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Queridos obispos auxiliares, hermanos sacerdotes, miembros de la vida consagrada, laicos, hermanos y hermanas:

Gracias a todos por vuestra presencia en esta Misa Crismal en la que el obispo celebra con su presbiterio, consagra el Santo Crisma y bendice los demás óleos. Con todo ello, la Iglesia quiere que se exprese la manifestación de la comunión de los presbíteros con su propio obispo. Muchas gracias, queridos sacerdotes, que trabajáis afanosamente en tareas diferentes, pero todas para llevar a cabo la misión de la Iglesia. 

Me vais a permitir, como he hecho otros años, que me dirija muy especialmente a los sacerdotes que trabajan en la evangelización en esta Iglesia diocesana. Os invito a retrotraernos y vivir ese momento único, cuando el Señor se sentó a la mesa y los apóstoles con él y les dijo: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros». Tenía ganas de estar con vosotros. Os he visto en circunstancias muy diferentes: en las reuniones de los presbíteros por vicarías, con los miembros de la vida consagrada por vicarías y en algunas reuniones de arciprestazgos a las que he podido asistir. Por otra parte, está teniendo lugar la visita pastoral que abrí en todas las vicarías y que en mi nombre están realizando los obispos auxiliares en varias de ellas y que, si Dios quiere, clausuraré en su momento. Por lo que me dicen los obispos auxiliares, está siendo una bendición del Señor para todo el Pueblo de Dios.

Después de haber escuchado la Palabra de Dios, en esta Misa Crismal sencillamente quiero subrayar algunos aspectos de nuestro ministerio que hoy adquieren gran importancia: somos ungidos y enviados para vendar, proclamar, dar libertad, consolar y transformar; salimos con su gracia y su paz, habiendo experimentado su amor y su libertad. Nos convertimos en prolongadores de la presencia del Reino de Dios, para ser así, en medio del mundo, mediadores de Cristo. Sentimos el gozo inmenso de haber sido llamados y enviados con estas palabras: «El Señor está en mí y me envía a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista».

Pero, Señor, ¿cómo hacerlo hoy, aquí y ahora en Madrid, en esta archidiócesis grande, con tantas complejidades, en situaciones tan diferentes? ¿Cómo hacerlo viviendo la comunión como elemento sustentador de nuestra misión? ¿Cómo hacerlo como auténticamente hermanos a pesar de ser diferentes? He rezado y he tenido muy en cuenta muchas de las cuestiones que han ido surgiendo en las reuniones que hemos mantenido este curso y en los encuentros con laicos y jóvenes de procedencias diversas. Os propongo tres puntos de reflexión:

1. Nunca perdamos la esperanza. Hay momentos en los que tenemos la tentación de caer en la queja y en la insatisfacción, que se pueden convertir en aposento del diablo y en ocasión para que este siembre la desesperanza y el desánimo. No lo consintamos. Qué hondura alcanza nuestro corazón cuando vemos a un pueblo entusiasmado, alegre, sin miedos y lleno de esperanza, creyendo a Moisés para salir de Egipto. Pero, cuando llegaron a orillas del mar y vieron venir al ejército del faraón, empezaron a insultar a Moisés: «¡Nos has traído aquí para dejarnos morir!». El miedo desaparece cuando ven el milagro del mar, pero antes se desvanece la esperanza entre murmuraciones. Se les olvidó que confiaban en Moisés porque éste lo hacía en el Señor.

Queridos hermanos, el cansancio y la murmuración nos quitan siempre la esperanza, deshacen nuestra vida y nuestro ministerio, lo corrompen; nos hacen entrar en la cultura de los chismes, que desterró Nuestro Señor inmediatamente después de celebrar la cena en el Cenáculo. Mirad en el Evangelio de Lucas cómo, inmediatamente después de la cena, se produce un altercado entre los discípulos a propósito de quién de ellos debía ser el mayor. Y ved la respuesta de Jesús: «Vosotros no hagáis así, sino que el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna como el que sirve. […] Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22, 26. 27b).

No perdamos la esperanza. Y esta solamente nos la da Jesucristo. Pasad tiempo con el Señor, dejemos dirigirnos la vida por su Palabra. No perdamos el contacto vivo con su Palabra, dejemos que nos toque el corazón. El cansancio quita la esperanza y, además, es selectivo pues siempre nos hace ver lo peor del momento que estamos pasando y olvidar todo lo bueno que hemos vivido. Con la desesperanza siempre llegan  la insatisfacción, la desolación, la desafección… Ahí buscamos refugio en los ídolos. La medicina para liquidar estas situaciones nos la da el Señor: encontrarnos con Él. Aunque no se vea en el momento, se acaba experimentando. Él siempre regala su luz a los que la piden con insistencia. Nos lo dice el mismo Jesús: «Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneos en pie ante el Hijo del hombre» (Lc 21, 36).

2. Sentir con la Iglesia. Os invito con fuerza a sentir con la Iglesia. Como recuerda el Papa Francisco en muchas ocasiones, san Ignacio propone las reglas para sentir con la Iglesia buscando ayudar a quien hace Ejercicios a superar cualquier tipo de falsas dicotomías o antagonismos que reduzcan la vida del Espíritu a la habitual tentación de acomodar la Palabra de Dios al propio interés. Esto posibilita a quien hace Ejercicios Espirituales a sentirse parte de un cuerpo apostólico más grande que él mismo y, a la vez, con la consciencia real de sus fuerzas y sus posibilidades: ni débil, ni selectivo, ni temerario. Sentirse parte del todo, que será siempre más que la suma de las partes, y sentir y vivir que está hermanado por una Presencia que siempre lo va a superar (cfr. EG 235 y GE 8). 

¿Qué quiero decir cuando os hablo de sentir con la Iglesia? Se trata, en primer lugar, de amarla como madre que nos engendró en la fe y nos hace sentirnos miembros y parte de ella. Pero hay que amarla sabiendo que tiene sabor a Pueblo, que nos lleva a abrazar con pasión, dedicación y estudio todo el aporte y renovación  que el Concilio Vaticano II nos propone y todo lo que el magisterio de los que los Papas posteriores nos han regalado. Aquí encontraremos la mano segura para sentir con la Iglesia. Iluminados por este horizonte eclesial, contemplaremos la Iglesia como Pueblo de Dios, viendo que el Señor no quiso salvarnos aisladamente y sin conexión, sino que quiso constituir un pueblo que lo confesara en la verdad y lo sirviera santamente como nos dice la constitución Lumen gentium (cfr. n. 9). Por eso, para buscar y encontrarse con el Señor, el pastor debe aprender y escuchar los latidos del pueblo, es decir, percibir el latido del corazón de los hombres y mujeres de hoy, hasta quedar impregnado de sus alegrías y esperanzas, de sus tristezas y angustias, como nos dice la constitución Gaudium et spes (cfr. n. 1), y escudriñar la Palabra de Dios como nos indica la constitución Dei Verbum (cfr. n.13). Hay que escuchar al Pueblo que nos fue confiado, obviando todo afán de poder o de protagonismo, hasta respirar y descubrir a través de él la voluntad de Dios que nos llama y hacerlo sin dicotomías ni antagonismos, ya que solamente el amor de Dios es capaz de integrar todos nuestros amores en un mismo sentir y mirar. 

En segundo lugar, hemos de llevar en sus entrañas la kénosis de Cristo para descubrir su presencia en la historia. No la podemos callar, ya que Él es Camino, Verdad y Vida. Hemos de vivir sabiendo que Dios salva en la historia, en la vida de cada hombre, y allí nos sale al encuentro. Nunca tengamos miedo de tocar las heridas y los sufrimientos de la gente; han de ser nuestras heridas. El corazón del pastor se ha de dejar tocar y conmover por las vidas dolidas y amenazadas; que esto marque el uso del tiempo y del dinero, la forma de rezar… En tercer lugar, se trata de sentir con Cristo. Sin este sentir, nuestras palabras, reuniones, encuentros y escritos serán signos de una fe que no supo acompañar la kénosis del Señor. Nuestra vida de pastores no es la de un administrador de recursos humanos: no gestionamos personas ni organizaciones, hemos de sentir el amor de padres, amigos y hermanos. Yo me pregunto: ¿cuánto me afecta la vida de mis sacerdotes?, ¿me dejo impactar por lo que viven, por sus dolores, festejo sus alegrías?, ¿entrego mi vida entera a la causa del Evangelio o guardo la vida para otras causas? Recuerdo aquí unas palabras del Benedicto XVI al inicio de su pontificado: «Cristo no nos ha prometido una vida cómoda. Quien busca la comodidad con Él se ha equivocado de camino. Él muestra la senda que lleva a las cosas grandes, hacia el bien, hacia una vida humana auténtica». Sé que tengo que crecer en la capacidad de dejarme incomodar por vosotros, los sacerdotes, y de ser vulnerable ante vosotros. Sé que el pastor debe mirar vuestras vidas y no ser un administrador que pasa revista a la tropa.

3. Construyamos fraternidad en la vida de la Iglesia, empezando por nuestra propia fraternidad sacerdotal. Ya en el Antiguo Testamento, cuando Dios quiere preservar a la humanidad de su destrucción, pide a Noé que entre en el arca con su familia, que pueda navegar por todos los lugares en fraternidad. El enemigo de la fraternidad es el individualismo: yo mejor que nadie, lo mío es lo más importante, yo tengo razones para hacer esto. Nuestra conducta debe ser purificada en cada momento. El enemigo de la fraternidad, que es el individualismo, se traduce en la voluntad de afirmarse a sí mismo o al propio grupo sea ideológico, espiritual o de ser parecidos, por encima de los demás. Nuestra verdad está en amar a Dios con todo nuestro corazón y al prójimo como a nosotros mismos. La fraternidad expresa también la multiplicidad y la diferencia que hay entre hermanos. No podemos invocar a Jesús sin cumplir el mandamiento que nos entregó: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». No se puede construir la fraternidad sin diálogo y oración. El diálogo está amenazado por la simulación que aumenta la distancia y la sospecha. Y la oración es indispensable, pues purifica el corazón de replegarnos en nosotros mismos. Construir la fraternidad supone poner en el centro a Jesucristo y descubrir siempre lo bueno del otro y cómo es un regalo para mí.

Hermanos, el Señor se hace presente en el misterio de la Eucaristía. Nos va a mirar y su mirada descansa sobre nosotros. Es importante cruzar su mirada con la nuestra y, antes de comulgar preguntarnos: ¿Cuál es la mirada de Jesús sobre mí hoy en esta Misa Crismal?, ¿qué quiere perdonarme el Señor y qué me pide que cambie de actitud?, ¿cuál mi misión y la tarea y la que me ha confiado en bien de su Pueblo?

Queridos hermanos, estad seguros de que estamos bajo la mirada de Jesús: nos mira con amor, nos pide algo, nos perdona todo y nos da una vez más su apasionante misión… 

Amén.

Como veis, queridos amigos, siempre Jesús nos sorprende. Y nos sorprende a nosotros esta noche cuando nos dice también: yo tampoco te condeno. Yo te quiero. Yo estoy contigo, a tu lado, para darte otro horizonte en la vida. Y para ofrecerte mi vida, para que tú además muestres esa vida a quienes te rodean. Cambies este mundo, e instaures en este mundo otra manera de ser, de estar, de vivir. Un mundo en el cual la palabra perdón y la palabra misericordia sean constitutivos -el contenido de estas palabras- de cómo hacemos y construimos este mundo. Y esto solamente lo puede hacer Dios. Solamente Dios puede entregar un corazón misericordioso y un corazón que siempre perdona. Que siempre da la mano. Que nunca retira la mirada, ni la confianza ni el oído de nadie. Escucha, ama, construye, restaura.

Jesús, como os decía, nos sorprende siempre. Y, como todos los viernes, yo os quiero decir, en estas vísperas de celebrar la Semana Santa, los grandes misterios de nuestra fe, que el Señor nos quiere decir esto: preparar vuestro corazón para encontraros con los hombres y con Dios, y así construir el mundo regalando misericordia y perdón. Quizás esta es la síntesis que se puede hacer de esta página preciosa del evangelio, con la que el Señor quiere encontrarse con nosotros esta noche.

Preparad. Preparad el corazón, nos ha dicho el Señor. ¿Y cómo lo tenemos que preparar? ¿Os habéis dado cuenta de algo extraordinario que nos dice Jesús? Él se retira a un monte, al monte de los Olivos, a orar. Él se retira. Y, pasando toda la noche en oración, en diálogo con Dios baja del nuevo al templo. El templo, siempre, en Israel, era un lugar de encuentro con Dios. Era un lugar donde se abrían los hombres a Dios. Pero Jesús se presenta en el templo, y nos dice el evangelio que todo el mundo acudía a él: las gentes, el pueblo… acudía a él. Y Jesús se sentaba y los enseñaba. Les enseñaba, como nos enseña a nosotros esta noche.

Preparemos el corazón. Mirad. Yo creo que estos días podéis aprovechar también estas fiestas que vamos a celebrar de la Semana Santa: el Jueves Santo, el Viernes Santo y la Pascua, el triunfo de Cristo, que es nuestro triunfo en definitiva. Es un tiempo en que yo os invito a que preparéis vuestro corazón. Sí. Que tengáis un rato más para pensar, que tengáis un rato más para poder vivir lo que el Señor quiere entregaros.  

Ese texto que hemos escuchado hace un instante: tampoco yo te condeno. El Señor nos quiere decir, nos quiere tocar el corazón. Quiere entrar en nuestra vida. Jesús sigue enseñándonos. Y el ser humano tiene necesidad de encontrar a alguien que le escuche, que le acoja. Y Jesús no hace distinciones. Nos acoge a todos: acoge a todos los hombres. Acoge toda existencia. Acoge toda condición. Jesús quiere que nos acerquemos a Él, porque cuando nos acercamos a Él vemos las cosas de otra manera.

Qué bonito es acercarse el Jueves Santo para descubrir lo que el Señor quiere: quiere quedarse con nosotros, como lo hace esta noche en el misterio de la Eucaristía. Pero es realmente el mismo Jesús, que celebró la Última Cena, y por el que el Señor ha querido prolongar hasta que Él vuelva otra vez su presencia en medio de los hombres, y que podamos entrar en comunión con Él, y que podamos alimentarnos de Él. Pero no lo ha hecho de cualquier manera. Jesús, en el Viernes Santo, nos dice que nos invita a dar la vida como Él. Y nos invita a hacerlo como Él lo hizo. Miradle a Él, y miradle en la cruz tan bella que tenemos aquí, en la catedral. Porque en la cruz, aquellos mismos que estaban matando al Señor, el Señor, mirando al Padre, dice: perdónalos, porque no saben lo que hacen. Hasta ahí nos pide el Señor que lo hagamos. Siempre. Costándonos a veces. Pero hasta ahí nos pide el Señor. El Señor no se queda en la muerte. Grita Pascua. Es el triunfo de Cristo.

Por eso, este Jesús que se retira nos invita a que nosotros, sus discípulos, también nos retiremos. Tengamos algún momento para pensar. Para ver lo que cada día de esos nos va entregando el Señor. Preparad el corazón.

En segundo lugar, preparadlo para encontrarnos con los hombres. Lo habéis visto en el evangelio: Jesús baja al templo y se encuentra con los escribas y fariseos. Aquellos hombres, que sabían la Escritura; aquellos hombres, que sabían todas las normas que podían existir en Israel, y que se han encontrado con una mujer que está sorprendida en adulterio. Y, según la ley de Moisés, había que apedrearla. Y le preguntan a Jesús: y tú, ¿qué dices? ¿Y tú qué dices?

Al fin y al cabo, es lo que hacemos nosotros. Cuando nos hacen algo, parece como que queremos devolverles lo mismo. Jesús no responde así. Jesús se calla, se inclina en el suelo. ¿Veis? Él se encuentra con los letrados, con los fariseos, con la mujer sorprendida en adulterio… Y esta noche se encuentra con nosotros. Y, a través de nosotros, se encuentra con todos los jóvenes de Madrid. Quiere encontrarse, a través de nosotros, con todos los jóvenes de Madrid. Pensad esto un momento. Se encuentra Jesús con nosotros. Está entre nosotros. No es un cuento. No es un entretenimiento que os quiere hacer vuestro cardenal. No. Jesús está aquí. Realmente presente. Quiere que preparemos el corazón. Y quiere que lo hagamos para que nos encontremos con todos los hombres. Sin excepción. Con todos. ¿Para qué? Para construir un mundo regalando misericordia y regalando perdón. Como lo hizo Jesús.

Porque, una vez que le dijeron al Señor eso, ¿tú qué dices?, para comprometerlo acusarlo, porque ellos tenían la ley de Talión –ojo por ojo y diente por diente-, Jesús se inclina, se agacha, escribe en el suelo… Y, como insistían, les dice: mirad, el mundo no se construye como vosotros queréis; a base de palos; a base de devolver, si hace mal, mal; el mundo se construye devolviendo bien. Devolviendo amor. Devolviendo  misericordia. Y devolviendo perdón. por eso, cuando se incorpora Jesús, como nos dice a nosotros ahora, esta noche: el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Y nos dice el texto del evangelio que se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Es decir, que quizá el primero que me tenía que retirar ahora era yo. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Quizás sería vuestro cardenal, que os está predicando, el primero que tendría que salir por esa puerta. Digo por esa porque está abierta. La otra está cerrada. Pero pensad esto: el mundo no se construye tirándonos  piedras los unos a los otros. ¿No os estáis dando cuenta de que hoy el mundo se está construyendo así, tirándonos piedras? Tú dices algo, una piedra contra ese porque no estoy de acuerdo con lo que dice. Así solemos hacer. Unos a otros.

Qué bonito es: cuando se van marchando, porque el Señor sabe que todos son pecadores, y se van marchando, escabulléndose… Se queda Jesús mirando a la mujer. Y se queda mirándonos a nosotros. Pensad delante de nuestro Señor, realmente presente en el misterio de la Eucaristía. Que se queda mirándonos a nosotros. Y nos pregunta también: ¿dónde están tus acusadores? ¿Te ha condenado alguno? Porque cuando les he hecho esa pregunta, ¿quién está libre de pecado?, se han marchado. ¿Te ha condenado alguno? Le diríamos nosotros: no Señor. No nos ha condenado nadie. Y Jesús nos dice: tampoco yo te condeno. Pero no peques más. Perdona y ten misericordia. Ten estas armas. Ten estos utensilios. Marcha por la vida de esta manera: construyendo el mundo, regalando misericordia y perdón. Es la llamada que el papa Francisco, a través de esa carta preciosa que os ha escrito a todos los jóvenes -Christus vivit. Cristo vive- os hace, queridos amigos. Os hace a todos vosotros. Esta carta que hoy no ha llegado, pero que yo me encargaré de que llegue a todas las vicarías, y en alguna parroquia quizá, no sé cómo hacerlo, pero alomejor alguna tarde o alguna noche, ya convocaré yo a través de los vicarios y os la entrego en mano en alguna parroquia de vuestras vicarías. Se ha hecho una edición especial para vosotros. Pero leedla.

El Señor os invita de una forma especial a todos vosotros, jóvenes, a construir este mundo. Y os invita a través del Papa Francisco. Y os invita hacerlo con raíces, mirando también a los mayores. Pero os invita a protagonizar en medio de este mundo la entrega precisamente y la vida. Entregando misericordia y perdón. Protagonizar esto. En este mundo.

Yo solo quiero, y os digo, que preparemos el corazón. Dejemos que el Señor toque nuestra vida. Encontrémonos con todos los hombres. Encontraos con todos los jóvenes. De cualquier clase o condición. Pero hacedlo. Y construir un mundo regalando, como Jesús, misericordia y perdón. Porque Jesús, esta noche, nos dice: tampoco yo te condeno.

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Martes, 16 abril 2019 12:53

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