Santidad:

Gracias es la mejor palabra y la oración con la que le despedimos Santo Padre. Al concluir estos días intensos llenos de encuentros y de intensidad, venimos aquí para elevar una acción de gracias con muchos de los voluntarios y voluntarias que han hecho posible cada momento. Nos sale del corazón hacer nuestras las palabras de María con toda nuestra diócesis: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador».

Ese es hoy nuestro canto. Cuando María canta no habla primero de sí misma. Habla de lo que Dios ha hecho. Y eso queremos hacer hoy nosotros. Es el canto sencillo de quienes se han atrevido a alzar la mirada y han dado lo mejor de sí desde el momento en que se les comunicó que el Papa venía a visitarnos. Por eso hemos podido vivir realmente una experiencia de Iglesia misionera y en comunión.

Durante estos días hemos visto rostros emocionados, jóvenes buscando sentido, familias rezando juntas, sacerdotes entregados, voluntarios felices desde primera hora hasta el final de cada jornada. Y hemos alcanzado a ver algo muy importante: que la Iglesia vive cuando sirve, cuando se entrega y cuando lo hace unida mirando juntos al mismo horizonte misionero. Por eso hoy queremos presentar las maravillas que el Señor hace cuando damos con gratuidad, y cuando servimos a los otros en lo escondido alzando la mirada.

Como María en Nazaret, aquí habéis venido una representación de los muchos que habéis trabajado en silencio, sin buscar reconocimiento, pero haciendo posible el milagro del encuentro, de la acogida y de la comunión, y poniendo en el centro a las personas concretas, especialmente a las más frágiles y olvidadas. Gracias a vosotros proclamamos la grandeza del señor y sus maravillas porque Dios mira lo pequeño y lo oculto. Sabemos que quizá lo más evangélico de esta visita no ha sido lo que apareció en las pantallas, sino la cantidad de amor escondido que la sostuvo por medio de vosotros, voluntarios.

Así, Santidad, hemos tenido, una vez más, la gracia de contemplar el rostro más hermoso de la Iglesia: el de unas manos que sirven con alegría. Gracias por ayudarnos a levantar la mirada y ver la grandeza del Señor. Gracias por recordarnos que el Evangelio sigue teniendo fuerza para tocar el corazón de nuestras ciudades y abrir caminos de fraternidad en medio de un mundo cansado de divisiones y ruido.

Ahora seguimos caminando como diócesis, siendo «más pueblo» gracias a su paso entre nosotros. Como María guardamos lo vivido en el corazón y nos ponemos en marcha con todos los procesos que se han emprendido Rece por esta Iglesia que camina en Madrid, para que nunca pierda la alegría del Evangelio ni la sencillez de los pequeños. Nosotros no dejamos de rezar por usted y su ministerio, y ahora con más fuerza, pues el encuentro de estos días ha reforzado nuestra vinculación a Pedro.

Santidad:

Cuente siempre con nosotros y gracias por poder proclamar juntos la grandeza del Señor.

Media

Santidad, hermanos y hermanas: 

San Agustín nos dejó una intuición luminosa que hoy puede ayudarnos a comprender quiénes somos como Iglesia: «Cantad al Señor un cántico nuevo… cantad todos juntos, con un solo corazón y una sola voz». Y añade, yendo más allá de la música: «Canta con la voz, canta con el corazón, canta con la vida». 

Somos comunidad, Pueblo de Dios que, cuando vive unido, se convierte en un canto que lo hace presente: tanto más bello, cuanto más sabe armonizar la diversidad de sus voces. Sabemos —como nos ha recordado el camino sinodal— que la Iglesia no existe para sí misma, sino para evangelizar; que es un pueblo convocado y enviado en misión, donde todos, por el bautismo, participamos de la misma dignidad y de una responsabilidad compartida. 

Hablar del bautismo nos remite al agua. Y en Madrid, sus entrañas más hondas son un gran acuífero con un gran volumen de agua. Un agua del bautismo que es la fuente de aquello que somos y el fundamento más hondo de nuestra comunión como Iglesia Pueblo de Dios. Una comunión que, en este momento histórico, tan desgarrado y dividido, tenemos que abrazar cada vez con mayor intensidad. Así seremos una Iglesia que camina unida, que escucha, discierne y se deja guiar por el Espíritu, para ser signo e instrumento de comunión y de esperanza en medio del mundo. 

La Iglesia de Madrid quiere ser una Iglesia en salida: un hogar donde cada vocación cuente, donde la corresponsabilidad no sea una teoría sino un estilo de vida, donde la autoridad se viva como servicio y donde la misión se teja caminando juntos. Una Iglesia que no tema abrir procesos, que se deje interpelar por la realidad y que busque, con humildad, cómo anunciar hoy el Evangelio. 

Santo Padre, desde estas claves queremos alzar la mirada ante los grandes retos concretos que afronta esta Iglesia en Madrid hoy. Para ello, más que levantar la voz, aprender a afinarla; no tanto multiplicar discursos, como dejar que nuestra vida suene a Evangelio. El canto nace de la vida real: de la mezcla de luces y sombras, de la esperanza que se abre paso incluso cuando no todo está resuelto. 

El salmista dice: «Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo» (Sal 84), y los discípulos de Emaús experimentan que su corazón ardía mientras caminaban sin entender del todo (cf. Lc 24,32). Así, nuestro canto no niega la noche, pero tampoco se resigna a quedarse en ella. 

En nuestra diócesis hay muchos cantos, y todos son necesarios: 

Cantan los consejos de pastoral. 

Cantan los catequistas y los agentes de pastoral. 

Cantan los sacerdotes. 

Canta la vida consagrada. 

Canta el mundo de la educación. 

Cantan quienes cuidan la liturgia y sostienen espacios de oración. 

Canta la caridad y sus agentes. 

Cantan los mayores. 

Cantan las familias. 

Y cantan los laicos y laicas en medio del mundo. 

Reunidos en este gran escenario recibimos una interpelación: no basta con que haya muchas voces; es necesario que cantemos juntos, que haya armonía y comunión y que la sinodalidad —el caminar juntos—, sea real y visible. 

El canto del Buen Espíritu deja oír el Silencio de Dios. Solo Él es verdadero silencio. Silencio que todo lo acoge, que integra, que es Amor. Ser capaces de hacer juntos silencio nos permite escuchar la Creación y descubrir el susurro del Espíritu resonando en la libertad e interior de cada voz. El verdadero riesgo no es el silencio, sino la disonancia. Una Iglesia donde cada realidad canta por su lado puede ser muy activa, pero no necesariamente es significativa. 

En cambio, cuando aprendemos a escucharnos, cuando dejamos que el Espíritu afine nuestras diferencias y nadie pretende imponerse, entonces nace algo nuevo, algo que no se fabrica, sino que se recibe: la armonía. La Iglesia evangeliza de verdad cuando suena como un conjunto y no como una suma de solos, cuando la comunión se vuelve audible y deja entrever que es Cristo quien la sostiene. 

Querido papa León, hoy queremos abrazar con toda nuestra Iglesia su ministerio y acoger su palabra como quien recibe un abrazo. Unidos a la Iglesia universal, no queremos dejar de cantar, pero sí aprender a cantar juntos; no encerrarnos en nuestra propia voz, sino abrirnos a la fraternidad para que el Espíritu Santo componga un canto mayor que nos supera. Queremos ser un coro eclesial tan humilde y atento que se puedan oír hasta las voces más frágiles y lejanas. «Cuanto más amáis, mejor cantáis», dice San Agustín. Ahí descubrimos la clave de todo: la comunión no es estrategia, es fruto del amor. 

Aquí está la Iglesia, Santidad, con toda una apasionante misión por delante: la Iglesia de Madrid, que camina con las Iglesias hermanas de Alcalá de Henares y Getafe, a las que apenas separan unas carreteras, pero con las que compartimos una misma fe, una misma esperanza y una idéntica misión. 

Con su impulso queremos ser un cántico nuevo en medio de nuestras diócesis, una presencia que no se impone, pero que atrae; que no necesita alzar la voz pero que llega al corazón de quien quiera escuchar. Y quizá entonces, en medio de nuestra Provincia Eclesiástica, alguien podrá reconocer, sin que haga falta que se lo expliquemos demasiado, que ese canto no nace solo de nosotros, sino de Dios, y que en él habita una esperanza que merece la pena ser escuchada. 

Gracias, Santo Padre, por dirigir este canto y por cantar con esta Iglesia.

Media

Santidad:

Junto a los seminaristas de nuestras diócesis de Madrid, Alcalá y Getafe; junto a representantes de la vida consagrada, especialmente de la vida contemplativa, que hoy han salido de sus conventos para acompañarnos en esta oración; junto a Su Majestad la Reina Sofía, a las autoridades que nos acompañan y, en nombre de todos, al cabildo de esta catedral, queremos ponernos en las manos de María, la Virgen de la Almudena, y poner también su ministerio petrino en el regazo de la Madre, patrona de esta diócesis y de toda la provincia eclesiástica.

La Virgen de la Almudena habla de esta tierra, de su historia y de su tradición. Habla del encuentro entre culturas y de personas venidas de muchos lugares. Habla de cómo la fe ha sido, tantas veces, espacio de búsqueda, de sanación, de consuelo y de esperanza. De cómo esta ciudad, que ha conocido el miedo, ha sentido también la protección serena de la Madre. El nombre de Almudena proviene del árabe al-mudayna: «ciudadela» o «fortaleza». Y quizá ahí encontramos una de las imágenes más hondas de María para los cristianos de Madrid: refugio de la fe, custodia de la esperanza y aliento de nuestro impulso misionero.

Cuenta la tradición que, en tiempos de la reconquista y de la repoblación cristiana, cuando el pueblo buscaba la imagen escondida siglos atrás para protegerla de la invasión, María apareció entre los muros con dos velas encendidas. Desde entonces acompaña maternalmente el camino de esta Iglesia.

No entendemos Madrid sin la Almudena. Sin la Madre que aparece cuando caen los muros que creíamos firmes. Ella permaneció oculta en la muralla que protegía la ciudad en tiempos de guerra y persecución, y apareció precisamente cuando era buscada: cuando el muro se derrumbó junto al lugar donde hoy se levanta esta catedral.

También hoy existen murallas que no se ven: distancias, miedos, soledades, indiferencias. Y muchos siguen anhelando, aun sin saberlo, la luz que la fe puede ofrecer. Mirar a la Virgen de la Almudena nos invita a ser buscadores y constructores de encuentro; a descubrir que María aparece cuando las murallas caen, cuando la paz se abre camino y cuando el encuentro vence a la violencia. Ella sigue alentando a esta Iglesia a construir comunidades capaces de derribar barreras y abrir caminos de fraternidad.

Santidad: hace treinta y dos años, otro Papa, San Juan Pablo II, llegó a esta catedral para consagrarla. Fue soñada durante siglos y terminada hace apenas unas décadas como casa de los cristianos y templo de Dios bajo la mirada de la Virgen de la Almudena. Y al mirarla a ella esta tarde, como siempre que rezamos, alzamos también nuestra mirada.

Hoy le acogemos a usted como un don del Señor para esta Iglesia. Gracias por confirmarnos en la fe y ayudarnos a mirar más alto, hacia los ojos de nuestra Madre, para aprender también a mirarnos mejor entre nosotros. Hoy entre nuestros seminaristas y las comunidades de vida consagrada.

Que María, Nuestra Señora de la Almudena, nos ayude a responder con generosidad a las vocaciones recibidas y a decir «sí» al Señor.Que nos enseñe a converger hacia el Evangelio desde los distintos caminos que forman parte de nuestra historia. Que siga siendo para nosotros Madre de la paz y de la esperanza. 

Santa María de la Almudena, madre buena, ruega por el Papa, ruega por nosotros.

Media

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