoro, Su excelencia don Jesús, obispo auxiliar de Madrid; y sus excelencias, obispo y obispo auxiliar de Getafe. Queridos e ilustrísimos miembros del cabildo y del consejo episcopal. Sacerdotes y miembros de la vida consagrada que nos acompañan hoy. Estimados representantes y miembros de otras Iglesias cristianas. Queridos todos.

«Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos» hemos rezado en uno de los salmos. Constituye un honor acoger esta tarde a Su Santidad, hoy, en esta catedral y en nuestra archidiócesis. Y es también, así lo vemos, como una delicia y un don del Señor. Se trata de un acontecimiento histórico y sorprendente, seguramente novedoso para muchos, por el cual nos sentimos hoy intensamente bendecidos. Hemos querido, santidad, acogerle «conviviendo», como dice el salmo, de la mejor manera: rezando juntos.

La oración, cuando se hace desde el corazón, abre el interior y nos introduce en el misterio de Dios. Desde Él es más sencillo convivir con los otros y compartir la vida, que es un regalo de Dios y nos hace hermanos.

Su visita, santidad, nos conecta con esa cadena de esperanza y de encuentro en la relación entre la Iglesia católica y su Iglesia. ¿Cómo no recordar hoy, con emoción, el abrazo entre Pablo VI y el patriarca Atenágoras en Jerusalén, el 5 de enero de 1964? Evocar hoy este abrazo resuena de una manera muy singular ante los graves acontecimientos que se están viviendo en Tierra Santa, en el mismo bendito lugar en el que se produjo aquel encuentro.

En aquella memorable ocasión, san Pablo VI afirmó: «Ciertamente, los caminos que por una parte y por otra conducen a la unión pueden ser largos y llenos de dificultades, pero los dos caminos convergen el uno hacia el otro y llegan a la fuente del Evangelio».

La clave que nos aportaba san Pablo VI para caminar hacia la unidad era la valiente propuesta de dejarnos interrogar por el mismo Cristo que derramó su sangre para que fuéramos uno. Y que, desde esa generosa entrega, abre su costado a la Iglesia. Mirarle y contemplar su amor por la Iglesia nos inspira e inspira, a los que nos llamamos y hemos caminado por la senda del cristianismo. Es verdad. Desde entonces, en esta senda  reconocemos divergencias, de orden doctrinal, litúrgico y disciplinar. Sin embargo —en palabras de san Pablo VI—, esas diferencias no han de ser el punto de partida del diálogo. «Lo que ya desde ahora puede crecer es esta caridad fraterna, ingeniosa en hallar nuevas formas de manifestarse; una caridad que, extrayendo las enseñanzas del pasado, esté dispuesta a perdonar, propensa a crecer con más gusto en el bien que en el mal, y sea cuidadosa, sobre todo, para conformarse con el Divino Maestro, y dejarse atraer y transformar por Él».

Hoy, esta tarde, oramos y acogemos así el don de la caridad fraterna. Es un deseo y también una herencia que recogemos desde aquel levantamiento de las excomuniones. Desde entonces los encuentros se multiplicaron, y hemos ido recorriendo esos caminos de la mano y bajo la guía de los sucesores de Atenágoras y de san Andrés, y de los sucesores de Pablo VI y san Pedro. Y así llegamos a este gozoso acontecimiento del día de hoy. Tampoco esta tarde podemos olvidar su relación, santidad, frecuente y fraterna con el Papa Francisco. Nos une. Todo un estímulo y ejemplo para avanzar en la misma dirección.

En este tiempo de guerras y violencias, donde el sufrimiento de tantos clama al cielo, en este acto, proclamamos a nuestro mundo que la convivencia en Dios y en paz es posible. Que nuestras Iglesias tienen el deber de ofrecer en Cristo un ejemplo de diálogo y encuentro en un mundo que está sediento de fuentes de fraternidad. Es cierto que somos distintos, pero podemos convivir, reconciliar y acercarnos gracias a quienes son tocados por Dios para llevarlo a cabo. Desde el legado de una fe y buenos trechos de tradición compartida, seguiremos dando pasos nuevos augurando la promesa de una buena cosecha a su tiempo.

Gracias, santidad, por ser mensajero de reconciliación. También por ayudar a que los católicos nos sumemos a celebrar, como hemos hecho recientemente, el Tiempo de la Creación. Su sensibilidad ha iluminado la encíclica Laudato Si sobre la ecología integral del Papa Francisco. En este ámbito, Su santidad ha sido auténtico pionero. De su aportación como referente de la teología ortodoxa, los católicos seguiremos aprendiendo y abriéndonos a todas las posibilidades que ofrece la «eco-teología». Constituye una invitación a unir transversalmente la teología de la creación, la antropología y el cuidado de la tierra. Nos estimula su empeño.

Acogemos igualmente su impulso para abrir nuestra conciencia y aprender a reconocer el «pecado ecológico», uno de los conceptos más famosos de su enseñanza en este campo. Sin olvidar que una ecología coherente ha de estar basada en la justicia social, sobre todo en un mundo económicamente desigual y con tanta inequidad. Ese desafío tan esperanzador nos une y nos hermana también.

En estos momentos en que la Iglesia católica se encuentra en pleno Sínodo sobre la sinodalidad, celebramos también los últimos trabajos de la Comisión Mixta Internacional, especialmente sobre la cuestión de la relación entre primado y sinodalidad. El llamado Documento de Alejandría, de 2023, no esconde las dificultades, pero trata de que aprendamos de la historia. Por eso, puede afirmar en las conclusiones que es necesario, desde el punto de vista teológico, ver sinodalidad y primado como «realidades interrelacionadas, complementarias, e inseparables»[1].

Y ahora aquí, en nuestra Iglesia local madrileña, queremos que estos caminos sigan avanzando y concretándose. Por ejemplo, asistiendo la Gran Noche de Pascua a las celebraciones de una y otra Iglesia, al menos el próximo año. Ojalá que, a partir de 2025, las fechas puedan coincidir en un único calendario, como es el deseo de Su santidad y del Papa Francisco. También participaremos juntos en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Y, desde luego, en cada oportunidad, cultivando con diligencia y esmero las relaciones de amistad y fraternidad.

Queridos hermanos: la oración es el camino. El silencio, como dice el Papa Francisco, es la vía. Este silencio que nos entronca con la oración de Jesús. Solo el silencio hecho oración nos permite acoger el don de la unidad. El silencio, esta tarde, es lo que queremos sembrar. Es nuestra siembra. Es también un signo para nosotros, llamados también a morir silenciosamente al egoísmo para crecer, por la acción del Espíritu, en la comunión con Dios y en la fraternidad entre nosotros.

Para nosotros esta noche es muy importante. Es un «antes y un después». Supone asumir un compromiso de oración y de ponernos en camino concreto hacia la unidad visible. Demanda, entre otras cosas, el compromiso de celebrar con más frecuencia la Misa por la unidad de los cristianos. Silencio, convivencia, reconocimiento… es la forma de «ensanchar el espacio de tu tienda» (Is 54, 2) como nos dice el lema del Sínodo. Como María, esta noche, respondemos a esta llamada con fidelidad, para hacer de Madrid y de nuestras diócesis un espacio de auténtica comunión.

Hermanos y hermanas: pidamos en esta oración común a la Trinidad Santa aprender a hacer silencio nuevamente, para escuchar la voz del Padre, la llamada de Jesús y el gemido del Espíritu, y anunciarlo a todos «para que el mundo crea» (Jn 17,21).

[1]Documento de Chieti, 5.

[2]Documento de Chieti, 4, 17.

Media

Gracias por ser parte de esta viña. Gracias por esta tarde quererlo manifestar, y hacer un esfuerzo que todos hacéis por decir sí, quiero estar ahí. Porque formo parte de esta historia. Gracias hermano obispo Jesús, gracias a los vicarios, a todos los sacerdotes y diáconos que acompañáis también este itinerario en esta viña. Gracias a toda la vida consagrada, que también estáis aquí, que formáis parte de estos trabajos. Gracias a todo el equipo de la Deleju, a Laura, y a todos los que, bueno, pues acompañáis. Y a cada uno de vosotros. A cada uno de vosotros, porque cada uno y cada una, de verdad que sois muy especiales.

Tenemos muchas cosas en común. Muchas. Y hay algo que esta tarde nos une de forma especial. Y no es solo que sois buena gente, que eso no hay más que veros, sino que es que todos los que estamos aquí sabéis que somos gente que respondemos a las llamadas. Puedes decir: no, pero tengo muchos peros. No, tú eres una persona que responde a las llamadas, y tienes mucha suerte, porque tienes una vida llena de llamadas, y has dado en tu vida pequeños síes que te han traído aquí. Dios nos llama, y vosotros vais respondiendo, Cuando el papa, en la JMJ, empezó a saludarnos ,empezó así. Y empezó también a dar las gracias. Y fuimos conscientes de que en la vida de cada uno de nosotros Dios nos ha llamado. Y podéis decir: pero, bueno, si yo no he escuchado música celestial, no he visto ángeles así, ni cosas de estas muy especiales.. yo pues vine, algún amigo me ayudó, o en la parroquia me dijeron, si yo me apunté, si yo no sabía muy bien a dónde iba. Sí, pero las casualidades no existen. Muchos pueden pensar que hay casualidades en la vida, pero, si te das cuenta, a lo largo de tu vida has ido tomando pequeñas decisiones que te han colocado en una situación de escucha de Dios muy determinada. Dios nunca quiere obligarnos, como los enamorados y las enamoradas. Y Dios va plagando nuestra vida de llamadas, y de búsquedas. Porque Dios te ha estado llamando y te ha estado buscando. Y tú, con los tuyos, a veces sin saberlo, has ido dando pequeñas respuestas, Dios sueña contigo y Dios te está buscando desde muy pequeño. Desde el seno materno, nos dice el profeta, Dios tiene un sueño con cada uno de nosotros, y eso nos hace especiales. Y no es por hacerte la pelota, pero tú eres especial. Y eres especial porque así lo piensa Dios, y porque así Dios te ha estado trabajando hasta aquí.

Esto nos hace ser especiales, pero también comprometidos. Porque ser cristiano significa ser como Cristo, y corresponder a ese amor que hemos experimentado. Como os decía, no creo en las casualidades. Y esto no es una casualidad. Esta tarde no es una casualidad. Como la JMJ no fue una casualidad. Como las respuestas que estás dando en tu parroquia, en tu colegio, en tu movimiento, no son una casualidad. Es que Dios trabaja. Hoy, el Evangelio nos lo dice de una forma peculiar. Hoy, Jesús nos lo cuenta como que Dios trabaja en esta, que es su viña, y así lo llama, y trabaja diariamente, y es que se empeña por ella. Fijaos por un minuto e intentar ver nuestra Iglesia, no con los ojos de cada uno, sino con los ojos de un Dios que es que sueña con nosotros, y que nos mira con todo cariño; que está dispuesto a dar la vida porque seamos su viña, y porque tú estés ahí. Dios sueña con nosotros. Lo único que a veces, como nos decía Jesús en el Evangelio, pues a veces nosotros estamos un poco despistados, y a veces lo que hacemos, es que Dios quiere que la viña dé uvas, y nosotros damos otros frutos. A lo mejor nos cansamos mucho, y vamos a muchas cosas, y terminamos estresados, pero tendremos que preguntarnos: ¿estos son los frutos que Dios quiere?, ¿o son los frutos que yo quiero y quiere mi grupo?

Y hay otro peligro, otro peligro para la viña, y es el trabajar en círculos pequeños, Dios quiere una viña y cuenta con todos nosotros, pero hay veces que parcializamos y parcelamos la viña, y hacemos que unas vides den muy buenos frutos, pero nos olvidamos que las otras también tienen que darlo. Y el Señor quiere que todas las viñas, y que todos trabajemos con él, para que todos demos buenos frutos. Por eso yo, esta tarde, lo que os pediría simplemente, después de daros las gracias por ser parte de esta viña, lo primero que os pediría es que escuchárais. Que escuches tu corazón. Y que escuches la llamada que el Señor te está haciendo. Seas como seas, te veas como te veas, el Señor quiere contar contigo, como ha contado hasta ahora, porque eres muy especial para él. Escucha a tu alrededor. Escucha la palabra de Dios. Escucha los sacramentos. Y escucha a los que te acompañan. Pero sobre todo escucha a Dios desde ahí, porque Dios te sigue hablando.

Lo segundo que os pediría en esta tarde es que, no solo escuchemos, sino descubramos la misión que tenemos dentro de esta viña. Porque Dios nos da a cada uno de nosotros una misión. Y nos da una misión en conjunto también. No quiere que cada uno trabaje por libre. Quiere que lo hagamos juntos, y quiere que nadie se apropie de esta viña, porque es la suya. No se trata de anunciarnos a nosotros, ni decir 'qué bueno es mi grupo'... Si eso ya el Señor lo sabe. Se trata de que juntos anunciemos y tengamos olor a Evangelio. ¿Os dais cuenta de que hay mucha gente que no se va a encontrar con nada de Dios más que a través vuestro? Que mucha gente, esta semana, no va a tener más idea de Dios que lo que le contéis vosotros. Y no solo va a decir: qué persona más maja, sino que, si le llevamos el olor del Evangelio, dirá: este pertenece a una viña, este es de la Iglesia, este es de Jesús. Los dones no son para nosotros, ni para mi viña, ni para mi grupo; los dones son para que el olor del Evangelio llegue a todas partes a través nuestro. Dejad que Jesús os invite a trabajar juntos en la viña, porque tenéis una misión.

Escucha. Misión. Y no quiero terminar sin pediros una cosa más: estad muy atentos al Sínodo, porque la Iglesia está en un momento muy especial. No os perdáis las noticias, no os perdáis el rezar por el Sínodo, porque es nuestra viña; y hoy se nos pide, os pido, que seáis puentes, que creemos lazos entre los que trabajamos en la misma viña, y vosotros sois expertos; cread lazos entre parroquias, cread lazos entre grupos, cread lazos entre unos y otros, para que juntos olamos a Evangelio, y así lo proclamemos.

Gracias. Gracias por los puentes que ya estáis tendiendo, como el de esta tarde. Gracias por decir a Madrid que esta es nuestra viña, que es la viña del Señor. Gracias por formar parte de ella. Gracias de verdad por cada una de las respuestas que vais dando, porque ya no es solo tu respuesta: es la respuesta que toda la Iglesia da a través tuyo. Pues gracias por vuestro Sí. Vamos a celebrarlo en la Eucaristía, y vamos a presentárselo al Señor.

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