Excelentísimo cabildo catedral. Queridos hermanos sacerdotes. Queridos hermanos Eduardo, José Antonio y Daniel. Queridos seminaristas.
Hermanos y hermanas todos que celebramos esta Eucaristía. En este contexto, acaban de tomar posesión como canónigos de la santa Iglesia catedral los dos rectores de nuestros seminarios, don Eduardo y don José Antonio, y el delegado de liturgia, don Daniel Escobar.
Quiero agradecerles no solamente el trabajo que vienen haciendo, sino el haber aceptado incorporarse al cabildo catedral, que en estos momentos, como siempre, son el grupo de sacerdotes que cuida, predica y alienta lo que significa el magisterio y la cátedra del obispo.
La catedral es la primera Iglesia. Es la iglesia madre de todas las comunidades. Es la iglesia de toda nuestra comunidad cristiana. En esta iglesia hay un grupo de sacerdotes que cuida especialmente, desde la predicación, desde el magisterio, la predicación y las orientaciones del señor arzobispo.
Os agradezco que hayáis aceptado este trabajo. Entre otras cosas también por vuestros trabajos principales, que son educar y formar a los futuros sacerdotes, en nuestra archidiócesis de Madrid, y para afuera también, en el Seminario Misionero. Gracias a todos. Y gracias a los acompañáis en este momento este acto, que tiene que tener un significado especial.
Cuando se habla de los canónigos, los que lo hemos sido lo sabemos, tiene un significado, si nos lo tomamos en serio, muy grande. Y en estos momentos quizás más. No vale predicar de cualquier manera. Hay que hacerlo en comunión, y acompañando los pasos también; como hace el obispo con los cristianos: acompañando sus pasos, caminando en sinodalidad y comunión, que no se pueden separar. Gracias por vuestra presencia.
Queridos hermanos todos. Hemos escuchado un Salmo que hemos cantado juntos: «Yo te amo Señor. Tú eres mi fortaleza». Sí. Te amo. Te amo porque en todos los momentos de nuestra vida, y en especial en este momento que está viviendo nuestra humanidad y que vivimos nosotros, me fortaleces; siento que estoy en un alcázar, que tú me cuidas; tú eres mi liberador, tú eres mi roca, y quiero reconocerte: es lo que hemos cantado. Quiero reconocerte porque tú eres el único que me ofreces seguridad en estos momentos. Eres fuerza, eres baluarte, eres peña, eres refugio y eres escudo para todos nosotros. Te amo. Te reconozco. Y te alabo.
Por eso, todos los que estamos aquí, en esta celebración, tenemos que decir juntos: Vive el Señor. Sí. Bendita sea esta roca que se nos ha revelado en Jesucristo nuestro Señor. Él tiene la victoria. Y nos la regala a nosotros. Y nos entrega también su misericordia. Viva el Señor.
Queridos hermanos: la Palabra que hemos escuchado en este domingo, en este día del Señor, de alguna manera viene a reforzar nuestra existencia. Quizás se pueda resumir lo que hemos escuchado en estas palabras: compasión, testimonio y amor.
Compasión. Pasar por la vida con compasión. Pasión por: por el hombre, por el ser humano. Es imagen de Dios. No podemos jugar con el ser humano. Nos reúne un Dios que precisamente se ha rebelado en Cristo nuestro Señor como compasivo y misericordioso. Un Dios que escucha a los hombres: no oprimirás, no vejarás al forastero como si fuese alguien secundario, no importante. No explotarás. No te quedarás con nada de lo que pertenece a otro. No seas usurero.
Queridos hermanos: si tomas algo de los demás, devuélveselo. Siempre. Pasar por la vida con compasión requiere esto que en el libro del Éxodo nos decía el Señor.
Queridos hermanos: en estos momentos junto a nosotros tenemos muchos forasteros; muchos inmigrantes; mucha gente que vino a España, incluso antes de la pandemia, por supuesto, para encontrar un trabajo y un porvenir para su familia. Que nunca nos estorben los demás, queridos hermanos. Que nunca nos estorben. Y menos los que más necesitan. Que no salgan de nuestra boca palabras que de alguna forma manifiesten opresión, malos juicios, explotación… Que no salgan estas palabras de nuestra boca.
El Dios de la misericordia, ese Jesús que se nos ha mostrado grande de corazón y misericordioso, hoy nos invita a que seamos Él en medio de este mundo mostrando compasión hacia todos los hombres. ¿Y cómo? Él quiere que demos testimonio. Él quiere que lo hagamos no solamente solo con palabras, y fundamentalmente con palabras, sino pasando por la vida siendo testigos de Él. Son bellísimas las palabras del apóstol Pablo en este texto que hemos proclamado de la primera carta a los Tesalonicenses, cuando él mismo dice: pasé entre vosotros para vuestro bien; no para aprovecharme: para vuestro bien. Que cada uno de nosotros, queridos hermanos, también pasemos así: en nuestra familia, entre nuestros vecinos, entre las personas que nos rodean, en el trabajo que tenemos… Pasemos haciendo el bien.
El apóstol les dice a aquella comunidad: habéis seguido mi ejemplo, porque pasar haciendo el bien supone también acoger la palabra que viene de Dios, y no cualquier otra palabra; y acoger la alegría que viene del Espíritu Santo, que no es la alegría del triunfo de la vida. Sabéis que la alegría puede tener origen en varios manantiales. La alegría del triunfo de la vida: triunfamos. O la alegría que tenemos esta mañana nosotros de sabernos queridos por Dios; de saber que el Señor nos ha incorporado a su pueblo; de saber que el Señor nos ha dado ya escrito, ya dicho con su propia vida, un relato de lo que tiene que ser nuestra propia existencia. Por eso, el apóstol dice: estemos unidos, y seamos Iglesia; que resuene en medio de este mundo la palabra del Señor; que anunciemos el Evangelio. Sí. Y lo hagamos desde una acogida, desde un abandono de los ídolos de este mundo, y volvamos nuestra mirada a Dios.
Queridos hermanos: el Señor nos invita a salir por este mundo con compasión y con nuestro testimonio, como nos dice el apóstol Pablo. ¿Y cómo hacer todo esto? ¿Cómo salir con compasión y siendo testigos?. Pues mirad: sostenidos por este amor, que nos identifica con Cristo.
Habéis escuchado el Evangelio: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo. Esta es la respuesta de Jesús a aquel maestro de la ley cuando le pregunta cuál es el mandamiento más importante. Sabéis que en aquella época los judíos habían codificado 613 mandamientos. Tenían 613 mandamientos. Y discutían cuáles eran los mandamientos más importante y cuáles eran los secundarios. Quizá en este momento nosotros también tenemos muchos mandamientos, queridos hermanos.
Responder a esta pregunta para Jesús no era sencillo, porque la mayoría de los juristas de su época consideraban que todos los mandamientos tenían la misma importancia. Y otros defendían que guardar el sábado era lo primero de todo. También había algunos otros que decían que el amor al prójimo era el principal.
En realidad, la pregunta que le hacen a Jesús es una pregunta por lo esencial: ¿cuál es el mandamiento más importante? ¿Qué es lo esencial de nuestra vida? Es a lo que quiere responder Jesús. Para nosotros hoy, en estos momentos. Para que hagamos una salida con compasión y siendo testigos. Por eso necesitamos preguntarnos nosotros también. Porque, fijaos: nuestros días están llenos de asuntos pendientes, de proyectos, de llamadas… Tenemos la impresión de estar dispersos en tantas direcciones… Nuestra sociedad posmoderna está fragmentada. Los medios de comunicación nos bombardean con spots publicitarios, vendiéndonos mil productos importantes, como una medicina para resolverlo todo. Por eso, esta mañana es bueno que el Señor nos siente y nos diga: ¿qué es lo importante en tu vida? ¿Qué es lo que da sentido a tu existencia? ¿Qué es lo prioritario para ti?. ¿Me doy tiempo para ver que es lo prioritario, o me enredo en mil historias dejándome llevar?. ¿Adónde caminamos, queridos hermanos, con ese individualismo moderno, donde lo importante es «estar bien», pero desconectados de lo que es esencial?.
La respuesta de Jesús al maestro de la ley sigue siendo válida para todos nosotros, queridos hermanos. Jesús responde recitando las palabras que todo israelita piadoso recitaba dos veces al día. Jesús añade una referencia más: prescribe también amar al prójimo como a uno mismo. Amarás a tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este es el mandamiento principal y primero. Pero el segundo es semejante a él: amarás al prójimo como a ti mismo. Es como si Jesús nos dijese a nosotros esta mañana, aquí reunidos, en la catedral: lo único importante es que ames la verdad. La vocación del ser humano es vocación al amor profundo. Si nos falta el amor, nos falta todo.
Jesús quiere poner de relieve que el amor es la verdadera fuerza para vivir y para lograr vivir con sentido, queridos hermanos. En pocas palabras, Jesús ha concretado la medida sin medida del amor: amar con todo el corazón, amar con toda el alma, amar con todas las fuerzas. La palabra «todo» la repite tres veces. Y expresa la adhesión total a Dios y el empeño por amar la verdad.
Pero el segundo mandamiento es semejante a él, nos dice. Semejante. Indica que el mandamiento del amor al prójimo es de igual rango que el primero de los mandamientos, que el amor a Dios. Y esto da un valor insospechado. Jesús, qué bonito es esto queridos hermanos, une lo divino y lo humano. Lo une. Lo hace inseparable lo uno de lo otro. De manera que es una ilusión y un engaño pensar que uno vive en buena relación con Dios si se desentiende de los hermanos.
Queridos hermanos: en una sociedad como la que vivimos, amar como a ti mismo introduce la radical exigencia de igualdad. Todos somos iguales, y estamos invitados a superar nuestras desigualdades. El amor a uno mismo puede degradarse. Es una premisa necesaria sentirse amado y saberse amado. Es una condición indispensable para amar. Por eso, sentir hoy el cariño de Dios en nuestra vida, que es Jesús mismo el que nos habla, que es Jesús mismo el que se va hacer presente, es garantía si lo metemos en nuestro corazón para amar al prójimo.
El Evangelio de hoy es una invitación a centrarnos en lo esencial. Nos experimentamos valiosos cuando somos realmente amados por alguien.
Permitidme, queridos hermanos, que os cuente esto: siendo arzobispo de Oviedo, escribía un libro a la Santina de Covadonga, Ahí tienes a tu madre. Y pedí que el prólogo me lo hiciese uno de los chicos que tuve en una casa que fundé siendo sacerdote en mi diócesis de Santander, en Torrelavega, que todavía existe: la Casa de los muchachos. Para chavales que no tenían familia, que salían del reformatorio y no tenían dónde ir. Y le pedí a uno que me lo hiciese. A Pedro. Y solamente, por que él no era precisamente un intelectual, solamente ponía esto, y a mí eso se me ha quedado también en mi vida: Gracias Carlos. Porque cuando entró en la Casa de los muchachos había una imagen de la Virgen en la entrada, y yo le dije: déjate querer por Ella, y serás feliz. Es tu madre. Pero me decía: me quedé con esa frase, pero sobre todo me quedé que tú me lo decías convencido. Dejarse amar, queridos hermanos, para poder entregar amor. Hoy es un padre de familia extraordinario. Dejarse amar para entregar amor.
Centrémonos en lo esencial. Liberémonos de lo que nos distrae. Y vivamos en la referencia a aquello que nos construye, que nos humaniza, que llena de sentido nuestra vida. Es un amor vivido en confianza. Es amor sin límites el que nos ofrece Jesucristo. Es Él, un rostro de ternura y de compasión. Por eso, esta mañana, aquí, en esta celebración, y desde esta catedral, le decimos al Señor: Señor, haz que todos los cristianos de nuestra archidiócesis de Madrid sepamos acoger este amor tuyo. El que tú nos ofreces en cada instante. Que vivamos de lo esencial. Que es lo más importante. Que todos los que nos rodean se sientan amados de verdad, porque hemos entendido lo que tú nos dices hoy: que no vivamos de presiones, de atosigamientos. No. Que nos preguntemos: qué es lo importante en mi vida y qué es lo importante para los demás. Porque la respuesta del Señor sigue siendo válida: amarás a Dios con toda tu alma, con todo tu corazón, con todo tu ser, y al prójimo con ese mismo amor.
Que el Señor nos bendiga. Y que esta semana sea para nosotros una semana que iniciamos en este domingo con nuestro Señor Jesucristo y con la palabra que nos manifiesta la dirección que tiene que tener nuestra vida.
Que así sea.
Queridos hermanos sacerdotes. Queridas Hermanitas. Hermanos y hermanas.
Hemos dicho al Señor hace un instante: «Guarda, Señor, mi alma y mi vida junto a ti». Y hemos reconocido que para que el Señor pueda guardar nuestra vida es necesario que nuestro corazón no sea ambicioso; que no pretendamos grandezas, sino que acojamos la grandeza de Dios, que es la que nos supera sobre todas las cosas. Y por eso, al reunirnos a celebrar la Eucaristía, en esta memoria que hacemos de los diez años de vuestra presencia aquí, en Madrid, es bueno que nos situemos como nos decía el Evangelio: como niños en brazos de nuestra madre. Y nuestra madre, tal y como hemos escuchado, es la Iglesia de Jesucristo. Es la Iglesia que nos ha acogido; es la Iglesia que nos ha dado lo mejor que tenemos, la vida de nuestro Señor, en medio de las imperfecciones de las que somos llevaderos todos los que formamos parte de ella, porque el Señor ha querido elegir no a perfectos, sino a hombres y mujeres que somos pecadores, pero que queremos ponernos en manos del Señor, y que queremos dejarnos abrazar por su amor y por el amor de su Santísima Madre.
Yo quisiera hacer llegar a vuestro corazón la Palabra que acabamos de proclamar en este día, en esta Eucaristía de acción de gracias por la presencia de las Hermanitas aquí durante diez años. Presencia fiel. Y presencia agradable para todos los hombres, porque todos deseamos que nos muestren el amor de Dios, y cuando esto se manifiesta con los que más necesitan, con los más pobres, nos hace a todos de alguna manera doblegar nuestro corazón ante la presencia de un Dios que es capaz de mover corazones de hombres, en concreto de estas mujeres, dedicar la vida a anunciar a nuestro Señor, cuidando a los más pobres, y estando con los más pobres, y acercándonos a nosotros a los más pobres.
Tres palabras podrían constituir la síntesis de la Palabra de Dios que acabamos de proclamar: celebrar, invitar y protagonizar. Sí.
Hemos escuchado la primera lectura del profeta Isaías. Se nos invita, a través del profeta, a celebrar y gozar de nuestra pertenencia a la Iglesia de Jesucristo. Es verdad que el profeta habla de la antigua Jerusalén: «festejad a Jerusalén». Pero el profeta prevé ya la existencia de la nueva Jerusalén, que es la Iglesia de Jesucristo, a la que todos nosotros pertenecemos y que está extendida por todas las partes de la tierra. Miembros vivos de la Iglesia hay en todas las partes de la tierra. Gozad con ella. Gocemos esta noche con esta Iglesia de la que son parte por supuesto las Hermanitas del Cordero, y que nos han manifestado ese gozo precisamente cuando la Iglesia se acerca a los que más necesitan. Gozad. Todos los que amáis a la Iglesia. Alegraos de esta alegría que hoy siente también la Iglesia, y en concreto la Iglesia que camina en Madrid, de tener entre nosotros a las Hermanitas del Cordero que de alguna manera, no diciendo muchas palabras, sino con su vida, nos están queriendo acercar a aquellos que más necesitan y nos han querido acercar también a esta Iglesia gozosa, para alimentarnos y para saciarnos de los consuelos que la Iglesia nos da.
Nos da su Palabra, nos ha dado la vida de Cristo, nos ha dado todo lo mejor que tenemos en nuestra existencia y en nuestra vida, y sobre todo nos da un camino: el camino de situarnos junto a los demás, no como ajenos a nuestra vida, sino como prójimos de verdad, en la misma línea en que el Señor, a través de esa página preciosa de la parábola del buen samaritano, nos dice. Se trata fundamentalmente de ir por los caminos de este mundo y de no pasar de largo ante quien más necesita, sino saber bajarnos de nuestra cabalgadura, de nuestras posiciones personales, de los intereses que quizá tengamos cada uno de nosotros, y acercarnos hacia quien está tirado, olvidado, apaleado, por quien nadie tiene interés. Acercarse supone, como os decía, bajar de la cabalgadura y situarnos al mismo nivel del que está tirado. Y curarlo, y vendarlo, y alegrarlo con nuestro amor y con nuestro cariño; y prestarle también nuestra cabalgadura para poderlo llevar a buen recaudo, donde pueda ser cuidado y sanado, como hizo el buen samaritano. Esto es la Iglesia de Cristo. Alegraos de su alegría, que nos enseña esto. Otra cosa distinta es lo que nosotros hagamos. Pero ciertamente quiere que nos alimentemos y nos saciemos de esta dirección que Jesucristo nuestro Señor ha marcado a la Iglesia siempre. Solo así entrará en nuestra vida y en la vida de este mundo, como nos decía el profeta Isaías, un río de paz. Un río y un torrente en crecida. Solo así aparecerán riquezas en las naciones, en el mundo. Solo así. Cuando estemos dispuestos a situarnos, como nos dice el Señor: «Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán». Esto es lo que desea el Señor de nosotros: que como niños a quien su madre consuela, sintamos y experimentemos el consuelo que nos da el Señor.
En Jerusalén, en la nueva Jerusalén, en la Iglesia de Cristo que predica y anuncia el Evangelio, seremos consolados. En la Iglesia sentiremos la alegría. Y sentiremos también a veces la distancia en la que estamos, tal y como nos pide el Señor. Pero sin embargo, solo en la Iglesia, como nos dice el profeta, los huesos florecerán. Nuestros propios huesos. La falta de vida que tengamos en la Iglesia se alimenta de la vida, y florece. Celebrad, queridos hermanos, y gocemos de la pertenencia eclesial. Gracias, queridas Hermanitas, porque esta celebración de la pertenencia eclesial, vosotras, con vuestro carisma, nos lo hacéis vivir no desde las alturas, sino desde la cercanía a los que más necesitan, y desde la entrega absoluta a quienes menos tienen, para que tengan por lo menos el amor mismo de la Iglesia que se manifiesta a través de vuestra vida y de vuestras acciones. Celebremos, queridos hermanos todos, estos diez años de la presencia de la Iglesia. Las Hermanitas son la Iglesia. Son la Iglesia. Como nosotros también somos Iglesia. Y esta Iglesia es la que, ellas también, con su carisma, nos recuerdan y nos animan a vivir. Celebrar.
En segundo lugar, invitar. O invitad. Estamos invitados, como Jesús nos ha manifestado, a vivir en este mundo. Lo habéis escuchado en el Evangelio: «En aquel tiempo había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos también estaban invitados a esa boda». Hoy en el mundo hay muchos acontecimientos, hay muchas celebraciones, hay muchos encuentros, hay muchas realidades que incluso en el día de hoy se han celebrado y se han manifestado. Y Jesús quiere asistir a esas celebraciones. Porque, queridos hermanos, quizá lo que más falta es el vino, es la vida, es la presencia misma de Dios, para poder celebrar la fiesta. Estamos invitados, todos nosotros, a vivir todos los acontecimientos que hay en esta tierra, pero a la manera de Jesús y de María. A la manera de María, esta mujer excepcional, la primera discípula del Señor, su Santísima Madre, que percibe y se da cuenta de lo que falta para poder celebrar la fiesta en este mundo: falta la presencia de Dios. Qué bien se dio cuenta de esto nuestra Santísima Madre, queridos hermanos. Ella, cuando Dios le pidió algo que parecía imposible, ser madre de Dios –es decir, Dios quería contar con ella para hacer presente a Dios en este mundo–, nos dice el Evangelio que esta mujer se turbó. «¿Cómo será esto?» «¿Cómo será esto?». «El Espíritu vendrá sobre ti. Y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra». Queridos hermanos: sencillamente, hoy estamos invitados a prestar la vida a Dios. A prestar la vida a Dios. Permitidme, queridas Hermanitas. ¿De dónde es usted, hermanita? «De Francia. Francia. España. Polonia. Francia. España». Prestar la vida. Donde estemos. Para anunciar a Jesucristo. Sintiéndonos identificados también nosotros, queridos hermanos, con nuestra Madre. Prestar la vida desde vuestro matrimonio, los que estáis casados; prestar la vida desde vuestra entrega a nuestro Señor, en las circunstancias que fueren. Porque no hay vino, y es necesario, para poder celebrar la fiesta, que haya personas, que al estilo de la Santísima Virgen María, a la manera de la Virgen, le digamos al Señor: «Cuenta conmigo, Señor. Quiero que no falte vino». Es lo que precisamente María percibe en las bodas que iban a celebrar en aquella fiesta. «No les queda vino», le dice a Jesús. «Mujer, déjame todavía, no ha llegado mi hora». Pero, sin embargo, la presencia de la Virgen, y la insistencia de la Virgen, hace posible que allí se convierta aquella fiesta triste y sin sentido en una fiesta alegre. «Haced lo que Él os diga».
Queridos hermanos: estamos celebrando nuestra pertenencia eclesial. Estamos celebrando una presencia viva en la Iglesia, como lo han hecho las Hermanitas, entregándose a anunciar a Cristo con los más pobres; en medio de nosotros; contando con nosotros también. Pero estamos invitados a entrar como Jesús a este mundo y en todas las circunstancias en las que viva este mundo. Como María, sintamos el gozo de prestar la vida a Dios, para que se haga presente en esta tierra. Y sintamos el gozo de sabernos y de sentir que Jesucristo nuestro Señor está cerca de nosotros.
Y, en tercer lugar, no solamente celebrar e intervenir, sino protagonizar. Sí. Dar protagonismo en nuestra vida a Jesucristo nuestro Señor. Démosle protagonismo. Esto es lo que hizo María: ella intervino, le pidió a su Hijo que interviniese, y creía en su Hijo. «Haced lo que Él os diga». Y unas tinajas, que pueden ser nuestras propias vidas queridos hermanos, llenas de agua, resulta que con la intervención de Jesús, cuando dejamos protagonizar en nuestra vida a Jesucristo, que intervenga en nuestra existencia, podemos celebrar la fiesta porque el agua se convierte en vino. Nuestra vida insulsa, a veces sin sentido, cuando dejamos que entre Jesucristo en ella, algo distintos sucede. «Sacad ahora, llevádselo al mayordomo». Hay veces que en nuestra vida no se puede sacar nada: está llena de agua, sin más. Cuando interviene Jesús y dejamos que entre el Señor en nuestra vida, ciertamente ahí se puede celebrar una fiesta diferente: la fiesta de la fraternidad, la fiesta donde el otro es lo que más me importa, la fiesta de revalidar la dignidad de cualquier ser humano en la situación que se encuentre; la fiesta de revalidar que todo ser humano es hijo de Dios y hermano mío, y que no me puedo desentender absolutamente de nadie.
Es verdad, queridos hermanos: invitados. «No les queda vino». Hoy, las situaciones que vive el mundo nos están diciendo que a veces no hay vino. Es necesario que llenemos las tinajas de agua. Somos... a lo mejor no tenemos mucho valor, pero cuando interviene Jesús somos diferentes. Dejemos que entre el Señor. Y esto no es un espiritualismo interno. No. No. Cuando Dios entra nos juntamos con los demás para ayudar también a celebrar la fiesta, porque solos no la podemos celebrar. Es verdad. Es una experiencia profunda la que el Señor nos hace tener esta tarde, aquí, a todos nosotros, celebrando la Eucaristía. Él se va a hacer presenta aquí no solamente en la Palabra que hemos proclamado, donde nos ha hablado y nos ha hablado al corazón, sino que se va a hacer realmente presente en un trozo de pan y en un poco de vino. Dejémosle entrar en nuestra vida. Y dejemos que Él haga posible que de nuestra existencia, que es pobre, cuando la llenamos de Cristo se convierte en una riqueza inmensa capaz de mover montañas, queridos hermanos. De mover todo. Porque ya no nos miramos a nosotros mismos, sino que miramos siempre para los demás, y especialmente a los que más necesitan.
Celebremos pertenencia eclesial. Celebremos que estamos invitados, que nos ha invitado el Señor. Pero sobre todo nos ha invitado a protagonizar en este mundo la vida misma de Jesucristo nuestro Señor, la actitud evidente y clara de su Santísima Madre, que presta la vida, como desea el Señor que hagamos nosotros, para hacerlo presente a Él.
Muchas gracias Hermanitas por estos diez años de vuestra presencia aquí, entre nosotros. Como lo hacéis en otras partes del mundo. Pero es una presencia que evidencia que algo distinto existe, y que algo diferente y Alguien diferente nos llama a vivir la vida mirando siempre a los demás y, especialmente, a los que más necesitan. Que el Señor os bendiga y que el Señor nos bendiga a todos, queridos hermanos, por esta fiesta que hoy celebramos, este décimo aniversario de la presencia de las Hermanitas entre nosotros aquí, en Madrid. Que así sea.

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