Queridos hermanos obispos auxiliares de Madrid: don Jesús, don Juan Antonio, don José, don Santos. Queridos hermanos sacerdotes. Querido diácono.
Muchas gracias a Telemadrid por retransmitir esta celebración. Por poner a disposición de todos los creyentes, y los hombres y mujeres de buena voluntad, que desean escuchar y vivir esta celebración, en este domingo de la Resurrección del Señor. Gracias a quienes estáis trabajando ahora mismo para hacer la retransmisión, y a la dirección.
El primer día de la semana, María Magdalena, lo acabamos de escuchar fue al sepulcro al amanecer. Cuando aún estaba oscuro. Y vio algo excepcional: la losa quitada del sepulcro. Al amanecer, María va al sepulcro. Poseída por una falsa concepción de la muerte; creía que con la muerte acababa todo. Y no se ha dado cuenta que el día ha comenzado.Nosotros, queridos hermanos que estáis escuchándome, y viviendo esta celebración desde vuestras casas, ¿nosotros somos conscientes de que el día ha comenzado? ¿O todavía es oscuro para nosotros?. María solamente ha ido a visitar el sepulcro. Busca a Aquel que es la vida. Pero lo está buscando como un cadáver. ¡Qué equivocación! Al llegar vio la losa quitada del sepulcro y el sepulcro vacío. El sepulcro vacío es el triunfo de la vida sobre la muerte. De que Cristo ha resucitado. De que vive para siempre. Es verdad que ella no capta esta realidad, y su reacción es de alarma, Va rápidamente a avisar a los discípulos; se han llevado al Señor. Y Pedro y el discípulo a quien Jesús amaba tanto corrieron.
Aquel discípulo al que Jesús tanto amaba era capaz de correr más, es el que avanza más rápido en su vida, Pedro, por el contrario, no había hecho la experiencia del amor que Juan había hecho en su propia vida. Va más lento. Pero Juan ha hecho esta experiencia del amor y es también el que tiene la deferencia de esperar a Pedro, e incluso de dejar que Pedro pase de delante de él al sepulcro; es como si le dijera: pasa tú primero. Podemos ver en este gesto, el gesto de la reconciliación. Sí, El amor es capaz de tener gestos de reconciliación. Y esta manifestación y reconciliación es manifiesta esperando a Pedro, cediéndole el paso. Después, se nos dice que entró, vio y creyó. Vio y creyó. Este discípulo es el modelo de todo discípulo de Jesús. Es el modelo de todos nosotros que queremos ser discípulos. Es el que ha acogido. El amor, el que ha hecho la experiencia del amor. De sentirse amado. Por eso, ve y cree. El verbo ver indica que tiene experiencia de la vida. Y cree. Significa que se adhiere a Él, a Cristo resucitado. Que le da su confianza.
Hoy nosotros estamos invitados a lo mismo que hizo Juan. A darle la vida. Y quisiéramos Señor entregarte toda nuestra vida. Sí, Cristo vive, No morirá jamás, Aquel que fue despreciado, desechado, colgado en la cruz, ha resucitado. Cristo vive. Y está aquí, con nosotros, Cristo vive para siempre. No lo olvidéis. Cristo vive, pero no basta con decir esto. Pero no basta con decir que Cristo ha resucitado. Ahora, Cristo nos invita para que participemos de su Resurrección. Nos invita a que resucitemos cada día. A que vivamos resucitados. A que hagamos el paso de la muerte a la vida.
Me dirijo a todos vosotros, hermanos: ¿estamos dispuestos hoy, en este día, a dar el paso de la muerte a la vida?.La Resurrección de Cristo es un Sí a la vida de todo ser human. Un Sí a nuestra vida. Nuestras más profundas aspiraciones pueden llegar a realizarse. Tenemos derecho a esperar un mundo nuevo, un mundo de amor, de paz, un mundo donde reine la justicia, donde brille la fraternidad.
La vida nueva brota del sepulcro vacío. Es decir, brota del amor. Vivir la Resurrección es amar hasta el final. Nos lo ha dicho el apóstol san Juan cuando nos dice en la primera carta: sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Por eso, celebrar la resurrección nos compromete.
Mirad, queridos hermanos: el Papa Francisco, en el inicio de su ministerio como sucesor de Pedro, nos invitaba a toda la Iglesia a vivir, y digo las palabras exactas que nos dijo: una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría. Es más, nos indicaba caminos para la marcha de la Iglesia en estos momentos de la historia de la humanidad. Y nos llamaba a vivir la alegría renovándola permanentemente, y renovándola, porque no podemos cerrar y encerrar en nosotros la alegría de la resurrección. No se puede clausurar, nos decía el Papa, esa alegría en nuestra vvida interior ni en nuestros propios intereses, entre otras cosas porque entonces ésta no sería la alegría del resucitado.
Cuando hacemos esto, lo guardamos, lo guardamos, lo encerramos. No hay Pascua. No dejamos espacio para los demás. No entran los pobres. No se escucha la voz de Dios. Ello hace que ni escuchemos ni gocemos de la dulce alegría del amor de Dios, que no palpite ese entusiasmo de Jesús resucitado en nuestra vida para hacer el bien.
¿Qué es hacer el bien?. Pues mirad, la máxima expresión. El bien es regalar el triunfo de Cristo a todos los hombres. Su vida, que nos conforma y nos da una manera de vivir, de actuar; crea fraternidad, crea encuentro, crea paz, da capacidad para tener los brazos siempre abiertos a todos, como los tiene Jesús para con nosotros.Hoy todos, todos, acercaos a Jesús que os abraza. Mirad, a veces también los que estáis en la duda, los que no creéis, o decís que no creéis: dejaos abrazar.
¡Vivir en la alegría de la Pascua nos hace tanto bien!. No huyas nunca de la resurrección de Cristo. Nunca tengas la tentación de declararte muerto. Volvamos siempre al resucitado. Cuando parezca que todo está perdido, volvamos a Cristo. Sí en este instante, en este momento que estamos viviendo la pandemia, hoy cuando nos han relatado también que han muerto cantidad de gente, volvamos a Cristo resucitado. Nos ama. Nunca se cansa de perdonar. Nunca se cansa de decirnos: adelante. Nunca se cansa de cargar nuestras vidas sobre sus hombros. Siempre se ilusiona con nosotros. Nos devuelve la alegría. Nunca se cansa de decirnos lo que en este día nos vuelve a repetir, como habéis escuchado: no está aquí, en el sepulcro, o vio la losa quitada, o se lo han llevado del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto. El sepulcro está vacío. Que es lo mismo que decir: no hay muerte. Hay vida solamente. Y la tienes tú, porque te la da Cristo. Y la puedes regalar.
¿Sabéis la alegría que supone decirle a los hombres de este mundo: no hay muerte? ¿Sabéis lo que supone decir: si vivimos, vivimos para Dios, si morimos, morimos ‘para Dios, en la vida y en la muerte somos de Dios?.
Creedme: ha llegado la vida. La vida está en Cristo. Ha vencido a la muerte. Nunca, nunca nos convirtamos en esos discípulos quejosos. Siempre quejosos- No tengamos la tentación de dejar espacio a los demás. Todos en mi vida tienen que tener espacio. No vivamos con resentimientos. Demos todo lo que somos. Tenemos para dar vida a los demás. Dejemos que entre la alegría de la Resurrección. Dejemos de vivir en el gozo de esa alegría que provoca el sentirnos amados por Dios. Porque si no nuestro corazón no palpita con ese entusiasmo que da el saber la noticia que hoy se nos entrega: Cristo ha resucitado y nosotros hemos resucitado con Él.
Queridos hermanos: qué fuerza tiene lo que acabamos de escuchar. Qué fuerza tiene lo que dice el Evangelio: no está aquí. Ha resucitado, como había dicho.
Con qué rapidez salieron Pedro y Juan. Qué bien lo expresa lo que es la Iglesia. Qué bien lo expresa de quien ha puesto el Señor al frente de la Iglesia: llega primero Juan, pero no entró. Llega Pedro, y entró. Primero tiene que entrar quien había puesto el Señor al frente de la Iglesia- Vio las vendas en el suelo, el sudario que había cubierto la cabeza enrollado en un sitio aparte, vio y creyó.
En este día os quiero destacar el encuentro de María Magdalena y de Pedro. Sí. Esta mujer de quien conocemos su historia ha llorado, ungió los pies de Jesús, secó sus cabellos- Una mujer despreciada por quienes se creían justos. Pero Jesús dijo de ella que había amado mucho y por ello se le perdonaban los pecados. Su amor al Señor la hizo ir al sepulcro y vivir junto a la otra María: no temáis, al que buscáis, al crucificado, este ha resucitado. El encuentro con Pedro también, que había negado a Jesús. A quien Jesús había puesto al frente de su Iglesia. Y ve con sus propios ojos, como Juan también, las muestras de la Resurrección de Cristo. Vieron y creyeron.
Esto sucede también hoy con nosotros. Con todos nosotros. Con todos. Mirad: sí. Somos pecadores. Tenemos oscuridades. Tenemos egoísmos. Tenemos faltas de fe, negaciones. Somos vendedores. Pero el Señor, en este día, se acerca a ti y a mí para decirnos: no tengas miedo. Vete a comunicar que Él ha resucitado de entre los muertos. Alégrate.
Esto requiere tres cosas que os digo sencillamente. Primera, renueva tu encuentro con Cristo resucitado. No importa lo que hayas hecho hasta ahora. Cristo abre los brazos. Toma la decisión de dejarte encontrar por Él. Jesús no es para unos el escogido. Pueden abrazarlo todos los hombres. Todos estamos enviados. Estate abierto a este encuentro.
¡Qué diferencia más abismal existe!. Y se da en la vida de un ser humano que se deja encontrar por Jesús. Déjate mirar. Déjate abrazar. Déjate iluminar. No hay que hacer más esfuerzos. Descubre algo que es decisivo en la vida humana. El Señor nunca se cansa de perdonar. El Señor nos devuelve la dignidad verdadera que tenemos cuando en medio de la oscuridad nos dejamos abrazar por Él. Él lo hace sin imposiciones, con ternura. Te abraza y te dice: adelante. Encuéntrate con Jesús.
En segundo lugar, llevemos a todos los lugares de la tierra, donde habitan los hombres, la dulce y confortadora alegría del Evangelio. El bien siempre se comunica. Cualquier ser humano que tenga experiencia de Jesucristo y con Jesucristo adquiere tal hondura su vida, se siente tan a gusto en este encuentro con el Señor, adquiere tal hondura su vida que no puede guardárselo para sí mismo. La quiere comunicar. El bien se comunica. El bien se expande.
La Resurrección de Cristo nos lleva a ver que la vida. Se acrecienta dándola. Y nos hace ver que al margen de la vida de Cristo resucitado, la vida disminuye, se debilita, se aisla, se hunde en la comodidad de vivir para uno mismo. Vete a todos los lugares, y lleva la dulce y confortadora alegría del Evangelio.
Y en tercer lugar, manten vivo el anuncio del Cristo. Aquel que mandó hacer a sus discípulos: id y anunciar el Evangelio a todos los hombres.
He mandado un mensaje a todos los misioneros de Madrid que están en muchas partes de la tierra. La fuente de mayor alegría para todos los cristianos es el anuncio de Cristo resucitado. Podemos tener metodologías diferentes, incluso espiritualidades distintas, pero se nos pide que seamos coherentes con el mandato del Señor: id, salid, anunciad. Y para ello dejarme deciros que hay ser atrevidos y osados. Atrevidos para no instalarnos en la comodidad de decir: ¿para qué complicarnos la vida, si esto siempre ha sido así?. Como nos dice el Papa Francisco: hay que llegar a todas las periferias geográficas o existenciales donde la luz del Evangelio se hace necesaria.
¿Cómo hacer esto?. Tomemos iniciativas concretas. Sí. Salgamos al encuentro de los hombres. De los más cercanos y de los más lejanos. Con obras y gestos que toquen la vida. Que toquen las heridas. Que toquen los proyectos. Que toquen las ilusiones.yY que toquen los desafíos que tenemos en estos momentos. Lo importante es que nosotros, discípulos del resucitado, sepamos que nuestra vida es para exponerla. Para darla.
La celebración de la Pascua nos está llamando a vivir en una reforma permanente. Hagámosla. Nunca mutilemos o reduzcamos a Jesucristo a intereses personales. Hagamos presente la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Cristo resucitado.
Mirad qué compromiso os pido para esta Pascua. El mismo que tuvieron los discípulos de Jesús: comenzar de nuevo el camino, con la novedad que trae la Resurrección. Esto trae tal capacidad de esperanza....Dejadme deciros que la Iglesia nace de un movimiento de esperanza. Y cuando ese movimiento falta, es señal que no se cree del todo en la Resurrección. Hoy hay que despertar ese movimiento de esperanza si queremos dar un nuevo impulso a la fe. Es necesario conquistar el mundo, pero con la fuerza del Resucitado. La esperanza. No hay ninguna propaganda que pueda hacer tanto como la esperanza. Cuando se ataca la esperanza, se ataca lo esencial. La esperanza mueve a los jóvenes, a los mayores, a las familias. Regala la esperanza. Ha resucitado. Por eso, en este día, os invitaba a las familias a que hicieseis, en ese vídeo que os he mandado, la gran fiesta de la esperanza. Y que vosotros los padres les dijeseis a los hijos las tres cosas que son más importantes para vosotros en la vida de ellos, según la vida que tengan, y que los hijos os dijesen lo que desean de vosotros.
Feliz día de la Resurrección del Señor. Amén.
Queridos hermanos obispos auxiliares de Madrid: don Juan Antonio, don Jesús, don Santos y don José. Queridos hermanos sacerdotes. Querido diácono. Todos los que estáis en vuestras casas. Quiero entrar en vuestras casas, en ese lugar que hoy se convierte para vosotros en lugar también de celebración de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Quisiera deciros que si tenéis a mano un crucifijo, lo pongáis en la mesa que tengáis al lado de donde estéis viendo y celebrando este día de la Pasión del Señor. La cruz en vuestra casa. La que tengáis, o quizá una de las que han hecho vuestros hijos estos días.
En este Viernes Santo, cuántas personas y realidades se nos hacen presentes en nuestro corazón. Dirigiendo la mirada al rostro ensangrentado de Jesús, la pandemia que estamos viviendo pone rostro al crucificado en los que vivís el dolor de la enfermedad; en los que habéis vivido el dolor de la pérdida de un familiar o de un amigo; el dolor, también, de no poder trabajar, y a veces no poder sustentar a la familia; el dolor de quedaros a la intemperie; el dolor de haber llegado de otros lugares aquí, a Madrid, para encontrar salida, y encontraros en esta situación, y algunos de vosotros afectados también por esta enfermedad. Pero me vais a dejar deciros que lo que acabamos de escuchar, el grito de Jesús, «tengo sed», sigue recuperándonos. Jesús tiene sed de vida para todos los hombres. Y viene a darnos esa vida. Nos da su vida, por amor. En Cristo crucificado descubrimos el gran amor de Dios al mundo. Este amor de Dios que se hace solidario del sufrimiento de todos los seres humanos.
Jesús muere hoy en la cruz. Dirijamos nuestra mirada a este rostro ensangrentado de Jesús crucificado. Esta tarde, ese gran amor de Dios al mundo lo celebramos en el hecho histórico, sangriento y trascendente de la Pasión y la Muerte de Jesús. Fue un viernes, antes de la jornada solemnísima de la Pascua de los judíos. Y fijaos en algo importante. Escuchamos que Jesús dice: «Tengo sed». La sed de Jesús es uno de los mayores tormentos de la cruz. Es una sed asfixiante, a causa entre otras cosas de la sangre perdida. La sed de Jesús es física. Es la sed del moribundo que quizá ya ni puede tragar.
Pero la sed de Jesús no es solo es la sed de agua: es la sed de justicia, de paz, de libertad, de amor. Sí. Jesús tiene sed de vida para este mundo. Ttiene sed de vida para esta Europa en crisis que olvidó sus propias raíces cristianas y quizá va muy a la deriva. «Tengo sed». «Tengo sed». Y el evangelista, si os habéis dado cuenta, añade algo importante, y es que cuando probó el vinagre, dijo: «todo está cumplido». El vinagre es la bebida de los condenados. Jesús tiene sed, y recibe vinagre. Pero, ¿qué significa el vinagre? El vinagre es símbolo del odio y de la agresividad. Jesús, al tomar el vinagre, acepta la muerte causada por el odio, y expresa su amor hasta el extremo. Hasta el final. Si os habéis dado cuenta, el relato que hemos escuchado de la Pasión del Señor nos dice que cuando probó el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». Sí. «Todo está cumplido». En el Señor solo hay amor. Amor. «E inclinando la cabeza, entregó el espíritu».
Jesús duerme. Es una muerte que no interrumpe la vida. Jesús no muere por morir, sino para mostrar su amor hasta el final. Si os habéis dado cuenta, hermanos, nadie, nadie, nadie nos ha amado así. Nadie. Porque nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Jesús ha entregado la vida por nosotros. Para que nosotros vivamos. Para que el mundo viva. Por eso, hoy recordamos que la Pasión de Jesús se prolonga en todos los crucificados de la historia. Jesús está hoy siendo crucificado en los millones de hombres que sufren, que mueren. Está crucificado en los que padecen hambre, desigualdad, injusticia. Está crucificado en las víctimas de los sangrientos conflictos armados que siguen existiendo en el mundo, en los refugiados que se ven obligados a huir de sus países, en todo tipo de violencia. En los profundos sufrimientos que existen en muchos pueblos, en muchos lugares de la tierra.
Jesús continúa crucificado en aquellas personas que han sido tocadas por el coronavirus y que se encuentran solas en una habitación hospitalizada, o están en cuarentena, o crucificados porque están en la UCI con respirador. Crucificado en todos los hospitalizados y todos aquellos que se encuentran en tantos hospitales. Jesús está crucificado, queridos hermanos, en tantos de vosotros que no habéis podido acompañar a un ser querido y que os encontráis desgarrados por el dolor. Pero qué maravilla, queridos. Mirad, el Evangelio de Juan dice: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás y María Magdalena». Mientras los hombres le abandonan, hay unas mujeres que siguen a Jesús hasta la cruz. Son signo y principio de la Iglesia cristiana que permanece fiel a la cruz. María, nuestra madre. La madre de Jesús. Nuestra madre, porque Él nos la ha regalado. Permanece en pie acompañándonos en tantos sufrimientos que estamos viviendo estos días, queridos hermanos.
Yo os invito a que acojamos algunas de estas direcciones que os voy a proponer para nuestra vida. En primer lugar, acercaos a Jesucristo crucificado. Acercaos. Cuántas veces hemos cantado esto: «Victoria, tú reinarás; oh cruz, tú nos salvarás». Pero quizá pocas veces hemos descubierto todo el contenido que tiene lo que cantamos. Acercaos a Cristo crucificado. Todos conocemos y hemos escuchado ese texto impresionante en el que el apóstol, ante la pregunta que le hacen, «¿no eres tú también de sus discípulos?», responde «no soy. No lo soy». Esta tarde, yo quiero haceros a vosotros la misma pregunta. Quiero hacerla: «¿Sois discípulos de Cristo?». Mucho me agradaría que la respuesta fuese como la que tuvieron todos los apóstoles después de la Resurrección. Una respuesta de entrar de tal manera en comunión con Cristo que todos fueron capaces de dar la vida como el Señor mismo la dio. Yo os invito esta tarde a que, ante la cruz del Señor, nos dejemos preguntar hoy: «¿Eres tú también de Él?». Queridos hermanos: no os importe. Mirad, habrá situaciones… Pero que nada os separe de ser discípulos de Cristo. Nada. Nada. Y si algo os separa, venid a verme. Que todos nosotros, esta tarde, digamos también ante la pregunta: «¡Sí, Señor!». Y lo decimos sin complejos. Con un compromiso sincero de ser testigos suyos, donde nos movemos. Él se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación. Acercaos a Cristo crucificado.
Otra línea, la segunda. En la cruz adquirís una misión de totalidad. Con mucha frecuencia en nuestra vida diaria distinguimos entre vida física, económica, social, profesional, espiritual. Desde la cruz, todo es diferente. La vida es totalidad. Es verdad que la vida tiene muchas manifestaciones, pero es totalidad. No admite compartimentos estanco. La existencia humana es todo lo que incluye la dimensión terrena y la dimensión trascendente. Desde la cruz, descubrimos una forma de estar en el mundo y de interpretar los acontecimientos desde la fe. La cruz nos enseña que nunca, nunca, podemos separarnos de los demás ni del mundo, porque todo esto nos lo ha puesto Dios en nuestras manos. Dar la vida por todo es una manera de estar y de comprender la vida desde Dios mismo, mirando todo lo que existe. Queridos hermanos: este momento que estamos viviendo de la pandemia, en la cruz, hagamos una mirada de totalidad. Estemos dispuestos a dar la vida. A estar al servicio de los demás. A estar junto con los que más necesitan.
Otra dirección. En al cruz, se da una mirada de simpatía y amor hacia todos los hombres. Desde la cruz, qué bueno es escuchar aquellas palabras de Jesús: «Perdónales, no saben lo que hacen». Son unas palabras de amor entrañable del Señor hacia los hombres. De simpatía por todos los hombres.
El Papa san Pablo VI, en el año 1969, en una audiencia general decía estas palabras que a mí siempre me han impresionado, y que hoy las quiero hacer llegar a vuestro corazón: «El mundo que tiene la Iglesia presente es el de los hombres, o sea, la familia humana entera en el contexto de todas las realidades en las que vive. El mundo entero, teatro de la historia del género humano, y que lleva consigo las señales de sus esfuerzos, de sus derrotas, de sus victorias. El mundo que los cristianos creen creado y conservado por el amor del Creador, mundo ciertamente todavía bajo la esclavitud del pecado, pero liberado por Cristo crucificado y resucitado, con la derrota del maligno para que según el plan de Dio se transforme y llegue a su plenitud». En la cruz –mirad la cruz, hermanos–, en la cruz, contemplad al hombre auténtico, contemplad la simpatía de Dios por el hombre. Abraza a todos los hombres. En ese abrazo descubrimos la verdad de Dios y la verdad del hombre.
Otra dirección. Todo un camino de vida, el camino de la cruz. Sí. Todo un camino. En la contemplación de la cruz tenemos que decir que desde que Jesucristo padeció y fue crucificado, el sufrimiento no solamente tiene un nuevo sentido, sino que puede ser eminentemente humanizante y de un significado profundo. ¿Y dónde está la novedad de esa forma de vivir el sufrimiento liberador? La gran novedad está en que fue la forma de vida que asumió el Dios encarnado. Jesús, al igual que todo hombre, asumió el sufrimiento, incluido el dolor y la muerte, menos el pecado. Y lo que Cristo asumió, también lo santificó, como fue el dolor y la muerte. Por eso, todos los discípulos de Jesús podemos hacer una experiencia santificante de los sufrimientos de la condición humana. El secreto de la santidad humana no está en las cruces: está en el crucificado.
Otra dirección: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen». ¿Os imagináis a Jesús disculpando permanentemente todo lo que hago? En la cruz, y con la Pasión y Muerte de Cristo, es cuando se logró el mayor desarrollo del hombre. Cuando este se abrió más, se elevó más, se derribaron los muros de separación. A todos se nos hizo hermano e hijos de Dios: todos hechos uno en Cristo. ¿Os dais cuenta de lo que significan estas palabras? «Perdónale. No saben lo que es ser hijo. No saben lo que es ser hermano. Pero ahora, yo, por ellos. Perdónales».
Otra dirección. «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». ¿Qué vería Jesús en el buen ladrón para decirle «acuérdate de mí»? ¿Qué experiencia fundamental de vida tendría este hombre junto a Jesucristo, de amor y de confianza? En la cercanía de Cristo se inició el amor gratuito, que nos ama, no porque nosotros seamos buenos, sino porque Él es bueno. Es la experiencia de la inclinación gozosa de Dios a todo hombre. Mirad el crucifijo que tenéis ahí, y que habéis puesto encima de la mesita vuestra, donde estáis. Mirad: el Señor os hace tener esta experiencia. Esta experiencia. La experiencia de que Jesús se inclina gozosamente hacia cada uno de nosotros. La cruz fue lugar de preocupación y de ocupación por los demás. En aquellas palabras, «acuérdate, Señor de mí», y en la respuesta, «hoy estarás conmigo en el Paraíso», expresa esa preocupación.
Y la última dirección, hermanos, es la que nos ha dicho el Evangelio al final, cuando Jesús nos dice: «ahí tienes a tu madre». María. Es de nuestra raza. Es un ser especial. Elegida para ser madre de Dios, nos la dio Jesús como madre nuestra. Ha tenido la experiencia de un Dios próximo que la apoya y que siente su presencia gratuita. Y esto el Señor quiere que lo comunique. Que ella lo comunique: la cercanía de Dios al hombre y la fidelidad de María al proyecto de Dios, que lo comunique, que lo diga, que lo haga llegar a nuestras entrañas. Escuchad, como ella, la Palabra. Escuchad. Escuchemos esa Palabra. Ella es contemplativa y orante.
Queridos hermanos, cuando pase esta pandemia yo os invito a que vengáis todos juntos, toda la familia, y subáis hasta el camarín de la Virgen, Nuestra Señora la Real de la Almudena, y le deis gracias a la Virgen por habernos dado a Jesucristo Nuestro Señor. Prestó la vida para darle rostro. Hemos conocido a Dios y hemos conocido lo que es el hombre. Lo que es ser hombre. Ella ha intervenido.
Tengamos sed de amor de Dios y de amor a todos los hombres. Esta vida tenemos que vivirla desde el gesto de confianza que hoy, en este día en que celebramos la Pasión de Nuestro Señor, y su Muerte, asumimos y acogemos un gesto de confianza en Cristo. Que Santa María, la Señora de la Almudena, nos ayude a vivir desde esta confianza. La que ella tuvo con Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
Queridos hermanos obispos auxiliares de Madrid: don Jesús, don Juan Antonio, don José y don Santos. Queridos hermanos sacerdotes. Querido diácono. Queridos hermanos y hermanas que estáis asistiendo a esta celebración desde vuestras casas, pero que estáis aquí. Os siento cerca y percibo que se hace verdad lo que el Señor nos ha dicho en la Palabra de Dios que acabamos de proclamar.
El contenido fundamental del Evangelio y de este Jueves Santo, quizá tan especial para nosotros, sigue siendo este que nos dice Jesús: «Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo». Y hoy Jesús entra en vuestras casas. Hoy vuestras casas se han convertido en ese cenáculo en el que la maravilla del amor del Señor se ha de manifestar entre vosotros los esposos, que os queréis, que os perdonáis; entre vosotros, los hijos con los padres, y los hijos entre vosotros mismos también; en las familias, que quizá ha habido momentos en que habéis estado un poquito lejanos o fríos, pero que sin embargo el Señor quiere entrar a vuestra vida. «Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo».
Si os habéis dado cuenta, en la Palabra de Dios que hemos proclamado aparecen tres realidades que a mi modo de ver son esenciales para nosotros. Aparece que también vosotros sois una señal en medio del mundo. Habéis escuchado la primera lectura del libro del Éxodo, donde el pueblo de Israel era una señal de la presencia de Dios en medio de ese mundo. Una señal fuerte. Una señal evidente. Dios ayudaba a ese pueblo. Dios permanecía con él. Dios lo alentaba. Dios lo protegía. Como hace, queridos hermanos, con todos nosotros. Somos también una señal en medio de este mundo. Pero recordad que la señal más grande que tiene que darse por nuestra parte en medio de este mundo es precisamente la misma que Jesús dio a los discípulos, y les señaló: «Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo».
En segundo lugar, el Señor nos dice también que vivamos lo que Él nos ha dado. Qué maravilla. El evangelista quiere que se nos grabe bien esta escena del lavatorio de los pies que amontona verbos. Daos cuenta que amontona ocho verbos: se levantaba de la cena, se quita el manto, toma una tolla, se la ciñe, echa agua en la jofaina y se pone a lavar lo pies a los discípulos. Describe una escena preciosa. Plano a plano, como si fuera una película para suscitar en la comunidad cristiana una actitud que tiene que ser la que invada y la que organice toda nuestra existencia. «Vivid lo que os he dado», nos diría el Señor.
Mirad, como vosotros sabéis y me lo habéis oído en muchas ocasiones, lavar los pies en aquella cultura era un trabajo de esclavos. Jesús lavaba los pies, y estaba realizando un gesto escandaloso. El que dais vosotros cuando tomáis la decisión de que lo más importante en vuestra vida, en nuestra vida, es permanecer en el amor. Amarnos. Querernos. Dar la vida los unos por los otros. Y que esto se manifieste precisamente en el núcleo más esencial y más bello que puede existir en este mundo, que es la familia. Por necesidades hoy estáis en la familia. Pero daos cuenta que quizá el Señor nos quiere dar a nosotros también algo especial. Quiere suscitar una actitud de lo que ha de ser nuestra vida. Lo que hace Jesús, lavar los pies, solo lo hacían los esclavos, y alguna vez las mujeres. Por eso, con este gesto, Jesús provoca desconcierto en los discípulos. Él preside la mesa. Es el Señor. Es el maestro. Es el Mesías. Y, queridos hermanos, se pone a lavar los pies. Es incompresible para los discípulos.
Os invito: quedémonos por un instante contemplando esta escena. Imaginemos que estamos también nosotros en ese círculo. Y es Dios mismo el que viene a lavarnos los pies. Sí. Nos encontramos frente a frente con Jesús. Lavándonos los pies. Lavando nuestras miserias. Lavando nuestros pecados. Haciendo posible que tengamos otra actitud en la vida. Jesús hoy se arrodilla frente a frente ante nosotros. Sí. Jesús está hoy arrodillado ante tantos enfermos de coronavirus. Ante tantos que lloran por no haberse podido despedir de los familiares que ya han fallecido. Se arrodilla ante los sanitarios que se han entregado heroicamente a tantos enfermos, y que han llorado incluso por ellos muchas veces su impotencia. Jesús se arrodilla también ante cada uno de nosotros. Toca lo sucio de nosotros, queridos hermanos. Toca lo sucio que hay en el ser humano y en nosotros. Toca nuestra fragilidad. Toca nuestro pecado. Pero, ¿sabéis lo que sucede? Que cuando lo toca Jesús, nos devuelve la dignidad.
Queridos hermanos: cuando a veces no vivís precisamente el amor entre nosotros, Jesús toca nuestro corazón, nos devuelve la dignidad. Porque la dignidad nuestra está en valorar, en dar la dignidad al otro. Y la dignidad básica se la devolvemos cuando amamos como Jesús. Jesús toca nuestras fragilidades. Nos devuelve la dignidad. Nos devuelve la libertad. Qué maravilla. Es Jesús el que nos hace libres. Es Jesús el que nos quita toca esclavitud y toda alienación. Es Jesús que os dice y nos dice a todos, queridos hermanos: «tu vida es valiosa, tu vida vale mucho, eres imagen mía, tienes mi vida. Yo la amo».
Queridos hermanos, es verdad que en esta época no están los amos y esclavos de la época de Jesús. Este gesto en tiempos de Jesús es revolucionario. En el contexto de hace más de dos mil años. ¡Revolucionario! Jesús propone una revolución del amor y de la ternura. Y esto es lo que celebramos esta tarde. Y esta revolución es la que yo os propongo, queridos hermanos, en este momento y en esta situación en la que estamos viviendo. Demos valor a lo que tiene valor. Dejemos entrar en nuestra vida aquello que merece la pena. Abrir nuestras puertas y nuestro corazón para que entre.
Tengamos la osadía de cambiar esta tierra y este mundo. Pero no con cualquier arma; con la que nos entrega Jesús: «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo». Tengamos esta osadía, queridos hermanos. Jesús, con este gesto, rompe todos los esquemas: los religiosos, los sociales, los culturales, invierte valores, derrumba estructuras de un mundo injusto. Jesús no actúa como soberano: actúa como servidor. Como lo hace contigo esta tarde. Se acerca a ti , te lava los pies, te lava lo sucio, te recupera, quiere que vivas no de cualquier cosa. Vive de su amor. Entrega su amor. Haz la revolución en esta tierra y en este mundo.
¿Veis? Hay una actitud en el Evangelio que hemos escuchado. Pero para Pedro, esto es inaceptable. Por eso se comprende que Pedro dijese al Señor: «Pero Señor, ¿tú lavarme a mí los pies? ¡Imposible, ni hablar, no me lavas los pies, tú no me lavarás los pies jamás!». Es, como veis queridos hermanos, una negativa rotunda. Pedro no admite la igualdad. Tiene un modo de pensar de la cultura dominante. Cree que es legítima la desigualdad. Por eso no acepta en absoluto que Jesús se abaje hasta el extremo, que su maestro sea amigo suyo, que lo limpie. Pero habéis visto la reacción de Jesús, que es la reacción que tiene con nosotros. Mirad, «si no te lavo los pies no tienes parte conmigo». Si no te lavo los pies no vas a cambiar nada. Vas a estar triste. No solamente no vas a cambiar nada, vas a introducir en este mundo algo que no merece la pena, que nos divide, que nos rompe, que nos aliena. Sin embargo, si me dejas lavarte los pies, sí que tendrás parte conmigo
¿Os dais cuenta? ¿Os dais cuenta cómo estaría la cara de Pedro? Imagínate a Jesús de rodillas ante él pidiendo que le deje lavarle los pies. Imagínate tú hoy, queridos amigos, vosotros, los niños, los papás, los abuelos, yo mismo ahora..., que Jesús viene y me dice que me quiere lavar los pies. ¡Qué maravilla!. ¿Qué siento? ¿Me resisto, o seré capaz de acoger el amor? Queridos hermanos, daos cuenta de una cosa: cuántas cosas hemos acogido en nuestra vida, en nuestro mundo, cuántas cosas estamos acogiendo que nos destruyen. Queridos hermanos: sí, nos destruyen. Solo el amor del Señor nos construye, nos alienta, nos saca de nosotros mismos, nos hace dar la mano al otro siempre. Dejémonos alcanzar por este amor del Señor en lo profundo de nosotros mismos.
Os hago esta pregunta, queridos hermanos; me la hacía yo preparando esta homilía esta mañana, en mi capilla, rezando: «Señor, ¿seré yo capaz de dejarme tocar los pies hoy? ¿De dejarme lavar lo sucio de mi vida? ¿Seré capaz de incorporar a mi vida lo que tú me regalas, el amor?».
Qué bonita es la terminación del diálogo y del lavatorio de los pies: «Si yo, el Señor y el maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavar los pies unos a otros». Esta es la gran tarea. Esto es precisamente amar hasta el extremo, queridos hermanos. El lavatorio de los pies, queridos hermanos, es en definitiva hoy el que nos hace apreciar lo que es la Eucaristía. Es el pan partido y repartido entre todos como expresión del amor hasta el extremo. De alguna forma, la Eucaristía es una protesta tremenda contra la injusticia de nuestro mundo. Es la celebración del amor y de la vida para todos, sin exclusión de nadie.
Esta Eucaristía nos está preparando, queridos hermanos, para lo que puede venir. Y lo que viene, queridos hermanos, es que tenemos que abrirnos a las necesidades de los demás. Va a quedar mucha gente a veces al margen. Y tenemos que ayudarnos. Tú y yo podemos cambiar este mundo. Y lo podemos hacer con esta propuesta que os hago: acogiendo el amor del Señor, dejándonos lavar los pies y quitando los egoísmos. Y pensando más en el otro. Por eso, la Eucaristía.
Hoy también es el día del amor fraterno. Un amor que no es inclusivo, que se extiende a todos los seres humanos comenzando por los que están más cerca. Es el día del ministerio sacerdotal. Cristo a vuestro lado. Como lo habéis experimentado estos días a través de tantas visitas, tantas llamadas, tantas cercanías..., en vuestro barrio, en los hospitales, de los sacerdotes, queridos hermanos. Sí. La cercanía de Cristo, que os regalaba su bendición, os regalaba su perdón, en definitiva os regalaba esa cercanía. Día de la institución del ministerio sacerdotal. Día del amor fraterno, queridos hermanos. Día en que el Señor nos enseña algo especial: que amar, morir y resucitar son las tres realidades más importantes en la vida de cada ser humano.
Quizá el verbo amar es el que ha sido más conjugado en la historia de la humanidad. Pero el ser humano sigue sediento de amor. Y cuando lo encuentra, y cuando lo da, es feliz. Pero hay que amar como Jesús. Sí. Amar como Jesús no es fácil. Es un amor sin medida. Amar como Él amó supone negarse, olvidarse, vencerse. No. No es fácil amar así. No lo hacemos en general los hombres. Por eso, a veces el Jueves Santo no lo entendemos, queridos hermanos. Cuando Jesús, antes de la fiesta de Pascua y en los preparativos, habla de la llegada de su hora, se trata de algo decisivo y esperado, queridos hermanos.
La señal de los cristianos, el distintivo de los discípulos de Cristo, es el amor. «En esto conocerán que sois mis discípulos». Sí. No en ritos. No, no. El amor hasta el extremo, hasta dar la vida por los enemigos. Por eso, el sentido de la Eucaristía es el amor; de la misma manera que el sentido de la cena de Jesús en la noche del Jueves Santo es la muerte en la cruz al día siguiente. Queridos hermanos, ¿a quién vamos a acudir? Solo el Señor tiene palabras de vida eterna. Solo Jesús alcanza nuestro corazón. Qué belleza tiene, por tanto, contemplar el lavatorio de los pies tal como habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado.
Nadie se puede sentar a la mesa del Señor y hacerse de su familia sin haberse dejado lavar los pies y quitado la suciedad. También vosotros, hoy, desde vuestras casas, sentados como estáis, quizá los más mayores lo entendéis más, pero ayudad a vuestros hijos a decid que le digan a Jesús: «Señor, lávame los pies a mí también. Lávame. Lávame». Y desde esta comunicación, abríos enteramente a la comunión con los demás y con Dios mismo. Todos los gestos de Jesús en el lavatorio de los pies nos llevan a vivir desde una profundidad del misterio de su vida que en nada se puede comparar.
Celebrar la institución de la Eucaristía, celebrar la institución del sacramento del Orden, celebrar el mandato del amor, es celebrar en definitiva todo aquello que constituye el sentido de la vida entera de Jesús que desea regalarnos a los hombres. Él se levanta de la mesa para llevarnos a su mesa. Sí. Deja su mesa para ir a la búsqueda de los hombres. Y en la mesa de ellos, curarlos; quitarles la suciedad, para que puedan sentarse a la mesa de la familia de Dios. Y se despoja de sus vestiduras, de su gloria. No tiene a menos hacerse hombre. No tiene a menos pasar por uno de tantos.
Por eso, quiero que os quedéis con estas últimas palabras: «Si yo, el maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros». Qué belleza tiene contemplar y acoger el amor infinito de Jesús. Ese amor que da la verdadera sustancia de la vida. Asumid estos compromisos, queridos hermanos. Sí. En este momento, cuando vivimos turbados, cuando vivimos desconcertados, es importante tener luces. Y la luz que nos da Jesús es evidente. Tengamos la valentía de decir sí al amor de Dios que hemos conocido en Jesucristo. Tengamos la valentía de asumir la necesidad de que necesitamos del perdón, de la bondad de Dios, de la cercanía de Dios, de que toque nuestra suciedad. Creamos firmemente que la Eucaristía, que el ministerio sacerdotal y el amor fraterno abren caminos de libertad; que estos llegan cuando accedemos a la mesa de la vida, de la que todos nosotros estamos participando ahora. Es verdad que lo hacéis desde vuestras casas, pero cuando yo comulgue, haced esa comunión espiritual que los cristianos tanto han valorado a través de todos los tiempos. Sí, queridos hermanos. Desde esta perspectiva, asumid las necesidad que tenemos de dejarnos lavar los pies. Creed firmemente que la Eucaristía, el Orden y el amor fraterno abren caminos de libertad a este mundo. ¡Abrid esos caminos! ¡No tengáis miedo!
Jesús nos lava como estamos. No se requiere ninguna cosa especial. Simplemente, dejar que nos lave. Al encontrarnos hoy en el cenáculo, sintamos el gozo de la presencia real del Señor en el misterio de la Eucaristía. El gozo de ver cómo yo, un miserable y pecador, se hace presente ante mí Cristo mismo. Sí, a través mío, queridos hermanos. A través de quien celebra, porque lo hace in persona Christi, y nos da la alegría de poder descubrir con la celebración de la cena del Señor eso que se engendra en nosotros, que es el amor fraterno.
A nuestra Madre, Nuestra Señora de la Almudena, encomiendo a todas las personas, hombres y mujeres, jóvenes, niños y niñas, que están en Madrid. Ella es nuestra Madre. Dejaos convencer por Ella. Dejémonos lavar los pies. Ella nos los dice: «haced lo que Él os diga». Entremos con todas las consecuencias, sin avergonzarnos, en esta gran familia que es la Iglesia de Cristo, que tiene la misión de cambiar este mundo. Sois señal. Vivid de lo que nos dio el Señor, de su amor. Mostradlo con obras en medio de los hombres. Que el Señor nos bendiga a todos. Amén.
Queridos hermanos obispos don Jesús, don Juan Antonio, don José, don Santos. Queridos hermanos sacerdotes. Querido diácono. Hermanos todos.
Queridos hermanos que estáis siguiendo esta celebración desde vuestras casas. ¡Ha resucitado!. Estas son las palabras del ángel a las mujeres que fueron al sepulcro. Y son las palabras que el Señor hoy, en esta noche de Pascua, nos dice a todos nosotros. Son para cada uno de nosotros, en esta Pascua, palabras llenas de luz y palabras llenas de sentido para la vida humana. Precisamente en estos momentos que estamos viviendo en todo el mundo, fruto de esta pandemia, en este tiempo asfixiante, de miedo, de angustia, de dolor, surge hermanos la luz de la vida. Esta noche es más clara que el día. Esta noche, nuestra también, que estamos viviendo es más clara. Que la luz de esta noche disipe las tinieblas de nuestro corazón. Que disipe las tinieblas de nuestro mundo.
Lo habéis escuchado: al alborear del día primero de la semana, dos mujeres, María Magdalena y la otra María, van al sepulcro. El amor madruga más que el sol. Hace ver cuando está oscuro, el amor. El amor hace testigos de lo invisible. Ellas han testimoniado la muerte y la sepultura de Jesús. Son representantes del compromiso y la fidelidad a Jesús. Y en este momento aparece el ángel del Señor: un temblor de la tierra, y un ángel corrió la piedra y se sentó encima.
Significa esto la victoria sobre la muerte. Significa que Jesús ya no está aprisionado en poder de su muerte. Significa que nuestra vida no puede ser ahogada por la muerte.
La piedra que cerraba el sepulcro es símbolo de todas las piedras y de todos los bloqueos que detienen nuestra vida, queridos hermanos. Muchos hombres y mujeres hoy tienen la sensación de llevar una piedra encima que no les deja vivir. Esa piedra puede ser el lastre de un pasado doloroso, de heridas, de sufrimiento, que quizá nos impide levantarnos del camino. Esa piedra es también la injusticia que pesa por el mundo, como una losa. Esa piedra es el desentendimiento, el desentendernos de los demás. Quizá hemos intentado muchas veces liberarnos del peso de esa piedra. Pero, mirad: esa piedra sigue siendo hoy el miedo, la inseguridad que estamos viviendo durante esta pandemia. Y la pregunta que quiero haceros esta noche es esta: ¿qué piedra ahoga mi vida? ¿Tengo un deseo de vida profunda? ¿Tengo deseo de sentido de la vida? ¿Me atreveré a dejar el sepulcro?.
Qué preciosas son las palabras que hemos escuchado del ángel a las mujeres: no temáis. Que son las palabras que nos dice a nosotros también en nuestro sepulcro: no temáis. Ya se qué buscáis: sentido a la vida. En el fondo buscáis a Jesucristo crucificado. No está aquí: ha resucitado.
Yo esta noche os quiero decir esto: ha empezado algo nuevo, Jesús no está entre los muertos. No se puede encontrar en la muerte al que vive. Quizá, como nosotros, aquellas mujeres no comprendían nada. Pero no salían del asombro. Habían ido al sepulcro simplemente para cumplir un deber entrañable de recuerdos y homenaje a quien habían querido.
El ángel hoy se dirige a nosotros. A todos nosotros. Y nos dice como a aquellas mujeres: no está aquí. Ha resucitado. Jesús no es un personaje del pasado. Él vive. Vive. Es una presencia en nuestra vida.
¿No habíamos pensado que todo se desvanece con la muerte? ¿Que todo termina en nada? ¿Dónde apoyamos la esperanza, queridos hermanos? ¿Dónde apoyamos nuestra esperanza? ¿Cuál es el punto más sólido de mi vida? ¿Qué significa para mí esta noche? ¿Qué significan estas palabras: ha resucitado? Cristo ha resucitado. La muerte no tiene la última palabra.
Por eso, hoy, en esta Pascua, necesitamos renovar la certeza profunda de que la vida prevalece sobre la nada. Que el sentido prevalece sobre el absurdo. Que la verdad prevalece sobre la mentira. Que la justicia está por encima de la injusticia, y que el amor puede a la violencia. Y ese tiene un nombre, y tiene un rostro: Jesucristo. Y si le acogemos en nuestra vida y en nuestro corazón, queridos hermanos, damos rostro a través de nuestra vida, la certeza profunda, el sentido de la vida, la verdad que tiene la existencia humana, el conseguir a toda costa que el amor mismo de Dios que ha entrado en nuestra existencia venza sobre la violencia y liquide toda injusticia.
Qué bonitas son las palabras que Jesús, cuando sale al encuentro de estas mujeres, les dice -como nos dice a nosotros esta noche-, qué bonitas: no temáis. Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán. Id a comunicar que Cristo ha resucitado. Esta tierra, este mundo, esta historia, este momento de la historia que vivimos los hombres, necesita hombres y mujeres que se lancen a anunciar que Cristo ha resucitado. Que la vida tiene sentido. Que tiene profundidad. Que no estamos solos. Que Dios nos acompaña. Que Dios nos alienta. Que Dios nos da luz. Siempre. Siempre.
Podéis decir al mundo, queridos hermanos, que todavía existe la esperanza. Que hay futuro. Sí. Que la vida es más fuerte que la muerte. Que la pasión del mundo no ha de ser la nuestra: ha de ser la de Cristo.
Demos gracias a Dios que ilumina esta historia con la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
En esta Pascua de Resurrección del Señor del año 2020 deseo acercarme a todos vosotros, a todos los que quizá de una u otra forma me estáis escuchando. Los que creéis y aquellos que quizá podéis mirar a distancia esta gran fiesta de la Iglesia. Y lo quiero hacer para hablaros a lo más hondo de vuestro corazón. Quiero hacerlo como pastor de esta archidiócesis de Madrid, que el Señor ha querido entregarme, asumiendo la responsabilidad y la entrega en esta tarea. Los que creéis sabéis que hoy es un día grande, el más grande, en el que el Señor nos habla con fuerza especial, Cristo ha resucitado. Hemos de ser fieles a su palabra. Confesar la resurrección es para todos nosotros decir con seguridad que lo que solo parecía un sueño bonito es una auténtica realidad. El amor es más fuerte que la muerte.
A los que quizás estéis más fríos en la fe, por las circunstancias que fuere, o estéis apartados de ella, os invito a que me escuchéis. A que escuchéis este mensaje de Pascua, que quiere ser todo un proyecto dador de esperanza y generador de creatividad para este presente. Para lograr que esta historia sea distinta. Pues, mirad: el amor en el que todo ser humano cree, el amor que necesitamos para vivir, requiere perpetuidad. Imposibilidad de ser destruido. Más aún, es un grito que pide perpetuidad, pero que no puede darla por sí mismo. Un grito que demanda eternidad.
Desde aquí entendamos la resurrección. Comprendamos lo que significa la resurrección. Pues el amor es más fuerte que la muerte. Hay dos expresiones del Nuevo Testamento especialmente importantes: Jesús ha resucitado, y Dios Padre ha resucitado a Jesús. Ambas expresiones coinciden en que el amor total a los hombres que llevó a Jesús a la cruz se realiza en el éxodo total del Padre, y que aquí es más fuerte que la muerte, porque al mismo tiempo está sostenido por Él.
He sentido la necesidad de tomar la palabra, como lo hizo el apóstol Pedro, para deciros hoy también, como lo hizo hace 21 siglos: que este Jesús que murió en la cruz, este, ha resucitado. Que vive con nosotros, hermanos. No estamos solos. Testigos de ello fueron aquellos que vivieron con Él en el lugar de los hechos, y nos lo han predicado y nos lo han testificado con sus propias vidas. Lo habéis escuchado en el Evangelio: no os hablo en el nombre de un muerto, sino que os hablo en nombre de Cristo muerto en la cruz y resucitado al tercer día.
Los cristianos, cuando decimos que hemos resucitado con Cristo, lo hemos de mostrar con nuestros hechos. Podemos resucitar con Cristo. Yo os digo, os invito a todos a resucitar con Cristo. ¿Qué significa esta resurrección en nuestras vidas? ¿Qué traducción tiene en mi vida? ¿A qué nos invita la resurrección del Señor?. Mirad, no os invito a un optimismo ideológico que es sustituto de la esperanza cristiana, y que también es distinto de un optimismo de temperamento y de disposición. El optimismo de temperamento y disposición es importante, es hermoso, incluso útil en las angustias que llegan a la vida más tarde o más temprano. ¿Quién no se deja, o no se regocija, ante situaciones buenas de la vida, y sobremanera aquellos que por natural tienden a la alegría? Pero tampoco os invito al optimismo ideológico. Procede de donde sea. Quizá crece en el desarrollo de la historia guiada científicamente, o mediante movimientos dialécticos de luchas o revoluciones. Ni optimismos temperamentales ni ideológicos. Yo os invito, y entrad en vuestro corazón cuando digo estas palabras, a algo mucho más profundo, más puro, que no se queda en la fachada. La fachada puede ser bonita, pero si no hemos cambiado el edificio por dentro, no hemos hecho nada. Aquí se trata de cambiar al hombre por dentro. Esto es lo que trae la resurrección de Cristo. Y a esto os invito. Yo os invito a unir vuestra vida y el mundo con Dios. Pero no por nuestras fuerzas, sino con el poder y con el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesucristo.
Entrad en el sepulcro. Entrad en este mundo como lo hicieron los primeros discípulos del Señor. Os invito a entrar en este año, en este momento en que estamos viviendo esta pandemia. Seamos honrados para distinguir lo que desde nosotros podemos ver y lo que se ve desde el Señor. Esto es fundamental para retomar la vida de otra manera.
Constatemos que el optimismo que viene al margen de Dios es pura fachada. Una fachada ilusoria que quiere esconder a veces los propios fracasos, la irracionalidad de los actos, las violencias, los miedos...
Entremos desde Jesucristo. Entremos con la experiencia de la resurrección en nosotros. No podemos quedar impasibles ante las situaciones del mundo. Hay que entrar en el sepulcro. Es decir, hay que entrar en este mundo con la actitud de Pedro y del otro discípulo que viendo que no había más que vendas en el suelo creyeron en la resurrección del Señor. Experimentaron la vida de una forma absolutamente nueva, e intentaron decir a los hombres el modo nuevo en que debían vivir.
Os quiero decir, con todo mi cariño y mis fuerzas, con toda la pasión que el Señor ha puesto en mi vida para cuidar a todos, a todos, a los que creéis, quizá a los que estáis al margen... pero quiero que lleguen estas palabras a vuestra vida.
Quiero que lleguen. Os quiero decir: si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de allá arriba, donde está sentado Cristo a la diestra de Dios .La experiencia de la resurrección significa no solo que Jesús después muerto vive, sino que Jesús es lo que realmente pretendía ser para el pueblo y ahora lo ha llegado a ser en una plenitud insospechada. Significa que la causa de Jesús sigue vigente.
Estoy convencido, queridos hermanos, que este tiempo que hemos comenzado es un tiempo de testigos; es un tiempo de místicos; un tiempo de hombres y mujeres que se entregan al proyecto de Jesús con el optimismo que viene de la resurrección; un tiempo para los jóvenes, a quienes desde aquí, esta noche, quiero recordar especialmente; a los miles de jóvenes que venís los primeros viernes de cada mes a orar aquí conmigo. Creéis en la resurrección. Anunciar la resurrección de Jesucristo. Os convoco a ser testigos de la resurrección. Porque la resurrección en primer lugar nos invita a que aportemos con nuestras vidas, en este mundo y en esta cultura, el valor y la importancia que tiene el reconocimiento de Dios para la fundamentación de la vida social, cultural y moral. No aparquéis a Dios. Yo sé que los que creéis no queréis aparcarlo. Pero nadie aparquéis a Dios. El reconocimiento de Dios da un fundamento a la vida social, cultural y moral. Creamos esto. Solamente el vacío espiritual es innatural. A menudo pueden decirnos a los cristianos que nuestra vida, en muchas maneras de expresarse, es innatural. No lo creáis. Lo que es innatural, y así se ha demostrado, ha sido el grito que todas las dictaduras totalitarias realizan o han realizado. Nadie habla de los traumas que está creando el vacío espiritual en nuestro mundo.
No ha perdido actualidad aquella frase de Bertolt Brecht que en el año 1955 decía: aún es fecundo el seno de donde salió eso. No ha perdido esta actualidad. Quizá hubo una tentación: creer que las cosas humanas iban a seguir siendo más o menos iguales después de eliminar a Dios de la vida. Es más, quizá pensaron que podían ser más humanas. Pues no. Las cosas y el hombre no son igual al margen de Dios. No son igual al margen de quien ha dado las medidas humanas. No nos engañemos. Hoy se nos invita a ser testigos de lo divino en una sociedad en la que quizá podemos tener la tentación de crearnos otros dioses. Hoy Cristo resucitado nos invita a protagonizar de forma clara la vida desde Él. Rehagamos la vida desde Cristo. A la manera de Cristo resucitado. La resurrección del Señor es una luz que cambia la vida. Nos hace reconocer a la persona humana como bien supremo del mundo. Como imagen de Dios en el mundo, que no podemos manipular a nuestro capricho.
La resurrección de Cristo provoca defender la vida, que en su esencia es amor. Y si no, los que estáis en las casas, los esposos, los hijos, los abuelos, mirad si no digo la verdad: la esencia de la vida es el amor.
Os invito a todos a que pongamos a disposición del Señor lo que somos, para anunciar su resurrección. Porque la resurrección nos invita a realizar una gran aportación en la fundamentación de una moral objetiva, no según las conveniencias personales. Vivir según Cristo es una llamada que esta noche escuchamos fuertemente.
Una alegría. Yo os invito a que conmigo hagáis este canto. Este canto que tantas veces hemos escuchado: Pascua sagrada, oh fiesta de la luz, despierta tú que duermes, y el Señor te alumbrará, Pascua sagrada, oh fiesta universal, el mundo renovado canta un himno a su Señor.
Con esta alegría de Pascua os digo: dejemos el hombre viejo, revistámonos del Señor.
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