Advertencia

JUser: :_load: No se ha podido cargar al usuario con 'ID': 11

Queridos hermanos y hermanas:

Al reunirnos en este domingo en el que comenzamos este Encuentro Internacional Paz sin Fronteras en Madrid, recibid la acogida de la Madre Iglesia en esta celebración de la Eucaristía, donde la compasión y la misericordia de Dios tienen una presencia y manifestación clara. Solo el Señor crea en nosotros un corazón puro y nos renueva por y desde dentro, impulsándonos con su Espíritu y abriéndonos los labios, para que desde lo más hondo de nuestra existencia hablemos del Dios de la paz y lo alabemos por siempre.

Queridos hermanos, la Palabra de Dios que hemos proclamado, nos muestra tres realidades de nuestra existencia: cercanos, invadidos, escogidos. 1) Cercanos a Él y contagiados por su misericordia y compasión; 2) Invadidos por su gracia, con el regalo de la fe y del amor, y 3) Escogidos e invitados a regalar su misericordia y amor.

Nuestro encuentro hoy tiene un significado singular. Nos hemos reunido aquí en Madrid personas llegadas de diferentes partes del mundo con una tarea: la paz. Es decir, vincular nuestra vida y esfuerzos a construir la cultura del encuentro, haciendo este trabajo con realismo encarnado, no desgajados de la memoria pero sin buscar refugios culturales a quien nos funda; viviendo desde un universalismo integrador a través del respeto a las diferencias; en el ejercicio del diálogo, abriendo siempre espacios de encuentro y desde una apertura a la vivencia religiosa con un compromiso personal y social. Gracias, Señor, por estos días que iniciamos de encuentro, reflexión y compromiso.

Desde la Palabra de Dios que acabamos de proclamar, me permito acercar su luz con tres ideas que resumen lo que el Señor nos quiere decir hoy:

1. Acercaos. Acercaos a Él y contagiaos con su misericordia y compasión (Ex 32,7-11. 13-14). El Señor nos dice a todos los hombres lo que dijo a Moisés: «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, […] se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: este es tu Dios». Hermanos, ante la cultura del fragmento o de la no integración, se nos está pidiendo en estos momentos de la historia no favorecer nunca a quienes pretenden capitalizar el resentimiento y el olvido de nuestros orígenes; ambas tareas debilitan vínculos. Cuando olvidó a Dios, el pueblo de Israel se hizo ídolos que dividían a los hombres, se olvidó de quien le había creado y liberado de la esclavitud. Y fue Moisés quien intercedió por su pueblo ante Dios. Asumió el compromiso de hablar a Dios para que su misericordia viniese sobre ellos. Hoy el Señor nos está invitando a trabajar con el realismo de la encarnación para crear más cauces de encuentro entre los hombres, más relaciones entre todos los creyentes, pues Dios siempre es un Dios de paz y no de guerra. Nos invita a recordar que seamos fieles a nuestro origen: ha sido el Señor quien nos ha sacado de la esclavitud y somos a quienes Él prometió multiplicar.

Por otra parte, desea que no nos desgajemos de la memoria: «Acuérdate de tus siervos, Abraham, Isaac y Jacob, a quienes juraste por ti mismo diciendo: multiplicaré vuestra descendencia […] y toda esta tierra […] se la daré a vuestra descendencia para que la posea siempre». La memoria es potencia unitiva, es potencia integradora. La memoria viene a ser el núcleo vital de un pueblo, permite reencontrarse con los principios y redescubrir la misión. Y hoy se acerca el Señor a nosotros para que caigamos en la cuenta de quiénes somos, pues hemos de buscar el modo de entender al ser humano en su origen. Fuimos creados a imagen de Dios, por tanto, creados para el encuentro, no para la división. No estemos divorciados con nosotros mismos; vivamos desde la llamada que todos tenemos a la trascendencia. Caer en la cuenta de que no son las corrientes de moda, ni los sentimientos del momento, ni las opiniones llenas de suficiencia que en el fondo ocultan desconcierto, las que nos ayudan al encuentro. Quien nos ayuda al encuentro es quien estuvo desde el principio con los hombres, quien nos creó a su imagen, para vivir unidos, buscando siempre la paz e intentando hacer de nuestro mundo una casa de familia. Por ello, acerquémonos a Él y dejémonos contagiar por su misericordia y compasión. Este contagio nos hará personas de encuentro.

2. Invadidos. Invadidos por su gracia con el regalo de la fe y del amor (Tim 1, 12-17). Hay que entrar en la cultura de la globalización desde el horizonte de la universalidad, nos incorporamos en armonía todos, sin renunciar a lo nuestro, a algo que nos trasciende. Y ello no se puede hacer por vía del consenso, sino del diálogo que es la vía más humana de comunicación. Tenemos la urgencia de instaurar espacios de diálogo que destruyan prejuicios y construyan siempre en función de la búsqueda del común, del compartir, con un trabajo y un proyecto compartidos. ¡Qué bien nos lo ha dicho el apóstol san Pablo en ese diálogo que mantiene con Timoteo! ¡Qué apertura comunica san Pablo después de vivir el encuentro con Jesucristo!

La confesión paulina de la obra que hizo Jesucristo en él, que se fió de su persona y le confió el ministerio, tiene una fuerza extraordinaria para nosotros también. El Señor se ha fiado y ha tenido compasión; derrocha su gracia en nuestras vidas, pues nos ha dado la fe y su amor. Y nos la dio para que ese derroche de amor lo mostremos con nuestra vida a todos los que encontremos en el camino. Hagamos puentes para comunicarlo, construyamos pistas por donde todos puedan pasar. Sí, nos dio la fe y el amor, que nos regalan una visión absolutamente nueva del hombre y de todo lo que existe, donde nadie sobra y todos tienen un lugar, donde nadie estorba sino que todos somos necesarios. La presencia de Dios en nuestra vida es una fuerza creativa, dinamiza hacia la belleza, la bondad, el bien y el encuentro. Nos hace descubrir lo que san Pablo vivió cuando nos dice: «Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero». Mantengamos vivas las huellas de Jesús para derrochar y comunicar la gracia. Entremos y mantengamos en medio del mundo esta corriente de gracia, siendo hombres y mujeres de fe y comunicadores del amor mismo de Dios.

3. Escogidos e invitados. Escogidos e invitados a regalar su misericordia y amor. Nosotros somos la Iglesia que, tejida por la caridad del Espíritu Santo, se encuentra con el Señor y con todos los hombres. Nos sabemos escogidos e invitados a proponer y regalar a todos los hombres la misericordia y el amor de Dios. Tres parábolas revelan el rostro que se manifiesta en Jesucristo y que el Señor quiere y desea que se manifieste a través de nosotros, a quienes nos ha dado su vida.

En la parábola de la oveja perdida es llamativo que el pastor deje a las 99 y se vaya tras la perdida. Expresa el valor del ser humano, nos manifiesta cómo todos hemos de estar atentos a las situaciones de nuestros hermanos los hombres, especialmente si hay situaciones inhumanas en las que puedan vivir. ¡Qué belleza adquiere la parábola cuando descubrimos que, desde el momento en que se entera de que una oveja se ha perdido, esta absorbe toda la preocupación del pastor! ¿Es así en nuestra vida cuando vemos que los hombres se desvían por el cauce de la división, de la ruptura, del enfrentamiento? ¿Vamos en su búsqueda? Cuando la encuentra, el pastor carga con ella en sus hombros. ¡Qué retrato hace Jesús de Dios! Dios es solo amor y su ternura cuida de nosotros: carga sobre sus hombros nuestra vida. Va en búsqueda hasta que encuentra; la búsqueda de Dios no tiene límites. Escogidos e invitados a mostrar el amor de Dios que es el que genera la paz. Y la alegría del encuentro, pidiendo a los amigos que lo feliciten, encontró a la oveja perdida.

La segunda parábola nos habla de la moneda perdida que pierde una mujer y que la busca por todos los lugares de la casa. Cuando la encuentra se lo comunica a todas sus vecinas. Expresa el empeño de buscar la moneda perdida y la alegría de encontrarla. Jesús con esta parábola nos muestra a un Dios que ama a todos, sea cual sea su conducta. Nos busca siempre, quiere encontrarse con todos. Pone de manifiesto el amor incondicional de Dios que va más allá de todo lo imaginable: siempre sale a nuestro encuentro, somos valiosos, nadie está perdido nunca. Dios nos está buscando y nosotros hemos de ser buscadores de todos los hombres para devolverles su dignidad. Jesús rompe nuestros esquemas, nos revela la compasión de Dios sobre el ser humano. Y nos lanza a construir el mundo regalando misericordia y compasión.

La tercera parábola es la del hijo pródigo o, mejor, la del padre misericordioso, porque aquí el importante es el padre. Refleja dos situaciones existenciales: el hijo menor que reclama su identidad (dame la parte de mi herencia, devuélveme lo mío, quiero vivir por mi cuenta), prescindiendo de Dios; y el hijo mayor que, teniéndolo todo con su padre, viviendo en la presencia de Dios, no es consciente de lo que tiene y se molesta porque el padre haga una fiesta cuando regresa su hermano. Son dos situaciones de ruptura con la esencia de quien posibilita construir la cultura del encuentro.

El hijo menor, en medio del mundo, se da cuenta de que perdió su identidad y toma la decisión de regresar y volver a recuperarla. Huir de uno mismo y de los demás es lo que crea disputas, envidias, guerras, enfrentamientos. En el regreso siente la acogida y la alegría de Dios; percibe el abrazo y la alegría de recuperar su identidad. Es la manera de crear encuentro y no distancias. Mientras, el hijo mayor, que está molesto por la acogida de su hermano, tiene que escuchar de su padre algo de lo que no se había dado cuenta nunca a pesar de haber vivido siempre a su lado: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo, deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado». Es decir, no te has enterado de mi cercanía y amor y no lo sabes comunicar, por eso te molesta la presencia de tu hermano. Cercanía, libertad, identidad, donación, esperanza, pasión por los demás, es lo que nos regala siempre Dios.

Hermanos, Jesucristo se hace presente en el misterio de la Eucaristía y su encuentro con nosotros nos impulsa a vivir cercanos a Dios, invadidos por su gracia y escogidos e invitados para vivir e impulsar siempre la cultura del encuentro, que lo es de paz, de servicio a la fraternidad. Estos días serán para nosotros días de gracia, pues nos convertimos en buscadores intrépidos del deseo del Señor expresado por los pastores de Belén: gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que ama el Señor. Amén.

Querido sacerdote, don Silverio. Queridos hermanos sacerdotes y diáconos. Excelentísimo señor presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial. Excelentísimo señor presidente del Tribunal Constitucional. Magistrados. Y personal de la administración de justicia.

Yo os agradezco el que el comienzo de vuestros trabajos en este curso lo realicemos iniciando este trabajo en esta celebración de la Eucaristía, con la convicción absoluta de lo que nos decía hace un instante el salmo 61: «De Dios me viene la salvación y la gloria».

Como hemos repetido, es esperanza, es roca, es salvación, nos fiamos de Él, desahogamos en Él nuestro corazón.

La palabra que el Señor entrega a la Iglesia en este día nos habla precisamente, en primer lugar, de aprender de Cristo siempre. En la persona de Cristo se encierran todos los tesoros del conocer, como nos decía hace un instante el apóstol Pablo en este texto de la carta a los Colosenses. Se encierran todos los tesoros. Se encierra la sabiduría. Y Dios ha querido dar a conocer la gloria y la riqueza por Jesucristo nuestro Señor. Este misterio, en quien está encerrado todo el saber y todo el conocer, por supuesto que tienen que ver con vuestro trabajo en búsqueda, también, de la justicia.

En el transcurso de vuestros años de trabajo, habéis experimentado que la búsqueda de la justicia duradera siempre es una misión que compromete; que os pide un trabajo arduo, constante, sin tregua; que, como decía el Papa en la Jornada mundial de la Paz de este año, es como una flor frágil: trata de florecer entre las piedras siempre. Pero florece, la justicia. Y, por tanto, nos reclama a todos nosotros el seguir diciendo con determinación, sin fanatismos, con valentía, sin exaltación, con tenacidad pero con inteligencia: no a la injusticia que destruye siempre la paz entre los hombres y la reconciliación.

Y la justicia sabemos que no solo es la ausencia de injusticia, sino el compromiso incansable, especialmente de aquellos que tenéis una responsabilidad amplia de reconocer y de garantizar y reconstruir concretamente esa dignidad que tantas veces olvidamos o ignoramos de todos los hombres. Para que puedan sentirse los principales protagonistas del destino de este mundo, pero haciéndolo sin perder de vista que la justicia es, de alguna manera, ese caldo de cultivo que provoca siempre el bien entre nosotros.

Una cultura de la justicia es, precisamente, lo que el apóstol nos indica también cuando nos dice que aprendamos de Cristo a descubrir los tesoros del saber y del conocer. Una cultura de la justicia requiere un proceso constante, en el cual cada nueva generación se siente involucrada por un camino que tiene que ser el que propicie siempre la cultura del encuentro. Y puede impregnar todo: reconocer al otro, estrechar lazos, tender puentes. Y, en este sentido, es importante t fundamental vuestro trabajo.

Yo, sinceramente, teniendo la fuerza de la palabra del Señor, os lo agradezco. Porque, como nos decía el apóstol hace un instante, aprendemos de Cristo esos tesoros donde se encierra el saber, el conocer, y también vuestro trabajo.

En segundo lugar, hemos escuchado el Evangelio, que nos hablaba y nos hacía en primer lugar una pregunta: una pregunta sobre la justicia. ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o hacer el mal? Es verdad que había grupos en tiempos de Jesús, como nos dice el Evangelio, los escribas y fariseos, que estaban al acecho para saber si curaba en sábado el Señor. Para tener algún motivo de acusación. Por eso, qué importante la pregunta qué les hace: ¿qué está permitido, hacer el bien o hacer el mal?.

Qué maravilla, queridos hermanos, hermanas, que vosotros, en vuestro trabajo, también tenéis esta pregunta, porque buscáis siempre el bien, buscáis el que se logre el bien. El bien es la justicia, el bien logra la paz, el bien nos entrega a los hombres la capacidad para vivir en la reconciliación. Pero, al mismo tiempo, el Evangelio da una sentencia, como habéis escuchado una sentencia justa: Jesús echó una mirada a los que estaban a su alrededor, y le dijo a aquel hombre, que quería hacerle un bien, porque quería recuperarlo: extiende tu brazo. Y nos dice el Evangelio que quedó restablecido. Quedó curado. Curado. Es verdad que a los que buscaban hacer daño, eliminar a quien quería curar, y por tanto hacer justicia, es verdad que aquello les sentó mal, porque no querían hacer el bien en aquel caso. Les importaba más una situación que era secundaria que la situación principal, que es que el corazón del ser humano esté reconciliado consigo mismo y esté reconciliado también con los demás. Por eso, a esta pregunta sobre la justicia hay una sentencia justa que es la que da Jesús: su brazo quedó restablecido.

Queridos hermanos: que vuestros trabajos, durante este curso que iniciáis, sean precisamente para restablecer esa justicia, y esa paz que nace también de la justicia, en todos los hombres y en todas las situaciones por las que estáis trabajando. Que el Señor bendiga durante este año vuestros trabajos y os de el conocimiento de esa sabiduría que Jesucristo, una vez más, nos entrega con su presencia real, en el misterio de la Eucaristía.

Que el Señor os bendiga siempre.

Queridos hermanos obispos, don Juan Antonio y don Jesús. Excelentísimo cabildo catedral. Queridos hermanos sacerdotes. Queridos seminaristas.

Excelentísimo señor alcalde de nuestra ciudad de Madrid. Autoridades civiles y militares. Ilustrísimas autoridades. Hermanos y hermanas todos.

En esta fiesta de la Santísima Virgen María, y en este domingo, el Señor nos permite descubrir qué significa para todos nosotros pertenecer a la Real Esclavitud. Qué contenido damos a nuestra vida cuando nos incorporamos a esta asociación de la Iglesia. Lo habéis escuchado en la Palabra que hemos proclamado. Pero quizá donde mejor se ve es fijándonos por unos instantes en dos expresiones de la Santísima Virgen María. La primera de ellas, cuando el Señor le pide que ofrezca su vida para ser su madre. Cuando le pide un servicio a esta humanidad. Y recordáis la expresión de la Virgen: «he aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu Palabra». Y otra de ellas es la actitud de la Virgen ante las necesidades de los hombres. El primer milagro que hace Jesucristo, donde se manifiesta que es Dios, es en las bodas de Caná. Una situación de una familia, de un grupo, que vivía en apuros, que tenia necesidad, que no podía celebrar la fiesta porque faltaba el vino. La respuesta de María recordad que fue también con esta expresión: «haced lo que Él os diga».

Son dos expresiones, «aquí me tienes, Señor» y «haced lo que Él os diga», que de alguna manera definen lo que está celebrando en estos momentos esta Real Esclavitud. Y yo quisiera que lo descubriésemos también en la Palabra que el Señor nos entrega este domingo, a través de la Iglesia. Con tres palabras: sabios, hermanos y centrados. Tres palabras que resumen la Palabra de Dios que acabamos de proclamar, y que nos manifiestan también el significado de esas dos expresiones de la Virgen María.

En primer lugar, vivir con la sabiduría de Dios. Esto es lo que hace María. Daos cuenta de que, cuando a través del ángel, Dios la pide que preste la vida para hacerse presente en este mundo, para tomar rostro humano, Ella, no es que dude, hace una pregunta: «¿Cómo será esto? No conozco varón». «El Espíritu vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra». Es decir: es la sabiduría de Dios, a la que responde la Virgen María, porque lo que no es posible para los hombres, Ella sabe que es posible para Dios, porque tiene la sabiduría de Dios. Y por eso dice: «aquí estoy. Hágase en mí según tu palabra».

Por eso, hermanos, han sido maravillosas las expresiones que hemos escuchado en la primera lectura del libro de la Sabiduría. ¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? ¿Quién rastreará las cosas del cielo? ¿Quién conocerá el designio de Dios? Solamente aquellos que acogen la sabiduría de Dios. Solo conocemos de verdad si acogemos la sabiduría de Dios. Así haremos los caminos rectos y descubriremos que esta sabiduría salva, es salvadora para los hombres.

En segundo lugar, hermanos, vivir como hermanos. No solamente vivir con la sabiduría de Dios, que ya es. Sino que se tiene que manifestar: vivir como hermanos. La Virgen María, en las bodas de Caná, no se pone aparte, no se echa a un lado ante las dificultades reales que tienen los hombres. Aquella familia en concreto. Ella dispone, pero naturalmente remite. Remite a alguien que nos hace diferentes.

Si os habéis dado cuenta, en esta segunda lectura que hemos proclamado, de la carta de Pablo a Filemón, hay algo extraordinario. Quizá algo que es necesario que los hombres conozcan cada día más, y más y más: el descubrir que tenemos un titulo que nos ha dado el mismo Jesucristo cuando nos ha dado su vida por el bautismo. Somos hermanos de todos los hombres. Porque quien siendo Dios se hizo uno de tantos, y se hizo hombre, y se hizo el hermano mayor de todos los hombres. Esto es lo que expresa Pablo. Pablo, anciano, prisionero, había conocido a Filemón. Y Filemón se había convertido al cristianismo. Un hombre que tenía esclavos. Y en un viaje, Filemón le presta uno de sus esclavos para que vaya con él. Y este esclavo se convierte. Se hace cristiano. Y Pablo, cuando lo devuelve a su dueño, lo que hace es mostrarle cómo tenemos que tratarnos los unos a los otros cuando tenemos la vida del Señor. La tiene Filemón, el dueño. Pero le dice Pablo: No he querido retenerlo conmigo. Quizá se apartó de ti, que lo tenías como esclavo, para que lo recobres ahora, mucho mejor, como hermano».

Hermanos. Queridos hermanos: esta es la palabra. Somos hermanos. Un discípulo de Cristo ve en el otro a un hermano. Y esto no es buenismo. Esto es vivir en lo que somos. Si tenemos la vida del Señor, que es nuestro hermano mayor, que nos ha hecho hermanos de todos los hombres, de todos los hombres, devolvamos, como el apóstol Pablo hizo a Filemón, el recado: es tu hermano. Remitamos y vivamos esta experiencia de sabernos hermanos. Con la sabiduría de Dios, y viviendo como hermanos.

Y, en tercer lugar, centrados, queridos hermanos. Centrados. Sí. El centro de nuestra vida es Jesucristo, Esta tarde estamos reunidos aquí, y nos reúne su santísima Madre. Pero nos reúne y nos remite, como hizo en las bodas de Caná, a hacer lo que El nos diga. Queridos hermanos: centrados. Tenemos un centro, que es Cristo; tenemos una tarea, la que hizo Jesucristo; y tenemos una riqueza, la que viene de Jesucristo. Tenemos, por supuesto, un centro. Lo habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado: si alguno viene en pos de mí, si alguno se viene conmigo, y no pospone a su padre y a su madre… ¿Acaso Jesús está contra la familia? ¿Acaso Jesús nos pide que la dejemos al lado y no nos preocupemos de ella? Resultaría muy extraño que Jesús nos pidiera esto. Sería inhumano. Y Jesús es la humanidad en plenitud. Eso no es posible. Lo llamativo es que se haya mantenido lo que Jesús nos dice aquí, en estas palabras. Nos quiere decir que el que quiera ser discípulo de Él, es alguien que le elige a Él, a Jesús. Que le elige como valor absoluto de la vida.

Esta es la elección que hizo la Virgen María cuando Dios le dijo: «¿me prestas la vida». Y Ella dijo: aquí estoy. Elijo servir a Dios. Hacerme esclava de Dios. La referencia última en todo, por encima de todo, es Jesucristo. ¿Veis? Centrar. El centro de nuestra vida es Jesucristo. Por eso, los cristianos, cuando nos reunimos los domingos a celebrar la Eucaristía, lo que queremos hacer es recordar que el centro es Cristo. No tenemos otro. Y es su palabra, que nos orienta, que nos encamina.

Tenemos un centro. Tenemos una tarea. La segunda afirmación que hacía el Evangelio: quien no lleve su cruz, no puede ser discípulo mío. Llevar la cruz. Llevar la cruz no quiere decir únicamente vivir con serenidad, dificultades y sufrimientos. Llevar la cruz quiere decir seguir el camino que Jesús nos enseñó, afrontando con confianza esfuerzos, sufrimientos, y que esto comporta seguimiento. Y esto puede llegar a hacernos sufrir, como Jesús tuvo que sufrir las consecuencias. Pero este es el camino que lleva la vida. Una tarea: seguir a Jesús.

¿Veis? Centrados en Cristo significa tenerle a Él, seguir sus huellas, seguir sus pasos, y también significa tenerle como única riqueza. «El que no renuncia a sus bienes no puede ser discípulo mío». Esta afirmación de Jesús propone un camino de liberación total. La renuncia a todo lleva consigo renuncias a seguridades, a prestigio, a poder, a dinero. Se trata de una disponibilidad y una libertad para el seguimiento de Jesús: convertir la propia vida en don y en servicio a los otros. Que es lo que hizo Jesús, y es lo que hizo la Santísima Virgen María. Porque, queridos hermanos, cuando Ella presta la vida a Dios, convirtió su vida en don y en servicio a todos los hombres, por los siglos de los siglos.

Por eso, hermanos, en esta tarde, le damos gracias al Señor. Nosotros queremos ir detrás de aquel que, enamorando nuestro corazón, nos despierta posibilidades ignoradas de nuestro ser. Queremos ir tras el Señor. Pero queremos hacerlo como lo hizo la Santísima Virgen María. Y sabemos que Ella nos ayuda. Fue Jesús, cuando estaba en la cruz, cuando nos la regaló como madre: «Ahí tienes a tu madre», le dijo a Juan, y en Juan estábamos todos nosotros. Para hacernos también esclavos de nuestra madre. Y para hacernos hombres y mujeres que queremos vivir con la sabiduría de Dios, siendo hermanos de todos los hombres, y centrando nuestra vida en Jesucristo nuestro Señor.

Hermanos: Jesucristo se hace presente aquí, en el altar, en el misterio de la Eucaristía. Jesucristo viene junto a nosotros. Haced lo que Él os diga, nos ha dicho y nos dice su Santísima Madre. Es más, Ella ha dicho: hágase en mí según tu palabra. Y nosotros, esta tarde, al reunirnos aquí en esta fiesta de gozo, le decimos al Señor: Señor, nosotros queremos tener tu sabiduría, deseamos ser hermanos de los hombres, deseamos construir la fraternidad, pero sabemos que solamente solo podemos conquistar y poseer si centramos tu vida en tu persona. Que es lo que queremos hacer en esta celebración de la Eucaristía, y en esta fiesta de la Real Esclavitud.

Que el Señor os bendiga siempre y os guarde. Amén.

Media

Arzobispado de Madrid

Sede central
Bailén, 8
Tel.: 91 454 64 00
arzobispado@archidiocesis.madrid

Cancillería

info@archidiocesis.madrid

Catedral

Bailén, 10
Tel.: 91 542 22 00
informacion@catedraldelaalmudena.es
catedraldelaalmudena.es

 

Medios

Medios de Comunicación Social

 La Pasa, 3, bajo dcha.

Tel.: 91 364 40 50

infomadrid@archidiocesis.madrid

Informática

Departamento de Internet
C/ Bailén 8
webmaster@archidiocesis.madrid

Servicio Informático
Recursos parroquiales

SEPA
Utilidad para norma SEPA

 

Search