Queridos hermanos. Esta tarde en este inicio de la Cuaresma, un tiempo especial para todo el pueblo cristiano. Venimos a comenzarla a los pies del Cristo de Medinaceli, este Jesús Nazareno rescatado.

Su imagen nos lleva a recordar la Pasión cuando Pilato lo presenta ante el Pueblo, y encontramos a un Jesús en paz, manso, digno en su humildad, frente a una multitud que lo ha condenado, juzgado y rechazado. En el siglo XVII esta imagen fue arrasada y tirada por las calles para que la gente de Mequinez pudiera mofarse de ella cuando la ciudad fue tomada por el sultán.

Esta imagen experimentó también lo que significa el rechazo, el juicio y la condena. Pero si aprendemos a mirarla, miramos también a aquel Jesús que es al que nos evoca. Un Jesús que fue azotado y entregado así, con las manos atadas para que lo crucificaran. Entonces, los soldados del gobernador también lo desnudaron, le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza: y doblando ante él la rodilla se burlaban diciendo “salve el Rey de los Judíos”

La historia se repite continuamente: Jesús es humillado, maltratado y no solo aquel primer día delante y junto a Barrabás y Pilato. También esta imagen nos evoca a cuantos, a lo largo de la humanidad, son juzgados, crucificados, maltratados, y en Él reconocemos a todos. Por eso venimos aquí, porque también nuestras heridas son las que vemos que Él carga.

Hoy Jesús nos dice que en este inicio de la Cuaresma Él es el primero que pasa por el ser juzgado, maltratado, humillado y que Él acoge a todo aquel que pase por ahí, a todos los que necesitan ser rescatados como esta imagen tuvo que ser rescatada.

Cada manifestación en la religiosidad popular, en nuestra piedad, no es una invención, sino que tiene origen en algo que la Palabra de Dios nos da. Hoy es muy importante que, al acercarnos al Cristo de Medinaceli, nos vayamos a la Palabra de Dios; que no pasen estos días de Cuaresma sin que cada uno de nosotros sea capaz de ir a la Palabra de Dios, porque ahí nos dice –como cuando le miramos a Él– lo necesitados que estamos todos del cuidado de Dios.

Cada imagen, este Cristo de Medinaceli, nos recuerda lo que Jesús ha pasado y podemos verle, sentirle, escucharle. No solo en la imagen, sino en lo que ha significado para nuestras familias y nuestro pueblo. La imagen es un Evangelio que nos habla de nosotros, de nuestras familias, de la gente que queremos y nos habla de todos los que han pasado lo mismo que Él: ser humillados y maltratados.

Hoy Jesús, a todos los que hemos venido aquí, nos hace una invitación que no nos podemos perder: acudir a Él. No solo con nuestro cuerpo, ojos y labios, sino acudir a Él desde el corazón y llevarle no solo nuestro abrazo, sino nuestro corazón. Os invito a mirar más allá de esta talla y ver a ese Cristo que quiere rescatarnos, rescatarte de todo lo que te oprime y te esclaviza, del pecado y de cuanto va en contra de nuestro propio bautismo, del don que Dios nos ha dado. ¡Cuánta gente hay a nuestro alrededor que ha besado esta imagen y ha sido capaz de recoger otro beso! Cada vez que nos acercamos a Jesús, Él da otro beso: un beso que nos da en la Eucaristía, cuando somos capaces de rezar, cuando somos mejores personas.

Jesús asume sobre sí todo el dolor de todos los maltratados y es capaz de resucitarlo y, asumiendo ese dolor –por eso necesitamos una Cuaresma–, lo transforma en resurrección. ¡Cuánta gente a lo largo de la humanidad mira a Cristo y encuentra en Él la salvación, porque en Él sabemos que Dios nunca pasa de largo frente al sufrimiento de sus hijos!

Por eso hoy nosotros también cuando venimos aquí ante el Jesús de Medinaceli, ante aquel que fue rescatado, somos los continuadores de la obra redentora. Besar al Cristo, mirar al Cristo, celebrar la Eucaristía, no es para andar después como si no hubiera pasado nada. Queda grabado en nosotros ese beso y queda grabado su beso. Él carga con nuestras heridas para que también nosotros aprendamos a cargar con las heridas de los otros y nos pongamos en el lado de los que humillan, juzgan, dividen y maltratan; o en la línea de Cristo: el que acoge el sufrimiento, lo pone ante Dios y se convierte en otro Cristo para los demás.

Todos los que pasamos por aquí tenemos el encargo, por el mismo Cristo, de perdonar, rescatar y dar la mano a los otros. Si amamos solo a los que nos aman, ¿qué valor tiene eso? Amad a los que nos humillan y poneros del lado de Él, del lado que lleva la vida. Pongamos nuestras heridas y convirtámonos en gente que sana a los demás devolviendo ante cada mal el bien y la mirada de Cristo. Este es el momento queridos hermanos.

Que esta Cuaresma sea un compromiso por rescatar y por ser también los pies de Cristo para otros. Que seamos los pies que se mueven, que pisan y que son capaces de ir a los que nos necesitan.

Por eso esta Cuaresma, este año el Papa y toda la Iglesia en un Año Jubilar, nos invita a ir juntos y ser pies de Cristo para ser peregrinos de esperanza. Así, a todos los que besamos hoy a Cristo y le miramos, al momento Él nos dice de mirar a nuestros hermanos y besarlos.

Queridos hermanos, hoy Cristo nos pide que seamos Iglesia, que vuestras comunidades sea Iglesia, que la hermandad sea Iglesia y que cuando nos miren vean a Cristo, no a nosotros. El bando de los que aman es el bando de los que perdonan, de los que muchas veces tienen que dar un paso atrás para que la unidad y el amor estén por encima. El bando de los crucificados con Él es el bando de la gente que es capaz de poner la fe y la Iglesia muchas veces por encima de nuestros intereses.

¡Mirad como se aman! Que ese sea el anuncio que Jesús nos da a todos nosotros. Sed los pies de Cristo para caminar juntos, para ir a la esperanza y decir a nuestro mundo que tenemos remedios. Que estamos del lado de Cristo, de los que rescatan a los humillados y de los que ponen en Él nuestras heridas; de los que son conscientes que estamos llamados a peregrinar en esperanza para construir esta Iglesia que Él quiere, por la que Él ha dado la vida. Él sigue dando la vida por su Iglesia para que podamos anunciar a nuestros vecinos y vecinas que la salvación está aquí, que el amor es más fuerte del odio y que Dios siempre, como Él, nos rescata de todas nuestras humillaciones.

Media

Comenzamos con Ceniza

Esta ceniza tradicionalmente es el fruto de la noche de Pascua del año pasado. Allí se quemaron los ramos de admiración del Domingo de Ramos, aquellos ramos de nuestra vida que pasaron por la traición, por el abandono y que se entregaron al fuego; aquellos ramos que quemamos en aquella hoguera. Hoy aparece de nuevo aquella ceniza.

La ceniza es parte del bautismo.

Allí donde nos marcaron con el óleo y con el agua en la cabeza, allí donde se nos signó, hoy venimos a poner ahí ceniza.

Venimos un año más, como una nueva oportunidad y caminar con Jesús, caminar por nuestras debilidades, nuestros barros y nuestras cenizas, pero caminar para resucitar con Él. Este es el horizonte de la Cuaresma.

La ceniza lleva a la Cuaresma, sin olvidar que la Cuaresma siempre lleva a la Pascua. Por eso venimos hoy aquí, después de un día con nuestras cargas, nuestros dolores, nuestras heridas y nuestras alegrías, para hacernos la pregunta fundamental:

¿Qué esperas de la Pascua este año? ¿Qué nos espera en la Pascua? ¿Cómo queremos celebrar la Pascua este año?

Después de este tiempo de entrenamiento que es la Cuaresma, ¿qué vamos a celebrar? No digamos “lo de siempre”, porque eso no es la Pascua

¿De qué necesita el Señor rescatarnos a todos nosotros juntos? ¿De qué te tiene que rescatar el Señor? ¿De qué nos tiene que rescatar como Iglesia, como Pueblo de Dios, con todos nuestros esfuerzos de caminar juntos?

¿Seremos capaces de caminar juntos 40 días para juntos llegar a la Pascua, o preferimos caminar cada uno nuestra Cuaresma?

Estamos acostumbrados a ir cada uno a nuestro ritmo, llegar cada uno a nuestro camino y elegir cada uno nuestras rutas. Pero sólo hay una que nos propone Jesús para todos juntos; es la que tendremos que buscar.

Comenzamos con ceniza que nos hace caer en la cuenta del tiempo que tenemos y vivimos. Tenemos que abajarnos; sólo podremos crecer este año si nos abajamos antes. Sólo podremos crecer si, como los niños, dejamos que alguien nos dé la mano y no llevemos nosotros la batuta.

Camino de Esperanza

“Peregrinos de esperanza” es el lema de este año jubilar; por ello os propongo iniciar juntos un camino de conversión hacia la verdadera esperanza que es Cristo y cuanto Él nos ofrece.

La novedad que aporta la esperanza es que siempre es ilusión, no es triste. Por eso volver a iniciar un camino cuaresmal tiene que ser ilusionante. Cuando la Cuaresma no llega al corazón, cuando no nos dejamos tocar por Dios e ilusionarnos por la Pascua y por el cambio que Él nos ofrece, la Cuaresma no es Cuaresma. La Cuaresma es renovación en cuanto toca y moviliza el corazón.

Esta tarde nos echamos la ceniza encima por tanta violencia personal; por no escuchar el evangelio y escucharnos solo a nosotros; por colaborar con los procesos violentos de nuestro mundo; por tanta omisión y descarte a los más pobres y a los que nos piden ayuda.

Nos ponemos ceniza en el corazón porque reconocemos que estamos manchados allí donde fuimos ungidos en el bautismo. Con el tiempo nuestra unción ha ido borrando la marca del don de Dios con cenizas, con restos de demasiados olvidos y de pecados.

Se nos ha quedado allí y nos parece que es lo normal, que todo el mundo lo hace, que se puede caminar siempre con la ceniza en la cabeza.

Pero Jesús hoy nos dice que tenemos remedio, que no hemos nacido para la ceniza sino para la luz. Por eso, en su nombre la Iglesia nos dice: “Conviértete y cree en el Evangelio”.

Hoy nos llevamos al humus, a lo humilde de la ceniza, para saber que tenemos remedio, que será esa luz de la Pascua.

Jesús va por delante y nos convoca a la Pascua

Jesús va delante de nosotros y nos invita a caminar un camino. Eso implica preguntarnos a dónde quiere que vayamos con mi comunidad, con mi Iglesia, en esta Cuaresma. Esta pregunta debemos responderla en estos 40 días juntos.

Conversión es dejarnos mirar con una mirada que enamora. la que Cristo tiene permanentemente por cada uno de nosotros. Algo distinto se tiene que despertar en nosotros. Que nada en nuestra vida resulte insoportable o perdido por mucho que nos suene a ceniza o a barro.  

Envueltos en este año del Jubileo de la Esperanza, Cristo nos anima a no quedar presos de las evidencias, de todo lo que está mal, de todo lo que nos queda por hacer. Sino que nos invita a una conversión a la Esperanza que se verá concretada en una forma de vivir y de expresarnos esperanzadora.

Hoy se nos llama a convertirnos a la esperanza, a entrar en una esperanza nueva y a tener 40 días para dejar que el Señor nos toque el corazón y nos diga que tenemos remedio.

Por todos lados emergen profetas de la desgracia, gente que juega con el miedo y nos dice que somos desgracia en sí misma. Eso no es de Dios, eso no viene de Dios.

Para ser fieles a la esperanza sólo necesitamos caminar con los otros. Aprender a dar la mano, a ir con otros, no vayáis solos esta Cuaresma. No pasemos sin hacer una lectio divina, una reunión con algún grupo, una oración con otros.

No dejemos de sentir el valor de la humildad, darnos cuenta de nuestra pequeñez. Sólo así creceremos.

Dejemos que la honradez llegue a nuestro corazón, no tenemos que ponernos máscaras ni maquillajes. Honradamente caminemos con lo que somos, eso es lo que Dios valora.

Ayuno, Oración y Limosna

Esta Cuaresma la Iglesia nos propone convertir la mente y crecer en lucidez, convertir el corazón para crecer en el amor, y convertir nuestro cuerpo para transformarlo en vitalidad.

El ayuno nos recuerda que tenemos cuerpo. Nos recuerda esa sensación de tener hambre y sed, de sabernos incompletos, limitados, que las cosas no nos salen bien, que nos deprimimos y lloramos.

Cada uno tiene que descubrir con creatividad qué puede hacer con su ayuno y lo valioso que es sentirnos así. Quizás el ayuno no sea cosas grandes. Puede ser ir a recoger a los niños al colegio, sacar un tiempo de calidad con tu esposo o esposa. O ayunar de móvil a partir de las 18h. O visitar con frecuencia a algún mayor. O llamar por teléfono a aquél que te está esperando hace años. O ayunar de criticar a los que no te caen bien.

Seamos creativos y vivamos el valor del ayuno, del privarnos de algo que a veces es normal en nuestra vida.

La oración incide en el corazón. Es escuchar permanentemente que tenemos un Dios que es Padre, que nos ama con amor eterno.

Dediquemos un tiempo de calidad a orar, en casa, visitando alguna capilla, con la música, en comunidad, en familia. No pasemos ninguna semana sin haber entrado en la oración.

La limosna nos activa la mente, y nos ayuda a fijarnos en quién necesita algo de nosotros y algo que Dios nos ha dado. Somos relación, y no seremos Pascua si no vivimos con los demás. Nuestra alegría crece cuando nos damos y regalamos.

Que la ceniza nos recuerde el fuego que Jesús viene a prender en nuestros corazones. El fuego del Espíritu es capaz de activar una Iglesia cargada de esperanza que nos confía la misión de ser peregrinos de esa misma esperanza en nuestro mundo, para iluminar con ella todas las realidades humanas.

Queridos hermanos, buen camino. Buen camino juntos hasta esta ilusionante conversión a la esperanza.

Media

El Pueblo de Dios siempre reza por el Papa

Él siempre pide nuestra oración, no por educación, sino por necesidad.

Sabe que necesita de la oración de su pueblo para sostenerlo y para presentar a Dios su ministerio.

Es la expresión viva de la sinodalidad, pues quiere ser sostenido por la oración del pueblo antes que por otras cosas.

Desde hace dos mil años, cuando el Papa está enfermo o en peligro, el pueblo cristiano reza por él. Hoy nosotros nos sentimos Iglesia y rezamos. Es la expresión más gratuita y cariñosa de saber que lo que pasa a uno de nosotros, a todos nos pasa.

Rezamos con la conciencia de que Francisco, lleno de limitaciones como todos, ha sido llamado a suceder a Pedro, el pescador de Galilea, y eso es algo tremendo y al mismo tiempo precioso para cada fiel cristiano.

Rezamos porque sabemos que ese hermano nuestro ha sido llamado a ser vinculo e instrumento de unidad en toda la Iglesia, a confirmar en la fe a los bautizados y a ser voz de los discípulos de Cristo en medio de este mundo.

Es conmovedor unirnos a la oración de toda la Iglesia

Un Ramo de Oraciones

Hoy dejamos que la Virgen de la Almudena ofrezca a Dios Padre, con Jesús en sus brazos, un precioso ramo de oraciones que esta tarde presentamos:

- La oración de tanta gente sencilla que pide y ha pedido por la salud del Papa.

- La oración de las familias que se unen y ponen su granito de oración a esta brisa fresca.

- La oración de los pequeños, de tantos niños y niñas.

Estamos desbordados, pero nos habéis dado una lección a los mayores. En cuanto os enterasteis dejasteis de jugar, o en un rato en el recreo, o en casa, y rezasteis.

Pero, además, le habéis mandado un dibujo. Cada dibujo es precioso porque es una foto de vuestro corazón. Y todos juntos son una gran oración: la de los sencillos, la de quienes nos enseñan a aprender, a dar la mano, a dejarse corregir o a soñar.

Gracias porque lleváis la delantera.

- La oración de los sacerdotes y de los que llevan responsabilidades en nuestra diócesis.

- La oración de mucha gente, a veces un poco alejada de la Iglesia o que no acaban de entendernos, pero el Papa les ha llevado esperanza y se unen a esta oración.

María con sus manos une estas oraciones y hace un precioso ramo.

Pedimos por Francisco

Ingresado en el hospital Gemelli de Roma está pasando momentos difíciles.

Pedimos por su salud, para que siga adelante y tenga las fuerzas necesarias para continuar.

Pedimos para que se sienta confortado por el Señor y por nosotros. Que sienta por medio de Jesús nuestro abrazo esta noche.

Como comunidad cristiana, creemos en la fuerza de la oración y en el poder sanador de Dios, que nunca abandona a sus hijos. Rezamos con humildad y fe.

La oración no es para que se cumpla lo que deseamos, sino para apoyarnos en Dios sabiendo que Él hará lo preciso, y acoge nuestra generosidad. Y para decirle a Dios que le necesitamos como Iglesia.

No rezamos solos. Somos parte de este pueblo que reza unido y sabe que se apoya no en sus deseos, sino en Dios.

Pedimos la fuerza para aceptar en cada momento la voluntad de Dios y la claridad para reconocer su guía, abriendo nuestros pobres corazones ante lo suyo.

Pedimos que nuestra oración se alinee a los designios del Señor y que en cada pensamiento y acción encontremos la paz que solo Él sabe dar.

Jesús es nuestro refugio en la fatiga y el sufrimiento

En la enfermedad, en la debilidad del cuerpo, en la incertidumbre del futuro, Cristo nos invita a depositar nuestras cargas en Él.

El Papa Francisco ha sido un testimonio de entrega y servicio, guiándonos con humildad y amor. Hoy es él quien necesita de nuestra cercanía, de nuestro apoyo y de nuestras oraciones.

Hoy servimos a la Iglesia y a nuestro Pastor universal con la fuerza de la oración.

En medio de su enfermedad, el Papa no está solo. Lo acompañan nuestras súplicas, nuestras muestras de cariño y, sobre todo, la certeza de que Dios nunca deja de sostener a aquellos que confían en Él.

 

Oración por el Papa

Señor misericordioso,

tú que fortaleces a los débiles y sanas a los enfermos,

te pedimos hoy por nuestro Papa Francisco.

Dale fuerza en su cuerpo, paz en su espíritu

y confianza en tu amor infinito.

Tú que has guiado sus pasos en el camino del Evangelio,

continúa sosteniéndolo en este momento de prueba.

Concédele salud sobre todo en su gran corazón,

y en estos momentos de debilidad y enfermedad

que se apoye en tu cruz para le conforte y serene

pues él confía en ti.

Nosotros, como Iglesia, nos unimos en oración,

porque sabemos que donde dos o más se reúnen en tu nombre,

allí estás presente.

Escucha el corazón de nuestras familias,

de los niños y niñas, de los pobres y afligidos,

la oración de los pastores y consagrados y consagradas,

la oración de los hombres y mujeres de buena voluntad

que se unen a la plegaria.

Mantennos unidos en estos momentos

y así mantén vivo el ministerio de unidad de nuestro Papa.

Pedimos a la Virgen de la Almudena

que anude con su ternura el ramo de nuestras oraciones

y puedan ser recibidas de sus manos.

Sigamos unidos en esta súplica,

pidiendo también que la Iglesia, bajo la guía del Papa,

continúe siendo testimonio de esperanza y amor en el mundo.

Que María, Madre de la Iglesia, interceda por su hijo Francisco,

como lo hizo con tantos de sus hijos a lo largo de la historia.

Media

Arzobispado de Madrid

Sede central
Bailén, 8
Tel.: 91 454 64 00
contacto@archidiocesis.madrid

Cancillería

info@archidiocesis.madrid

Catedral

Bailén, 10
Tel.: 91 542 22 00
informacion@catedraldelaalmudena.es
catedraldelaalmudena.es

 

Medios

Medios de Comunicación Social

 La Pasa, 3, bajo dcha.

Tel.: 91 364 40 50

infomadrid@archidiocesis.madrid

Informática

Departamento de Internet

C/ Bailén 8
webmaster@archimadrid.org

Servicio Informático
Recursos parroquiales

SEPA
Utilidad para norma SEPA

 

Search