Felicidades. Feliz Pascua. Cristo vive y eso, eso cambia todo. Feliz Pascua especialmente a los que vais a recibir los sacramentos de la iniciación cristiana, a los que hoy entráis en la Iglesia de forma nueva: Guillermo, Victoria Elena, Carlo, Diana, Héctor, Jorge y Laura. Feliz Pascua, también, hermanos obispos, Juan Antonio, José Antonio, Vicente. Feliz Pascua, don Adolfo. Feliz Pascua también a todos los vicarios, sacerdotes y diáconos que nos acompañáis. Cómo no, también a los seminaristas. Feliz Pascua también a toda la comunidad de la parroquia de San José que estáis hoy aquí. A todos los consagrados y consagrados. A todos los laicos, laicas, a todas las familias y a todos los que habéis venido a esta catedral esta noche.

Una noche que es diferente, no solo porque hemos encendido un fuego, o porque hemos escuchado lecturas antiguas. Esta noche vivimos el corazón central de nuestra fe. Porque esta noche celebramos que Cristo ha resucitado, y si Él vive, siempre todo cambia y nada puede ser igual. No estamos ante un recuerdo nostálgico, como quien ojea un álbum de fotos. No celebramos algo que pasó una vez. Celebramos el hoy. Algo que sucede hoy, ahora, que tiene la capacidad y la fuerza de irrumpir en nuestras vidas como ha irrumpido la luz en medio de la oscuridad cuando hemos prendido ese cirio pascual.

Esa alegría de la Resurrección, esa fuerza que hemos recibido, no es superficial ni es una emoción pasajera. Nace del asombro profundo de ver que donde esperábamos muerte y noche profunda, hay vida. Como le pasó a María Magdalena cuando escuchó su nombre, dicho con ternura a la puerta de un sepulcro. Como les pasó a Pedro y a los discípulos cuando descubrieron, con el tiempo, que la muerte no fue el final.

Hoy, como Iglesia, no nos quedamos en la oscuridad del Viernes Santo. Queremos asomarnos al sepulcro, a tantos sepulcros que hay a nuestro alrededor, el de la soledad, el de la enfermedad, ese de la desesperanza, esos que cargamos y que provienen de cuanto pusimos a los pies de la Cruz el Viernes Santo. Esos sepulcros han de ser visitados. Allí, asomados con miedo, recibimos el mismo anuncio que transformó a los primeros: «Ha resucitado, no está aquí, no busquéis al que vive entre las cosas muertas». Cristo vive, y eso, hermanos, lo cambia todo. Y es verdad, si Él vive, hay esperanza.

Todos sabemos que hemos de morir. Lo vemos cada día, lo vivimos con dolor cuando sucede cerca de nosotros. Pero esta anoche, la Pascua nos dice que la muerte no tiene la última palabra. Dios, que nos dio la vida, nos la devuelve ahora para siempre. Y nos introduce en la vida nueva que Él da a Cristo.

Mirad, aunque el mundo se caiga, aunque haya noches largas y días sin respuesta, aunque haya tumbas, dolores, rupturas, Cristo ha vencido, porque es uno con el Padre. Esa es la gran noticia que anunció y por la que fue ejecutado, y ahora Cristo ha vencido y el plan de Dios se cumple, a pesar de quienes intentan impedirlo de muchas maneras.

Así, no habrá gota de amor, de sacrificio, de donación, que a partir de ahora caiga en el vacío. Todo lo que se ponga a los pies de esa Cruz será renovado y resucitado por Cristo. Por eso, esa tumba es el nuevo inicio. Como cuando reiniciamos algo que se traba. La Pascua es un modo de reseteo de la Historia. Ya no volvemos atrás, vamos hacia delante con esa fuerza que viene del cielo y que hace todo nuevo. Jesús no simplemente vuelve a la vida, Él inaugura la vida, esa que no termina, esa que arranca desde lo más hondo y renueva todo, renueva cada día.

Un nuevo inicio, sí. Es verdad que Dios no actúa como nosotros esperábamos. Dios no se impone, Dios no aplasta, Dios no da grandes discursos. Se deja matar violentamente y luego resucita en silencio. Así es nuestro Dios. Humilde, inesperado y sorprendente. Se rebela no con truenos, sino con ternura; no desde un trono, sino desde una tumba vacía; no desde el terremoto, sino haciendo primavera.

Por eso, una de las cosas más sorprendentes de Resucitado es la actitud que tiene con sus discípulos. No les echa la bronca, no les reprende, no pasa factura por la cobardía, por haber huido, negado o dudado. No hay reproche; solo paz, solo perdón y solo ternura. Y es que eso es la Pascua. El perdón radical que brota de la Cruz y que se despliega mostrando las heridas, no para acusar, sino para seguir sanando.

Esa es la puerta que nos abre Cristo a todos y nos coloca así ante la Vida con mayúscula, para que entremos también en esa dinámica de salvación. Porque el amor de Dios no se rinde ante la Cruz. Porque la misericordia siempre es más fuerte que el pecado. Porque en Cristo, lo que parecía pedido, se convierte en salvación. Solo necesita que dejemos que Él toque nuestras vidas y nuestro corazón esta noche, a veces, eso sí, endurecido por la frialdad de los sepulcros.

La Resurrección, por lo tanto, nos acerca a Dios y también transforma nuestra imagen de Dios. Ya no es solo el Dios templo, el Dios del cielo lejano, el Dios de las normas, el Dios que no se deja buscar. Ahora es el Dios del camino, del pan compartido, del abrazo que levanta. Es el Dios que se deja encontrar, que come pescado con sus amigos, que reconstituye la comunidad tocada por el traído y por la cobardía y el miedo. Es el Dios que no se desentiende de nosotros.

Y nosotros, esta noche, ¿qué haremos con esta forma de actuar de Dios? No podemos celebrar la Pascua y seguir igual. Algo debería haberse movido en nosotros esta noche. Seguro que lo ha hecho. Aunque sea una chispa, aunque sea una semilla, aunque sea simplemente un deseo. Si hemos sentido, aunque sea por un instante, de consuelo, la cercanía de Dios; si hemos intuido que no estamos solos; si hemos creído que el amor de Dios nos alcanza, entonces, seguro, la Pascua ha pasado por aquí. Entonces Cristo también vive en nosotros.

Hemos encendido todos una vela, y también dentro. ¿Cómo podemos seguir teniendo esa vela encendida? ¿Cómo renovar esa vela continuamente? Para encender esta vela es necesario desgastarse, como cada vela, dejarse quemar, fundirse y cuidar la llama. Así lo hacemos ahora con el corazón. Por eso, esta noche no es solo un símbolo, es un sacramento. Esta celebración nos pone frente a la Vida con mayúscula. No es solo una Misa, es un momento para renacer, un dejarnos habitar más hondamente por Jesús por medio del manantial del Bautismo que nos hace hijos de Dios, de la Eucaristía que nos hace hermanos, de la comunidad que nace de la fe del Resucitado.

Mantener esta llama encendida pasa por renovar y sacar brillo a todas las consecuencias de nuestro Bautismo, y a entender la vida como una respuesta al amor de Dios que es siempre nueva. El agua bautismal, el agua que recibiréis especialmente vosotros esta noche, no es un agua estancada; es agua viva que nos limpia del pecado, nos saca del miedo y nos lanza a vivir con alegría el Evangelio.

Hoy por eso se nos ofrece una oportunidad preciosa: bautizaros y, con vosotros, renovar la gracia del Bautismo. Y eso no es repetir una fórmula ni hacer memoria de algo pasado, es volver a nacer esta noche, como lo haréis vosotros, como lo renovaremos todos. Dejar que el Señor nos lave el corazón y nos llene de luz y esperanza. Hoy recordaremos nuestro Bautismo, y si alguien no se acuerda de la fecha, estos días es un buen momento para apuntar en su móvil, como un calendario anual, la fecha de su Bautismo y poder celebrarlo. Os invito a que lo hagáis vosotros esta noche.

Mantener la llama encendida es también prender nuevas velas, como hemos hecho esta noche. Dar luz también a alguien, y aprender a reconocer dónde están las señales del Resucitado. Sí, a nuestro alrededor tenemos signos preciosos de esta Pascua. Si esta noche nos hemos abierto, aunque sea un poco, al misterio de Dios, es una señal de la Pascua. Si nos hemos sentido mirados por amor, sin reproche, es una señal de la Pascua. Si hemos descubierto que somos hermanos, que no podemos vivir encerrados en nosotros mismos, es un signo de la Pascua. Si hemos pensado en las heridas del mundo y algo en nosotros ha dicho “esto no puede seguir así”, es una señal de la Pascua. Si nos ha nacido el deseo de anunciar con nuestra vida que hay esperanza, y que la esperanza es Jesucristo, es una señal de la Pascua.

Entonces sí. Entonces podemos decir que Cristo sigue resucitando en nosotros, y si Él vive, entonces el miedo no tiene la última palabra. La violencia nunca vence, el fracaso nunca define, la muerte no decide. Vive Cristo y vivimos también nosotros. Cristo ha resucitado, hermanos, verdaderamente ha resucitado, y si Él vive, entonces todo es posible.

Feliz pascua, de verdad. Feliz vida nueva.

Media

Queridos hermanos obispos. Queridos vicarios. Queridos sacerdotes, diáconos, queridos seminaristas. Consagrados y consagradas que estáis aquí. Las familias que os habéis acercado esta tarde a la catedral. Laicos y laicas. Queridos cofrades, que también nos acompañáis en esta liturgia.

En la vida estamos acostumbrados cada uno a mirar donde nos interesa. En nuestra cultura de la imagen cada uno vamos seleccionando lo que queremos ver, lo que nos apetece, o la plataforma que ahora nos interesa. Incluso en las redes sociales, cada uno selecciona qué fotos, qué noticias interesan y cuáles pasamos rápido porque no queremos mirar. Hasta los algoritmos se encargan de servirnos las ventanas desde donde poder mirar las noticias, la cultura, la política. Siempre seleccionamos o nos seleccionan. Pero a menudo hay un montón de realidades invisibles que nos cuesta mirar, preferimos no enfocarlas.

Este Viernes Santo también podemos venir aquí para aprender a enfocar la mirada. Hasta podemos seleccionar y decidir cómo estar esta tarde aquí. En el Viernes Santo unos se enfocan la piedad, hacia las imágenes; otros al pasado, recordando las viejas semanas santas; quizá otro ven lo espectacular de los pasos y las procesiones, y hasta otros solo ven las vacaciones o el ocio de estos días.

Pero la Iglesia, sabia como madre, hoy nos invita a enfocar la mirada a un lugar determinado. En medio del bosque de estos días, en medio de nuestra ciudad, se nos invita a mirar con la honradez del corazón. Por eso la liturgia de hoy lanza una voz que atraviesa la historia: mirad el árbol de la Cruz. Miradlo. No tanto las cruces ornamentales o las transformadas en estandartes de otras cosas. Mirad la huella de Cristo en ese tronco, y no apartéis la vista. Porque esta Cruz acoge el misterio del dolor del mundo.

A casi todos los discípulos les escandalizaba esta mirada. Hasta el punto que, aun siendo amigos, se marcharon. No aguantaron ver al amigo y al maestro desnudo, hecho un guiñapo envuelto en sangre. Es difícil no apartar la mirada al ver al Hijo de Dios, al amigo, desnudo, condenado por los maestros de la religión por blasfemo. Es difícil entender que todos dijeran que Jesús era un malhechor, y contemplar cómo es víctima de esta cascada de violencia, insultos, gritos, golpes y silencios. ¿Cómo mirar ahí? ¿Cómo mirar hoy el árbol de la Cruz? ¿Cómo mirar a Aquel que está colgado por ateo y por blasfemo? ¿Cómo mirar a quien se le cuelga el cartel de maldito y al tiempo acoge nuestros dolores y heridas?

Es necesario ahondar, y contemplar, y amasar cada palabra en el corazón, pues no hay quien entienda que alguien dé la vida a los mismos que se la están quitando. Por eso, esta tarde mirad el árbol de la Cruz, no apartéis la vista porque es Dios el que pasa por ahí, y por eso, si no miramos al árbol de la Cruz, no miraremos a Dios.

También la Palabra de Dios de hoy nos decía y nos invitaba a mirar de una forma especial. Nos centra la atención, enfocándolo más: «Mirarán al que traspasaron». Sí. Es Cristo traspasado, con el corazón abierto y roto. Es la revelación más importante del amor de Dios, concreto y real. Allí Dios pide el amor de lo que lo contemplan. Tiene sed del amor y la mirada de cada uno de nosotros. Mirad cómo así Dios dialoga de corazón en corazón con el lenguaje humano.

Es la Cruz donde se hace la revelación más grande la historia, la más profunda, el éxodo más grande. Se produce en ese momento en el que los que pasan delante le dicen convencido a Jesús: «Si eres hijo, bájate, que actúe Dios, que Dios te solucione la vida». «Si eres hijo baja, y todo se resolverá». Jesús, en la propia Cruz, dio este gran paso: renunció a relacionarse con un Dios que bajaba de la Cruz poderosamente, para unirse y abandonarse en un Dios impotente, un Dios víctima, un Dios que padece y que sangra y llora hasta la última gota. Renunció, como sucedió ante la vieja tentación, a ese Dios apartado de la vida, para ponerse en las manos del Padre, que está en Él y con Él, padeciendo desde la impotencia.

Y aceptó, sí, aceptó, abandonarse en este Dios frágil y misterioso. Es un cambio de toda la historia. Jesús muere abandonándose al Dios víctima que no bajó, como todos esperarían. Por eso esta tarde la respuesta que el Señor espera no es grandeza ni logros, ni perfección, es que nos dejemos atraer por el costado herido donde al punto manaron agua y sangre, como un río que no cesa. Bañarnos en un corazón abierto, partido y derramado, porque ahí nace el camino de cada uno de nosotros.

Por eso no es fácil mirar el madero, como no lo fue fácil para los primeros, ni para nosotros. A los discípulos les costó un tiempo, necesitaron el aliento del Espíritu, esa fuerza invisible que también hoy arde en nosotros. Fue necesario en bautismo del Espíritu para ver con otros ojos, para mirar la Cruz como el umbral de la vida. Hoy nosotros, recogiendo el testigo, escuchamos con valentía la voz que nace de nuestro Bautismo y nos dice: «No apartes la mirada, mira, sé valiente, porque ahí está el principio de tu vida».

Solo un discípulo permaneció, el que estaba con la Madre. Deja, pues, como el discípulo amado, que también la Madre te sostenga en estos momentos y te ayude a mirar. Ella nos lo ensaña, y así, al pie de la Cruz, nace esa frágil Iglesia. Así, al pie de la Cruz, con María y con esa frágil Iglesia, como aquí esta tarde, es más fácil mirar. Juntos, como pueblo nuevo, nacido de un dolor que salva.

Los padres de la Iglesia ya lo supieron ver: nos dicen que en la Cruz aparecen los signos de un gran parto. Entre el agua y la sangre fluye la vida. Son los sacramentos del Bautismo y la Eucaristía, el cauce de este río, esa corriente eterna que nace de ese costado traspasado, y ahí estamos nosotros, de ahí hemos salido nosotros, de ahí venimos, somos hijos del amor que sufre, somos fruto de aquella tarde y por eso esta tarde estamos aquí.

Mirad el árbol de la Cruz, y acoged el corazón de Dios, porque por medio de él aprenderemos a acoger todo el amor y toda herida que nos encontremos a nuestro alrededor. La adoración a la Cruz nos enseña a ver de forma nueva los lugares que están bañados por el río de la Cruz.

Es tanto amor silencioso que llena la vida de nuestras comunidades. El amor silencioso de los padres y madres que madrugan cada día para poder dar de comer a sus hijos. El amor silencioso y callado de nuestros mayores, que no ahorraron ningún esfuerzo por sacar adelante a sus hijos y a darles un futuro mejor. El amor silencioso y entregado de tantos hombres y mujeres que dejan sus países y la cercanía de sus familiares para migrar y conseguir una vida mejor. El amor silencioso y la entrega de toda la vida religiosa contemplativa, que desde el interior de los monasterios reza y ofrece para que la gracia de Dios siga renovando la faz de la tierra. Y tantos y tantos otros.

Al contemplar el árbol de la Cruz y sumergirnos en este río de agua y sangre que brota de ella, también aprendemos a reconocer y a atender las señales y heridas infringidas a la dignidad humana. Mirar nos sensibiliza ante toda forma de desprecio por la vida y de explotación de las personas, y nos invita a descubrir a Cristo allí.

Y también, queridos hermanos, acoger la Cruz, es más que nunca hoy ser sensibles a toda forma de violencia en un mundo violento, pues la Cruz es la respuesta de Dios a todas las guerras, a todas las manifestaciones de arrogancia, de superioridad, de poder y de dominio.

Jesús no se enfrenta al pecado llamando a una legión de ángeles para que luchen en un combate interminable. Él se abaja, se ofrece, y esos caminos los tendremos que asimilar para poder vivir. Por eso la Iglesia es invitada hoy a ser en Cristo principio de reconciliación en nuestro mundo. Somos ministros de la reconciliación ante la Cruz, no voceros de la confrontación, del juicio permanente, de la condena, del conflicto, la división. Esto es ser católico.

Hoy, queridos amigos, dentro de poco realizaremos un gesto de adoración junto a toda la Iglesia. Un gesto para mirar, lleno de vida, que se repite en grandes catedrales, en los humildes templos y en los lugares que ahora también están perseguidos. Imaginaos por un momento todos los que hoy miramos a la Cruz, comulgando en este acto de fe. Nos hace hermanos de todos los que esta tarde miran y se apoyan en el madero reverdecido por la entrega de Cristo.

Mirad, por favor, mirad con el corazón, mirad el árbol de la Cruz. Abramos el corazón como discípulos amados, con la Madre, y enfoquemos a donde la Iglesia nos dirige la mirada.

Media

Queridos hermanos obispos, don Juan Antonio, don José Antonio, don Vicente, don Adolfo, que nos acompañas. Queridos vicarios, sacerdotes, diáconos. Queridos amigos seminaristas, que estos días también nos ayudáis especialmente. Los consagrados y consagradas que estáis y todos los que os habéis acercado a este cenáculo esta tarde en esta catedral.

Hoy nos reunimos como cada año en este Jueves Santo para vivir en definitiva y ahondar en este misterio del amor hasta el extremo. Este día no es una representación simbólica, ni una escena litúrgica aislada, sino el corazón mismo de nuestra fe. Jesús, una vez más, nos entrega su alimento, su servicio y su cuerpo, y lo hace con una pedagogía que no olvida ningún gesto: una toalla ceñida, una jofaina y una mesa para los hermanos. Cada uno de estos signos están cargados de sentido, de vida y, en definitiva, de Evangelio.

Pero quizá hay una pregunta previa para venir hoy a la Eucaristía. Una pregunta que nos podemos hacer y es, en definitiva, por la vida, de qué nos alimentamos. Sí, en este mundo se nos proponen mil formas de alimentarnos física, emocional o ideológicamente. Hoy valdría la pena hacerme la pregunta de qué me alimento yo, qué es lo que sostiene realmente tu vida.

Vivimos ahora entre mil menús seleccionados, con gluten, sin gluten, con lactosa, sin lactosa, alimentos que engordan y que no engordan, que están frescos o que están en conserva. Y siempre elegimos lo que más nos conviene. Pero más allá de lo físico, también nos alimentamos de lo que vemos y lo que escuchamos. Nos alimentamos de las redes, de la televisión, de los medios, de lo que otros piensan de nosotros. A veces nos alimentamos de nosotros mismos, de nuestro bienestar, de nuestro éxito, de que nos reconozcan. Alimentamos muchas veces nuestra imagen, nuestra rutina o el deseo de agradar. Y muchas veces disfrazamos nuestra voluntad con el nombre de la voluntad de Dios.

Pero esta noche Jesús nos muestra el alimento y nos muestra cuál es su alimento: cumplir la voluntad del Padre entregándose por amor. Ya nos lo había dicho el evangelista: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió», como nos dijo Jesús. Esa voluntad se concreta, y hoy lo vemos, en la entrega total, en el lavatorio de los pies, en la institución de la Eucaristía, en ese «tomad y comed» que cada vez que Jesús lo dice nos desarma.

Jesús no se alimenta de sí mismo, no se protege, no busca quedar bien. Su alimento es entregar su vida, y por eso cuando llega su hora Él la reconoce. Es la hora de Dios. Esa hora que ata la voluntad del Padre con la necesidad de los hermanos. Su entrega entonces es el lazo que une el cielo y la tierra, el perdón y el pecado, la misericordia y la miseria.

Decía Agustín de Hipona al comentar esta noche, que «Jesús dejó sus vestiduras, Él que siendo Dios se anonadó a sí mismo. Él se ciñó con una toalla porque recibió forma de siervo, echó agua en la jofaina para lavar los pies de los discípulos, Él que derramó su sangre para lavar con ella las manchas del pecado».

Sí, esta tarde, esta noche, Jesús no da teorías. Nos deja tres regalos concretos, para que también nos los llevemos en el corazón. Una toalla ceñida es el primer regalo. Jesús se ciñe la toalla como los labradores, como los que levantan un peso, como los que están listos para servir. La toalla ceñida nos recuerda que la fe no se puede vivir sin servicio.

La fe se hace concreta, dice el papa Francisco, cuando ceñida con una toalla se pone de rodillas y lava los pies. Jesús, con la tolla se ata, sí, se ata a la voluntad del Padre y a la realidad de los discípulos. No a una nostalgia ni a una idea abstracta, no. Se ata a Pedro, a Judas, a cada uno de los discípulos con su nombre y apellidos. Y hoy se ata también a nosotros, a esta Iglesia concreta, con nuestras debilidades y con nuestras búsquedas.

La toalla no es un cleenex para usar y tirar; es una cuerda viva, un lazo firme entre Dios y el mundo. Hoy Jesús pone en cada una de nuestras manos también su toalla. ¿La pondrás en una vitrina o nos la ceñiremos también para servir? Y nos pregunta que a quién nos atamos nosotros, como él se ata.

El segundo regalo es una jofaina. La jofaina con agua. Jesús vierte agua y se arrodilla como lo hizo en el día de nuestro Bautismo con cada uno de nosotros. Lava los pies, se rebaja. Fijaos, el Hijo de Dios de rodillas. No es una metáfora, es escándalo y es misericordia al mismo tiempo. Por eso, no nos extraña que Pedro se indigne, nosotros también nos indignaríamos. Qué desconcertante es ver a Dios de rodillas delante de mí. Y, sin embargo, ahí lo tenemos. Es su modo de amar, no desde arriba, sino desde abajo, porque Dios está en quien lava los pies, no en quien se lava las manos.

Esta jofaina ahora es nuestra. Nos toca llenarla de agua, de servicio y de ternura. Es la jofaina de la Iglesia, la que hay en cada una de nuestras parroquias y comunidades, que sirve para lavar los pies del mundo. Cada vez que ayudamos, cada vez que nos ponemos de rodillas delante de alguien, cada vez que servimos, cada vez que acompañamos a alguien en la soledad, cada vez que respondemos con humildad, estamos usando esta jofaina. ¿Te dejas lavar hoy por Jesús? ¿Te dejas lavar de verdad? ¿Quisieras lavar tú también? Porque es la pregunta que hoy Jesús nos pone delante.

Y con la jofaina, con esa tolla ceñida, nos deja una mesa, una mesa para sentarnos todos. En esta noche contemplamos a Jesús como el verdadero Cordero Pascual. Él celebra la pascua ya sin cordero y sin templo, porque él era el Cordero que esperábamos, el verdadero. Por la cena entra en todo ese camino que veremos estos días de sacrificio en la Cruz, de cumplimiento de cuanto nos decía el Antiguo Testamento.

En Él encontramos la plena reconciliación con Dios a través de su vida. Por eso, en esta mesa Jesús nos deja su Cuerpo y su Sangre, no solo para los buenos, también a los que le traicionan, a los que le niegan y a los que le dudan. Porque su entrega es absoluta, «tomad y comed». No para uno mismo, no como un acto individual. Sino «tomad y comed», y seguid construyendo Iglesia. Por eso Jesús nos dice «haced esto en memoria mía», y no hablaba solo del rito, habla de la vida. «Haced esto». Al celebrarlo, «haced esto, lavad los pies; haced esto, compartid el pan; haced esto, amad como yo, construid así la comunidad». Es la tarea, haciendo esto. Al participar en la Eucaristía hoy, cada uno de nosotros y todos juntos, estamos llamado a unirnos a Cristo, a dejar que Él transforme desde dentro nuestras vidas con su amor, y a ser testigos juntos de su presencia en el mundo a través de los signos que nos da.

Por eso también al comulgar hoy nos vinculamos unos a otros construyendo Iglesia. Una comunión que hoy nos introduce en esta preciosa corriente de servicio, en esta corriente por la que fluye la Iglesia y que ofrece la comunión en medio de un mundo a veces dividido e individualista.

Al comulgar juntos hoy, queridos amigos, también, cómo no, ante esta mesa, recordamos el día del sacerdocio, y os pido que oremos y presentemos a Dios a nuestros sacerdotes, para que recuerden siempre que han sido ungidos para ungir al Pueblo de Dios y para que juntos nos unamos a Cristo y nos dejemos transformar por su amor. Para que juntos seamos toalla, jofaina y una mesa ante nuestro mundo. Rezamos por los sacerdotes, en concreto por nuestro presbiterio diocesano, por todos aquellos que sirven la Eucaristía y los sacramentos desde la humildad, la cercanía y la misericordia de Dios hacia su pueblo.

Queridos hermanos. Este es el cenáculo hoy, donde Jesús actualiza su servicio. Este es el cenáculo en el que celebramos y recibimos estos signos concretos: la toalla, la jofaina y la mesa. Y no solo son recuerdos, también es una tarea, una tarea para juntos renovar nuestro compromiso, para ceñirnos la toalla para los que no encuentran ayuda, para coger la jofaina para quienes necesitan el perdón y para poner la mesa a todo aquel que busque sentido.

Tomad y comed, ceñíos la toalla, llenad la jofaina, servid con alegría, porque Jesús se nos da hoy de verdad y sin maquillajes. Comeremos de Él, y nos pondremos a servir como Él nos sirve a cada uno de nosotros. Así, así y solo de esta manera, triunfará el amor del Padre en el mundo. Ya se lo había dicho a los discípulos, y hoy nos lo recuerda a nosotros. Pero en aquel momento, eso de que triunfe el amor en el mundo… Los discípulos no entendían este lenguaje, no comprendían bien, pero les fue necesario ver y entrar en este gesto que luego germinó.

Hoy esa vida que se sembró en el corazón de los discípulos se siembra en nosotros, para que germine y en la Pascua se convierta en amor fraterno. Es el triunfo, sí, el triunfo del amor, el triunfo de Cristo, porque Uno ha triunfado y todos triunfaremos con Él haciendo de su vida nuestro alimento.

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