Mientras avanza la tramitación de la nueva ley de educación, deberíamos preguntarnos si integra los viejos y nuevos valores que son el alma de la conciencia española que recoge nuestra Constitución y que han de convertirse siempre en fermento de fraternidad y convivencia o si provoca todo lo contrario. Y añadiría otra pregunta: ¿qué valores y actitudes son necesarios para que un texto legal, que debería buscar la justicia y, en este caso, promover la verdad del hombre, sea a la vez reconciliador e impulse la voluntad de buscar la concordia?
No podemos apagar la luz de la libertad que necesita un pueblo para construirse. No podemos legislar para domesticar e instaurar fuerzas que limitan libertades. Reclamamos una escuela que forme e informe, que dinamice la conciencia crítica y la sensibilidad ética, en la que se haga posible la esperanza con razón y el reconocimiento del prójimo con sus diferencias, en la que se legitimen la religión y la distintas ideas, que no han de confundirse con fanatismo o dictadura.
Asimismo, una ley de educación debe partir de la premisa, que tan bellamente recoge el Concilio Vaticano II, de que «los padres, al haber dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole y, por consiguiente, deben ser reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos». Para hacer realidad esto, continúa diciendo, «la tarea de impartir la educación, que compete en primer lugar a la familia, necesita de la ayuda de la sociedad». Y establece que hay que «proteger los derechos y deberes de los padres y de quienes participan en la educación y prestarles ayuda, conforme al principio de su deber subsidiario», a fin de «completar la obra educadora teniendo en cuenta los deseos de los padres» (Gravissimum educationis, 3).
La Ley Orgánica de Modificación de la LOE ha estado acompañada en toda su tramitación por la polémica y suscita diversas preguntas que, entre todos, deberíamos intentar responder. Con esta ley, padres, educadores, políticos y pensadores, ¿abordamos las necesidades reales que surgen en esta nueva situación de la humanidad o las que, desde una ideología, estimamos? ¿La nueva ley engendra más libertad y más lucidez ante las nuevas situaciones que tenemos delante de nosotros, nos transmite más confianza, o limita libertades a la hora de elegir la escuela? ¿Podemos reconstruir este mundo, tantas veces castigado, sin contar con todos? ¿Este proyecto de ley reconoce la labor de tantas instituciones de iniciativa social, que ayudan a formar hombres y mujeres limpios de alma, sanos de corazón y con miradas siempre esperanzadas? En una democracia, ¿no debería garantizarse que, manteniendo siempre la convivencia y el respeto al prójimo, todo pudiéramos realizar proyectos según nuestras convicciones?
Si la educación es un derecho de toda persona y es un derecho fundamental, lo normal es que los poderes públicos se impliquen en su defensa. Eso sí, deberán hacerlo siendo conscientes de que «los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos», como recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos 1948. Por ello, se deben garantizar y asignar recursos económicos y personales a todas las escuelas, tanto a las escuelas públicas concertadas de iniciativa social como a las escuelas públicas de iniciativa estatal. Plantear estas formas de asumir la responsabilidad del Estado en la educación como relaciones de suplencia no lleva a ninguna solución.
En una sociedad que en muchos aspectos agrede al ser humano, en la que el poder, el tener y el usar determinan casi toda la vida del hombre, sus relaciones y sus afirmaciones más importantes, son clave las escuelas y los educadores que entienden la vida desde la visión cristiana del ser humano, abiertas a todos los hombres.
1. Escuelas y educadores que apuestan por la persona frente a las cosas, que creen en la capacidad del ser humano para descubrir el Misterio y su propio misterio.
2. Escuelas y educadores que proclaman el valor sagrado e irreductible de cada ser humano frente a la colectividad, que no ven números ni profesionales futuros, ni si son de aquí o de allá, sino que asoman a todos al mundo con curiosidad y responsabilidad.
3. Escuelas y educadores que proponen la esperanza frente al absurdo y a la desesperanza.
4. Escuelas y educadores que inciden en la solidaridad y la fraternidad de todos los hombres.
5. Escuelas y educadores que se empeñan en la comunicación y proponen tender la mano a los pobres y desvalidos, a quienes están en los márgenes, frente a la insolidaridad e incomunicación que nos hace vivir solo para nosotros mismos.
6. Escuelas y educadores que engendran aliento y esperanza siempre en la vida frente al desaliento y el desencanto.
7. Escuelas y educadores que animan a vivir en una actitud lúcida y crítica frente al adoctrinamiento o el embaucamiento ideológico.
8. Escuelas y educadores que incitan a vivir la libertad de alma y de cuerpo frente a ese aletargamiento que producen noticias y productos impuestos.
9. Escuelas y educadores que regalan cultura generosa del espíritu frente a saberes que lanzan a la guerra y a la competitividad.
10. Escuelas y educadores que construyen personas que, con su vida, dan misericordia y reconciliación, paz y comunión.
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos, Cardenal Osoro
Arzobispo de Madrid

Queridos hermanas y hermanos:
Un año más la Iglesia que camina en Madrid se reúne para honrar a María, la Virgen Inmaculada. Lo hacemos en un contexto muy diferente al de otras ocasiones, pues la pandemia nos obliga a tener que organizarnos de otra manera; no obstante, acogemos como una providencia singular que Dios nos ofrece esta nueva situación, gracias a la cual podemos experimentar que realmente María es esa Madre que nunca abandona a sus hijos. Sentimos y percibimos la compañía de Cristo y de su Santísima Madre.
Si os fijáis en el cartel diseñado para la Vigilia de este 2020, veréis que desde la figura de María, simbolizada como un faro, brota una luz: la luz de Cristo, de su misterio Pascual, que es la que alumbra la esperanza a todos los que navegan por las movidas aguas de un mar agitado.
María, la Virgen Inmaculada, nos está diciendo a cada uno de nosotros, sus hijos: «Quiero entrar en tu casa» para llevarte la luz de la Esperanza, que no es otra sino mi Hijo Jesús, vencedor de sufrimiento, del mal y de la muerte, y de quien esperamos la fuerza para poder superar este largo tiempo de pandemia.
Este año, como bien sabéis, en la carta pastoral «Quiero entrar en tu casa», os he propuesto que meditéis y hagáis una lectura sapiencial del encuentro de Jesús con Zaqueo. Entre otras cosas, os he invitado a que escuchéis aquellas palabras de Jesús: «Hoy ha sido la salvación de esta casa..., porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (Le 19,8-9). Efectivamente, hoy más que nunca, es necesario decirle al mundo que hay salvación, que hay luz, que hay salidas, que en este contexto Dios nos habla y que hemos de seguir anunciando que hay Alguien que puede hacer renacer la Esperanza: Jesucristo, el Hijo de María, la Virgen Inmaculada. Y que nuestra Madre como desde el inicio de la Iglesia nos acompaña para hacerlo.
Así pues, en esta Vigilia, vamos a pedir a María que nos obtenga de su Hijo la salvación que tanto anhelamos; y que, en estos momentos de tanta dificultad, al igual que Ella, cuando fue al encuentro de su pariente Isabel, que la necesitaba, sepamos acercarnos y salir al encuentro de tantos hermanos nuestros que están sufriendo hoy. Salgamos al encuentro de las familias que lo están pasando mal por haber perdido algún ser querido, por la falta de trabajo o por ver arruinados sus negocios. Salgamos al encuentro de tantas personas que van perdiendo la esperanza ante un futuro demasiado incierto y preocupante. Salgamos a esos caminos y con el amor de Jesucristo les digamos «quiero entrar en tu casa».
Santa María la Real de la Almudena, en este día en el que celebramos tu Concepción Inmaculada, te pedimos que seas nuestro auxilio y nuestra defensa, nuestro consuelo y fortaleza; llénanos de esperanza y que nunca nos falte la alegría del Evangelio que el mundo tanto necesita. Que con la fuerza de tu Hijo que te impulsó a salir a ver a tu prima Isabel, provoquemos con quienes nos encontremos la alegría de percibir la grandeza de creer y la alegría que da la cercanía de Jesucristo. Que en esta celebración de la Vigilia, escuchemos tu voz de Madre que invita a salir a encontrarnos con los hombres y, como en las bodas de Caná, nos repite: «Haced lo que Él os diga».
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos, Cardenal Osoro
Arzobispo de Madrid
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