Querido hermano Joseph, cardenal arzobispo de Bruselas. Querido señor Nuncio en España. Querido don Antonio, obispo de Teruel. Queridos Santos y José, obispos auxiliares de Madrid. Queridos hermanos sacerdotes. Permitidme que tenga un saludo especial para el hermano Alois y para los miembros de la Comunidad de Taizé que están con nosotros esta mañana, pero que sabéis que están con nosotros durante estos días en este encuentro de jóvenes de Europa. Muchas gracias a ti, hermano, y en ti a todos los hermanos y a toda la Comunidad por vuestra presencia en Madrid. Gracias.
Hermanos y hermanas: hoy es un día especial para nosotros. La Iglesia comienza en la familia. En familias. Será Iglesia doméstica, como dice y nos recuerda el Concilio Vaticano II. Y hoy celebramos el día de la Sagrada Familia. Una familia que quiere seguir los caminos marcados por Dios; que quiere poner en el centro de la casa a quienes forman la familia: los padres y los hijos, todos, como nos decía el salmo 127, alrededor de la mesa, y quizás en ningún lugar como este momento lo podemos entender mejor que en la celebración de la Eucaristía. Y una familia que, siguiendo los caminos del Señor y alrededor de la mesa, viven la gran bendición que da Dios a los hombres.
Yo quisiera acercar a vuestra vida tres aspectos de la familia que los podríamos sintetizar en esta frase: la belleza de la familia formada por elegidos de Dios que tenemos un modelo de familia, la familia de Nazaret.
Me detengo en la primera parte: la belleza de la familia. Habéis escuchado la primera lectura del libro del Eclesiástico: aparece ahí el padre, la madre, los hijos; el padre y la madre que viven la honradez de vivir de cara a Dios, los hijos que viven el cariño de los padres, y también el cariño de ellos hacia los padres; ellos se siente amados, pero también sienten que tienen necesidad de amar a los padres. Se aman todos entre sí. A todos les une una fuerza: la fuerza del amor. Redimensionado ese amor con las medidas que Dios nos da, y que se nos han revelado en Jesucristo nuestro Señor, alcanzan su máximo esplendor y su máxima belleza.
Queridos hermanos: la familia tiene una belleza singular y especial. Remitamos nuestra vida a la familia de Nazaret. María, esta madre que ha puesto toda su vida en manos de Dios, ha dejado que Dios entre en su existencia con todas las consecuencias. Aquí estoy Señor. José, que le ha dicho a Dios un sí absoluto también en fe. Vive absolutamente en fe todo lo acontecido, pero Dios le regala la grandeza de formular la existencia de esa manera tan bella que se formula cuando se acoge a Dios y se cree en Dios. Y en nuestro Señor Jesucristo, que revela también lo que es su Hijo viviendo sometido a sus padres: es Dios, pero ha querido estar y regalarnos lo que significa y lo que es estar en una familia, donde lo que se deben unos a otros es el amor solamente. Y el amor con una medida: la medida que nos da Dios a ese amor. Que va más allá de nosotros mismos, alcanza más allá y, por tanto, alcanza también a quienes nos rodean.
Queridos hermanos: cómo no comprometernos en vivir la belleza de la familia, cómo no comprometernos en anunciar esta belleza de la familia, cómo no descubrir que en esta sociedad en la que estamos necesitamos recuperar la fuerza y la belleza singular que tiene la familia. Donde las fuerzas que miden las relaciones entre unos y otros son las fuerzas que nos vienen de Jesucristo nuestro Señor: la medida del amor. La misma que nos enseña Jesús cuando nos dice: tanto amó Dios al mundo que le dio a su hijo, y nadie tiene amor más grande que el que da la vida. Esto es lo que nos pide el Señor. Y aquí es donde adquiere la belleza de la familia cuando el padre, la madre y los hijos viven estas relaciones formuladas, no por teorías, sino por la fuerza misma del amor.
Alcancemos la belleza de la familia. Sí. Una familia formada por elegidos de Dios. Habéis escuchado al apóstol Pablo en la carta a los Colosenses, en la que nos dice que somos elegidos. Hemos sido elegidos. Y hemos sido revestidos, queridos hermanos. Por el bautismo hemos sido revestidos de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Hemos sido capacitados para perdonar como el Señor lo hace con cada uno de nosotros. El mismo perdón que el Señor nos regala a cada uno, Él quiere que lo regalemos también a quienes están a nuestro lado.
La belleza de la familia formada por los elegidos de Dios. El culmen de todo amor. El culmen de todo el amor de unos por otros, está en la unidad de la familia. En la paz que se crea en la familia. Que nos hace ser un solo cuerpo. Por eso, queridos hermanos, hoy agradecemos al Señor lo que Él nos dice que es la familia cristiana. Agradecemos al Señor tantas y tantas familias que viven con este agradecimiento. Agradecemos al Señor que podamos alimentarnos permanentemente de su palabra. Que podamos enseñarnos los unos a los otros. Que seamos maestros en la familia los unos de los otros. Pero no maestros de cualquier cosa, sino del amor mismo de Jesucristo que nos debemos los unos a los otros. Ese el cántico nuevo que tenemos que hacer precisamente en la familia. En la familia somos todos pastores los unos de los otros. Nos pastoreamos mutuamente los unos a los otros. Y precisamente porque nos pastoreamos, regalamos compasión, bondad, humildad, mansedumbre, proximidad, paciencia, projimidad, formada por elegidos, queridos hermanos. Y tenemos un modelo: la familia de Nazaret. Sí. Lo habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado. Quizás para comprender este Evangelio, os dais cuenta que es necesario retrotraernos a los tiempos de Jesús, cuando la familia era nuclear, formada no solamente… no existía la familia de hoy, era mucho más amplia. Era una especie de clan, de familia patriarcal. Y toda la familia fueron, subieron a Jerusalén: hermanos, tíos, primos… Formaba una unidad sociológica. Y esta es la familia que sube a Jerusalén. Y ahí es donde se pierde Jesús. Se dan cuenta de que Jesús no está en el grupo de la peregrinación. Y José y María vuelven a Jerusalén. Vuelven a buscarlo. Y recordad estas palabras que hemos escuchado en el Evangelio: hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que te buscábamos tu padre y yo. La respuesta de Jesús ya la habéis escuchado: ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que debía estar en las cosas de mi padre?.
Queridos hermanos: María, al decir tu padre, se refería a José. Pero cuando Jesús dice «mi padre», ¿«no sabíais que yo debía estar ocupado en las cosas de mi padre?», se está refiriendo a Dios. «Tu padre y yo te buscábamos». Y Jesús corrige: yo debía estar en la casa de mi padre. Es como si Jesús dijera: Dios es mi padre, pertenezco a Él, con Él estoy, yo estoy en mi Padre. Esta es la palabra clave: es mi Padre. Y en las relaciones familiares, queridos hermanos, esta es una palabra clave. Si a Dios le entendemos de otra manera, el Dios que nos ha revelado Jesús es al que Él se dirige cuando le encuentra María. «Debo estar ocupado en las cosas de mi padre». Padre que nos hace hijos, que nos hace hermanos. Y en una familia nos hace hermanos, a todos. Y ocupados los unos de los otros.
El Evangelio nos dice que ni María ni José comprendieron aquello; pero ellos, sin embargo, relata la Virgen María, María conservaba todas esas cosas en su corazón. Es decir, María es el modelo de creyente que acoge la palabra en su corazón. Y representa la Iglesia que acoge la palabra en su interior. Y el Evangelio, si os dais cuenta, termina diciendo que Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura, en gracia ante Dios y ante los hombres. Es decir: crece en la relación con Dios, que esta es también la tarea nuestra. Crecer. Ir creciendo cada día. Liberando nuestras riquezas. lo que cada uno somos de fondo, y avanzando hacia esa plenitud que nos hace encontrarnos con el Señor y nos hace descubrir precisamente la grandeza de la familia de Dios.
Hoy celebramos la Sagrada Familia. Estamos celebrando la Sagrada Familia. Recordemos, queridos hermanos: tenemos que ocuparnos de las cosas de Dios. Porque cuando nos ocupamos de las cosas de Dios resulta que yo me ocupo de las cosas del hermano. Necesariamente. Porque Dios se ha ocupado de nosotros. Ha venido a nuestra vida, a nuestra historia. Lo estamos celebrando estos días: ha nacido entre nosotros, nos está acompañando a nosotros. ¿Quién puede decir que es discípulo de Jesús y deja de acompañar a los demás? ¿Quién puede decir que es discípulo de Jesús, y a los más inmediatos no les ama con el mismo amor de Jesús?.
Tenemos un modelo,: la familia de Nazaret.
Hermanos y hermanas: en esta fiesta de la Sagrada Familia, yo os convoco a vivir la belleza de la familia cristiana. La belleza de las relaciones que impone e implica el decir que somos discípulos de Cristo, miembros de la Iglesia. Lo que significa esa iglesia doméstica. Esa iglesia que se vive en toda su intensidad entre los padres y los hijos; entre los hijos y los padres. Esa iglesia que manifiesta el amor del Señor. Que lo manifiesta en sus relaciones. La belleza de la familia formada por los elegidos de Dios, que no son santos: santo solo es Jesucristo. Solo es Dios, el santo de los santos. Los demás participamos de esa santidad cuando vivimos la compasión, la bondad, la humildad, la mansedumbre y la paciencia. Cuando logramos mantener la unidad y la paz en la vida de la familia, de la iglesia doméstica, y en la vida de toda la Iglesia. Cuando tenemos como modelo a la familia de Nazaret que, como os habéis dado cuenta, la síntesis quizás del Evangelio está aquí: ¿no sabéis que me debo de ocupar de las cosas de mi Padre?. María conservaba estas cosas en su corazón.
Remitamos nuestra vida, queridas familias, a Dios permanentemente. Remitamos nuestra vida a Jesucristo nuestro Señor, que se va hacer realmente presente aquí, en el misterio de la Eucaristía, entre nosotros. Este Jesús que quiso venir al mundo, y tener un padre y una madre, y enseñarnos a nosotros. Porque, queridos hermanos, solo existen dos laderas para venir a esta existencia: padre y madre. Sin estas laderas, ninguno de nosotros estaríamos aquí.
Conservemos. Queramos. Descubramos lo que significa vivir en la familia cristiana. Acompañados por la familia de Nazaret.
Que el Señor os bendiga y os guarde siempre.
Quisiera tener un recuerdo especial también para aquellos que están siguiendo esta celebración en todas partes de España por Radio María. Que el Señor os bendiga a las familias que estáis siguiendo esta celebración a través de Radio María.
A todos, que el Señor nos convoque a revitalizar su amor en nuestra vida para construir familia.
Amén.
Queridos hermanos obispos de Limoux (Francia) y obispo auxiliar de Breslavia (Polonia). Querido don Santos, obispo auxiliar de Madrid. Queridos vicarios episcopales. Cabildo catedral. Queridos hermanos sacerdotes. Queridos seminaristas. Hermanos y hermanas todos.
Celebramos esta fiesta de Santa María, Madre de Dios. Pero la Iglesia ha querido también celebrar en este día y orar por la paz. Celebrar la Jornada Mundial de la Paz, tan necesaria para todos los hombres en todas las partes de la tierra.
Quisiera pedirle al Señor lo que hace un instante todos cantábamos en el salmo responsorial: que el Señor tenga piedad y nos bendiga. Nos bendiga con ese corazón que tuvo la Santísima Virgen María, y precisamente por eso Dios la preparó y se fijó en Ella para que fuese madre y para que hiciese presente en esta tierra a Jesucristo nuestro Señor, rostro verdadero de la paz. Porque la paz, queridos hermanos, tiene rostro y tiene nombre: Jesucristo nuestro Señor.
Conocer los caminos de Dios es lo que es necesario que nosotros hagamos, tal y como decíamos en el salmo: que Dios nos bendiga, que ilumine su rostro sobre nosotros. Que Él nos dé su rostro. Aquella expresión que los pastores de Belén escuchaban mientras volvían de camino: Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor.
Introduzcámonos en los caminos del Señor. Introduzcámonos en estos caminos. Cantemos a Dios todos los hombres. Y cantemos el modo en el que el Señor quiere que convivamos todos nosotros. Dejémonos iluminar por ese Dios que se nos ha manifestado en Belén. Y la Virgen María sabía tantas cosas, pensaba y vivía tantas cosas delante de Él que, como nos ha dicho el Evangelio, las guardaba también en su corazón.
Agradecemos a Dios su presencia entre nosotros, y su ayuda. Nosotros ahora ya no vivimos de una teoría o de una descripción abstracta de Dios, sino que se ha hecho hombre. Hemos visto cómo camina por estos caminos. Hemos visto cómo le entrega la paz. Cómo refleja Él esa credibilidad. Cómo refleja Él esa bondad y ese deseo de que los hombres y mujeres de este mundo estemos unidos, comprometidos en llevar a cabo ese cambio radical que nos ofrece, esa manera de ser y de estar entre nosotros.
Queridos hermanos: en esta fiesta de Santa María la Virgen, y en esta Jornada Mundial de la Paz, tres cosas quisiera deciros.
Primera: dar la paz está en el centro de la misión de los discípulos de Jesús, y esto nos lo revela María. Ella dijo sí a Dios porque quería dar rostro humano a quien es la paz. Porque, como os decía hace un instante, la paz tiene nombre, tiene rostro: es Jesucristo. María en el magníficat proclama la grandeza de Dios, se alegra en Dios su salvador. Y se alegra porque cuando Dios entra en nuestra vida, naturalmente, nos hace vivir con otras fórmulas distintas. Fijaos: en la primera lectura, lo que hemos escuchado, cómo Moisés le dice Aarón y a sus hijos, y cómo de parte de Dios les dice que entreguen una fórmula; una fórmula: una manera de vivir y de estar en el mundo. El Señor bendiga y te proteja, ilumine tu rostro, te conceda su favor, te muestre su rostro, y te conceda la paz. Esa fórmula de bendición, queridos hermanos, para nosotros hoy se nos ha mostrado. Está en el rostro de Jesús. Jesús nos envía a los discípulos a la misión. ¿No recordáis aquellas palabras de Jesús cuando él dice: cuando entréis en una casa, decid paz a esta casa? Si hay paz en ella, descansará sobre ellos la paz, si no volverá a vosotros.
El centro de la misión de los discípulos es dar la paz. Es el centro de Santa María. Ella presta la vida y le dice a Dios sí: para mostrar la paz a los hombres en este mundo, para mostrar su rostro. Y el vehículo fundamental para edificar esta tierra y este mundo, esta actividad de todos los hombres, tiene que ser precisamente este servicio a la paz. Quien quiera ser el primero, que se haga el último y se haga servidor de todos, nos dijo un día a nosotros Jesús.
Como veis, imitando a María, nosotros, contemplando a Santa María nuestra Madre, descubrimos cómo la paz está en el centro de la misión de los discípulos de Cristo. Es más, cómo Ella presta la vida para dar rostro a la paz. Por eso, nuestra devoción mariana, queridos hermanos, que es grande, se tiene que fijar también en este aspecto que tiene especial importancia. Sí. El rostro de la paz. Darlo como lo dio María, hacer presente a Cristo, ser creíbles, realizar la voluntad de Dios, comprometernos en llevar a cabo ese cambio radical del corazón que nos hace ver hermanos entre nosotros. No enemigos. Hermanos. Con los que tenemos que construir este mundo y esta tierra. Sí. Que sabemos escuchar. Que no tenemos miedo. No. No tenemos miedo a entregar la paz, que es el mismo Jesucristo.
En segundo lugar, veis, no solamente el Señor nos muestra que esa paz está en el centro de la misión del discípulo de Cristo. La primera discípula, su Santísima madre, le da rostro. Sino, en segundo lugar, el Señor nos invita a generar confianza: entre nosotros, entre todos los hombres. Hacer una participación, hacer un sí a la paz, que es Cristo, en nuestro corazón. Habéis visto en la segunda lectura que hemos proclamado, de la carta a los Gálatas, cómo cuando llega la plenitud de los tiempos, que es Cristo mismo que nace de mujer, que nace bajo la ley, Él mismo nos manifiesta que todos los hombres somos hijos de Dios; que todos los hombres tenemos, como el Señor nos ha regalado, esa voz, ese espíritu que nos hace decir: papá, Padre, y descubrir que todos somos hermanos; que no somos esclavos, que somos hijos, que somos herederos de la voluntad del Señor, de la voluntad de Dios; que somos herederos de esa voluntad de Dios que quiere entregar vida a los hombres. La que nos trajo Cristo, que nos rescató, que nos hizo hijos.
Queridos hermanos: ¿y cómo hacer esto?. Pues mirad: si de verdad acogemos a nuestro Señor en nuestro corazón y en nuestra vida, no nos aprovecharemos de los demás, no habrá corrupción en nuestro corazón, no engendraremos corrupción a nuestro alrededor; no. No negaremos el derecho a nadie, a nadie, porque es hijo de Dios. No justificaremos el poder por la fuerza. No. No seremos… Entre nosotros no habrá racismo, no habrá xenofobia, habrá cuidado de esta tierra, cuidado de la convivencia, cuidado de darnos la mano los unos a los otros; no habrá explotación, no habrá desprecio de nadie. Diremos siempre no a la guerra. Y no por estrategia, sino porque nosotros, queridos hermanos, todos los que estamos aquí, y mucha gente, todos, hemos sido bautizados, tenemos la vida de Cristo, llevamos en nosotros a Cristo, y no podemos entregar otra cosa más que la paz de nuestro Señor Jesucristo, que es su rostro verdadero. Por eso hemos de decir los cristianos, con fuerza, no a la guerra, no a la división, no a la estrategia del miedo. Y la paz no es reducible solo a un equilibrio: yo no te hago, tú no me haces. No es eso, hermanos. No es eso. Es tener el corazón mismo de Cristo. Y no hace falta decir: yo no te hago, o te quiero. Eres mi hermano. Yo te doy la mano. Yo no te puedo matar. Yo no puedo aprovecharme de ti.
Queridos hermanos, cuántas cosas podemos hacer en nuestra vida. Cuántas cosas.
Anoche, en la oración con los jóvenes de Taizé, se nos decían cosas muy sencillas. El hermano Alois decía a los jóvenes, cuando les hablaba de cómo construir la paz, algo tan sencillo como empezar a quitar de una manera sencilla la brecha que existe entre ricos y pobres. ¿Cómo? Mirad: estad atentos a las situaciones de pobreza y, por una parte, comenzar pues alomejor visitando a una persona que está sin hogar, o a una persona que está sola en casa, o que no tiene a nadie que le visite, que la ayude, a una persona anciana, o a un niño abandonado… Así también se construye también la paz, queridos hermanos. Con la acogida de quien viene de fuera, del emigrante, del refugiado. Apoyemos esas iniciativas locales, internacionales, que brindan más seguridad y más justicia. Que la seguridad, queridos hermanos, hay que garantizarla, no por la fuerza, no, sino porque yo abro mis brazos y mis manos para dar la mano a los otros.
La paz requiere también respeto a la creación. A esta creación que Dios hizo para disfrute de todos nosotros. Porque nuestro planeta sigue amenazado por la explotación de sus recursos, por diferentes formas de contaminación. Demos pasos concretos en la construcción, queridos hermanos, de la paz. Sí.
Y en tercer lugar, María también nos dice y nos enseña a dar prioridad a Dios. Sí. Estamos celebrando los 70 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pero, mirad, por mucho que se promulguen, los digamos, si no hay un cambio de corazón, si no hay una conversión de corazón, no haremos nada hermanos. ¿No habéis visto, en el Evangelio, a los pastores, que llegan a Belén, y ven al Señor, ven que lo que han oído está cumplido allí, y marchan? Pero marchan de otra manera. Marchan oyendo ese canto impresionante: Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor.
La paz es una conversión del corazón. La paz es una conversión del alma. Esa paz que María Santísima hoy nos recuerda cuando se nos dice que conservaba todas estas cosas en su corazón. Es el admirable silencio de María. Un silencio contemplativo. María está callada ante el misterio. María acoge dulce y amablemente la palabra que se nos revela en el Hijo. Nosotros estamos necesitados también de la interioridad de María. A vivir interiorizados como María, escuchando la palabra. Escuchando esa palabra que da vida al corazón. La palabra que nos hace vivir en la verdad. Y la verdad es la que nos ha dicho el Señor hace un instante: sois hermanos, no lo olvidéis. Construid la paz. Y eso a veces, queridos hermanos, con el vecino de al lado, de la puerta de al lado, que a veces piensa de formas distintas, y yo digo: a este no le puedo hablar. No se construye la paz así. Ahí no hay conversión de corazón. Ahí no ha habido encuentro con Jesucristo. Ha habido encuentro con unas ideas. Pero el Señor no es una idea: es una persona que cambia nuestro corazón.
¿Quién en estos días toma tiempo para ello? En estos días del misterio de Navidad, pongamos como María al Señor en el centro. Necesitamos poner a Dios como una prioridad en nuestra vida. Dios es de primera necesidad, queridos hermanos. Es de primera necesidad. No es algo secundario. Si Dios desaparece de nuestro horizonte, por más ilustrada que sea nuestra vida y nuestras ideas, todo se derrumba. Se nos derrumba lo esencial, y nuestro mundo no puede cambiar.
No desplacemos a Dios. Tiene que estar como en María, nuestra madre: en el centro. No lo arrinconemos poniéndonos modernos.
Hoy, en esta Jornada Mundial de la Paz, el Papa Francisco nos ha dicho así estas palabras: «la paz es como una flor frágil que trata de florecer entre las piedras de la violencia». Sabemos bien que la búsqueda de poder a cualquier precio lleva siempre al abuso y a la injusticia. Por eso, seamos instrumentos de construcción de la paz. Santa María nos lo enseña. La paz conmigo mismo. Qué bonito es ver a la Virgen: guardaba estas cosas en su corazón. Fuera la intransigencia, fuera la ira, fuera la impaciencia; la paz con el otro: con el familiar, con el amigo, con el extranjero, con el pobre, con el que sufre. Atrevámonos al encuentro, escuchando siempre el mensaje del otro, y sobre todo el mensaje que nos viene de Jesucristo. Y la paz en toda la creación: redescubrir la grandeza del don de Dios y la parte de responsabilidad que cada uno de nosotros, queridos hermanos, tenemos y añoramos.
Yo quisiera deciros en este día algo que es importante para nuestra archidiócesis de Madrid y para el mundo entero. Sabéis que san Juan Pablo II inició aquellas oraciones de Asís y se las encomendó a la Comunidad de Sant'Egidio. Y se van haciendo por diversos lugares de la tierra. Este año, en septiembre se hizo en Bolonia. Yo estaba en el Sínodo de los obispos y pude escaparme una tarde para poder asistir al finalizar ese encuentro. Y a poder decir también que el próximo encuentro, en septiembre de este año, será aquí, en Madrid.
En este primer día en que se celebra la Jornada de la Paz, os quiero anunciar que en el mes de septiembre de 2019 celebraremos en Madrid el encuentro internacional de oración por la paz en el Espíritu de Asís. Del 15 al 17 de septiembre. Nuestra Iglesia de Madrid acogerá la 33 edición de estos encuentros internacionales que comenzó san Juan Pablo II en 1986, y que organizará la archidiócesis de Madrid junto con la Comunidad de Sant'Egidio, parte también de nuestra iglesia diocesana.
Acudirán a nuestra ciudad centenares de representantes de todas las religiones mundiales y exponentes del mundo de la cultura, junto a miles de peregrinos de todo el mundo, para dar vida a tres días de intenso diálogo, en espíritu de encuentro, de amistad y de oración, en el horizonte común de la construcción de la paz.
Quiero anunciároslo hoy porque, como dice el Papa Francisco en este mensaje de hoy, de la Jornada Mundial de la Paz, dar la paz está en el centro de la misión de los discípulos de Cristo. Y este ofrecimiento está dirigido a todos los hombres y mujeres que esperan la paz en medio de las tragedias y de la historia humana.
Yo os invito a todos ya desde ahora a participar en este evento y a preparar ya desde hoy el corazón para que Madrid sea siempre espacio de paz y de reconciliación, y desde aquí elevemos una gran invocación para que la paz, que es Cristo, que se hace presente aquí en este altar dentro de un momento, que llegue a todos los rincones de la tierra, y que llegue con las medidas mismas que nos regala a nosotros nuestro Señor Jesucristo.
Feliz año 2019 para vosotros, para vuestras familias, para toda nuestra archidiócesis de Madrid, para toda España. Que el Señor nos bendiga, nos guarde, y sepamos ponernos de rodillas delante de quien es la paz, de quien tiene vida para cambiar nuestro corazón, modelar nuestra existencia. Hagámoslo como lo hizo Santa María, nuestra Madre, que guardaba estas cosas en su corazón, pero convencida de que Ella había dado rostro a la paz, que es Cristo. Que el Señor os bendiga.
Al comenzar 2019, sintamos el gozo de una Iglesia que sigue sorprendiendo porque vive de la fuerza del Espíritu Santo, se siente acompañada por Santa María Madre de Dios y quiere seguir diciendo a los hombres el mensaje de de Jesús en su nacimiento: «Paz a los hombres que Dios quiere». Volvamos a contemplar los primeros momentos de la Iglesia, cuando los apóstoles estaban reunidos en el Cenáculo y experimentaron aquel acontecimiento de Pentecostés que se realizó de un modo sorprendente. Viento fuerte, llamas de fuego, miedo que desaparece y deja hueco y espacio a la valentía, lenguas en las que todos comprenden el anuncio… ¿Qué pasa? Sencillamente que allí donde llega el Espíritu todo es nuevo, renace y se transfigura. Ya desde el inicio, el Espíritu Santo produce sorpresa y turbación. La Iglesia tiene que hacerse presente en medio de los hombres, en medio de esta historia y de los caminos por los que van los hombres, sorprendiendo y turbando.
La Iglesia que nace en Pentecostés, la Iglesia fundada por Jesús, conmemora en estos días el nacimiento de Jesús en Belén. Y hoy el Señor, en el año 2019 que acabamos de comenzar, sigue suscitando sorpresa y turbación. Si, sigue manifestándose a través de los discípulos del Señor y sigue pidiendo a los hombres de buena voluntad que lo acojamos, que le dejemos hueco en nuestra vida, que lo hospedemos. La verificación de qué lugar dejamos en nuestra vida para hospedar y también ver la calidad de esa hospitalidad se manifiesta en lo que hacemos con los hermanos. Hemos vivido la sorpresa y turbación que el Encuentro Europeo de Taizé en Madrid ha suscitado en muchos jóvenes y en las personas que les abrieron sus puertas. Jóvenes provenientes de toda Europa, reunidos para escuchar al Señor, para realizar encuentro y escucha; para hacer silencio y oración; para curar nuestras divisiones internas; para vivir la experiencia de la hospitalidad de los primeros cristianos; para descubrir junto a Dios el futuro que Él nos da y las decisiones que hemos de tomar en nuestra vida.
Para entender mejor el año nuevo, entremos en la hondura y profundidad que nos ofrece Jesucristo: sorprendidos y turbados como los pastores de Belén. La sorpresa es la que reciben los pastores y la turbación es lo que ellos provocan en los demás. La sorpresa es característica de una Iglesia que vive y da vida, pues si la Iglesia no sorprende es síntoma de enfermedad, de debilidad. Si fuera así tenemos que poner remedios. Y el remedio más inmediato es ponernos delante de Cristo abiertamente. La turbación es lo que provocan en quienes los ven vivir y actuar. Quizá muchos hubiesen preferido que los discípulos de Jesús viviesen bloqueados por el miedo o encerrados en sí mismos. Pero la Iglesia no quiere ser un elemento decorativo, no duda en salir, no duda en encontrarse con todos en los diversos caminos y en las diversas situaciones existenciales.
Qué fuerza tiene para entender lo que vino a hacer el Señor, nacer de noche y ser anunciado de noche. Y la fuerza está en que Él es la Luz, pues lo anterior son apariencias de luz, y además da su Luz a todos los hombres. Nació de noche para mostrar la intensidad de su Luz y es anunciado de noche para que, quien oiga este anuncio, vea la diferencia entre lo que vive y lo que se le ofrece.
Sorprendidos estamos por Jesús: se acerca a nosotros para bendecirnos, iluminarnos y darnos a conocer sus caminos, esos que nos llevan a nosotros y a todos los hombres a la vida, a la verdad. ¿Cómo no cantar a este Dios que en su cercanía nos alegra, nos da su Luz y su confianza? ¿Cómo no alegrarnos cuando Él nos da su presencia que enriquece nuestras relaciones con los demás? ¿Cómo no alegrarnos cuando Dios se ha acercado a nosotros, hemos visto su rostro y nos ofrece su vida para que sorprendamos en este mundo a todos los hombres y los animemos a vivir dando de su Luz? Iniciemos el camino de 2019 sorprendiendo con estos contenidos:
1. Tómate como tarea fundamental de tu vida dar la paz de Jesucristo. La misión que da Jesús a sus discípulos es regalar y acercar su paz. Debemos hacernos servidores de esa paz que quiere entregar a todos los hombres. Esa paz tiene rostro, medidas, modos y maneras de hacerse presente, es una Persona, es Jesucristo. Como nos dice el mismo Jesús: «No he venido a que me sirvan sino a servir y a dar mi vida», «quien quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos». Con la paz de Jesucristo, sal a los caminos y bendice, protege, ilumina y muestra su rostro a todos los hombres.
2. Sé generador de confianza y de esperanza. Vive y hazte hermano de todos los hombres. Genera confianza, escucha, participación y conversación. Es necesario que vivas y sientas en profundidad la realidad que construye tu vida y la da fundamento, como es esa filiación que Dios nos ha dado como regalo: somos hijos de Dios y por eso llamamos a Dios, Padre. Unos hijos libres y no esclavos, libres para vivir desde lo que somos y por ello amar a todos los que encontremos en el camino, sabiendo que esto lo hacemos cuando no contemplamos a los demás desde las diferencias, sino metiéndolos en nuestro corazón y siendo contemplados como hermanos. No hermanos por conquista personal, sino porque los ha conquistado Dios como hijos y nos los puso a nuestro lado como hermanos. Viviendo así generas confianza y esperanza, eliminas de esta tierra la corrupción que surge siempre de ver al otro como enemigo.
3. Da prioridad en tu vida a Jesucristo, ponlo en el centro. En el admirable silencio de María en Belén, contemplamos a la mujer que ha dado prioridad en su vida a Dios. Cuando de Ella se nos dice que «conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón», en ese silencio contemplativo, descubrimos la acogida de Dios, de su voluntad, de sus deseos, de su paz. Necesitamos poner a Dios como prioridad en nuestra vida: cuando está ausente, nuestra vida y la de la sociedad enferman porque, entre otras cosas, el ser humano necesita una respuesta que no se puede dar a sí mismo. Por muy ilustradas que sean nuestras ideas, si se nos derrumba lo esencial y nuestro mundo no puede cambiar, ¿qué hacemos? La presencia de Jesucristo en nuestra vida nos ofrece una conversión del corazón, la paz del alma, como aquella que tenía Santa María. Vivir así nos regala lo que es de primera necesidad para nuestro mundo: la paz con nosotros mismos, la paz con el otro y la paz con la creación.
Comienza el año con lo que ofreció y dio Jesús el día que nació en Belén: comenzó un tiempo de paz. Desármate y busca todos los caminos para hacer llegar a Jesús sorprendiendo siempre. ¡Feliz 2019!
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos, Cardenal Osoro, arzobispo de Madrid
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