Buenas noches en esta vigilia de oración por las Vocaciones, en la que nos queremos dejar hacer esa pregunta: «¿Para quién soy yo?». Una pregunta que los discípulos de Jesús, todos los discípulos, tenemos que hacernos. «¿Para quién soy yo?».
En esta página del Evangelio que acabamos de proclamar hay tres cuestiones que, cuando nos hacemos esta pregunta, tenemos que vivir: todos pastoreamos, todos los discípulos de Jesús pastoreamos, tenemos que cuidarnos los unos a los otros; todos los discípulos de Jesús, misionamos, porque Él nos envía. Y todos los discípulos de Jesús, regalamos, tenemos que regalar su vida.
«¿Para quién soy yo?». ¿Soy para este Jesús, que me pide que cuide a los demás?. ¿Que sea pastor de los demás?. ¿Que sea misionero?. ¿Y que regale su vida?.
Es verdad que a esta pregunta, «¿Para quién soy yo?», se puede responder de muchas maneras. Y lo habéis visto en los cuatro testimonios que hemos escuchado: testimonio de un matrimonio, testimonio de un diácono que pronto será sacerdote, testimonio de ese sentido misionero que tiene que tener nuestra vida, y testimonio también de una consagrada, de una religiosa.
Nos pastoreamos unos a otros. ¿Cómo? Y tenemos que buscar nuestro lugar. O, mejor, tenemos que dejar que el Señor nos busque el lugar en el que cada uno tenemos que estar. Pero lo que sí es verdad es que pastoreamos dando la vida, como Jesús. No abandonando a nadie. El buen pastor no abandona: busca siempre a las ovejas. El asalariado que no es pastor, ve las dificultades y marcha. Pastoreamos cuando damos la vida. Cuando no abandonamos a nadie. Cuando lo que nos importa es buscar lo mejor para los demás. Y, naturalmente: «¿Para quién soy yo?». Tenemos que ir buscando dónde encajamos nuestra vida, según lo que hay en lo más profundo de nuestro corazón, lo que sentimos y vivimos en lo más profundo del corazón, y también si tenemos las cualidades que se necesitan. Siempre pone casi todo lo demás el Señor. Pero, para pastorear. Lo que sí está claro es que todo discípulo de Jesús, en los diversos modos de vivir ese discipulado, tenemos que dar la vida. No podemos abandonar a nadie. Y tenemos que buscar lo mejor. Porque eso es lo importante. Buscar lo mejor para los demás. Esto es pastorear. Y, delante del Señor, que cada uno sepamos decirle: Señor, dime para quién soy yo. Soy para ti, pero dime. Dime. Hazme la concreción de mi vida.
En segundo lugar, misionamos. Somos misioneros. Las palabras de Jesús en el Evangelio han sido claras: tengo que buscar, tengo que atraer y tengo que unir. Es importante lo anterior -ver cómo pastoreamos-, porque si yo después no estoy encajado en lo que el Señor desea de mí, pues ni busco, ni atraigo, ni uno. Divido. Como eso yo no lo quiero ser, no atraigo. Somos misioneros. Tenemos que cuidar en primer lugar a los demás. A todos. Y tenemos que buscar cómo los cuidamos. Tenemos que ser misioneros. Y tenemos que regalar la vida de Jesús. No la nuestra. La vida de Jesús.
Han sido preciosas las palabras del Evangelio, cuando Jesús dice: Yo entrego mi vida. Y la entrego para poder recuperarla. Pero la entrego. Y la entrego totalmente. Nadie me la quita. Yo la doy libremente. Entregar la vida para dar vida. No para dar muerte. No para dar desilusión. No para acompañar a la gente como si llevásemos un saco que no lo podemos aguantar, y la gente ve que no lo aguantamos, que no estamos en el sitio en el que tenemos que estar, que no estamos alegres, que no estamos contentos, que no servimos…. Regalamos vida. Y la vida de Jesús es vida en abundancia. Es vida que en medio de la dificultad uno está alegre. Es vida porque siempre hace al otro crecer. Siempre. Nunca lo limita.
Con el corazón abierto, hoy nos hemos reunido aquí, en la catedral, para rezar por toda la Iglesia. Para rezar por esta Iglesia que hace esta vigilia de oración por las vocaciones. Y que asume esta pregunta: «¿Para quién soy yo?». Es una pregunta que nos la tenemos que hacer siempre. Nos construimos en la relación. Sin relación, no nos construimos. Y la relación máxima, la más grande, la más constructiva, es la que tenemos con Jesús. Y, en esa relación con Jesús, es donde nace esta pregunta: «¿Para quién soy yo, Señor?».
Que sepamos responder a esta pregunta. En la Iglesia hay muchos lugares para ser «para ti». Muchos lugares. Que busquemos dónde encajamos mejor. Pero que nunca lo hagamos por comodidad. Se trata de construir al otro. Y eso no es cómodo: hay que dar algo. Hay que da la vida. Hay que pastorear. Hay que misionar. Hay que regalar vida. Y eso cuesta siempre, cuando lo hace uno desde sus propias fuerzas. Si lo hace con la fuerza de nuestro Señor, y busca en Él, será capaz de hacer cosas grandes.
«¿Para quién soy yo, Señor?»
Vamos a vivir un momento de oración junto a nuestro Señor Jesucristo, realmente presente en el misterio de la Eucaristía. Que nosotros le pidamos al Señor por todos los jóvenes de Madrid. Por todos. Todos están aquí, esta noche, con nosotros. Para que de alguna manera el Señor les haga hacerse esta pregunta. A veces algunos estarán muy lejos. «¿Para quién soy yo?».
Que en lo profundo de nuestro corazón respondamos esta noche al Señor.
Querido vicario episcopal de Desarrollo Integral, don José Luis. Querido vicario general, vicarios episcopales, deán de la catedral, hermanos sacerdotes.... Queridos diáconos. Querido director de Cáritas, Luis, y equipo de Cáritas que estáis aquí presentes. Hermanos todos que trabajáis en Caritas Diocesana de maneras diversas: las realidades parroquiales y en otros lugares. Me complace con toda sinceridad daros esta tarde la bienvenida y saludaros de todo corazón. A todos y cada uno de vosotros y vosotras os agradezco el apoyo que expresáis y manifestáis en esta entrega por hacer visible y cercano el amor de nuestro Señor Jesucristo.
Hemos vivido durante todo este tiempo, ya casi dos años, la pandemia y su tragedia, durante la cual vosotros habéis visto lo que significa la destrucción, no solamente de las vidas de mucha gente, la muerte de mucha gente, sino los sufrimientos diversos que esto trae también, o que ha traído y sigue trayendo la pandemia.
Habéis dado un mensaje a la gente con vuestra vida que yo os agradezco. Un mensaje a toda la gente, porque frente a la tragedia es necesario volver siempre a empezar desde Dios y desde la solidaridad fraterna. Yo os doy las gracias por esto, porque no se puede separar el comienzo siempre desde Dios, y la solidaridad fraterna o la fraternidad. Os lo agradezco de todo corazón. De verdad. No os canséis nunca, queridos hermanos y hermanas, de ser una presencia del amor de Dios: orante, porque esa presencia se hace también desde un diálogo con nuestro Señor, y consoladora también, por apoyar a los hermanos. Os animo a que lo sigáis haciendo. Que el ejemplo también de nuestro Señor Jesucristo, que es el que nos manifiesta en su palabra y nos va a manifestar con su presencia real entre nosotros, nos ayude siempre a ser pobres y necesitados de Dios, a acercarnos a los pobres, a vivir con alegría el amor de Cristo y a Cristo, viviendo nuestra vida en una adhesión sincera y constante al Evangelio de Cristo.
Queridos hermanos, hemos escuchado el salmo que hemos cantado: «Que te alaben los pueblos. Que todos los pueblos te alaben». Y este salmo nos invita a hacernos creíbles. Tenemos que hacernos creíbles ante todos los hombres. Y la credibilidad no viene dada por muchas palabras que demos, sino por la entrega de nuestra vida. Si de verdad estamos entregando la vida, o si guardamos muchas cosas para nosotros mismos. Se trata de hacer de nuestra vida un cántico nuevo. Un cántico que llegue a todos los pueblos. Y con el lenguaje de Dios, que es el amor, que ciertamente lo entienden todos los hombres.
Recordad que en el inicio mismo de la Iglesia se nos habla de que los discípulos se llenaron del Espíritu Santo y Pedro bajó a la plaza, donde había gentes de todos los lugares, modos de hablar distintos, costumbres diferentes… Nos señala el libro de los Hechos diciendo que había partos, medos, elamitas… venidos de Mesopotamia, de Capadocia, de Panfilia, de Cirene … Es decir, a todos había que hacer llegar este amor de Dios. Y lo expresa esa página del libro de los Hechos de una manera bellísima, diciendo que los entendían en su propia lengua. Es esa lengua de la que vosotros sois expertos, queridos hermanos: el lenguaje del amor. De acercar el amor de Dios a todos los hombres. Es un lenguaje que entienden todos los hombres. No importa el idioma en el que hablemos. Ese está inscrito por Dios mismo en el corazón del ser humano, y lo entienden todas las personas.
Esta mañana veía una fotografía de cuando era arzobispo de Oviedo. Me pidieron si podía recibir en mi casa a un obispo y a un imán, porque les iban a operar de corazón en el Hospital Central de Oviedo, pero tenían que estar 15 días antes de la operación y después otros 15 días también. Yo no tengo ni idea de árabe. Para nada. Pero, queridos hermanos, allí a veces bajaba un médico que era árabe, y era el que hablaba con ellos y nos traducía. Pero todos los días, mientras estuvieron allí, desayunábamos, comíamos y cenábamos. Y llegó un momento en el que nos entendíamos, no digo por señas, pero hasta por la sonrisa, por cómo estábamos… Y hablábamos, pero de otra manera. Es donde yo entendí algo más esta página del Evangelio. Esta página del libro de los Hechos. Es decir: cuando tú te unes a las personas porque las quieres, y las valoras como las valora Jesucristo, ahí nos entendemos todos. Es más: es un lenguaje que además como que lo necesitamos para comunicarnos. Es una necesidad: cuando pruebas ese lenguaje, no lo dejas. Queridos hermanos: yo recuerdo que años después, este obispo, no sé si os acordáis, pero salió en el periódico porque lo habían enterrado vivo en su país, en Asia Menor, y el imán, en un bombardeo, cayó la Mezquita y murió también. Yo sigo teniendo relación con los hijos.
«¡Oh Dios, que te alaben los pueblos». Esto es lo que hace alabar a los hombres.
La palabra de Dios que acabamos de proclamar nos ha hablado de tres aspectos que son especialmente importantes en nuestra vida: la comunión y la misión van unidas; creer e iluminar van juntos también; y no juzgar y salvar es lo más importante y lo más urgente. Así podríamos resumir la palabra que el Señor, en este día, entrega a la Iglesia.
Comunión y misión. Nos lo decía esa primera lectura del libro de los Hechos, donde la palabra de Dios cundía y se propagaba. Y cómo el Espíritu Santo, que trabaja y guía a la Iglesia, y apuesta por mantener viva la misión de la iglesia, dijo: apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión que os mando. Una misión de comunión y misión, que es la que tenemos todos nosotros también como discípulos de Cristo. Vivir en comunión. Que no se hace por las ideas, que pueden ser diferentes, opiniones distintas, sobre la misma realidad. Pero lo que sí es verdad es que cuando la comunión se hace en la vida de Cristo mismo, que nos ha sido dada a cada uno de nosotros por el Bautismo, y nos dejamos guiar por la fuerza del Espíritu Santo, naturalmente que salimos rápidamente a la misión. Y salimos a la misión, no para entregar baratijas, sino para entregar el amor del Señor. Y salimos además creativamente. Somos capaces de afrontar situaciones diversas, diferentes, en momentos distintos. Como habéis sido capaces vosotros de afrontarlo en este tiempo de la pandemia, los que estáis trabajando en Cáritas, en las parroquias, en Cáritas Diocesana… Habéis vivido la creatividad. Porque el amor es creativo. Porque no mira para sí mismo. Mira para los demás. Y mira para la misión, porque mira para hacer creíble la persona de nuestro señor Jesucristo. Gracias, queridos hermanos, por unir comunión con Cristo y misión: son inseparables. No hay misión sin comunión, y no hay comunión verdadera si no se manifiesta en la misión, en la vida, en la realidad de cada persona.
Y para todo esto es necesario, en segundo lugar, creer en el Señor. Para tener luz. Creer e iluminar. Nos lo ha dicho el Señor en esta página que acabamos de proclamar: «El que cree en mí, no cree en mí. Cree en el que me ha enviado». Qué bien nos lo explica el Papa Francisco en la última encíclica que nos ha regalado, Fratelli tutti. Creer en Dios. En el Padre. Y precisamente cuando esto se cree, uno descubre que todos los demás son hermanos míos. Todos. Sin excepción. Yo no puedo hacer distinciones: es que este piensa lo contrario… Es tu hermano. Es tu hermano. No le des lo que tú piensas: dale tu amor, que será el amor de Dios. Y cambiaremos este mundo. Dale la luz que viene del Señor. Dale esa luz y esa fuerza que viene de Jesucristo. «El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Estoy en el mundo como luz». Esta es la gran realidad. Haremos la misión, queridos hermanos, y realizaremos la misión, si de verdad creemos en el Señor y tenemos su luz. Si iluminamos. Tenemos que estar como luz en esta tierra en la que aparecen muchas oscuridades. Donde la presencia de los discípulos de Jesús es un signo evidente, o tiene que ser un signo evidente, de la cercanía de Dios a todos los hombres.
No nos movemos por cualquier palabra. Nos movemos por la palabra del Señor. No nos dejamos dirigir por cualquier opinión. Nos queremos dejar dirigir por la opinión que Jesucristo nos da en el Evangelio. Por la palabra que el Señor nos regala en esas páginas maravillosas del Evangelio, que es palabra de Dios. No es palabra de hombre. Que son las realidades mismas de Dios, vividas y experimentadas en este mundo y en esta tierra, y que nos pide a nosotros también que las vivamos y las prolonguemos. «Al que oiga mis palabras y las cumpla, yo no lo juzgo».
Y, en tercer lugar, queridos hermanos, es verdad: hacemos la misión viviendo esa comunión con Jesús, creyendo en Él y dejándonos iluminar por Él. Y lo hacemos, no viviendo en el juicio, sino en la atmosfera de la salvación. En la atmósfera del amor de Dios. Y esto es importante. No vivir en el juicio. «No he venido para juzgar al mundo», habéis escuchado hace un momento, «sino para salvar al mundo. No he venido para juzgarlo. La palabra que yo he pronunciado: esta es la que juzga». La que nos juzga precisamente es esta que nos dice el Señor: «He venido para salvar». ¿Y cómo ha querido salvar el Señor este mundo? Amándonos. Amando a este mundo. Amando a los hombres. Dando la vida por los hombres. ¿Cómo quiere que prolonguemos esta salvación en este mundo? Amando. Sí. De tal manera, que Cáritas ha de ser una expresión viva, permanente en la vida de la iglesia, de lo que está ofreciendo: el amor mismo de Dios. Nosotros no queremos detenernos en diatribas de no sé qué tipo. Queremos acercar ese amor de Dios especialmente a quienes más lo necesitan, a los que más vulnerabilidad tienen en la vida. Queremos darlo de primera mano. Y esto es lo que estáis haciendo vosotros. No sois unos teóricos del amor de Dios, sino que queréis aproximarlo, organizadamente, como tiene que hacerlo la Iglesia siempre.
«Yo, nos decía el Señor, no he hablado por cuenta mía. No. Hablo porque el Padre me ha ordenado lo que he de decir, y cómo lo he de hablar». Es precioso ese capítulo que tiene el Papa en Fratelli tutti, cuando coge la parábola del Buen Samaritano. Como esa pedagogía que nosotros tenemos que tener en la vida para estar en este mundo. Es la pedagogía del amor de Dios. Es la pedagogía que yo, en este curso, os he querido entregar en la carta pastoral Quiero entrar en tu casa. Es decir: quiero entrar en tus caminos. Pero quiero entrar en tus caminos, no de cualquier manera. Quiero entrar como entró el samaritano. No pasando de largo, sino deteniéndome en aquellos que están sufriendo más. Como aquel que estaba tirado y a quien nadie hacía caso, y que pasaban de largo. Este momento que hemos vivido, y que estamos aún viviendo de la pandemia, es un momento especialmente precioso para no pasar de largo. Para detenernos ante aquellos que más estaban padeciendo esta situación. Y, entrando en esos caminos, atendiendo a todos los que las consecuencias de esta pandemia está afectando: en su vida familiar, en su trabajo, en su… en tantas cosas que afectan. Nos detenemos, nos acercamos, lo miramos, lo curamos, lo vendamos, lo tomamos en brazos, le prestamos nuestra cabalgadura, lo llevamos a un lugar donde pueda ser curado, donde reciba ese amor de Dios que es el que cura, donde experimente que no está solo en la vida sino que está con alguien que tiene un interés especial por él. Expresando, a través de nosotros, el interés, la cercanía y el amor que Dios tiene por todos los hombres.
Queridos hermanos: yo quiero daros los gracias de verdad. Con sinceridad. Y animaros también a seguir creciendo en nuestra iglesia diocesana en ese regalo del amor mismo de Dios; en ese estar cerca de los que más necesitan; en ese contagiar la alegría de ese amor de Cristo. Porque esto es responder con generosidad al deseo de Dios. Y esto supone tener una adhesión sincera al Evangelio. Yo quiero esta tarde invocar sobre todos vosotros, sobre nuestra Cáritas Diocesana, sobre todo lo que significa Cáritas: sus obras, las personas… sobre todos, invocar la luz y la fuerza del Espíritu. Sí. Invocar esa luz que viene del Señor. Esa luz que vamos a encontrar dentro de un momento con Cristo, que se hace presente aquí. Esa luz que entra en nuestra vida cuando nos alimentamos de Él y yo puedo decir: «No soy yo, es Cristo quien vive en mí». Esa luz que yo encuentro también en cada persona que me encuentro en la vida, y que necesita de esa luz que yo tengo para seguir caminando. Que quizás es simplemente mi cercanía. Pero que puede ser también prestarle lo que necesite para seguir viviendo y caminando.
Esa es la luz que pedimos al Señor. Y eso es entender de verdad lo que significa lo que hace pocos días aquí escuchábamos: «Yo soy el Buen Pastor». No es un pastor más, Jesús. Y todos los discípulos de Jesús pastoreamos: nos pastoreamos los unos a los otros. Sí. El texto griego dice la palabra «kalós», que significa «hermoso», «bueno», «verdadero». Jesús es el verdadero pastor. Y acercar la presencia de Jesús es acercar a ese buen pastor. A ese buen pastor que quiere quitar todos los golpes que hoy sienten personas, hombres y mujeres, creyentes y no. Esos golpes que sienten en sus vidas, y que necesitan la cercanía del Resucitado. De ese que puede conducir a ese redil del que nos habla el Evangelio. Este Jesús que aporta la alegría. Este Jesús en la cultura en la que estamos inmersos, que a veces es una cultura que pasa de mucha gente. Hay modelos de bienestar y comportamientos que no son del Buen Pastor. Los comportamientos del Buen Pastor son: acercarse y regalar la vida. Detenerse. Hacerse hermano. Dar la mano. Poner el corazón. Que todo esto nos lo conceda el Señor a toda nuestra Cáritas Diocesana.
Os doy la gracias, de verdad. Porque hay motivos para dar gracias a Dios, porque vosotros manifestáis esa cercanía de Jesús en medio de todo nuestro territorio, de nuestra diócesis. Y, además, no hacéis distinciones: se lo acercáis a quien lo necesita. No preguntáis: simplemente, creéis que el ser humano es hijo de Dios. Y es mi hermano. Que así sea.
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