Advertencia

JUser: :_load: No se ha podido cargar al usuario con 'ID': 4

Queridos hermanos obispos don Santos, don José y don Jesús. Querido vicario general. Vicarios episcopales. Queridos hermanos sacerdotes, diáconos. Queridos ordenados que dentro de unos momentos vais a recibir el diaconado, el orden de diáconos. Queridas familias y amigos de quienes se van a ordenar y que estáis aquí presentes. Queridos hermanos y hermanas todos. Queridos miembros de la vida consagrada que habéis querido estar aquí, presentes en este día.

Queridos Pablo, Carlos, Juan, Jesús Manuel, Francisco Javier, Francisco, Miguel, Jorge, Carlos, Alejandro, Martín, Alejandro, José Ignacio, Jesús, Gabriel, Jean Yves, Rubén, José María, Theodore y Antoine.

Para mí, como veis, y como podéis comprender, y para todos vuestros compañeros del Seminario, que están formándose con vosotros, y por supuesto para los dos rectores –el recto de nuestro seminario diocesano, don José Antonio, y el rector del seminario misionero Redemptoris Mater- es una alegría para ambos, después del proceso de formación, que hoy podamos vivir, con vuestras familias, este momento.

Lo hacéis en un día singular y especial, que es la solemnidad de la Santísima Trinidad. Este Dios, que se nos ha mostrado como creador de todo lo que existe. Un Dios que Jesús nos pidió que le llamásemos Padre, porque al decirlo así sabíamos que todos los hombres que están a nuestro alrededor son hermanos. Un Dios que ha querido hacerse presente en esta tierra y en este mundo, y tomar rostro humano, para que nosotros sepamos qué rostro tenemos, qué rostro diseñó Dios desde el principio al ser humano, y cómo quiere que caminemos por esta tierra y por este mundo.

Pero, además, es un Dios que no nos ha dejado solos. Nos ha dado la fuerza del Espíritu Santo. Que hizo posible que aquellos seguidores primeros de Jesús, los apóstoles, de hombres miedosos y cerrados en un lugar y en una estancia por un tremendo miedo que tenían a que les pasase igual que a nuestro Señor, cuando reciben la fuerza del Espíritu que el Señor les habría prometido, salen y abren puertas, y anuncian a nuestro Señor Jesucristo con todas sus fuerzas, hasta dar la vida por Él. En este día, precisamente, os ordenáis como diáconos.

Creer en el misterio de la Trinidad es creer que la comunión y el amor entre los seres humanos es posible. El amor y la comunión es el dinamismo que rompe todo aislamiento. Que vence nuestra tendencia al narcisismo, y posibilita el verdadero encuentro con las personas. El papa Francisco nos está hablando a los cristianos que tenemos que hacer esa cultura que comenzó ya cuando Dios vino a esta tierra y se hizo hombre: la cultura del encuentro. No la del aislamiento. No la de desentendernos de los demás. Es la comunión la que hace posible todo crecimiento auténtico. Nos realizamos en comunión y en relación, tal como nos muestra y nos lo revela Dios mismo en este día en que celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad.

Es creer que el ser humano, creado a imagen de Dios, se realiza en la medida en que se relaciona. Se libera cuando se abre. Y crece realmente cuando ama. Y cuando lo hace como Dios mismo. Dios es un despliegue de amor personal. Y a esto estamos llamados todos nosotros. Vivir y realizarse es precisamente entrar en el misterio de Dios, que es comunión y es amor. Y dejar que esa vida circule entre nosotros. Entre todos los seres humanos.

Y hoy os ordenáis de diáconos porque el Señor, precisamente cuando celebraba la última cena, y antes de regalarles su propio misterio y ministerio a los apóstoles, e incluso antes de compartirles su vida y alimentarles de su propia vida, quiso ponerse a lavar los pies a los apóstoles. La diaconía. Mostró el Señor hasta dónde llega. La diaconía que él mismo, siendo Dios, no tuvo a menos hacerlo con los hombres. Y después de lavarles los pies, les dijo a los discípulos: ya veis lo que yo he hecho. Lo que yo he hecho con vosotros, hacerlo vosotros con todos los hombres.

Queridos hermanos: esta es la ordenación que vais a recibir. Diáconos para situaros ante los demás, sirviéndoles. Es verdad que no os ordenáis para ser diáconos permanentes. Vais a ordenaros para ser presbíteros. O vais a prepararos para terminar siendo presbíteros. Pero es verdad que el presbítero realmente tiene que ser diácono también. No pierde esa diaconía nunca. Como tampoco el obispo, que recibió también el diaconado antes de ser sacerdote. Y tiene que vivir sirviendo. Y acercando el amor de Dios. Siempre que sentimos necesidad de amar y ser amados, siempre que buscamos acoger y ser acogidos, cuando disfrutamos de una amistad que nos hace crecer, cuando sabemos dar y recibir, estamos presintiendo de alguna manera el misterio de la Trinidad inscrito en lo profundo de nuestro ser. Y ese misterio lo regaláis vosotros. Desde esa diaconía de la comunión, del seguimiento, y de la misión.

En esta fiesta de la Trinidad, tenemos que recordar necesariamente que la crisis de nuestra civilización occidental y de nuestro mundo actual solo tiene salida por el camino del amor, de la comunión y de la solidaridad entre los seres humanos. Esta es la gran voz del Espíritu que estamos invitados a dar, a escuchar y a anunciar a todos los hombres.

Por eso, yo quisiera esta tarde, después de haber escuchado la Palabra del Señor, invitaros a realizar esa revolución que comenzó precisamente el día en que el Señor instituye la Eucaristía, y cuando se arrodilla ante los apóstoles, y cuando les dice: «Lo que yo hago, que no he venido a ser servido sino a servir, hacedlo vosotros también».

Qué bien nos hace entender el Señor cómo el corazón evoca siempre la profundidad del ser humano. Sí. Esa profundidad donde está el origen de las opciones de orden moral, del amor, de amor o de odio, de paz o de violencia. Cuando hablamos del corazón de Dios, lo que estamos recordando es la ternura fiel y para siempre. El hombre no mira las apariencias. A veces se queda solo en las apariencias. Pero Dios no. Dios mira el corazón.

Volvamos por un momento a recordar palabras de profetas que nos decían, como el profeta Jeremías: «Pondré mi ley en vuestro interior, y sobre vuestros corazones la escribiré. Y yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo». O aquellas del profeta Ezequiel: «Yo os daré un solo corazón. Y pondré en vuestro corazón un espíritu nuevo. Quitaré el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne». Y es que, queridos hermanos, la nueva ley que inaugura nuestro Señor, y que nos ha regalado a todos los que estamos aquí, esa ley trae precisamente la revolución de la ternura. Que no va a estar grabada en tablas de piedra. Estará grabada en tablas del corazón.

Por otra parte, san Pablo nos habla: «Vosotros sois nuestra carne, escrita en vuestros corazones». Conocida y leída por todos los hombres. No en tablas de piedra, sino en tablas de carne. En los corazones. Siempre está en el apóstol Pablo el tema del corazón. Nos está remitiendo a la interioridad del ser humano. A la verdad que se refiere a la acogida de la salvación, para no caer en la dureza, la incomprensión, o la negativa de seguir a Jesús. Qué alcance tan grande tienen esas palabras de Jesús: «Donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón».

En definitiva, todas las acciones del hombre surgen de esa profundidad. De ahí que muchas veces el hombre no sabe apreciar el don de ser hijo de Dios. No. Al contrario. Nos entretenemos en otras opciones distintas. La referencia constante al corazón, en el evangelio de san Juan, nos hace ver la importancia que tiene el corazón. Sin él, no entendemos el mensaje de Jesús.

Yo quisiera que en esta ordenación, que dentro de unos momentos vais a recibir, entendieseis lo que significa en vuestra vida ser diáconos y ser hombres que mantenéis esta revolución de la ternura que comenzó Dios mismo. No es simplemente la ternura de naturaleza ética o moral, si no es pascual. Brota el amor de ternura del mismo Jesús. De la alianza nueva que Él inaugura en su persona. Del acontecimiento de la muerte y resurrección. Quizá, para que lo entendáis, venga bien recordar tres estampas del Evangelio que habéis escuchado mucho, pero que en este día quiero entregarlas también a vuestro corazón.

Recordad al buen samaritano. A Jesús, un doctor de la ley le pregunta una cuestión de orden académico: maestro, qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna. Y la respuesta de Jesús fue inmediata: está escrito en la ley. El doctor de la ley le dice: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con toda tu mente, con todo tu ser, y al prójimo como a ti mismo. Y la respuesta de Jesús la sabéis: bien has respondido. Haz esto y vivirás. Pero el doctor, experto en la ley, creía que había planteado una pregunta que no se podía responder en dos palabras; por eso, insiste otra vez: ¿y quién es mi prójimo? Y el doctor de la ley quería poner entre la espada y la pared a Jesús. En el judaísmo, se interpretaba «ama a tu prójimo» queriendo decir «ama a tu compatriota». Jesús saca de los aires la pregunta, y responde con una parábola. Saca de hacer elucubraciones, y responde con una parábola. Situándola en una peligrosa curva que hay entre Jerusalén y Jericó, en la que muestra si uno es o no prójimo del necesitado. Y, al terminar la parábola, como vosotros sabéis, pregunta al doctor, o pregunta al doctor Jesús: ¿quién de estos tres te parece que fue el prójimo? ¿El que cayó en manos de salteadores? La respuesta no dudó en darla el doctor de la ley: el que practicó la misericordia. Y la respuesta de Jesús es clara: vete y haz tú lo mismo.

Vais a recibir esta ordenación. Vais a ser diáconos. Servidores. No hagáis preguntas académicas. Aunque sea necesarias tenerlas en la mente. Dad respuestas con vuestra vida. Comenzad esta revolución de la ternura. Con las armas que nos entrega Jesucristo. Esta que nos ha dado: no desentendernos de nadie que veamos tirado.

Hay otra estampa: la del Padre misericordioso, que llamamos la parábola del hijo pródigo. Los dos hijos están llamados a la conversión y a la reconciliación. El centro de la parábola es el Padre. El milagro no consiste en el arrepentimiento del hijo menor, sino en la manifiesta ternura del padre que es capaz de perdonar y ha acogido de nuevo al hijo. Lo extraordinario es la ternura. La ternura de Dios, que anula el pecado del hombre, y al mismo tiempo es una ternura misericordiosa que nos revela la profundidad del pecado. El hijo se había negado a dejarse amar. Había huido del amor, para obrar por su cuenta. Y también el hijo mayor se irrita: tiene también necesidad de conversión y reconciliación, tanto o más que el menor. Y, una vez más, el padre toma la iniciativa. Sed rostro de Dios, queridos hermanos que vais a ser ordenados diáconos.

El padre toma la iniciativa. Con ternura y con comprensión. Lo hace claramente. No sabe el hijo mayor apreciar el don de ser hijo. No sabe amar. El otro, el hijo menor, en la vida real, se había dado cuenta de lo que amaba a Dios. La parábola presenta la manifiesta ternura de un Dios capaz de resucitar a los hijos si se abren a esa ternura y se hacen capaces de ternura el uno al otro. Es una invitación a eliminar el espíritu de revancha, el espíritu de rivalidad, y entrar en el espíritu de respeto y de fraternidad, que precisamente hoy, en este día en que celebramos esta solemnidad de Dios, en quien creemos, se nos pide. Por que Dios nos dice: sois una gran familia. Sois hijos de Dios. Sois hermanos. Os he enseñado cómo hay que vivir en este mundo. Qué camino tenéis que recorrer. Cómo soy yo realmente. Y cómo me comporto con vosotros. Haced lo mismo.

Y otra estampa es la del fariseo y el publicano. Esa parábola. Dos personajes en contraposición, que representan dos posiciones extremas: el observante de la ley, y separado de todos lo demás, que se siente en pureza legal; y el recaudador de impuestos, considerado por sus paisanos como un explotador y colaborador de los romanos, señalado por los demás. La parábola intenta desenmascarar el egoísmo sin medida y las apariencias. Desenmascara una concepción de la religión con apariencias de piedad. Con apariencias de oración. Y Dios no puede ser tapadera o instrumento de quien no considera que hay que pedir a Dios. Hay que situarse ante Dios. Hay que ponerse en las manos de Dios. Frente al publicano, ¿veis?, que se mantiene lejos, sin atreverse a mirar, callado, de rodillas, sin levantar la cabeza. Es la plegaria de un pobre que se entrega y pone la vida en manos de Dios.

Queridos hermanos que vais a recibir el diaconado: hoy, en el altar donde el Señor celebró la última cena, y donde antes de celebrar la última cena se arrodilló y nos dijo que sirviésemos a los demás, servid esta diaconía. La de Jesús. Esa que se nos muestra en estas tres estampas. No las olvidéis nunca. Es fácil de recordar. Sed samaritanos. Id a donde la gente está sufriendo. Acercaos, y no os desentendáis de quien sufre. Id también con el rostro de ese padre bueno que representa Dios en la parábola del padre misericordioso del hijo pródigo. Y dentro de los que encontréis, seguro que encontráis aquellos que vienen y quieren buscar el abrazo de Dios porque han experimentado decepción en la vida, como el hijo menor, pero también gente que incluso está junto a vosotros pero que le parece mal que recibáis a quien se marchó por el motivo que fuere. También este necesita conversión. También este necesita que vosotros le enseñéis, sirviéndole y amándole, el rostro de Dios. Y situaros siempre también ante Dios con necesidad de Él. No os sintáis en propiedad de la verdad. La verdad solamente es el Señor. Acoged y situaros acogiendo esa verdad, que es Jesucristo nuestro Señor. Invitados, en este día de la Santísima Trinidad, en el que vais a ser ordenados, a realizar esta revolución de le ternura que por supuesto tiene que ver con el mandamiento nuevo del amor: amaos los unos a los otros como yo os he amado.

Que el Señor os bendiga. Que bendiga nuestra iglesia diocesana, y la iglesia entera. Aquí vais a ser ordenados los que estáis estudiando en el seminario metropolitano y los que estáis estudiando en el Redemptoris Mater para salir a la misión, para iros a otros lugares de la tierra donde os manden. Donde os mandemos. Pero es verdad que donde estéis, tenéis que asumir esta diaconía que tan bellamente el Señor nos expresa en estas tres estampas que os quiero regalar en este día de vuestra ordenación.

Que el Señor os bendiga. Pablo, Carlos, Juan, Jesús Francisco, Francisco Javier, Francisco, Miguel, Jorge, Carlos, Alejandro, Martín, Alejandro, José Ignacio, Jesús, Gabriel, Jean Ives, Rubén, José María, Theodore y Antoine. Acoged este regalo. Seguro que la gente que hoy está con vosotros -amigos, familia, hermanos- están contentos, porque no hay cosa más bella que dejarse organizar la vida por Jesucristo nuestro Señor, como lo va hacer ahora ordenándoos diáconos para que seáis servidores del amor de Dios a todos los hombres.

Que así sea.

Media

Queridos responsables de nuestra Delegación de Laicos, Familia y Vida. Queridos matrimonios que habéis venido hoy a esta catedral para celebrar vuestras bodas de oro y plata con nosotros. Hermanos y hermanas todos.

Es un día especial para celebrar, para hacer esta celebración. Es la solemnidad de la Santísima Trinidad, este Dios único y verdadero que nos ha mostrado su rostro como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y nos la ha mostrado a los hombres. Por eso, hemos cantado al inicio de la celebración: «Señor Dios nuestro, qué admirables tu nombre en toda la tierra».  Sí, es admirable este Dios que se acuerda de nosotros. Se acuerda del ser humano. Nos ha hecho poco inferior a los ángeles, pero nos ha coronado de gloria y dignidad, haciéndonos a su propia imagen. Nos ha creado a imagen de Dios. Y nos ha dado el mando sobre todo lo creado. Nos ha puesto para que organicemos este mundo y esta tierra. Porque todo lo ha puesto bajo nuestros pies, como nos decía el salmo 8 que acabamos de proclamar.

Queridos hermanos: todos nosotros somos un sueño de Dios. Pero, hoy que estáis aquí los matrimonios, el matrimonio es el sueño que Dios quiere alcanzar ya en esta tierra mostrándonos que la comunión en el amor es lo más grande que se puede aportar a este mundo. Y a esta tierra. Cuando un hombre y una mujer unen sus vidas para siempre, la aportación que hacen es, en definitiva, esa que hoy celebramos en esta fiesta de la Santísima Trinidad. Sueño de Dios. Sueño para todos nosotros, queridos hermanos.

Hoy nosotros celebramos este sueño, que muchos habéis vivido como una realidad presente en la vida, junto a los vuestros, durante estos 25 años, o 50 años que algunos celebráis.

Yo quisiera acercar a vuestra vida la Palabra de Dios que acabamos de proclamar. Y de una forma sencilla. Dios Padre es ese Dios que, al llamarle así, nosotros tenemos necesidad de mirar a los demás como hermanos. Esta es la gran sabiduría que Dios nos regala a todos nosotros. Y que alcanza precisamente su máxima delicadeza y su máxima fuerza en la unión del varón y la mujer, y en la descendencia, en los hijos, y en los nietos también. Cuando ese amor se expande y se hace concreto en personas concretas, el Señor nos remite a que lo tengamos que hacer también con otros.

Dios Padre. Pero no se conformó con esto, Dios. Dios quiso venir a esta tierra. Quiso hacerse hombre. Quiso hacerse presente entre nosotros. Quiso darnos la mano a todos nosotros. Por la fe, hemos tenido acceso a esta gracia. Tenemos la paz del Señor. Pero nos ha alcanzado Jesucristo nuestro Señor. Ese Dios Hijo nos ha alcanzado en nuestra vida. Y nos ha alcanzado porque nos aproxima con su propia vida cómo tenemos que vivir y relacionarnos en este mundo. Recordad aquella parábola del hijo pródigo. O también aquella otra parábola del buen samaritano. O también esa otra parábola del fariseo y del publicano. Son realidades que nos presenta el Señor, donde nos aproxima cómo tenemos que ser, porque lo hemos visto en Él cuando se hizo hombre y estuvo en esta tierra.

En la parábola del samaritano, él nunca se desentendió de nadie. Aquel que estaba tirado en el camino. Cuando le preguntaba aquel doctor de la ley a Jesús «quién es mi prójimo», él relata esa parábola, y pone ese ejemplo. Un hombre tirado en el camino. Pasan muchos. Pero solamente uno se detiene a recogerlo, a curarlo, a llevarlo en su cabalgadura a la posada, a no desentenderse de él… ¿Quién es mi prójimo? La familia quizá es donde mejor vivís esta experiencia. En la familia, estáis siempre al lado de quien tiene más necesidad. Siempre. Y lo hacéis de corazón. Y especialmente los padres. Porque sentís y quisierais que eso que estáis viviendo, incluso sucediese en vuestra vida antes que en vuestros hijos, vuestros nietos…

La parábola del hijo pródigo que se marcha de casa, o el otro que se queda, pero los dos están en ingratitud. Uno porque quiere vivir por su cuenta, quiere vivir independientemente de Dios, que representa el padre; y el otro que se queda, pero quiere vivir como único. Al único que se atienda. No hay más necesidades que atender. De tal manera que cuando regresa a esa casa, la postura del padre es la que nos aproxima Jesús que hemos de tener nosotros. Dios que se alegra, que sale corriendo en busca del hijo que llega, y un Dios que cuando el otro protesta también le dice: «Pero hijo, ¿no te das cuenta de que tú estás siempre conmigo, y que estás recibiendo lo mejor de mí?».

O la parábola, queridos hermanos, del fariseo y el publicano. El fariseo representa a ese hombre que parece que no necesita a Dios. No sé para qué va al templo, porque no necesita a Dios. Se presenta como el bueno, en la máxima grandeza de su obra. Y no es verdad. El otro se siente, y ni se atreva a mirar hacia lo alto. «Soy un pobre pecador, Señor, pero acógeme».

Queridos hermanos: el Padre nos hace ser familia. Descubrir que todos somos hermanos. El Hijo nos enseña cómo se hace familia. Y el Espíritu Santo nos entrega también, queridos hermanos, el amor. El amor mismo de Dios se hace presente. Quiso Jesús que lo tuviésemos nosotros. Y nos prometió que nos enviaría el Espíritu Santo. Este Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo es el que recrea hoy el matrimonio, queridos hermanos.

¿Qué significa el misterio de la Trinidad que hoy celebramos? Pues, queridos hermanos, que el Dios en quien creemos, que se nos ha revelado en Jesús el Señor, no es un Dios solitario; es un Dios comunión, es un Dios amor, un amor que se da, un amor que se relaciona y se unifica. El misterio que hoy celebramos, es un misterio de amor y de comunión de personas. Que, quizá, donde mejor lo entendéis, es precisamente en el matrimonio. Comunión de personas, que no se reservan absolutamente nada para sí mismas. Como lo manifiesta este misterio.

Jesús no predicó la Trinidad. Pero nos abrió el camino que conduce hacia el Padre. Y nos legó el Espíritu Santo para que viviésemos siempre de su amor. Pero no estamos hablando de tres en uno, sino de una única realidad, que es relación y que es amor. La Trinidad no es un crucigrama para cristianos, queridos hermanos. Es el misterio de un Dios que es amor. Y que es comunión. Y que nos pide a nosotros que vivamos esa comunión en nuestra vida. Y que en la máxima realidad donde se percibe esa comunión es precisamente en el matrimonio.

Creer en el misterio de la Trinidad es creer que la comunión y el amor entre los seres humanos es posible, queridos hermanos. Y lo manifestáis vosotros, los que hacéis hoy esta celebración de la bodas de oro y plata de vuestro matrimonio. El amor y la comunión es el dinamismo que rompe nuestro aislamiento; que vence todo: vence el narcisismo, vence el egoísmo, y posibilita el encuentro entre las personas. Es la comunión que hace posible el crecimiento auténtico. Nos realizamos en comunión y en relación.

Qué maravilla, queridos hermanos, que esto lo podáis presentar a este mundo. Y lo que hacéis sin algaradas de ningún tipo. En la vida diaria y corriendo. Entre vuestras gentes. Sí. Nos realizamos en la comunión y en la relación. Es creer que el ser humano ha sido creado a imagen de Dios y se relaciona en la medida en que se encuentran dos seres humanos.

Queridos hermanos: Dios es un despliegue de amor personal. Como es vuestra vida: un despliegue de amor personal. Entre vosotros, hacia los vuestros y hacia fuera de los vuestros. Vivir y realizar en definitiva es entrar en el ministerio de Dios, que es comunión y que es amor. Dejar que esa vida de Dios circule entre nosotros, entre todos los seres humanos. Siempre que sentimos necesidad de amar y de ser amados, siempre que buscamos acoger y ser acogidos, recordad lo que es el matrimonio cristiano.

Queridos hermanos. Hace muy pocos días, en mi último libro, que dedico a la familia, la familia iglesia doméstica, precisamente digo algo que me parece que es esencial en nuestra vida: es dar a conocer el amor y la verdad. Y esto no es teoría. Hay que hacerlo en la vida matrimonial. Es donde mejor se da a conocer el amor y la verdad. Y el amor en concreto. El amor que sabe crecer perdonando. El amor que sabe crecer disculpándose. El amor que sabe crecer comenzando. La Iglesia quiere llegar al corazón de todos los hombres. Y quiere dar noticia de este amor. Y la mejor noticia para dar este amor sois vosotros, queridos matrimonios. Para entregar esta noticia del amor, sin teorías de ningún tipo, sois vosotros. Estamos llamados a vivir de otra manera. Al desarrollo integral del ser humano. Por eso, el matrimonio cristiano es la propuesta que hacemos a este mundo y a esta tierra. Es la propuesta que el Papa Francisco, con tanto valor y con tanta fuerza, ha querido manifestar en estos momentos de la historia que estamos viviendo. Ha hecho dos sínodos sobre la familia: uno extraordinario, y el otro del cual salió esa exhortación apostólica que abre perspectivas, Amoris laetitia.

Sí, queridos hermanos. Estamos llamados a vivir de otra manera. Para eso ha venido el Señor al mundo. A vivir de otra manera. Con otra fuerza. Y el matrimonio cristiano lo manifiesta. Vivir con amor, vivir en la entrega mutua, vivir olvidándose de uno mismo, vivir pensando en los demás, vivir ayudándonos unos a otros, vivir dándonos la mano. Esta es la propuesta. Este es el escaparate que Dios ha puesto en esta tierra, para que nos demos cuenta de lo que Dios quiere de todos nosotros.

Por otra parte, el matrimonio cuida la vida. Entrega un nuevo humanismo, queridos hermanos. Cuidar la vida significa cuidar que se desarrolle todo lo humano. En su plenitud. Para los cristianos, este humanismo tiene un origen. Tiene una meta. Cristo. Jesucristo. Por eso, acoger a Jesucristo en vuestra vida ha sido esencial. Y hoy, a los 25 y 50 años, os quiero decir queridos hermanos que ofertéis a todos los hombres el cuidado de la vida, dando la posibilidad de que se desarrolle este humanismo nuevo que nos enseña Cristo. La familia, la iglesia doméstica en sus entrañas más íntimas, quiere cuidar desde el amor. Quiere cuidar al ser humano. Quiere cuidar a la vida. Y, por tanto, quiere cuidar el mundo. Quiere cuidar la historia. Quiere elaborar la luz. Y entregar la luz que viene de Jesucristo.

El Papa Juan Pablo II nos lo recordaba a todos nosotros cuando nos decía que era importante reconocer y promover en el matrimonio esto que el Papa Francisco nos está diciendo. ¿Dónde se da la cultura del encuentro en su máxima realidad?. ¿Dónde? En el matrimonio. En las familias creadas, queridos hermanos. En el matrimonio. Por eso, yo os invito que… hay muchas amenazas, quizás. Y hay gente que está hablando todo el día de esas amenazas. Es verdad que está ahí. Pero, frente a todas, está la gran oferta, que es presentar un hombre y una mujer que se quieren, que se aman, que se construye, que se perdonan, que viven la vida y todos los problemas de la vida juntos, que engendran hijos y los traen a este mundo, y les regalan la mejor visión que puede tener un ser humano; esa visión que aparece cuando nos sentimos hijos de Dios y hermanos de todos los hombres; esa visión que engrandece la vida humana, queridos hermanos.

Yo, en este día, en esos dibujos que suelo hacer, he puesto algo: es un matrimonio con hijos que va a la casa de los abuelos. Los abuelos son importantes, queridos hermanos. Y los que estáis aquí, celebrando las bodas de oro, sois abuelos. Y sabéis lo que significa en vuestra vida extender ese amor también más allá de los propios hijos. Por eso, he puesto en el dibujo: Abuelos, padres e hijos, sed escuela viva del Evangelio. El Evangelio se transmite por ósmosis. Y un matrimonio cristiano lo transmite así. Bendito sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo que en su comunión, que hoy nos muestra este Dios en quien creemos, nos muestra realidades de comunión. La más bella, que es el matrimonio. Y los hijos que engendra.

Que el Señor os bendiga, queridos hermanos. Este Jesús que vino a este mundo, que paseó con nosotros, que nos habló de esas realidades que como os decía antes tenemos que vivir: el prójimo, dónde está, cómo le tengo que tratar, quién se marcha o quién se queda, qué es lo que tiene que descubrir en la vida. Y, sobre todo, qué es lo que nosotros tenemos que decir. Como el publicano: Señor, aquí nos tienes; quizás con defectos, pero queremos vivir con tu amor. Ese amor que hoy se manifiesta en Jesucristo, que se hace presente en este altar dentro de un momento, con el cual vamos a entrar en comunión.

Que el Señor bendiga, desde esta catedral, a todos los matrimonios en nuestra Archidiócesis de Madrid. Que caiga y recaiga su amor. Que haga experimentar en todos la grandeza y la belleza del matrimonio cristiano, en el cual entra Dios también. Es más, Dios es el fundamento de la entrega mutua y de la salida hacia los otros también en nuestra vida.

Que el Señor os bendiga. Amén.

Media

Este domingo celebramos el Corpus Christi, una fiesta entrañable para todos los cristianos, en la que podemos contemplar cómo el Señor se acerca a nuestras vidas concretas, a nuestra historia personal y colectiva. Descubrimos que el Señor no ha querido desentenderse de nosotros, sino todo lo contrario: desea complicarse la vida por nosotros, para transformarnos en Él, para ser Él en medio de esta historia, alimentados por Él, crece Él en nosotros. ¡Qué profundidad tiene nuestra vida vivida desde la Eucaristía! San Manuel González utiliza un neologismo para mostrar la hondura que alcanza, él nos habla de «eucaristizar la vida».

La Eucaristía no está reservada, como ningún sacramento, para los perfectos; es el alimento reservado para quienes por el Bautismo hemos sido liberados de la esclavitud y hemos llegado a ser hijos de Dios y hemos de crecer en esa filiación y en esa fraternidad que nace de la comunión con Cristo. Precisamente por esto, este año en Madrid hemos elegido el lema Alimento en el camino. Sí, la Eucaristía es el alimento que nos sostiene en el largo camino de la vida, nos va identificando con Jesucristo, nos va haciendo decir con todas las fuerzas de nuestra alma la misma expresión que dijo san Pablo: «No soy yo, es Cristo quien vive en mí». Y nos alienta a atravesar el largo desierto de la existencia humana, sin miedos, confiando plenamente en Jesucristo.

«El que me come vivirá por mí» (Jn 6, 57). Es necesario que retengamos estas palabras del Señor en nuestro corazón, para vivir en confianza y salir por este mundo siendo discípulos misioneros. Cuando alcanzan nuestro corazón, nos permiten vivir desde un horizonte de comprensión lleno de luz, pues del misterio creído y celebrado nace y contiene un dinamismo tan fuerte que la Eucaristía se convierte en principio absolutamente nuevo de vida y por ello nos da y regala una forma de existencia cristiana. San Agustín lo formula así en las Confesiones: «Soy el manjar de los grandes: crece, y me comerás, sin que por eso me transforme en ti, como el alimento de tu carne; sino que tú te transformarás en mí» (Confesiones, VII, 10, 16: PL 32, 742).

¡Qué necesario es alimentarnos de Cristo! Ofrezcamos este alimento a los hombres. En la fiesta del Corpus Christi, salimos con el Señor a nuestras calles, ¿por qué será que, en la contemplación de Cristo Eucaristía, siempre se hace silencio, pero Él nos habla en lo más profundo de nuestra existencia con su lenguaje de amor? ¿Por qué será que los jóvenes de hoy, buscadores insaciables de felicidad, encuentran en Cristo Eucaristía aliento, silencio interior para escuchar a Dios, esperanza, y se suscitan compromisos con los demás?

Cristo dice también: «Yo soy el pan de vida». ¡Qué noticia para la humanidad! Tantas búsquedas que hace el ser humano para saciarse, pues tiene necesidad de verdad, de vida, de amor, y con estas palabras sabemos que tenemos alimento para el camino. Y no cualquier alimento: es el mismo Hijo de Dios quien se convierte en nuestro alimento.

Así entendemos mejor el momento sublime en el que el Señor hace el milagro para alimentar a aquella multitud hambrienta. En la multiplicación de los cinco panes y dos peces, Jesús sació el hambre de la multitud. «Comieron todos hasta saciarse» y quiero subrayar ese «todos», pues el gran deseo del Señor es que todo ser humano se alimente de la Eucaristía. En la fiesta del Corpus Christi, con la procesión y adoración, la Iglesia desea llamar evidenciar a través de Cristo Eucaristía, adorado y mostrado a todos los hombres, que Él murió por amor a todos los hombres, entregó su vida por amor a todos y es alimento para el camino que realizamos todos.

Sí, el Señor es alimento para el camino, ¿qué significa para nuestra existencia?, ¿qué quiere decirnos el Señor en esta fiesta del Corpus Christi? Os voy a señalar tres aspectos:

1. La presencia del Señor en nuestras calles nos invita a conocer más y más el tesoro de la Eucaristía. ¿Por qué ese deseo? Es don de Dios para la vida del mundo, es el tesoro más valioso: nos introduce en la vida eterna, contiene todo el misterio de nuestra salvación, es la fuente y la cumbre de la acción y de la vida de la Iglesia (cfr. SC 8). Para ser discípulo misionero el Señor nos invita a sentarnos a la mesa para encontrarnos personalmente con Él. Recordemos a los discípulos de Emaús, cuando estos se sientan a la mesa y reciben de manos de Jesús el pan de la Eucaristía. Es entonces cuando se les abren los ojos; descubren al Resucitado y ven que es verdad todo lo que les dijo por el camino y salen corriendo a anunciar que Cristo ha resucitado. Un discípulo misionero tiene necesidad de que Cristo le abra los ojos, tener un encuentro personal con Él salir a los caminos con valentía a comunicar la vida de Cristo.

2. La presencia del Señor en nuestras calles expresa el deseo de que vivamos la comunión en su Iglesia, para ser creíbles para todos los hombres. Y al hablaros de esto, necesariamente viene a mi memoria una carta apostólica de san Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, en la que nos decía entre otras cosas, «un aspecto importante en que será necesario poner un decidido empeño programático, tanto en el ámbito de la Iglesia universal como de las Iglesias particulares, es el de la comunión (koinonía), que encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia». Y ¿qué es la comunión? «Es el fruto y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón eterno del Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da, para hacer de nosotros un solo corazón y una sola alma». En la Eucaristía se manifiesta el amor más grande, ese amor que impulsó al Señor a dar la vida por los propios amigos, por todos los hombres. Él nos amó hasta el extremo, hasta el don de su Cuerpo y de su Sangre, y nos invita a vivir esa comunión con Él viviendo de su mismo amor y regalando su amor, creando puentes y no muros, saliendo al encuentro de todos, buscando y viviendo siempre la comunión que nace de nuestra comunión con Cristo.

3. La presencia del Señor en nuestras calles nos invita al compromiso de ser pan partido a favor de los demás. El texto de la multiplicación de los panes y peces tiene una invitación muy clara al compromiso con todos los hombres, manifestado en ese contribuir a saciar el hambre, cada uno con su aportación, pobre y necesaria, pero que el Señor la transforma en don de amor para todos. Hoy el Señor nos llama a la santidad y a una entrega a favor de todos. Qué fuerza nos da el poder comprobar que el amor de Cristo «no acaba nunca», tal y como nos dice el apóstol san Pablo en el himno a la caridad, y nos une a todos los hombres y aumenta ese amor en la medida que participamos y nos alimentamos de quien salva al mundo. No es posible presentarnos ante el Señor divididos y separados; la Eucaristía es una invitación constante a acoger su amor y a difundirlo, a recibir su perdón y a darlo también nosotros, pues siempre nos abre el corazón al perdón y a la reconciliación.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Cardenal Osoro Sierra, arzobispo de Madrid   

Arzobispado de Madrid

Sede central
Bailén, 8
Tel.: 91 454 64 00
arzobispado@archidiocesis.madrid

Cancillería

info@archidiocesis.madrid

Catedral

Bailén, 10
Tel.: 91 542 22 00
informacion@catedraldelaalmudena.es
catedraldelaalmudena.es

 

Medios

Medios de Comunicación Social

 La Pasa, 3, bajo dcha.

Tel.: 91 364 40 50

infomadrid@archidiocesis.madrid

Informática

Departamento de Internet
C/ Bailén 8
webmaster@archidiocesis.madrid

Servicio Informático
Recursos parroquiales

SEPA
Utilidad para norma SEPA

 

Search